Wikipedia

Resultados de la búsqueda

miércoles, 25 de marzo de 2026

25/03/2026 - ¿UN ESCUDO "SOCIAL" PARA EL LATIFUNDIO?

 

OPINIÓN: ¿Un escudo "social" para el latifundio?

OPINIÓN: ¿Un escudo "social" para el latifundio?

 

La verdad es que tenía este escrito casi terminado antes de que el gobierno se me adelantara con las medidas anunciadas para paliar en parte los efectos de lo que está ocurriendo por culpa del "emperador yanqui" y sus ansias de dominio del mundo con su genocida sionista de Israel como "ariete" en Oriente Medio.

 

Las medidas del gobierno pueden valer, pero no son todas las que algunos pensamos que deberían ser, y, en cualquier caso, creo que es posible que se esté dando mi pregunta de este escrito, aunque sea un poquitín al margen de ellas.

 

Antes de nada, veamos qué significa el vocablo "latifundio". Según la RAE, significa "finca rústica de gran extensión". Obviamente, un significado sobradamente conocido por todas las personas que viven del campo, que, ni que decir tiene, son muchas en España. Demasiada de esa gente que vive MUY BIEN del campo, muchos latifundistas entre ellos, se va a beneficiar de ese "escudo social". Que de social, más bien peca un poquito, ya que, dicho sea de paso, va a beneficiar a muchos latifundistas -y otros- que "trabajan la tierra" con tractores de más de ¡200.000 euros!, algo que pone en serias dudas sus necesidades benefactoras del gobierno, aunque no paren de manifestarse en Madrid y en media España, pero "chivo que no berrea, no mama", dice el dicho popular.  

 

Valiéndonos de la Wikipedia, la extensión necesaria para considerar una explotación latifundista depende del contexto: en Europa, un latifundio puede tener algunos cientos de hectáreas. En América Latina puede superar fácilmente las diez mil. En términos de propiedad, es equivalente a una gran propiedad agraria.

 

En España todos sabemos que hay multitud de fincas rústicas que sobrepasan con creces la extensión que se considera latifundio; por citar solo un ejemplo, la familia Alba tiene, al parecer, varias fincas (difícil saber cuántas) que superan las 30.000 hectáreas, y si el "escudo social" del que se habla se hace firme, serán algunos de los ricos descendientes de la duquesa los que recibirán esas previstas ayudas. También, muy cerca del pueblo donde vivo, hay unas cuantas familias que tienen propiedades rústicas que se pueden calificar como latifundios en razón de sus enormes extensiones y, se supone, igualmente, recibirán esas ayudas. A las que, obviamente, habrá que añadir el "escudo social de la PAC" de la Unión Europea, sin ninguna necesidad, pues el campo —con tantas lluvias este año— tiene suficiente hierba para dar de comer al ganado, y los precios de las chuletas de cordero, aun así, antes del caos petrolífero por la guerra de Irán, ya valían 30 €/kilo. De los demás productos del campo solo hay que ver los precios que tienen; la cesta de la compra está a punto de convertirse en algo inasequible para una gran mayoría de las familias españolas. ¿Dónde está el Ministerio de Consumo?

 

Un inciso de actualidad, antes de seguir, porque no quiero que se me olvide: En Castilla y León (donde, por cierto, también hay latifundios) ha mejorado la socialdemocracia sus resultados. Debido, se dice por ahí, a que su líder se ha mostrado contrario a esa corriente inventada del "sanchismo". Dudo mucho de que el "joven" líder no sea partidario de esa corriente, si es que existe, pero lo que sí que está más que claro es que quien ha movilizado al electorado socialdemócrata ha sido, sin ningún género de dudas, el "no a la guerra" de Pedro Sánchez. ¡Lo diga quien lo diga!

 

Sigo. Y hablamos de Extremadura, la tierra de los más bajos salarios, la mayor precariedad laboral, el mayor índice de paro del país, donde más se están vaciando los pueblos (sólo quedan pensionistas, la mayoría, para colmo, con problemas de habitabilidad por falta de residencias de mayores, algunas incluso ya construidas pero que no se autorizan vaya Vd. a saber por qué, caso de una en mi pueblo de nacimiento Benquerencia de la Serena), la tierra con la mayor pobreza relativa y extrema y el mayor índice de posible exclusión social, amén de una paupérrima sanidad, donde los profesionales tienen que hacer malabarismos para mantenerla medianamente eficiente (ningún médico se quiere quedar aquí, más de 250 plazas de médicos de familia sin cubrirse, y una cita para los que están tiene entre 15 y 20 días), etc., etc., para no alargarme demasiado con la problemática de la Comunidad más pobre de España, que, ¡vaya tela!, lleva desde el 21 de diciembre del pasado año (y lo que le queda aún) con un gobierno en funciones, evidentemente, cobrando sus enormes salarios, lo mismo que los Sres. Diputados de la Asamblea sin apenas nada que hacer, que, por supuesto, sí pueden comer chuletas a 30 euros el kilo y llenar la cesta de la compra. ¿¡Vivan las autonomías!? Pues no, así no.

 

En fin, ¿qué se va a hacer? Esto es lo que hay, que no lleva trazas de cambiar. Pero el gobierno nacional, si quiere que la que tenemos encima se aligere un poquito, debería considerar un amplio "escudo social" para la gente que más lo necesita (control exhaustivo de precios de los productos de primera necesidad ante los especuladores de las grandes superficies y topar, como ha hecho Croacia, los carburantes) y, por supuesto, olvidarse de esos que protestan tanto con sus tractores de 200.000 € y de los empresarios que se dedican al transporte de mercancías con un sinfín de camiones y, en casos, camioneros mal pagados y trabajando más horas de las permitidas con la consiguiente peligrosidad de sus vidas.

 

Y a ver si es posible que nos olvidemos del Sr. Aznar ("el muñeco Luciano", un empedernido narciso que, si nos descuidamos un poco, vende España y sigue pavoneándose públicamente como un inigualable salvapatrias) y sus libertades únicamente para los suyos, los señoritingos (esos miles de latifundistas), la Banca y las Grandes Corporaciones que no pagan impuestos, los "héroes" del capitalismo opresor que tampoco pagan nada y, cómo no, de la guerra de Irán, no vaya a ser que nos vuelva a ocurrir como con nuestra participación (por una mísera foto de incondicional sumisión al yanqui) en la guerra de Irak, que nos costó indirectamente más de 200 muertos inocentes.

25/03/2026 - TORRENTE, EL BRAZO TONTO DE FEIJÓO Y ABASCAL

El estreno de la película de Santiago Segura divide a la sociedad española entre quienes ven solo una historia divertida o un blanqueamiento del fascismo

José Antequera

Torrente presidente, la última película de Santiago Segura, está arrasando en los cines de todo el país. Le ha gustado hasta a Carlos Boyero, el implacable crítico que reconoce haberse partido de la risa con el film. Cosas de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir.

En esta sexta parte de la saga, el policía más famoso del esperpento español da el salto a la política convencido de que la nación necesita más patriotismo, mano dura y orden. Es decir, lo que viene siendo un hombre fuerte; el franquismo de toda la vida. Como no podía ser de otra manera, la cinta ha provocado un nuevo enfrentamiento de las dos Españas. A un lado quienes ven una simple parodia del momento histórico sin más pretensiones que hacer pasar un buen rato al público. Al otro quienes entienden la historia del sucio detective como un blanqueamiento del fascismo, ya que por la pantalla transitan personajes reales de la fauna ultra ibérica en cortos cameos (Vito Quiles hace de él mismo, o sea de acosador fascista, según Pablo Echenique). En ese punto es donde cabe preguntarse si Segura, un tipo tan habilidoso para la comedia como para forrarse con las taquillas, se limita a hacer humor con la decadencia de la democracia, la tentación del populismo y la manipulación de las masas, o se ha limitado a quedar bien con los amiguetes, también con los fachas. Y ahí es donde podemos concluir que el rey Midas del cine español se ha situado en una equidistancia sospechosa, más teniendo en cuenta que hasta se permite hablar de un partido verde viscoso, Nox (el paralelismo con Vox es evidente), sin un atisbo de crítica y beligerancia política.

Todo en la saga de Torrente es más de lo mismo desde que se estrenó la primera entrega en 1998: el humor zafio y chabacano, lo políticamente incorrecto tan de moda hoy en las redes sociales, el chiste verde machista. Segura rueda desde arriba, planeando sin mojarse ni ensuciarse, asépticamente, sin mezclarse con rojos o azules y sin entrar en si el negacionismo de la violencia machista, de la ciencia y del cambio climático que practica el partido de Abascal supone un auténtico drama para el país. El director filma alegremente, ji ji ja ja, como si estuviese en una divertida fiesta de cumpleaños rodeado de su superpandi. Lo malo es que mientras su sarao del absurdo se alarga, el trumpismo hermanado con ese partido verde viscoso nos arrastra al nuevo cibernazismo, la economía mundial se hunde en un crack sin precedentes y la sombra de la Tercera Guerra Mundial se hace más presente que nunca. Mientras el desaliñado y rijoso Torrente se suelta un cuesco, o se tira un eructo, o se hace unas pajillas sin mariconadas, decenas de miles de personas son asesinadas en GazaIrán o Líbano en genocidios comparables a los perpetrados por los nazis durante el siglo pasado pero que ya no parecen interesar a nadie. Poca broma con eso, amiguete Santi.

Tras más de cien años desde que los hermanos Lumière inventaron el cine, han quedado buenos ejemplos de comedias hilarantes, tronchantes y desternillantes que, además de divertir y entretener, transmitieron nobles valores como la libertad, la justicia y el respeto a los derechos humanos. Ahí está Ser o no ser, de Lubitsch, una mordaz caricatura de los patéticos nazis; El gran dictador, de Chaplin, sátira feroz de las dictaduras de Hitler Mussolini; o La vida es bella, de Roberto Benigni, la historia de un judío que, a base de cuentos y juegos infantiles, trata de evitar que su hijo se entere de que ambos están internados en un campo de concentración y a un paso de la cámara de gas. Incluso Bob Fosse demostró que se puede hacer un ameno musical como Cabaret sin perder de vista que en el Berlín de los años 30 los “camisas pardas” le partían la cabeza a uno en plena calle y por cualquier menudencia. Todas esas producciones para la historia rezuman un aroma a resistencia y subversión frente a la barbarie fascista que, por desgracia, no encontramos en la oportunista Torrente presidente. Y en esa indolencia es donde radica, quizá, la mayor decepción de la película de Segura, que no por divertida deja de entrañar una peligrosa falacia: la de que todo este revival ultraderechista es poco menos que una performance friqui o anécdota pasajera. Pues no lo es; nos encontramos ante algo siniestramente real. Vivimos una época trágica que exige movilización, sobre todo desde el mundo del arte y la intelectualidad. Contra la guerra cultural de Vox, más cultura y más comprometida.   

En su película, Segura alardea de reírse de todo y de todos (aquello tan franquista de “todos los políticos son iguales porque todos son unos corruptos”), pero el resultado es el peor que podría darse: el cinismo, el nihilismo pasota y el descreimiento que allana todavía más el camino a las botas del salvapatrias de turno. Convertir a un policía facha en un héroe posmoderno es el último disparate en la gran ceremonia de la confusión de las decadentes democracias. Y quizá ahí radique la peor de las trampas. Los espectadores ultras la disfrutarán babeando; los apolíticos también sin entender que le están metiendo el ideario por la retaguardia y sin enterarse. En el primer grupo está el propio Feijóo, que le ha encantado la peli (como no podía ser de otra manera en alguien algo justito de cultura que coquetea con el fascismo) y hasta se la deja ver a su hijo de nueve años saltándose la normativa de edad. Así se amamanta en el populismo a las nuevas generaciones. Gente que seguirá creciendo sin valores ni principios, según la lógica torrentiana; gente aborregada criada en la carcajada gratuita y estéril; gente capaz de decir no a la guerra y de apoyar la guerra de Trump (el poli corrupto internacional o Torrente yanqui por excelencia) todo en el mismo párrafo.

La risa está bien, pero la risa vacua, la risa nerviosa, la risa tonta y superficial en una tarde anodina de palomitas y coca colas, se acaba convirtiendo en un alimento venenoso y letal para la sociedad civilizada en vías de destrucción. Por mucho que el indigesto menú lo haya catado, servido y dado el visto bueno nuestro admirado Boyero.

 

lunes, 23 de marzo de 2026

23/03/2026 - BIENVENIDOS AL CUARTO REICH

Comentario: Antequera nos adelanta el apocalipsis, pero aún no están las cosas para tanto. Hace muy poco hemos comprobado cómo en Castilla-León con sólo haber pronunciado Sánchez el “no a la guerra” se ha movilizado el electorado de izquierdas del PSOE y los ultras se han quedado con la miel en los labios. Y para no ir muy lejos, hemos podido comprobar como el socialismo francés sigue muy vivo en las principales ciudades de Francia, donde, por cierto, llevan los ultras de Le Pen dando la lata muchos años sin conseguir llegar al poder. No, mi querido Antequera, todavía no hay motivos para pensar en el cuarto Reich, pues los que sí lo creen son minorías y lo de Trump está a punto de derrumbarse, cualquier día lo mandan los yanquis al carajo, como, ciertamente, han hecho los ayatolás en Irán. Y lo de Putin no es otra cosa que una enorme oligarquía, nada que ver con el fascismo. Y, que nadie olvide, que los ucranianos son los únicos culpables de esa guerra con Rusia que ellos provocaron con sus abusos en el Dombás prorusos.  

El nuevo fascismo trumpista controla ya las sociedades modernas, donde la democracia empieza a ser un recuerdo del pasado

José Antequera

El hombre en el castillo es una novela de Philip K. Dick que plantea un escenario ucrónico (género literario que especula con qué hubiese sucedido de haber terminado un determinado acontecimiento histórico de forma distinta a como ocurrió). El relato recrea, como hipótesis de historia ficción, una victoria total de las potencias fascistas del Eje (Alemania, Italia y Japón) durante la Segunda Guerra Mundial. De esta manera, la esvástica termina ondeando en todo el planeta, también en los Estados Unidos de América, y ya toda la humanidad brazo en alto y Heil Hitler. Tal argumento, propio de la especulación literaria, empieza a ser escalofriantemente real.

Oficialmente, el Tercer Reich se dio por derrotado en 1945, pero hoy ya tenemos indicios suficientes para concluir que aquello no fue más que un espejismo, un paréntesis, una pausa o intermedio en la hegeliana dialéctica de la historia. A lo largo de los últimos ochenta años, el fascismo en la sombra se ha ido rearmando, avanzando posiciones, ocupando todos los frentes de las sociedades occidentales. Hoy está más fuerte que nunca en todo el mundo. El trumpismo, la gran internacional fascista MAGA, es la continuación del Tercer Reich por otros medios, es más, es el Cuarto Reich en potencia y en acto. Una vez más, la imaginación prodigiosa de Philip K. Dick fue capaz de vislumbrar el futuro sombrío y distópico que nos espera.

Hay no pocos indicios para concluir que ya estamos viviendo, quizá sin que nos hayamos dado cuenta aún, en un régimen nazi. Y no solo el ascenso al poder global de un tipo como Donald Trump racista, golpista y genocida declarado. Alguien que ha amenazado con liquidar la Constitución americana para perpetuarse en el poder de forma vitalicia y ya para siempre. Hay otros síntomas que, aunque no queramos verlo ni afrontarlo, nos sitúan de lleno en un escenario como el planteado por la célebre novela ucrónica del genio de la anticipación. El modelo democrático liberal ha entrado en crisis y en los cinco continentes se abren paso partidos de corte neofascista. Los sistemas parlamentarios naufragan en franca decadencia. Y la fragmentación política, la polarización y el odio alimentado por las redes sociales (sobre todo por X, el altavoz mediático del goebelsiano Elon Musk) han creado una atmósfera política tóxica e irrespirable generadora de conflictos entre personas, sociedades y pueblos. La desafección de buena parte de la ciudadanía hacia la democracia (sobre todo de los más jóvenes que se afilian alegremente a los nuevos partidos fascistas, como en tiempos de la Europa de los convulsos años 20 y 30) es el mejor indicador reflejado en las encuestas sociológicas. Que uno de cada cuatro adolescentes españoles declare que prefiere una dictadura a un régimen de libertades confirma los peores presagios.

El mundo de ayer se ha derrumbado (como predijo Stefan Zweig, paradigma del suicida que prefirió morir junto a su esposa antes que seguir viviendo bajo una terrorífica dictadura); el Derecho internacional ha quedado liquidado, muerto y enterrado; y en todas partes emerge el mito del hombre fuerte, providencial, carismático llamado a salvar a la patria. Y si aún no hemos llegado al horror del horno crematorio, tal como ocurrió durante el Holocausto judío entre 1940 y 1945, no estamos tan lejos, ya que convivimos armoniosamente con otras cámaras de gas al aire libre, como el campo de exterminio de la Franja de Gaza. Trump promete levantar un complejo hotelero de lujo sobre los cadáveres de decenas de miles de asesinados; los militares de Netanyahu planifican otras “soluciones finales”, otros genocidios similares en el Líbano y Cisjordania; y Putin masacra a los ucranianos.

El ciudadano medio vive aterrorizado, pero no por los horrendos crímenes contra la humanidad que en nombre del nuevo Cuarto Reich se cometen cada día y a los que asiste indolente por los noticieros de la televisión –mientras engulle sin pensar una pizza o una hamburguesa–, sino porque el litro de gasolina anda por las nubes y muy pronto no le dará el bolsillo para su pequeñoburgués y contaminante coche barato. Se ha normalizado la violencia y las mujeres son asesinadas a diario, mientras los partidos del movimiento ultra ensalzan el machismo y niegan el feminismo. Se han abolido los principios elementales de la convivencia, se ha deshumanizado a quien piensa diferente (reduciéndolo a la categoría de insecto a fumigar), el ruido y la furia del haterismo rampante ha sustituido al respeto, al diálogo y a la buena educación. Todos llevan un supremacista dentro y pronto llegarán las delaciones entre vecinos y familiares.

Las potencias europeas vuelven a rearmarse hasta los dientes en una loca carrera hacia el desastre nuclear, tal como ocurrió en los peores tiempos del siglo XX, y hasta la ilustrada y pacífica Francia de Macron, con sus ojivas modernistas o de art nouveau, se suma al aquelarre final contra la supervivencia de la especie humana.

Hoy se revisa la historia para amoldarla a la nueva ideología nazi, en todas partes surgen discursos de odio racial, sexual y político y la religión medievalista retorna con fuerza (que se lo pregunten si no a las mujeres de Sagunto expulsadas de las cofradías de Semana Santa por el patriarcado hetero, blanco y ultraconservador). Al mismo tiempo, el capitalismo tecnológico va creando sus crisis de entreguerras, el desempleo, la desigualdad y el miedo al futuro, caldo de cultivo perfecto para el advenimiento del aprendiz de Hitler de turno. Otra vez el culto al líder, otra vez los enemigos y traidores a la patria. Las minorías son perseguidas (los científicos e intelectuales por rojos o zurdos, los inmigrantes por negros, los homosexuales por mariquitas). Retornan los cánticos que nos helaron la sangre y las soflamas nacionalistas cara al sol sobre el falso amor a la patria. La tiranía se ha instalado entre nosotros, que seguimos anestesiados, zombificados y enganchados al influjo narcotizante del Gran Hermano.

 

23/03/2026 - EL RELOJ DE LOS ÁRBITROS

Cuenta la leyenda que antes de que los árbitros se profesionalizaran -como cobraban “poco”- los grandes Clubes como el Real Madrid (supongo que Barça y los demás hacían lo mismo) regalaban un reloj de oro a los árbitros que se portaban bien con ellos. Es curioso, se dice por ahí, como la familia del árbitro extremeño Sánchez Ibañez -tras su fallecimiento- encontró unos pocos de relojes cuando sólo esperaba encontrar uno. Si es así, está más que claro que este buen hombre se portó demasiado bien con los merengues y de ahí su recompensa.

Hoy día, los árbitros cobran un suculento salario y no deberían mostrar partidismo por ningún Gran Club, pero no ocurre así. El arbitraje sigue siendo parcial y, en casos, muchos casos, sobre todo con Real Madrid y el Barça excesivamente parcial.

Valga como ejemplo de lo anteriormente dicho lo ocurrido ayer en el partido Real Madrid-Atlético de Madrid, donde el árbitro mostró una gran parcialidad hacia el Real Madrid que queda manifiesta en los datos del partido: 15 faltas pitadas al Atlético, un penalti claro sin pitar que conllevaba además una expulsión cuando el partido iba 0-1 y un penalti pitado en contra sin prueba de que existiera (ni se recurrió al VAR ni nada de nada, penalti y ya está) para encarrilarle el partido a los blancos, que curiosidades del futbol, sólo se les pitaron dos faltas en todo el partido (caso jamás ocurrido en el mundo en este tipo de partidos en más de 150 años) y una de ellas fue para quizás enderezar un poco el entuerto patente con expulsión del madridista Valverde, que, dicho sea de paso, debería haber acompañado a Carvajal que debió ser expulsado antes.

En fin, un 3-2 final a favor del Real Madrid que debería, en justicia, haber sido un 2-3 a favor del Atlético de Madrid. Y una curiosidad más (bueno, dos curiosidades): primera, el árbitro se dirigió al entrenador del Real Madrid para darle explicaciones (o quizás, pedirle perdón) sobre la expulsión de Valverde, lo que no suele ser habitual en los partidos de fútbol de la actualidad; y segunda, con este penalti a favor, el Real Madrid lleva camino de establecer un record muy difícil de igualar y, por supuesto, camino de superar su propio record en una Liga.

Para terminar: sólo decir que las veces que el Real Madrid ha sido favorecido en los partidos contra el Atlético de Madrid son incontables, casi en todos los enfrentamientos salvo cuando el Atlético se desata y le coloca un 5-2 como en la primera vuelta de la actual liga. Y, que nadie olvide que dos copas de Europa de esas que tanto presumen deberían ser, sino hubiera habido arbitrariedad manifiesta, del Atlético de Madrid.   

 

sábado, 21 de marzo de 2026

21/03/2026 - AYUSO PASA DEL ATAQUE A LA CONSPIRACIÓN CONTRA SÁNCHEZ

Ayuso ha mutado. Ya no trata únicamente de disputar políticas o modelos de gestión, sino de cuestionar las reglas del propio sistema bajo la sospecha de manipulación, exactamente igual que la extrema derecha europea o Donald Trump en Estados Unidos

José Antonio Gómez

Los cambios sociopolíticos derivados de la crisis económica de 2008 han provocado que pocas ideas hayan viajado tan rápido desde la periferia ideológica hasta el centro del debate público como la llamada teoría del “gran reemplazo”. Lo que durante años fue un artefacto intelectual promovido por figuras como Renaud Camus ha acabado permeando discursos de líderes y analistas en ambos lados del Atlántico, desde Elon Musk hasta J. D. Vance, pasando por gran parte de los líderes de la extrema derecha e iberoamericana. En esencia, plantea que las élites y los progresistas promueven la inmigración para alterar la demografía y, con ello, el equilibrio político.

En España, esta narrativa ha encontrado una versión propia, adaptada a claves locales y electorales. Y es aquí donde la figura de Isabel Díaz Ayuso emerge como protagonista de una deriva preocupante: la instrumentalización de teorías conspirativas para erosionar la confianza en el sistema democrático.

En sus primeras referencias, Ayuso insinuó riesgos culturales asociados al islamismo en Europa, en línea con discursos ya presentes en otros países y en los argumentarios de líderes ultras como Marine Le Pen, Nigel Farage, Santiago Abascal, Alice Weidel o Geert Wilders. Sin embargo, el giro más significativo ha sido trasladar ese marco al terreno electoral: la idea de que el Gobierno de Pedro Sánchez estaría manipulando el censo mediante nacionalizaciones masivas para alterar resultados futuros.

Este argumento, amplificado por su entorno político y mediático, transforma una política pública, esto es, la concesión de nacionalidad en virtud de leyes como la de memoria democrática, en una supuesta operación de ingeniería electoral. La insinuación es clara: nuevos ciudadanos equivaldrían automáticamente a nuevos votantes progresistas. Pero aquí es donde la conspiración empieza a desmoronarse.

Distorsión deliberada

Uno de los elementos más problemáticos del discurso es la confusión y la manipulación interesada entre regularización de inmigrantes y concesión de nacionalidad. Son procesos radicalmente distintos en el ordenamiento jurídico español. Este hecho clave no es mencionado por Isabel Díaz Ayuso, lo cual indica que su relato ya forma parte de los procedimientos conspirativos. 

La regularización permite a una persona extranjera residir y trabajar legalmente en el país. No implica, en ningún caso, la adquisición de derechos políticos. Un inmigrante regularizado no puede votar en elecciones generales ni autonómicas, ni lo hará en el corto plazo salvo que inicie y complete un largo proceso de nacionalización.

La nacionalización, por el contrario, sí otorga la ciudadanía plena, incluido el derecho al voto. Pero incluso aquí existen matices esenciales: muchos de los nuevos nacionales derivados de la ley de memoria democrática residen fuera de España y deben inscribirse en el censo correspondiente para poder votar. No se trata de una masa electoral automática ni homogénea.

Ignorar estas diferencias no es un error técnico menor; es el núcleo de una narrativa que sugiere, sin pruebas, una manipulación estructural del sistema.

El mito del voto inmigrante de izquierdas

Aún más débil es la premisa de que estos hipotéticos nuevos votantes responderían de forma uniforme a un mismo patrón político. La evidencia empírica desmiente esta simplificación.

Los comportamientos electorales de ciudadanos de origen extranjero varían según múltiples factores: país de origen, nivel socioeconómico, trayectoria migratoria. En algunos casos, como los votantes procedentes del exilio de Cuba o Venezuela, existe una tendencia hacia opciones conservadoras. En otros, ocurre lo contrario. No hay, en suma, un “voto inmigrante” monolítico.

La afirmación de que las nacionalizaciones constituyen un “pucherazo” moderno no solo carece de pruebas, sino que simplifica hasta lo grotesco una realidad compleja.

La conspiración Ayuso

El desplazamiento discursivo de Isabel Díaz Ayuso no se entiende sin observar su evolución política reciente. Durante años, su estrategia se articuló en torno a una confrontación frontal con Pedro Sánchez: crítica fiscal, denuncia de políticas económicas, oposición a la gestión de la pandemia o al modelo territorial. Era una oposición dura, pero legítima y reconocible dentro de los márgenes clásicos de la política democrática.

Sin embargo, en su fase más reciente, ese antagonismo ha mutado. Ya no se trata únicamente de disputar políticas o modelos de gestión, sino de cuestionar las reglas del propio sistema bajo la sospecha de manipulación. Para Ayuso, Pedro Sánchez ha dejado de ser un rival legítimo para convertirse en el supuesto arquitecto de una operación encubierta para alterar el resultado electoral.

Este salto cualitativo de la crítica al cuestionamiento del proceso marca la entrada en una lógica conspirativa. La hipótesis de que el Gobierno utiliza instrumentos legales, como la regularización, para perpetuarse en el poder no se sostiene sobre pruebas verificables, pero cumple una función política clara: reforzar la idea de que la competencia electoral ya no es equitativa.

En este marco, el discurso deja de buscar convencer al votante indeciso y pasa a movilizar al convencido mediante la desconfianza. Es un cambio de registro que acerca el debate español a dinámicas vistas en otras democracias, donde la sospecha sobre el fraude o la manipulación se convierte en herramienta de combate político.

Deslegitimación democrática

El problema de fondo no es únicamente la manipulación de los datos, sino el efecto político de este tipo de discursos. Al sugerir que el sistema electoral puede ser manipulado desde dentro, se introduce una duda corrosiva sobre la legitimidad de los resultados.

No es un fenómeno aislado. En otros contextos, teorías similares han sido utilizadas para cuestionar elecciones y polarizar sociedades, como ha sucedido con Donald Trump quien llegó a provocar el asalto violento al Capitolio. La importación de estas narrativas al debate español marca un cambio cualitativo: de la confrontación política tradicional a la sospecha estructural sobre las reglas del juego.

En este sentido, las acusaciones sin pruebas que las respalden dirigidas al entorno de Félix Bolaños encajan en un patrón más amplio de construcción de enemigos institucionales.

La normalización de teorías como el “gran reemplazo” no es inocua, es un gran peligro. En países europeos, su difusión ha ido acompañada de un endurecimiento del discurso público y de un desplazamiento del debate hacia posiciones cada vez más radicalizadas. La ficción literaria de Michel Houellebecq en Sumisión imaginaba un vuelco cultural improbable: la política contemporánea parece empeñada en convertir esas fantasías en herramientas retóricas.

En España, la adopción de este marco por parte de dirigentes institucionales introduce un elemento de riesgo adicional: legitima ideas que antes estaban confinadas a los márgenes de las teorías de la conspiración.

Alto coste democrático

Desde un punto de vista estrictamente político, la estrategia puede ofrecer réditos a corto plazo: moviliza bases, simplifica el conflicto y desplaza el foco del debate. Pero sus costes son profundos.

Al destruir la confianza en el sistema electoral, se debilita uno de los pilares fundamentales de la democracia. Al presentar la inmigración como una amenaza electoral, se distorsiona un fenómeno complejo y se alimenta la polarización social. Y al sustituir el análisis por la sospecha, se empobrece el debate público.

La arquitectura de la mentira

La manipulación del relato ha dejado de ser una herramienta secundaria para convertirse en el eje central de la estrategia de control. Lo que antes se entendía como simple propaganda se ha transformado en una conspiración política digital diseñada para erosionar la confianza en las instituciones democráticas. Esta nueva forma de guerra híbrida no busca necesariamente que el ciudadano crea una mentira concreta, sino que deje de creer en la existencia de una verdad compartida, sumiendo a la sociedad en un estado de parálisis y sospecha permanente.

La desinformación estratégica opera mediante la saturación de los canales de comunicación, donde el exceso de ruido impide la fiscalización del poder. Cuando un actor político utiliza la posverdad para desviar la atención, como hace Isabel Díaz Ayuso, de problemas estructurales o casos de corrupción, no está simplemente mintiendo, está ejecutando un plan deliberado para modificar la percepción de la realidad. Esta ingeniería social basada en el miedo utiliza algoritmos de segmentación para entregar mensajes personalizados que refuerzan los prejuicios del votante, creando cámaras de eco donde la disidencia es vista como una traición o una conspiración externa.

La verdadera amenaza a la democracia reside en la capacidad de estas narrativas para desmantelar el consenso social. Al introducir noticias falsas o bulos con apariencia de rigor, se construye una realidad paralela que sirve a intereses electorales específicos. Esta manipulación de la opinión pública se nutre de la polarización extrema, convirtiendo al adversario político en un enemigo existencial. En este escenario, en la estrategia de Ayuso, el relato oficial se convierte en una armadura contra los hechos, permitiendo que las élites políticas evadan su responsabilidad mediante la creación de chivos expiatorios y teorías del complot que mantienen a la base electoral en un estado de alerta constante.

 

miércoles, 18 de marzo de 2026

18/03/2026 - ESCÁNDALO EN VOX: GUERRAS INTERNAS MIENTRAS GALLARDO FRINGS DENUNCIA UN "TERCER SUELDO" PARA LA MUJER DE ABASCAL

Ilustres purgados por la cúpula firman un manifiesto reclamando un congreso extraordinario para refundar el partido

Marcos López

Los purgados de Vox están hartos. Espinosa de los Monteros, Macarena Olona, Ortega Smith… Son demasiados los cadáveres en el armario, los laminados por el jefe Abascal, y todos ellos han decidido pasar a la ofensiva. Exdirigentes ultras defenestrados, encabezados por el propio Espinosa, han hecho circular un manifiesto en contra de la dirección nacional. Reclaman más libertad interna y un congreso extraordinario “con plazos suficientes y reglas claras”. Los animosos purgados, sin embargo, no han caído en la cuenta de un pequeño detalle: los estatutos del partido impiden congresos extraordinarios sin un 20 por ciento de votos de la militancia (unos 60.000 afiliados, según las estimaciones de la organización). Es la forma de blindar al caudillo. El autoritarismo neofascista era esto.

“Es hora de abrir el debate sobre el futuro de Vox”, aseguran los firmantes del manifiesto, entre los que además están el exvicepresidente del partido Víctor González Coello de Portugal y el expresidente en Murcia José Ángel Antelo (otro ejecutado). También están en la lista de disidentes Rubén Manso, Víctor Sánchez del Real, Juan Luis Steegmann, Malena Nevado y Francisco José Contreras.

Las críticas internas están adquiriendo tintes de auténtica revolución dentro del partido. Y la lucha es encarnizada, sangrienta, feroz. Ahí está Juan García-Gallardo, exlíder de la formación en Castilla y León también purgado, quien ha llegado a asegurar que antes de su dimisión descubrió que Abascal “se estaba embolsando un tercer sueldo en la cuenta corriente de su mujer”, según informa La Sexta. En una entrevista para El MundoGarcía-Gallardo ha afirmado que ese fue el momento en el que perdió la “confianza” en él: “Conocí que se estaba embolsando un tercer sueldo, a través de un proveedor del partido, en la cuenta corriente de su mujer, por unos presuntos servicios de consultoría en materia de redes sociales a una sociedad mercantil que está en pérdidas y en causa de disolución. 60.000 euros por unos servicios que nos tendrán que explicar”.

El abogado ha ido más allá y ha asegurado que “hay enormes cantidades de recursos públicos a los que accede el partido para beneficio último de muy poquitas personas”, y que existe una “galaxia de sociedades” a priori externas a Vox, pero que acaban formando una “especie de parapartido que está parasitando los recursos económicos de Vox”, añade La Sexta. Y remata: “A este paso, Vox quedará como el plan de pensiones de Abascal”.

Desde el partido se echa balones fuera. Fuentes internas invita a los disidentes a que “dejen en paz” a Vox, que lo único que necesita son “grandes constructores de equipos” y “grandes líderes”. Que se metan “el ego donde les quepa”, espetan.

Entre los impulsores del manifiesto también está el primer presidente de Vox y concejal en Madrid, Ignacio Ansaldo; la vicealcaldesa de Toledo por Vox, Inés Cañizares; la exlíder del partido en Madrid, Rocío Monasterio; la diputada autonómica de Cataluña y expresidenta provincial de Tarragona, Isabel Lázaro Pina; el diputado regional de Cantabria y exportavoz del grupo, Cristóbal Palacio; y quien fue vicepresidente de Movilización Rubén Garrido.

Bajo el título Por la apertura del proyecto y la preparación para gobernar, los firmantes del manifiesto se presentan como militantes y exdirigentes del partido comprometidos con Vox desde su origen y aseguran que lo hacen público con la convicción de que “la lealtad política es a las ideas, no a las personas”. Denuncian que durante años han asistido en Vox a un proceso de reducción y empobrecimiento interno, en el que no se ha tratado de cerrar formalmente el proyecto sino de estrecharlo en la práctica, “concentrando decisiones en muy pocas manos, debilitando el debate, eliminando contrapesos y apartando a quienes mantenían criterio propio”.

“El resultado es un partido más pequeño por dentro, menos plural y menos ambicioso”, alegan, a lo que suman las “salidas o apartamiento” sin explicaciones suficientes y “por la vía de los hechos consumados” de mandos históricos y perfiles que han demostrado capacidad organizativa y compromiso con el proyecto.

El escándalo político llega cuando Vox obtiene los mejores resultados electorales y tiene al PP comiendo de su mano. Sin embargo, el manifiesto y la bomba que acaba de soltar Gallardo Frings puede ocasionar un daño definitivo al partido ultra. Ecos de corrupción y guerras entre facciones y banderías pueden llevar al votante a quitarse la venda de los ojos y a ver la realidad: que Vox no es un partido de honrados trabajadores, que es la élite de siempre, la casta. La herida que se ha abierto promete ser letal. Y no solo porque Vox es un partido autoritario sin un atisbo de democracia interna. Sino porque ya son muchas, quizá demasiadas, las filtraciones desde dentro que hablan de falta de transparencia y de supuestas irregularidades en la financiación del partido. La Fiscalía y los jueces deberían tomar cartas en el asunto.

 

18/03/2026 - EL SISTEMA CORRUPTO ACABA CON BANKSY

La Policía filtra la identidad real del más famoso grafitero de la historia, cuya obra, desde hace décadas, ha removido conciencias en todo el mundo

José Antequera

Un informe policial, convenientemente filtrado a los periodistas de Reuters, ha revelado la identidad, hasta hoy oculta, del misterioso artista urbano Banksy. Se trataría de Robin Gunningham, aunque este señor con apellido de lord inglés, de momento, no ha confirmado la noticia. Si finalmente se demuestra que es él, si se acaba sabiendo el nombre y apellido del escurridizo grafitero, el sistema habrá derrotado, por fin, al héroe desconocido del arte callejero.

Un Banksy anónimo molestaba, resultaba incómodo para más de uno (no sería la primera vez que un político envía a sus albañiles, con pico y pala, a destruir algunas de sus hermosas composiciones). Así que esto es el poder reprimiendo al artista solitario y comprometido; esto es la policía fichando al guerrillero del aerosol que lucha contra la injusticia social. Toda una metáfora de los tiempos mercantiles que nos ha tocado vivir.

Hasta hoy, poco se sabía de Banksy más allá de que a los catorce años fue expulsado del colegio y que estuvo en prisión por delitos menores. Durante décadas, su obra repleta de sátira, crítica política, humor ácido y con un sello inconfundible, ha estado envuelta en el más absoluto de los misterios. Creaciones como La niña con el globo rojoEl lanzador de floresMona Lisa bazooka y las Ratas autoestopistas forman parte ya de la historia del arte contemporáneo. Han sido años de glorioso activismo artístico mientras el público gozaba con sus aventuras de cómic y se preguntaba quién era ese creador total tan original como fantasmagórico que un día firmaba un mural en Londres y al día siguiente se plantaba en Kiev, entre las ruinas de la locura de Putin, para representar a una niña con máscara antigás y extintor subida a una silla. El efecto sorpresa y la eficacia de un mensaje impactante, directo, contundente: ese ha sido el secreto del éxito de la factoría Banksy.

La gente que deambula por las calles de las grandes ciudades de mundo, Nueva YorkLos Ángeles o París, se encuentra de repente con un Banksy como quien se encuentra con un Goya plasmado en una muerta pared, en un enmohecido muro de cemento gris o en una valla junto a un solar abandonado. Al instante, el espectador queda conmocionado por un dibujo de rabiosa actualidad que habla de la corrupción política, de la crisis económica, de la pobreza, del racismo, del drama del cambio climático o de la guerra injusta y cruel. Una imagen que apunta directamente a la conciencia del espectador. Entonces el transeúnte ve que detrás de cada obra, de cada grafiti, está la mano de una especie de divinidad invisible que entra y sale de escena para denunciar los males de la humanidad, un demiurgo que aparece y desaparece como por arte de magia sin que las autoridades puedan echarle el guante. Es el artista regalando su arte; es el ladrón bueno que roba la verdad escamoteada por el rico para dársela al pobre; es el genio ofreciendo su trabajo al pueblo sin recibir nada a cambio. El talento ya no está colgado en el museo o en la mansión de algún millonario inculto. Pertenece al ciudadano, se convierte en patrimonio de la humanidad. La obra de arte como disidencia y como parte esencial de la conciencia social.

Decía Kant que mientras lo bello produce un placer tranquilo y agradable, lo sublime genera una emoción intensa, a menudo mezclada con temor/temblor, asombro o admiración ante algo extraordinario. Esto último es Banksy. Sus viñetas urbanas como puñetazos de realidad, unas veces terroríficas, otras fascinantes, son siempre hipnóticas. Un rayo de luz sobreimpreso en una sucia y desconchada pared. El hechizo de lo sublime.

Más allá de la innegable calidad de los dibujos Banksy, que habían puesto firma a la vanguardia del siglo XXI como símbolo y mito contracultural de nuestro tiempo, la magia de esta historia propia de una novela gráfica de Alan Moore reside en que nadie sabía quién era realmente el autor de tantas maravillas pictóricas. Y ese anonimato acrecentaba su leyenda, como ocurrió con el extraño vengador de V de Vendetta enfrascado en una batalla sin cuartel para recuperar la libertad de la humanidad en un mundo de tiranos (véase Donald Trump, quien cada vez que arrestan a un posible candidato a Banksy pone un tuit con la palabra “terrorista”). En este mundo de locos trumpizados ansiosos por desnudar su intimidad en las redes sociales, el verdadero genio huye de la fama y la notoriedad para refugiarse en el tímido anonimato. Banksy pega el palo artístico bajo su capucha, sin que nadie pueda reconocerlo, y escapa de la pasma, escurriéndose en medio de la noche como la Pantera Rosa o como uno de esos elegantes ladrones ingleses de guante blanco.

Banksy era la resistencia intelectual frente a la internacional fascista que nos gobierna ya en todo el planeta, pisoteando los derechos humanos. Sus mensajes sociales, comprometidos y peligrosos, hacían mucho daño al sistema. De ahí que la Policía de la Moral trumpista se lo haya cargado (con la ayuda cómplice de los muchachos de Reuters), aireando su carné de identidad. Banksy tras la máscara de Anonymous era el nuevo Che Guevara del mundo anarco-punk de hoy. Desenmascarado, es un señor con barriga, sin misterio y sin glamur que no vende un solo cuadro. “Mi esposa me odia cuando trabajo desde casa”, llegó a decir en una ocasión. El sistema ha matado a Banksy filtrando su partida de nacimiento y bajándolo del Olimpo de los dioses de la cultura pop para convertirlo en un vecino del quinto con bata y pantuflas que vive al final de una modesta y sombría calle de Bristol. Ahora, cada vez que pinte un grafiti para la posteridad, le llegará la multa del ayuntamiento a su casa con acuse de recibo y saldrá en los papeles. Muerto el mito, se acabó la rabia.

 

18/03/2026 - LAS DERECHAS ESPAÑOLAS SUEÑAN CON LIQUIDAR EL RÉGIMEN DEL 78

Los ultras le echan las cruces a Felipe VI por haber reconocido "abusos" de los españoles durante la conquista de América

José Antequera

Las palabras de Felipe VI sobre los “abusos” cometidos por los españoles durante la conquista de América han enervado a las derechas españolas. Tanto es así que, en PP, Vox y Falange ya hay quien pide el derrocamiento de la actual dinastía por demasiado “roja”. En el mundo conservador se han pasado años acusando a las izquierdas de querer acabar con el Régimen del 78 y resulta que van a ser ellos, los supuestos patriotas, los más antimonárquicos y sediciosos con el actual sistema político, los revolucionarios que finiquiten ese invento de la Restauración que ni les va ni les viene. Ver para creer.

Cuando Podemos llegó al poder con el primer Gobierno de coalición de SánchezPP y Vox se llevaron las manos a la cabeza. Pablo Iglesias, el líder de los indignados, comunistas y bolivarianos era, sin duda, el hombre que iba a liquidar la Constitución que los españoles nos habíamos dado en la Transición. Y fueron ellos, los prebostes del mundo reaccionario, quienes se postularon como los auténticos defensores de la Carta Magna frente a la amenaza del bolchevismo republicano. Poco a poco vimos que en Podemos no había nadie con rabo y cuernos y que de estalinistas tenían más bien poco. Ellos no pasaban de ser un grupo de profesores, universitarios y funcionarios con inquietudes, pero escasos bríos revolucionarios, y ellas estaban a sus cosas del feminismo, o sea mucho Simone de Beauvoir y mucha discusión teórica bizantina sobre el movimiento queer, pero Marx ni catarlo.

Fue así como el diablo podemita se fue disolviendo entre la frustración de jóvenes y trabajadores que ahora, escarmentados ya de las promesas de cambio de la formación morada, se entregan desesperados a la extrema derecha. Hoy Podemos, por mucho que Ione Belarra se resista a aceptar la realidad y siga disparando cainitamente contra Sumar y Yolanda Díaz, ya no es nada. Apenas una reminiscencia del pasado, un recuerdo de lo que pudo ser y no fue, y poco más. Quienes llegaban para asaltar los cielos del bipartidismo se han quedado en una cuadrilla de antiguos alumnos de la Complu que se juntan en el Parlamento para jorobar a Sánchez y aparentar que siguen en la brecha. Jamás estuvieron a punto de darle el sorpasso al PSOE. Jamás tuvieron intención de liquidar el Régimen del 78 para avanzar hacia la Tercera República. Y en cuanto a sus pretendidas soflamas antimonárquicas, quedaban muy típicas como efímeros titulares para los escasos periódicos digitales izquierdistas de Madrid, pero en ningún momento supusieron amenaza alguna para la dinastía Borbónica española. Todo fue un gigantesco bluf que Sánchez supo rentabilizar políticamente y con habilidad estratégica.

La revolución antisistema de Podemos fue una cosa utópica, naíf, de patio de colegio, nada que ver con lo que estamos escuchando en las últimas horas por boca de destacados dirigentes de la extrema derecha de Vox y también de ese PP de Feijóo dócil, sumiso y entregado al nuevo fascismo sin complejos. En uno y otro partido ha sentado a cuerno quemado que Felipe VI haya reconocido los “abusos” cometidos por los españoles durante la conquista de América. En realidad, la declaración del rey se queda más bien corta, ya que el drama colonizador de las Indias supuso mucho más que unos cuantos “abusos”, tal como dice el monarca: fue un genocidio en toda regla cometido por una potencia invasora contra pueblos tecnológicamente menos avanzados (los últimos estudios hablan del exterminio de hasta el noventa por ciento de la población indígena original, es decir, varias decenas de millones de muertos por las guerras, el trabajo forzoso al que fue sometida la comunidad nativa y las enfermedades que les transmitimos). Todo ello (más el expolio del oro y las riquezas naturales) es razón más que suficiente para que, en algún momento, el rey de España pida perdón a nuestros países hermanos y lo haga sincera y honestamente. Sin embargo, y aunque esa disculpa oficial de la Casa Real por las atrocidades cometidas al otro lado del Charco no ha llegado aún ni llegará, la tímida asunción de culpa del monarca por los “abusos” perpetrados ha quemado la sangre patriotera de las derechas españolas. Y ya le han echado las cruces a Felipe VI.

La portavoz de Vox, Pepa Millán, mordiéndose la lengua para no entrar en conflicto institucional con Zarzuela, salió al paso para calificar la conquista de América como “la mayor obra evangelizadora y civilizadora de la historia universal”, reivindicando la labor de la Corona española y su “respeto a los derechos y la dignidad de todos los súbditos de entonces”. La mujer debe haberse dado tal atracón de Pío Moa César Vidal, o sea los revisionistas al servicio de la versión imperial y franquista del pasado, que ha perdido el contacto con la realidad de la historia. La versión de que la conquista fue una especie de excursión solidaria de los padres jesuitas al Nuevo Mundo, un desembarco de alegres y fraternales oenegés a bordo de la Pinta, la Niña y la Santa María –la flotilla de la paz de aquellos tiempos–, no se la cree ni ella. Más bien fue al contrario: hubo guerras, crímenes horribles, violaciones, mutilaciones, ejecuciones sumarísimas, mucha sangre y la sumisión de varios pueblos precolombinos ante el poderío militar de la fuerza invasora.

Más duro aún que Millán fue el ultra Hermann Tertsch, quien aseguró sentirse “estupefacto” por la versión histórica del rey alineada con quienes “solo buscan daño y desprecio para la historia de España”. El siempre exaltado eurodiputado tiró de demagogia barata y añadió: “Mucho abuso hay ahora por parte de un Gobierno criminal que saquea a los españoles”.

Mientras todo eso ocurría en el Parlamento español y en Bruselas, Feijóo se subía al carro de los patriotas indignados y calificaba de “disparate” el discurso autocrítico del monarca, así como su presentismo al analizar los hechos del siglo XVI con la perspectiva del siglo XXI, mientras reivindicaba su “orgullo” por el “legado español”. Casi al mismo tiempo, Falange (faltaba Falange para completar el déjà vu guerracivilista) publicaba un meme que daba la vuelta al mundo: un retrato de Felipe VI vestido como un rey inca o maya sobre un letrero durísimo: “Próxima estación, exilio”. El montaje iba acompañado de un tuit hiriente para la Casa Real: “Felipe, vete al Machu Pichu”. Tanto a unos como a otros, ya metidos en el mismo tanque, ya perfectamente alineados y en perfecta comandita, solo les faltó poner el retrato de Felipe VI boca abajo, tal como hacen los indepes con los odiados Borbones.

Solo el PSOE aplaudió las palabras del rey. El PSOE siempre más papista que el papa. Todo lo cual nos lleva a concluir que, en este momento trascendental para el país y para el mundo, las derechas ibéricas echadas al monte ya han roto política y sentimentalmente con la monarquía, pensando quizá en un caudillo como sustituto, en plan Franco. Y estos no van de broma ni son los utópicos podemitas. Hablan en serio, muy en serio, y en cuanto puedan mandan a Felipe VI a esparragar a las ruinas de Tenochtitlán.