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Comentario: Sánchez en “La Revuelta”: “Se acuerdan de mi
madre, yo también de las suyas cuando subo las pensiones”. |
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Quienes somos de izquierdas tenemos asumido que nos pueden llamar de
todo. Rojos, por supuesto, aunque a estas alturas suena casi a comentario de
época |
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Cuenta Borges, en su “Arte de injuriar”, una
anécdota tomada de Thomas de Quincey sobre un caballero que, en una
discusión teológica o literaria, recibió un vaso de vino en la cara y
respondió sin inmutarse: “Esto, señor, es una digresión; espero su
argumento”. Lo recordé al ver la pintada que alguien de derechas
ha dejado en la puerta de la sede de un partido de izquierdas en Huelva,
queriendo insultar a sus militantes y dirigentes: “Comegambas”. Quienes somos de izquierdas tenemos asumido que nos
pueden llamar de todo. Rojos, por supuesto, aunque a estas alturas suena casi
a comentario de época; sucios, como si el jabón tuviera carné de partido;
ignorantes, casi siempre en boca de quien no ha terminado de leer un libro en
su vida; ineptos, violentos... Y, si eres mujer, fea o puta, que es el
insulto que queda cuando en la cabeza ya no queda nada. El repertorio es
amplio y conocido, pero tiene un rasgo característico: mengua día a día el
ingenio que lo sostiene. Y, sin embargo, no siempre fue así. Hubo un tiempo
en que la derecha insultaba a la izquierda con talento. Cuando la diputada
laborista Bessie Braddock le espetó a Churchill: “Winston, estás borracho, y
lo que es peor, asquerosamente borracho”, el premier le respondió sobre la
marcha: “Bessie, querida, tú eres fea, y lo que es peor, asquerosamente fea.
Pero mañana yo estaré sobrio y tú seguirás siendo asquerosamente fea”. Y
cuando, en el debate presidencial de 1984, le preguntaron a Ronald Reagan si
su edad le restaba facultades frente al demócrata Walter Mondale, contestó
enseguida: “No voy a explotar con fines políticos la juventud y la
inexperiencia de mi adversario”. El propio Mondale se rio, y años después
admitió que en ese instante supo que había perdido. Eran otros tiempos y otros lugares. En nuestra
España de ahora, la siempre encopetada derecha que tanto presume de linaje,
colegio y apellido compuesto, no ha encontrado nada más elaborado que llamar
“hijo de puta” a Pedro Sánchez en cualquier momento y circunstancia, venga o
no a cuento: en el Congreso, en el estadio, en la cola de la panadería o en
cualquier conversación familiar. Demasiado colegio privado y estudios en el
extranjero para terminar así, y por seguir a personajes tan mal educados,
bocas sucias y groseros como Trump o Milei. Por eso, lo confieso, el “comegambas” me pareció al
principio un salto cualitativo. Al menos hay en él un amago de concepto, casi
una tesis: la izquierda es impostora, pues predica el pan para todos y toma,
sin embargo, marisco. Aunque, en realidad, tiendo a pensar que detrás de eso
está el abismo de la estulticia. Porque cabe preguntarse qué tipo de circuito
neuronal lleva a alguien a concluir que las personas de izquierdas somos
despreciables porque nos gusten las gambas y las comamos de vez en cuando. Y,
sobre todo, que se insulte a alguien porque coma gambas ¡en Huelva! Sembrar odio adobado con ignorancia conduce a esto:
a creer que la izquierda tiene prohibido el disfrute, que el socialismo es un
régimen de pan duro, sopa rancia y agua sucia y que todo militante que pide
una ración de algo traiciona a la clase obrera. Es justo al revés. Quienes
somos de izquierdas nunca hemos querido que nadie deje de comer gambas, sino
que las coma todo el mundo. Lo que nos preocupa es cuántos y quiénes se
pueden sentar a la mesa. La historia está llena de insultos que merecían no
olvidarse. Quevedo despachó a Góngora con un soneto que empieza “Érase un
hombre a una nariz pegado”, y cuatro siglos después lo seguimos recitando de
memoria. Y el conservador Disraeli explicaba la diferencia entre una
desgracia y una catástrofe poniendo a su rival liberal como ejemplo: que
Gladstone cayera al Támesis -decía- es una desgracia; la catástrofe sería que
alguien lo sacara. Son frases crueles, como la de Churchill, pero detrás de
ellas hay ingenio; es decir, la inteligencia de alguien que pensó para poder
decirla. Justo lo que no hay detrás del “comegambas” ni del "Pedro
Sánchez hijo de puta". Las primeras son memorables; los insultos de la derecha
española de Feijóo, Ayuso o Abascal se los llevará pronto el viento y no los
recordará nadie. Son pura disgresión. Schopenhauer lo dejó claro en El Arte de tener razón
cuando señaló la última de las estratagemas que recomendaba: "Cuando se
advierte que el adversario es superior y que uno no conseguirá llevar razón,
personalícese, séase ofensivo, grosero". Ese es el único consejo filosófico que la derecha
española sigue al pie de la letra. Seguramente, sin haberlo leído; o quizá
creyendo que Schopenhauer fue un famoso futbolista alemán. |