Comentario:
A esta Sra. (totalmente
“ida”) le pasa como a algunos futbolistas, que se apuntan un gol cuando un
defensa desvía la pelota sin intención y confunde al portero. Algo muy propio
de gente como ese tal Vinicius y otros muchos.
Al no filtrar el efecto sede, el discurso de Ayuso ignora deliberadamente que el dinero llega a Madrid por inercia burocrática, pero no siempre se queda en Madrid para transformar el territorio
La manipulación de los datos que envuelve la narrativa económica de
la Comunidad de Madrid representa uno de los
ejercicios de comunicación política más eficaces de la historia democrática
reciente. La construcción de este relato se ha cimentado sobre la premisa de un
dinamismo excepcional, personificado en la figura de Isabel Díaz Ayuso, quien utiliza las intervenciones
parlamentarias y las giras internacionales para blindar su gestión mediante la
exhibición de cifras macroeconómicas. En este
escenario, la región se presenta como un imán irresistible para el capital global, un oasis de libertad y baja presión fiscal que, supuestamente, ha logrado
despegarse del resto del país. Sin embargo, cuando se aplica un análisis
riguroso a la procedencia y el destino real de esos fondos, se descubre que
el milagro madrileño se apoya, de manera fundamental,
en una fantasía estadística alimentada por el denominado efecto sede.
El uso recurrente del Registro de Inversiones
Extranjeras del Ministerio de Economía es la piedra angular de
esta estrategia. Gracias a esta fuente, según señala un reportaje del
diario El País, la Puerta del Sol puede afirmar que Madrid
acapara más del sesenta por ciento de la inversión estadounidense en
España. Estas cifras, aunque técnicamente veraces en el registro
administrativo, distorsionan la realidad económica profunda
del país. El problema radica en la metodología de anotación, que adjudica la
inversión allí donde la empresa tiene su domicilio social,
con independencia de dónde se ejecute el gasto real, dónde se levanten las
infraestructuras o dónde se genere el empleo de mayor valor añadido.
Es el fenómeno de la capitalidad administrativa transformado
en mérito político: Madrid se anota el éxito de operaciones que, en la
práctica, benefician a otras geografías, actuando como una gran oficina de
recepción para inversiones que tienen como destino final el tejido industrial de otras comunidades autónomas.
Existen casos paradigmáticos que ilustran este desajuste entre la anotación
contable y la actividad económica real. Uno de los más llamativos fue la compra
de Dorna Sports por parte del gigante
estadounidense Libertó Media. Aunque la
transacción figuró íntegramente como capital madrileño en las estadísticas
oficiales, la operativa y la estructura de la empresa propietaria de Moto GP se reparte históricamente entre Barcelona
y Roma. En este caso, Madrid funcionó únicamente como el contenedor jurídico y
fiscal de una transacción milmillonaria que
no alteró el paisaje laboral de la capital. Algo similar ocurre con las
inversiones masivas de fondos extranjeros en filiales energéticas o
industriales. Cuando un fondo internacional inyecta
capital en una multinacional con sede en la Castellana para modernizar plantas
de producción en Galicia o el País Vasco, la estadística ministerial computa
cada euro en el haber de la Comunidad de Madrid, inflando artificialmente el
rendimiento de la gestión regional y ocultando
la vitalidad productiva de la periferia.
Esta manipulación de la percepción económica oculta una realidad incómoda
sobre la estructura del Producto Interior Bruto nacional.
Mientras que el peso de Madrid en la economía productiva real ronda el veinte
por ciento, su cuota en la captación de inversión extranjera se
dispara hasta niveles que duplican o triplican esa cifra. Esta brecha sugiere
que la región actúa más como un hub financiero,
legal y de servicios de consultoría que como un motor de desarrollo industrial
propio con capacidad de tracción directa. Al no filtrar el efecto sede, el
discurso oficial ignora deliberadamente que el dinero llega a Madrid por
inercia burocrática, pero no siempre se queda en Madrid para transformar el
territorio.
Si se desciende al análisis de la calidad de la inversión,
el relato de la presidenta sufre grietas adicionales. En términos
macroeconómicos, las inversiones más valiosas para la estabilidad de un país
son las denominadas de nueva planta o
mejora de instalaciones existentes, ya que son las que garantizan la creación de puestos de trabajo y la transferencia
de tecnología. Sin embargo, gran parte del volumen que celebra el ejecutivo
madrileño corresponde a adquisiciones de empresas ya
establecidas. Estos movimientos de capital a menudo responden a procesos de
consolidación de mercado o reestructuraciones financieras que no siempre
suponen un beneficio para el trabajador local y que, en ocasiones, conllevan
ajustes de plantilla tras la toma de control por parte de fondos de inversión.
En este sentido, el liderazgo de Madrid es disputado por otras regiones
cuando se eliminan los artificios contables. Territorios como Aragón han demostrado una capacidad de atracción
superior en sectores estratégicos como el de los centros de datos, logrando compromisos de inversión
real que superan a los de la capital en proyectos de nueva creación. Pese a
ello, la estrategia de comunicación de la Puerta del Sol insiste en adjudicarse
éxitos que a menudo son fruto de colaboraciones institucionales complejas.
El desembarco de gigantes tecnológicos como Microsoft o Google,
que Ayuso presenta como victorias exclusivas de su modelo, ha requerido de
negociaciones intensas con el Gobierno central en
materia de energía y conectividad, así como de acuerdos específicos con
ayuntamientos para la gestión del suelo. La simplificación de estos procesos en
un mensaje de éxito unilateral sirve para alimentar la confrontación política,
pero falta a la verdad sobre cómo se mueve el capital en el siglo veintiuno.
A pesar de estas sombras estadísticas, es innegable que Madrid ha
perfeccionado su capacidad de posicionamiento de marca a
nivel internacional. La agresividad de su política exterior y la labor de
captación de sus oficinas comerciales han logrado situar a la ciudad en el
radar de los grandes fondos de gestión de activos.
La mejora en los rankings de competitividad global es
una realidad tangible, pero la cuestión de fondo sigue siendo cuánto de ese
éxito es una gestión directa de Ayuso y cuánto es la inercia de una capitalidad
que absorbe las rentas y el talento del resto del Estado de forma radial.
El modelo madrileño se beneficia de una
infraestructura de país diseñada para converger en el centro, lo que facilita
que los grandes directivos elijan la región para residir y domiciliar sus
negocios, aprovechando además una política fiscal que
el resto de comunidades consideran desleal.
La gestión de los datos de inversión extranjera por parte del ejecutivo
madrileño funciona como un potente dispositivo de propaganda política que prioriza la imagen sobre
la sustancia. Al ocultar que gran parte del capital es transitorio o está
desvinculado de la geografía madrileña, se proyecta una imagen de
autosuficiencia y éxito que silencia el debate necesario sobre la cohesión económica territorial. El flujo constante de
dinero que pregona la narrativa oficial es, en gran medida, una corriente que
simplemente pasa por una ventanilla administrativa en el centro de la península
antes de regar fábricas y oficinas en el resto de España. Mientras se siga
utilizando el domicilio social como único
termómetro del éxito, el espejismo estadístico seguirá sirviendo como escudo
para una gestión que confunde deliberadamente la centralidad geográfica con
la excelencia productiva.
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