Esta semana santa -o no tanto- se ha estrenado No, no iban a morir igual, el
nuevo documental sobre los 7.291 ancianos que
murieron abandonados en las residencias de ancianos de Madrid en 2020
por unos protocolos sanitarios vergonzosos -con o sin
pandemia-. Escribo sobre él para que se lea el domingo de
resurrección -con fe o sin ella-. Soy atea, como muchos de los que
siguen peleando porque se les haga justicia. Lo hacen para que podamos
descansar en paz. Esta columna ya está repleta
de paradojas y recién empieza.
¿Quiénes
eran los que no iban a morir igual, los que lo hicieron solos, sin
atención médica ni paliativos, encerrados en sus
habitaciones, ahogándose aferrados a los barrotes de sus camas y
a la incomprensión por tal abismo de desamparo?
Eran Elena, Alfonso,
Chelo, Claudia, Alejina, Margarita, Julia, Miguel, Carmen, Milagros,
Gorgonio, Guillermo, Petra, Benita, Paula, Concha... Seguro que votaban de
todo, seguro que creían o no lo mismo.
Elena
se volvió muy coqueta en sus últimos años; Alfonso, un atleta que se hacía
cinco kilómetros de bici estática diarios con 104 años; Petra cantaba muy
bonito y a todas horas; Chelo cuidaba del huerto y le encantaba jugar
al julepe y con sus nietos.
Habían vivido "vidas duras", "humildes", "hijos de
la guerra, la posguerra, la dictadura". Sabían de hambre, de injusticia y
de miseria. Pero eran "generosos", "profundamente buenos",
"cuidadores"; se sabían en otra España, cuentan quienes les recuerdan
en este docu.
Algunos
habían empezado a hablar de los tiempos oscuros. La vejez les había quitado el
miedo y la vergüenza.
Y
así hasta 7.291 historias distintas que terminaron en muerte indigna,
en agonías atroces por una decisión política: la Comunidad de Madrid, con
Isabel Díaz Ayuso como presidenta, no envió los médicos que tenía a donde
hacían más falta. Los mandó al
hospital "milagro" de Ifema -donde solo
aceptaban enfermos leves- y a los hoteles medicalizados -donde
lo mismo-, mientras en las residencias morían cientos a diario. En los
hospitales privados había camas libres, como reconocieron sus directores en la
comisión de investigación de la Asamblea de Madrid, que fue disuelta sin
conclusiones por convocatoria electoral. Los residentes con
seguros médicos privados sí fueron trasladados a centros
hospitalarios. Solo condenaron a morir -y a hacerlo a
pelo y solos- a los viejos en residencias que
dependían de la seguridad social de todos.
Javier
Quintas, un director de cine y de series de televisión de primer nivel (El
comisario, Física y química, Los protegidos, Los misterios de
Laura, El príncipe, Mar de plástico, Casa de papel y un
largo etc) y Aman Hamoudi De Andrés del Pozo, coordinador de las
políticas de juventud del Ayuntamiento de Alcorcón, trabajador social y
realizador de vídeos, que fue niño saharaui nacido en un campo de refugiados y
se formó en España gracias a su familia de acogida, han hecho posible este
nuevo trabajo documental que puede seguir creciendo, que puede
contarnos más y más sobre ellos, como la exposición que ha
acompañado con su estreno.
El
18 de marzo pasado se cumplieron seis años del primer protocolo de la
vergüenza que dio la orden de dejarles morir. Por esa
efeméride los familiares y amigos que todavía luchan por su memoria y por
algo de justicia organizaron una exposición con sus biografías, con sus fotos,
con sus cosas en la Fundación Anselmo Lorenzo, en el barrio de
Arganzuela.
Allí
se han expuesto sus objetos: una gorra de Alfonso, el costurero de la tía
Chelo, un parchís, varios abanicos, las cintas de Juanito Valderrama,
un trabajo de fin de grado que les ha dedicado una estudiante valenciana, los
libros de Manuel Rico, de Alberto Reyero, de Sara Tajuel, el informe
de la Comisión Ciudadana... Todo para mantenerlos vivos en el
recuerdo, para recordarnos que no son solo un número, que fueron personas
que murieron torturadas y que puede volver a pasar, porque el
pasado que no se reconoce amenaza con repetirse.
En
este documental hablan también los trabajadores
que los acompañaron en aquel morir tan feo, jugándose la
vida y la de sus familias, sin EPI, sin tests, sin
mascarillas, por debajo de todos los mínimos... Cuentan que
lo más duro no fue la escasez, ni la enfermedad, sino la
soledad y la impotencia. Repito: lo más duro fue el
abandono de este Madrid nuestro tan rico.
La
madre de Carmen, que tenía alzhéimer, se escapaba e iba buscando a gritos
por las tres plantas de la residencia a su marido, que había
muerto en la habitación de al lado y nadie se lo había dicho. Es la
viva imagen de la desesperación que debió explotar en cada uno de
esos 7.291 últimos momentos. ¿Qué pensarían en el último
suspiro?
Las
familias tenían terror al teléfono. Confinadas en sus casas esperaban
la llamada que les confirmara la pesadilla que les
perseguía tanto dormidos como despiertos.
Vieron
venir lo que venía, como lo vieron en la Comunidad de Madrid. Los primeros
con angustia y desesperación, los segundos con ¿frialdad?
y triunfalismo por el hospital de campaña más grande e
inútil del mundo.
¡Qué
oportuno hablar de los 7.291 en la semana que este país dedica a la
conmemoración de un calvario, aunque sea con final feliz en el
cielo! ¡Qué buena idea recordar a los que tanto piensan en la otra
vida que no olvidamos lo que hicieron en esta con nuestros viejos
indefensos!
Mi
madre siempre ha tenido terror a los centros de mayores. Lleva
décadas rogándome que jamás la deje en "uno de esos
sitios". Siempre creí que conservaba la memoria de tiempos
pasados, que las residencias de ancianos ya no son el infierno que
ella imagina, que llegado el momento -si no me quedaba más remedio- tendría que
llevarla allí a mi pesar y al suyo, como tantos hacen y han hecho. No
puedo imaginar el dolor si hubiera sido ella una de estas víctimas. No
puedo imaginarlo pero tengo que intentarlo por lo
menos.
El
domingo de resurrección va de esperanza, también para los ateos
educados en una cultura cristiana. Nuestra esperanza
es que Madrid no pueda olvidarlos, que no podamos digerir
el abandono en el peor momento, que no asumamos que el Estado del
bienestar ya está muerto. Si lo hacemos lo seguirán matando. Si
lo apuñalaron una vez y les salió tan barato, volverán a hacerlo
y seremos más los que moriremos desatendidos y solos. Los
7.291 pueden ser el principio de muchos otros calvarios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario