Wikipedia

Resultados de la búsqueda

martes, 12 de mayo de 2026

12/05/2026 - NOS HEMOS LIBRADO DE OTRA PANDEMIA LETAL

Comentario: No hace mucho, días solamente, escribí un escrito sobre el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Va a resultar que servidor tenía razón al titular dicho escrito como “El mejor Presidente de la Democracia”. Pueden leerlo en mi blog “La Demagogia del Alacrán” (angelmorblogspot.blogspot.com). 

La eficaz actuación del Gobierno español ha logrado atajar, en el último momento, un virus letal

José Antequera

España ha librado al mundo de una pandemia global.

El ciudadano español aislado en el hospital Gómez Ulla de Madrid ha dado positivo por hantavirus. Se trata de uno de los catorce pasajeros del crucero Hondius aislados en cuarentena por precaución. La noticia viene a confirmar, sin duda, la peligrosidad del nuevo enemigo invisible microbiano al que nos enfrentamos. Pese a las críticas absurdas de la derecha, el Gobierno ha hecho lo que tenía que hacer y es de alabar que haya pecado por exceso y no por defecto al aplicar estrictas medidas sanitarias. El brote se ha atajado, quizá in extremis y en el último segundo, antes de estallar otra bomba pandémica, y debemos felicitarnos por ello. Quién sabe lo que podríamos estar viviendo a esta hora de haber entrado el hantavirus en nuestras vidas. Otro infierno como el acaecido durante el covid 19.

Supongamos por un momento que ese pasajero contagiado en el crucero no llega a su destino en Países Bajos y toma tierra, sin más, en un puerto de nuestro país como BarcelonaValencia Málaga. Supongamos que el excursionista coge su maleta, baja tranquilamente por la pasarela y se planta en el centro de una de esas populosas ciudades del litoral mediterráneo. El anónimo entra en el Corte Inglés, visita un museo, se sienta a comer en un restaurante y se mete en un cine. Un día feliz para una persona que se acaba convirtiendo en un cataclismo para todo un país. El contagio sería exponencial. En una hora varios infectados; a media mañana, decenas de ellos; al caer la noche y finalizar la jornada quizá unos cuantos cientos. Un auténtico desastre sanitario ya imparable desde ese preciso instante.

Viendo cómo ha terminado esta historia, no debe extrañar que la OMS y la UE hayan felicitado a nuestro país por tan eficaz gestión. El plan consistente en fondear el barco, movilizar al ejército, enviar barcazas con personal protegido con trajes especiales, rescatar a los viajeros y llevarlos a hospitales seguros, ha funcionado. Poco importa ya si se ha propagado una alarma infundada o desmesurada o si ha habido más o menos colaboración con Clavijo, convertido en el gran cuñado de la crisis vírica (quedará para siempre como el señor de las ratas que nadaban por el mar a la velocidad de Michael Phelps). El Gobierno tomó las riendas mientras los agoreros de PP Vox se dedicaban a boicotear el operativo, a hacer el ridículo internacional y a difundir bulos propios de cuentos de viejas para asustar a la población (el fascismo bebe de la conspiración, el odio y el miedo). Se tomaron las decisiones adecuadas y el éxito ha asombrado al mundo entero. Hasta el papa de Roma ha alabado la solidaridad del pueblo español con unos enfermos a los que algunos pretendían dejar abandonados a su suerte en medio del mar. Por no hablar del mismísimo Alfonso Rueda, el barón gallego del PP, que ha aplaudido la actuación gubernamental y la información seria y rigurosa que Moncloa le ha transmitido en tiempo real. Los protocolos de la ministra Mónica García han sido mano de santo.

No exageramos un ápice si aventuramos que probablemente nos hemos librado de una buena gracias a la gestión racional y planificada de un Gobierno que ha estado a la altura. Tiene sobradas razones Pedro Sánchez para presumir ante la comunidad internacional. Y está bien que se cuelgue esa medalla. Quienes le acusan de haber lanzado una cortina de humo para esconder la supuesta corrupción del PSOE o de haber organizado un “biosafari” o una especie de reality show para aumentar sus índices de popularidad hablan desde su mediocridad política, desde su delirio enfermizo y desde cierta envidia insana hacia quienes demuestran talento y esfuerzo en horas críticas para una nación. “Este mundo no necesita más egoísmo, sino países solidarios que den un paso al frente, era nuestra obligación moral. Ese es el ejemplo que España ha dado al mundo”, asegura el presidente del Gobierno ante un Tedros Adhanomdirector general de la OMS, totalmente agradecido y entregado.

Una vez más, el planeta observa nuestro país con admiración y ya van unas cuantas desde que los españoles denunciamos el genocidio de Gaza y la guerra de Irán. Ahora también suspiran por nuestro sistema sanitario público, por nuestros mecanismos de defensa ante plagas y pandemias, por la bravura y sentido de la responsabilidad a la hora de salvar a un puñado de personas a quienes las derechas pretendían condenar a un espantoso final en una especie de barco leprosería a la deriva.

Pero haría mal el Gobierno en caer en el error de morir de éxito o de pecar por un exceso de triunfalismo. El episodio del Hondius (que nos ha puesto al borde de una nueva epidemia, quizá global) debe analizarse como un triunfo de toda la sociedad española, desde el primer militar que rescató a los pasajeros hasta la última enfermera que hoy aplica el gotero a ese ciudadano español anónimo en lucha contra un virus mortal (aunque sea más torpe que otros agentes patógenos a la hora del contagio entre humanos presenta un índice de letalidad de hasta el 38 por ciento). El asunto no era ninguna broma por mucho que Abascal haya dado rienda suelta a su miseria interior al acusar a Sánchez de “provocar una epidemia para ocultar su corrupción”. Está Clavijo con sus patrañas como carne de meme, Feijóo con su populismo demagógico, Ayuso con sus payasadas en México y Santi, que juega en otra liga: la Champions de la infamia.

Esta vez nos hemos salvado de volver a un escenario tan terrorífico o más que el ocasionado por el coronavirus en 2019. Ahora bien, tenemos que preguntarnos qué será de nosotros cuando gobierne esta fauna enloquecida y nos llegue otro virus, que nos llegará. Que Dios nos coja confesados.

 

12/05/2026 - EL TIRO EN EL PIE DE MORENO BONILLA AL UTILIZAR ELECTORALMENTE LA TRAGEDIA DE ADAMUZ EN EL TRAMO FINAL DE CAMPAÑA

Comentario: Lástima que el PSOE esté en Andalucía -como en el resto de España- en cuadros y sin cuadros. Está más que claro que la Sra. Montero ha ido a su tierra a jubilarse y poco más. Dice el dicho que “así se las ponían a Felipe no sé cuántos”.

Los reproches de Moreno Bonilla a la candidata socialista por la gestión del accidente ferroviario, destapa la caja de los truenos entre PP y PSOE a escasos días del 17M

Natalio Blanco

En un giro inesperado de los acontecimientos en este tramo final de campaña de las andaluzas del 17M, el candidato del Partido Popular a la Presidencia de la Junta, Juan Manuel Moreno Bonilla, ha decidido utilizar electoralmente la tragedia ferroviaria de Adamuz (Córdoba), con 46 fallecidos y 152 heridos el pasado 18 de enero tras el choque de dos trenes de alta velocidad, precisamente cuando se sentía más cercado por el resto de candidatos por el tema de los cribados fallidos de cáncer de mama durante el segundo y último debate electoral celebrado este pasado lunes 11 en Canal Sur. El alcalde socialista de la localidad cordobesa, Rafael Moreno, ha roto su silencio desde hace cuatro meses que sucedió la tragedia ferroviaria y ha lamentado el uso electoral del accidente por parte de Moreno Bonilla en un duro comunicado.

A partir de este instante, el cruce de reproches y acusaciones se ha sucedido entre dirigentes del PP andaluz y de los socialistas andaluces. Y todo tiene su origen en la decisión premeditada de Moreno Bonilla de utilizar el ‘comodín’ electoral de la tragedia ferroviaria para desviar la atención del asunto que más ha puesto en jaque su gestión de gobierno durante estos últimos cuatro años: los cribados fallidos del cáncer de mama en al menos 2.317 mujeres de Andalucía.

Moreno Bonilla ha achacado al Gobierno central falta de respuestas y transparencia sobre las causas del descarrilamiento, a lo que el alcalde de Adamuz ha respondido tras romper su silencio poniendo el foco en las deficiencias del dispositivo de emergencias de la Junta. El testimonio de regidor de la localidad cordobesa es demoledor. Moreno afirma que fueron los propios médicos que viajaban en otros trenes los que llegaron antes que los servicios de emergencia oficiales enviado por la Administración andaluza.

Esta revelación no solo cuestiona la logística de la Junta de Andalucía, sino que otorga al ministro de Transportes, Óscar Puente, argumentos de peso para exigir transparencia sobre el funcionamiento del dispositivo de emergencias autonómico.

Las víctimas de la tragedia remitieron en abril una queja al presidente andaluz donde recordaban que el bloqueo informático del 061 obligó al personal a atender las llamadas “con papel y lápiz”

Apenas unas horas después del segundo y definitivo debate electoral, dirigentes andaluces de PP y PSOE han cruzado acusaciones mutuas sobre la gestión de Adamuz, pese al clima de aparente concordia que se respiraba entre administraciones en los días inmediatamente posteriores del trágico choque ferroviario. La portavoz parlamentaria del PSOE andaluz, María Márquez, ha reprochado al consejero de Sanidad y Emergencias, Antonio Sanz, que la campaña electoral ha sido el único motivo que ha cambiado este clima de entendimiento. “Hace solo unos meses le disteis al alcalde de Adamuz la Medalla de Andalucía para su pueblo. ¿Qué es lo que ha cambiado para que ahora carguéis contra él? La campaña electoral”, responde en la red social X a Sanz, quien acusa al regidor de Adamuz de mentir. “Falta a la verdad. No todo vale por intentar ganar votos”, le reprocha Sanz, quien considera “inaceptable el ataque a la labor de los profesionales”.

El consejero de Emergencias de la Junta asegura que al lugar del accidente “llegaron 39 ambulancias en los primeros 40 minutos. Y más de 130 sanitarios de urgencias y un despliegue de 800 personas entre todos los dispositivos”. Sanz lamenta: “A ver si el 112 va a ser ahora para el PSOE el responsable del mantenimiento de las vías… de vergüenza”, añade el consejero andaluz en alusión a la previsible causa del fatal accidente según las investigaciones. El titular de Emergencias de la Junta también reprocha al alcalde de Adamuz que, “hace solo unos días”, Moreno “daba un reconocimiento a los servicios emergencias por ‘la labor solidaria, generosa y ejemplar’ el día del accidente ferroviario. ¿Qué es lo que ha cambiado? La campaña electoral”, asegura Sanz.

La denuncia revelada ahora por el alcalde de Adamuz sobre la tardanza de los servicios de emergencias de la Junta en llegar al lugar del accidente ya la expresó por escrito la Asociación de Víctimas del Descarrilamiento en una denuncia el pasado 9 de abril. Aún quedaban semanas para el inicio de la campaña electoral de las autonómicas. En su escrito, las víctimas recuerdan que “el personal encargado de gestionar las llamadas del 061 tuvo que atender el accidente ferroviario de Adamuz “con papel y lápiz” debido al bloqueo del sistema informático”. También subrayaba que “solo la actuación de los profesionales, con muchísimos años de experiencia, hizo posible sacar adelante lo que desde el punto de vista técnico fue un caos, poniendo el foco en la gravedad de la situación vivida durasen una emergencia de gran magnitud”.

Las víctimas solicitaron el pasado abril “la inmediata revisión del plan de actuación y la corrección urgente de las deficiencias del sistema de gestión, con el objetivo de que los centros coordinadores del 061 y 112 cuenten con un soporte aplicativo adecuado para garantizar la atención a la ciudadanía en situaciones críticas”.

 

lunes, 11 de mayo de 2026

11/05/2026 - LA IZQUIERDA PICA EL ANZUELO DE LA PRIORIDAD NACIONAL


 

Hay recursos de sobra para que todos los seres humanos vivamos con suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad política de distribuirlos

JUAN TORRES LÓPEZ

La derecha española no ha tardado mucho en hacerse con uno de los grandes lemas del extremismo mundial, la "prioridad nacional" como criterio de reparto cuando no hay suficiente para todos.

 

El francés Jean-Marie Le Pen utilizó el mismo término ("préférence nationale") en los años ochenta del siglo pasado. La ultraderecha alemana popularizó el «Deutschland zuerst» (“Alemania primero”), lo mismo que dice Trump en Estados Unidos (“America First”).

 

La idea siempre es la misma: si los recursos son limitados e insuficientes, alguien debe ir primero a la hora de disfrutarlos.

 

https://adserver3.bigapis.net/www/delivery/lg.php?bannerid=26281&campaignid=12879&zoneid=27603&loc=https%3A%2F%2Fwww.diariosigloxxi.com%2Ftexto-diario%2Fmostrar%2F5876211%2Fizquierda-pica-anzuelo-prioridad-nacional&cb=78589fc3cb

Al presentarlo así, la derecha no propone sólo una medida, impone un marco: el de la escasez inevitable y la competencia entre iguales. Un terreno de juego en el que siempre lleva las de ganar puesto que deja a un lado el problema de por qué hay escasez para poner en primer plano un aspecto moral o emocional: ¿quién debe estar primero en la final, ¿quién tiene más derecho a acceder a lo que está racionado?

 

Lo sorprendente no es que la derecha ponga esa trampa, sino que la izquierda caiga en ella, que pique el anzuelo, como está ocurriendo en España.

 

Desde que Vox comenzó a hablar de prioridad nacional, la respuesta de los dirigentes de los diferentes partidos de izquierdas, e incluso de periodistas progresistas líderes de opinión ha sido mayoritariamente la misma.

 

El presidente Sánchez dijo en el Parlamento que esa propuesta "no es sino racismo, xenofobia, segregación, confrontación". Prácticamente lo mismo dijo la ministra Mónica García: "Lo que hay detrás de la “prioridad nacional” del PP y VOX no es otra cosa que el mismo racismo, la misma xenofobia y la misma exclusión sanitaria que atenta contra los mismos derechos humanos que desprecian". También la dirigente de Podemos, Ione Belarra ("Es una proclama abiertamente racista"), el lider independentista Gabriel Rufián, o periodistas como Julia Otero (“¿Por qué lo llamamos prioridad nacional cuando en realidad es racismo?”) o Ignacio Escolar ("El racismo de la prioridad nacional").

 

Otros dirigentes, como Rodríguez Zapatero, han respondido a la propuesta de Vox calificándola como algo "ignominioso" por establecer "preferencia, superioridad, discriminación" y por ser anticonstitucional. En el debate electoral reciente, Montero (PSOE) recriminó al candidato de Vox que con ella "criminaliza a los niños", Maillo (Por Andalucía) reclamó empatía a quienes la defienden y García (Adelante Andalucía) le reprochó que pretenda que "miremos a nuestros vecinos como culpables".

 

La respuesta generalizada de la izquierda responde un patrón reiterado en las últimas décadas: la derecha plantea un problema material de reparto y responde con argumentos y juicios morales.

De ese modo, la izquierda fracasa necesariamente porque, ante la falta de vivienda, de servicios de salud, de plazas educativas, o de trabajos que permitan vivir dignamente, la gente corriente no piensa con categorías morales o constitucionales, como las que usaba Zapatero.

 

Vox establece un hecho (no hay recursos) y la izquierda responde con un criterio moral de acceso (sin duda loable).

 

La persona que carece de recursos no se pregunta si la prioridad nacional es constitucional, si encaja con el derecho europeo, si es o no discriminatoria, éticamente aceptable o moralmente inclusiva.

 

Se plantea si con ella conseguirá más fácilmente una vivienda, bajará la lista de espera, o tendrá más oportunidades de empleo y más ayudas. Y lo que entonces le dice la izquierda es que, pensado así, el problema es ella, porque es racista.

 

Al responder como lo está haciendo la izquierda, está aceptando el marco-trampa que le plantea la derecha (hay una lucha por los recursos limitados) y sólo se diferencia en el criterio para repartirlos. La derecha dirá que los españoles primero, y la izquierda que todos merecen disfrutarlos, pero ambas coinciden en lo fundamental, quedando entonces encerradas en un mismo marco mental: “No hay suficiente para todos”.

 

La derecha le señala un terreno de debate, el del mayor o menor derecho de cada persona, y la izquierda cae en la trampa al no salirse de él. Se defiende y así queda en posición subalterna desde la que es muy difícil convencer.

 

Las izquierdas lograron defender con éxito los intereses más amplios de los pueblos cuando impedían que se fragmentaran entre sí por razones de sexo, nación, etnia o religión, manteniendo a las élites económicas fuera de foco.

 

Frente al discurso del "no hay recursos para todos", la izquierda no puede caer en la trampa de responder que todos tienen los mismos derechos a la hora de repartir lo escaso, sino la falta deliberada de financiación de aquello que se necesita.

 

S no lo hace, como viene ocurriendo, está perdida porque, nos guste o no, la moral universalista moviliza menos que la oferta de protección a quienes, sobre todo entre las clases precarizadas, se encuentran en situación de ansiedad y carencia material.

 

Cuando una persona no tiene vivienda, empleo digno o cita en el médico y le ofrecen ser la primera a la hora de acceder, es inútil decirle que sea ejemplar y no piense egoístamente ni sea racista.

 

Cuesta decirlo, pero la izquierda que responde con argumentos morales aun problema material está situando a la extrema derecha en el terreno del sentido común. Deja a Vox el papel de padre o madre de familia que organiza el reparto de lo escaso y se arroga para sí el de controladora legal y moral de la solución que adopte.

 

El discurso moralizante en el que la izquierda lleva décadas instalada es más fácil y da un aura de superioridad ética indiscutible, pero políticamente es letal y lleva, como he dicho, a una posición secundaria.

 

A veces, la respuesta moral incluso refuerza el discurso de la extrema derecha. Por ejemplo, cuando se quiere insistir en que los inmigrantes tienen derecho porque "también aportan", "nos proporcionan ingreso", "están empleados en donde los nacionales no queremos trabajar" o "gastan menos que nosotros en servicios públicos". Es el propio discurso "progresista" el que así pone en cuestión su aspiración universalista e igualitaria, al practicar una especie de “contabilidad identitaria” que convierte los derechos en el resultado de un balance entre costes y beneficios, entre lo que se “aporta” y lo que se “cuesta”.

 

No se debería discutir quién accede antes a lo escaso, sino por qué lo escaso sigue siéndolo en sociedades cada vez más ricas. Algo que no es un fenómeno natural ni inevitable. La escasez de vivienda, de plazas sanitarias o de empleos dignos es el resultado deliberado de décadas de decisiones políticas concretas. De presión fiscal insuficiente sobre las rentas más altas y el capital; de infrafinanciación de los servicios públicos para que, al funcionar cada día peor, los privados parezcan inevitables y salvadores; de transferencias masivas de riqueza hacia arriba, consentidas o promovidas por los mismos que hoy proponen racionar lo que queda.

 

Hay recursos de sobra para que todos los seres humanos vivamos con suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad política de distribuirlos, y eso no es una desgracia colectiva que nos obligue a poner a unas personas por delante de otras, como propone la derecha, sino una elección de clase. La izquierda debería decirlo con esa claridad.

 

A la propuesta trampa de Vox no se puede responder con argumentos morales superiores, sino desplazando el foco. No se trata de decir a la gente "todos tenemos los mismos derechos para acceder a lo que escasea", sino "nos han arrebatado lo que nos pertenece y delante de ti están los responsables". La izquierda no se debe arrogar el papel de árbitro entre las víctimas que compiten por las migajas, sino el de mostrar, denunciar y combatir a quienes acumulan todo.

 

Aceptar que el problema es repartir lo escaso, lo insuficiente, obliga a seguir jugando en el campo de la derecha. El terreno que libera es otro: el que explica por qué se produce artificialmente la escasez, el que muestra los intereses de quienes la generan y la sostienen, y el que señala los instrumentos políticos y fiscales que han de utilizarse para revertirla. No es un problema de origen moral (aunque también tenga esa connotación), sino de sistema económico, esos son los argumentos que la derecha no puede rebatir, y ahí es, precisamente, donde la izquierda lleva demasiado tiempo sin aparecer.

 

11/05/2026 - HASTA LAS RATAS SON MÁS DIGNAS QUE LA DERECHA ESPAÑOLA

Comentario: Unas frases famosas para adornar este magnífico artículo de José Antequera, pura “prioridad racional” que diría El Roto: “cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados” de Antonio Muñoz Molina; “la mente del fanático es un insaciable agujero negro, que engulle todo lo que hace la vida luminosa y soportable” de Wole Soyinka; “Es muy fácil vivir haciéndose el tonto. De haberlo sabido antes, me habría declarado idiota desde mi juventud” de Fedor Dostoievski. Podría añadir unas cuantas más, pero ¿para qué, si España cada día que pasa se asemeja más a un gran “vulgo”?

PP y Vox, además del presidente canario Clavijo, rubrican otra página infame de la historia durante la crisis del hantavirus

José Antequera

La derecha española ha quedado en evidencia tras la crisis del hantavirus

La crisis del hantavirus está controlada. Los expertos en virología coinciden en que la evacuación del barco se ha culminado con éxito: los pasajeros extranjeros del crucero contaminado ya están en sus países de origen y los españoles en el hospital Gómez Ulla con asistencia médica y sin peligro alguno para la sociedad. El dispositivo ha sido un ejemplo de coordinación internacional bajo supervisión de la OMS y todo ha salido a la perfección, según los protocolos establecidos para crisis sanitarias por brotes de algún virus. España queda como lo que es: un país con una Sanidad pública de vanguardia, con unas autoridades responsables que se han tomado el episodio en serio desde el primer momento y con una ciencia moderna y avanzada. El tuit de felicitación de Ursula Von der Leyen hablando del “eficiente desembarco” de personas contagiadas en Tenerife, con felicitación incluida para Pedro Sánchez, resume lo que ha pasado. No hay más preguntas, señoría.

España da un ejemplo de eficacia y solidaridad y solo un sector del país sale seriamente deteriorado por el incidente del virus de los Andes: la ultramontana y carpetovetónica derecha española que, una vez más, ha dado la nota. El presidente canario Clavijo queda como un cuñado o indocumentado en materia sanitaria, cuando no como un gobernante populista y demagógico ávido por arañar votos en un escenario de tensión; Feijóo pasa a la historia como un supercontagiador de bulos del tamaño del crucero al que algunos pretendían condenar a la deriva y a vagar de océano en océano sin atender a los enfermos; y de Santiago Abascal qué podemos decir: esa frase propia de un marciano –“Sánchez es capaz de generar una pandemia para tapar su corrupción”– ha dejado estupefacta a la opinión pública sensata y cuerda (ya no cabe duda de que Abascal es Trump en moreno y con afilada perilla de califa).

Todo este espectáculo oportunista y de bajeza moral, histriónico e histérico, que ha dado el mundo conservador patrio –con afirmaciones como que los mosquitos contagian el hantavirus o que los ratones de campo pueden llegar a nado hasta la costa canaria–, viene a demostrar en manos de quién está la gente que les vota en las diferentes comunidades autónomas donde PP y Vox firman los pactos de la vergüenza. La imagen de Mónica García ofreciendo datos avalados por la comunidad científica en tiempo real, mientras los prebostes conservadores de Génova y Bambú se dedicaban a propalar infundios, es demoledora. Feijóo se ha retratado como un hombre al que le queda grande el cargo de jefe de la oposición, ya que, cuando lo que tocaba era situarse al lado del Gobierno y mostrar todo el apoyo y la colaboración posible, se dedicó a poner palos en las ruedas. Sonrojante ese momento en que los Ester Muñoz y Bendodo pedían dimisiones pese a que ni siquiera se había producido la evacuación del barco fondeado frente al litoral canario.

Tenemos una derecha enloquecida, fanatizada y montaraz que no augura nada bueno para el país en el caso dramático de que esta gente llegue algún día al poder. Clavijo se ha pasado media crisis quejándose de que Mónica García no le cogía el teléfono, hasta que la prensa aireó las 18 llamadas que recibió en su móvil de la ministra. Glup. El presidente canario ha ido de ridículo en ridículo, desde su desconocimiento sobre la gestión de los puertos (que corresponde íntegramente al Estado, él no es nadie por mucho presidente autonómico que se crea), hasta su falta de cultura general al no ser capaz de distinguir una rata de un ratón (insistió una y otra vez en infundir pánico a la población con supuestos roedores natatorios y poco le faltó para inventarse una especie de rata voladora contagiada dispuesta a aterrizar en la playa de las Teresitas). Clavijo se ha convertido en carne de meme (maravilloso ese montaje en que aparece surfeando las olas a lomos de una rata gigante), pero Feijóo y Abascal salen tan marcados como él por el incidente del hantavirus. Unos y otros se han acostumbrado a hacer el papel de bufones trumpistas en casos de catástrofes. Allá ellos. El trumpismo ha entrado en franca decadencia en USA, el país que vio nacer esta plaga ideológica que embrutece al personal, y pronto llegará el declive también a sus sucursales europeas.

El espectáculo denigrante dado por la derecha la pasada semana se completó con el esperpéntico viaje de Ayuso a México. La lideresa decidió hacer las Américas para reivindicar el papel del conquistador Hernán Cortés justo cuando los pacientes en cuarentena del crucero iban a ser trasladados al hospital madrileño militar especializado en pandemias. Resulta difícil saber quién ha hecho más el tonto en los últimos días, si los Feijóo y Clavijo boicoteando la operación de salvamento del crucero afectado por el brote vírico o la lideresa castiza intentando convencer a los mexicanos de que el verdugo español de los pueblos precolombinos era, en realidad, un misionero por la paz, la concordia y la fraternidad. El problema no son los roedores natatorios inexistentes, una invención de esta derecha tarambana que nos ha caído en desgracia. El problema es esa camada de políticos carroñeros que, en los peores momentos para una nación, se convierte en parte del problema más que en parte de la solución. Dicen que las ratas siempre son las primeras en abandonar los barcos a punto de hundirse. Algunos, cuando el país zozobra en medio de una tempestad, saltan también por la borda en lugar de remangarse y ponerse a remar.

 

11/05/2026 - NO SE RINDE UN GALLO ROJO MÁS QUE CUANDO ESTÁ MUERTO

Comentario: La “izquierda” engañó a la IZQUIERDA. Y eso va ser muy difícil recomponer. ¿Quizás en un futuro? Como dijo en una ocasión El Roto en una de sus viñetas: ¡cuidado con el horizonte, cuando llegas a él ya no está!

 JUAN TORTOSA

Puede que este domingo las derechas ganen en Andalucía, pero puede también que no, ¿o damos ya por descartada esta posibilidad y nos ponemos todos a llorar como Boabdil? No entiendo esta especie de resignación cristiana que parece haber abducido últimamente a las izquierdas. Ni la entiendo ni estoy dispuesto a asumirla. Los escucho y concluyo que no están luchando para ganar, sino solo para que la derrota sea lo menos estrepitosa posible. Y no doy crédito mientras veo cómo Moreno Bonilla anda de mitin en mitin con una única preocupación: si conseguirá o no la mayoría absoluta.

¿En qué momento las izquierdas se dejaron comer el terreno hasta llegar aquí? ¿En qué momento la mayoría de los andaluces decidimos comprar el discurso hipócrita y torticero de un PP que nunca hubiera llegado al palacio de San Telmo sin las muletas de Vox en enero de 2019? ¿En qué momento los jornaleros de esta tierra, muchos más que los terratenientes, decidieron que votar a los señoritos convenía a sus intereses? ¿Qué puñetera distopía es esta? La sanidad pública hecha unos zorros, listas de espera récord, pobreza y paro liderando las estadísticas nacionales y el personal votando a un candidato que miente más que habla.

Más de 200.000 andaluces esperan una operación con una media de 173 días, casi seis meses, el peor dato de toda España, y otros 850.000 aguardan consulta con algún especialista mientras se destinan cientos de millones a la privada y se tiene la desfachatez de presumir de eficiencia. Educación y dependencia siguen el mismo camino de degradación disfrazada de modernidad, la vivienda para los jóvenes una ruina, así como sus perspectivas de futuro. Pues nada, entras en un bar y de quien oyes hablar mal es de Pedro Sánchez. Quedas con amigos y conocidos de toda la vida para tomar unas cañas y si tienes la mala suerte de que les dé por hablar de política más vale que te calles o que te marches. Poner a parir sin parar al Gobierno de Sánchez se ha convertido en el deporte nacional.

Como en la película Don't Look Up (No mires arriba), protagonizada en 2021 por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence, el meteorito está a punto de caernos encima y no solo no nos apartamos sino que nos negamos a admitir su existencia. "Andaluces, levantaos, pedid tierra y libertad". ¿Cuántos telediarios le quedan a este himno de Andalucía? Mirad a Juanma y a su cuadrilla cuando lo cantan y veréis lo que les cuesta disimular los sarpullidos que les produce. Cuesta poco imaginarse lo que sucederá apenas los fascistas pillen un mínimo cacho de poder.

Andalucía sigue liderando el riesgo de pobreza y exclusión social en España con un 35 por ciento, casi tres millones de personas; la pobreza infantil afecta a más del 40 por ciento de nuestros menores, tenemos la renta per cápita más baja del país y el empleo creado sigue muy ligado a sectores precarios como el turismo, la agricultura o los servicios de bajo valor añadido. ¿De qué demonios se jactan pues Moreno Bonilla y sus palmeros? Uno de cada tres andaluces al borde de la exclusión y él presumiendo de locomotora económica.

Insisto, no entiendo cómo las izquierdas en Andalucía se han podido dejar comer la tostada hasta tal punto. Quiero seguir pensando que revertir esto ha de ser posible. Quiero creer que no será necesario sufrir, con mayor inquina aún, las políticas depredadoras de la ultraderecha para despertar de la hipnosis, que no será necesario continuar perdiendo lo que tanto costó conseguir y acabar llorando por la leche derramada para que salgamos del letargo.

Lo que pase en Andalucía este 17 de mayo influirá más pronto que tarde en lo que suceda en el resto del Estado. Cuanto antes desenmascaremos a un Moreno Bonilla que se pasea por los pueblos perdidos engañando a los pensionistas poniéndoles ojitos y cara de cordero degollado, antes empezaremos a parar esta deriva ultra que va transmitiéndose de autonomía en autonomía y que, como no espabilemos, acabará fagocitándonos a todos.

El voto de izquierdas de toda la vida en Andalucía ha de recuperarse. Y es muy fácil, se trata de levantarse el domingo, ir hasta el colegio electoral y votar lo que hay que votar. Los señoritos son pocos y nosotros somos muchos más. Eso es lo que dicen las matemáticas, solo hay que trasladarlo a las urnas. Quiero pensar que aún mantienen su vigencia aquella estrofa de Chicho Sánchez Ferlosio: "Gallo negro, te lo advierto,/no se rinde un gallo rojo/más que cuando está ya muerto".

 

domingo, 10 de mayo de 2026

10/05/2026 - ESPAÑA, EL PAÍS QUE DESPILFARRA SUS IMPUESTOS PARA ENRIQUECER A POTENCIAS EXTRANJERAS

Comentario: Pronto, si lo de los salarios y lo de la vivienda no mejora muy ostensiblemente, no sólo perderemos universitarios de todas las carreras, sino que los trabajadores “de a pie” también se irán, y en España, convertida en un bar y en un gran latifundio, sólo habrá personal de color y sudamericanos. Y pensionistas mileuristas muriéndose en la miseria en una residencia lóbrega. Por cierto, ¿cuánto gana un médico en España? ¿3.000 € quizás? Pues miren, un simple camarero gana en Suiza, en cualquier país nórdico, en Irlanda o el Reino Unido más de ¡4.500 €! Los que no se han ido ya, difícil lo tienen, pero los jóvenes pronto se pueden marchar y se marcharán, que no lo dude nadie.

¡¡¡Tantos políticos y tan poca vergüenza, es muy difícil de aguantar!!! Y ojo con la RENTA, que viene dando voces a los de siempre y cubriéndoles las espaldas a los ultraricos y a las grandes corporaciones… para variar un año más.

España invierte millones en formar médicos, enfermeras, profesores e investigadores que terminan emigrando por la precariedad y el deterioro de la sanidad y la educación pública. Un análisis sobre el enorme despilfarro de dinero público

José Antonio Gómez

La imagen se repite cada año con una normalidad inquietante. Jóvenes médicos que terminan el MIR y hacen las maletas rumbo a Alemania, Irlanda o Reino Unido. Enfermeras españolas que encuentran en Escandinavia contratos estables y salarios dignos imposibles de imaginar en España. Profesores universitarios que encadenan becas precarias hasta aceptar plazas definitivas en universidades extranjeras. Ingenieros, investigadores, farmacéuticos y científicos formados durante décadas con dinero público abandonan España mientras las administraciones observan el fenómeno como si se tratara de una consecuencia inevitable de la globalización. Sin embargo, detrás de esta fuga silenciosa se esconde uno de los mayores fracasos políticos, económicos y sociales del actual modelo de Estado: el progresivo deterioro de los pilares del estado del bienestar.

La salida masiva de profesionales cualificados no representa únicamente un drama individual o generacional. Constituye también un gigantesco despilfarro de dinero público. Cada médico que abandona el sistema sanitario español después de años de formación financiada por los contribuyentes supone una inversión perdida para el país. Lo mismo ocurre con enfermeras, docentes, investigadores o especialistas altamente cualificados cuya educación ha sido sostenida durante años por universidades públicas, becas estatales, hospitales universitarios y estructuras financiadas colectivamente.

España invierte enormes cantidades de recursos en formar talento que posteriormente termina fortaleciendo economías extranjeras. El problema no es nuevo, pero se ha agravado de forma alarmante tras años de precarización laboral, saturación institucional y deterioro progresivo de servicios esenciales como la sanidad pública y la educación pública. El resultado es una contradicción profundamente corrosiva: el Estado financia la formación de profesionales altamente especializados mientras el propio mercado laboral nacional les empuja a emigrar.

En hospitales públicos de todo el país, las guardias interminables, la sobrecarga asistencial y los contratos temporales se han convertido en parte de la rutina. Muchos médicos jóvenes describen un sistema agotado, incapaz de ofrecer estabilidad o perspectivas profesionales razonables. El fenómeno afecta especialmente a especialidades deficitarias y a zonas rurales o periféricas, donde cada vez resulta más difícil cubrir plazas. Mientras tanto, otros países europeos reclutan activamente personal sanitario español, conscientes de la elevada calidad de su formación.

La situación de las enfermeras refleja todavía con mayor crudeza las contradicciones del sistema. España continúa formando profesionales sanitarios muy demandados internacionalmente, pero incapaz de retenerlos. Los salarios relativamente bajos, la temporalidad estructural y las dificultades de conciliación alimentan un éxodo constante hacia sistemas sanitarios que ofrecen mejores condiciones laborales y mayor reconocimiento profesional. El país pierde así capital humano estratégico en un contexto de envejecimiento demográfico y creciente presión asistencial.

El deterioro también alcanza a la universidad y la investigación. Durante años, miles de jóvenes altamente cualificados han encadenado contratos precarios, becas insuficientes y carreras académicas bloqueadas por falta de financiación estructural. La consecuencia es la consolidación de una generación marcada por la incertidumbre. Muchos investigadores terminan desarrollando su carrera en laboratorios extranjeros después de haber sido formados en universidades públicas españolas. La paradoja resulta especialmente dolorosa: España exporta talento científico mientras lamenta su baja productividad y su limitada capacidad innovadora.

Desde una perspectiva económica, la fuga de titulados universitarios representa un problema estructural de enorme magnitud. El país pierde trabajadores altamente productivos precisamente en sectores estratégicos vinculados al conocimiento, la tecnología y los servicios avanzados. La salida de estos profesionales reduce la capacidad recaudatoria futura del Estado, debilita la competitividad económica y dificulta la transición hacia un modelo productivo más sofisticado.

Además, el impacto social trasciende las cifras macroeconómicas. La emigración forzada de jóvenes cualificados alimenta un sentimiento creciente de frustración colectiva. Muchas familias observan cómo años de esfuerzo económico y sacrificio personal terminan desembocando en la salida de sus hijos al extranjero. El mensaje implícito resulta devastador: incluso quienes estudian, se especializan y cumplen todas las reglas del mérito académico encuentran enormes dificultades para construir un proyecto de vida estable dentro del país.

La degradación de los servicios públicos actúa como catalizador de esta crisis. La pérdida progresiva de calidad en la sanidad y la educación no solo afecta a los ciudadanos que utilizan esos servicios, sino también a quienes trabajan en ellos. Cuando hospitales y centros educativos operan bajo presión constante, los profesionales comienzan a percibir el sistema no como un espacio de vocación y estabilidad, sino como un entorno de desgaste permanente.

En el ámbito político, esta situación evidencia una contradicción central del discurso institucional. Durante décadas, la defensa del estado del bienestar fue presentada como uno de los grandes consensos democráticos europeos. Sin embargo, la reducción de inversión estructural, las políticas de contención presupuestaria y la precarización progresiva del empleo público han erosionado silenciosamente ese modelo. El problema ya no es únicamente ideológico, sino funcional: un sistema incapaz de retener a sus profesionales más cualificados termina debilitando su propia sostenibilidad futura.

El fenómeno también profundiza desigualdades territoriales. Las grandes ciudades todavía logran atraer parte del talento disponible, mientras regiones rurales o menos desarrolladas sufren una creciente escasez de médicos, profesores y personal sanitario. La despoblación y el deterioro de servicios públicos se retroalimentan, generando territorios cada vez más vulnerables social y económicamente.

En paralelo, otros países europeos han comprendido el valor estratégico del capital humano. Alemania, Países Bajos, Noruega o Irlanda no solo ofrecen mejores salarios, sino también estabilidad laboral, inversión tecnológica y carreras profesionales claras. Mientras tanto, España continúa atrapada en dinámicas de temporalidad, infrafinanciación y burocratización que expulsan precisamente a quienes más necesita.

El resultado final es profundamente paradójico. Un país que invierte millones de euros en universidades, hospitales y formación especializada termina financiando indirectamente el crecimiento económico de otras naciones. Cada profesional que se marcha representa conocimiento perdido, impuestos futuros que nunca se recaudarán y servicios públicos que seguirán debilitándose por falta de personal.

La fuga de médicos, enfermeras, profesores e investigadores no es simplemente una cuestión migratoria ni una consecuencia inevitable del mercado global. Es el síntoma visible de un modelo que ha comenzado a deteriorar silenciosamente sus propios cimientos sociales. Cuando un Estado deja de ofrecer estabilidad y futuro a quienes sostienen la sanidad, la educación y la investigación, el verdadero coste no se mide únicamente en dinero público desperdiciado. Se mide también en confianza colectiva, cohesión social y capacidad de construir un proyecto nacional viable para las próximas generaciones.

 

10/05/2026 - TOP GUN HA MUERTO

La guerra del piloto heroico, el portaviones intocable y el tanque invencible se está pudriendo en directo. La nueva guerra no llega con gafas de aviador, sino con drones baratos, software libre, talleres dispersos y una calculadora de costes

Josep Jover

Durante cuarenta años nos vendieron la guerra como una superproducción: cazas brillantes, pilotos con mandíbula de anuncio, portaviones navegando como catedrales de acero y misiles inteligentes más caros que un hospital comarcal. Era la guerra “Top Gun”: pocos aparatos, muchísima épica, presupuesto infinito y una banda sonora pensada para que nadie hiciera la pregunta vulgar: ¿cuánto cuesta matar así?

Pues bien: Top Gun ha muerto. No porque los cazas hayan desaparecido, ni porque los portaviones vayan mañana al desguace, ni porque los tanques se evaporen por decreto. Ha muerto algo más importante: la idea de que la superioridad militar consiste en fabricar plataformas cada vez más caras, cada vez más complejas y cada vez más difíciles de reemplazar, ha pasado a la historia.

La guerra de Ucrania, los ataques hutíes en el mar Rojo, la tecnología iraní y el pulso entre Estados Unidos e Irán han certificado la defunción. El campo de batalla ya no premia necesariamente al que tiene el juguete más caro, sino al que logra una relación coste-efecto insoportable para el adversario.

Un dron de decenas de miles de dólares puede obligar a disparar un interceptor de millones. Un FPV de unos cientos o pocos miles de euros puede inutilizar un blindado que cuesta más que un barrio entero. Un dron naval puede mandar a puerto a buques que antes se paseaban con la arrogancia de quien se cree dueño del mar. Y una potencia mediana, sin portaaviones ni Hollywood, puede convertir las bases estadounidenses de Oriente Medio en una colección de blancos fijos y llenarlas de cráteres.

https://ads.diariosabemos.com/www/delivery/lg.php?bannerid=20&campaignid=3&zoneid=32&loc=https%3A%2F%2Fdiariosabemos.com%2Fanalisis%2Ftop-gun-ha-muerto_516778_102.html&referer=https%3A%2F%2Fdiariosabemos.com%2F&cb=d8bb12332dEl dato es incómodo. Ucrania ha pasado de ser un país que suplicaba armas a convertirse en una fábrica acelerada de drones. Su Ministerio de Defensa afirmó que en 2024 adquirió más de 1,5 millones de drones y que para 2025 situaba la capacidad industrial en unos 4,5 millones de FPV. OSW, centro polaco de análisis estratégico, estimó cifras compatibles: unos 2,2 millones de UAV producidos en 2024, previsión de superar los 4,5 millones en 2025 y 6 millones en 2026.

Es decir: mientras en la OTAN todavía organizan seminarios, comités, memorias justificativas y presentaciones en PowerPoint para decidir cómo comprar drones, Ucrania los fabrica, los rompe, los mejora y los vuelve a lanzar. La nueva doctrina nace en el barro, no en el consejo de administración.

El tanque no ha muerto, pero el tanque desnudo sí. El avión no ha muerto, pero el piloto como santo patrón de la guerra moderna ha perdido el monopolio. El buque no ha muerto, pero el tonelaje ya no garantiza respeto. La guerra se ha vuelto transparente: todo se ve, todo se graba, todo emite, todo puede ser localizado, interferido y atacado. La heroicidad ahora dura lo que tarda un operador de dron en encontrar una firma térmica.

Estados Unidos lo sabe, pero no quiere asumirlo. Porque asumirlo significa aceptar que el modelo industrial que ha alimentado durante décadas al complejo militar funciona demasiado bien para sus contratistas y demasiado mal para la guerra que viene. Un F-35 puede ser una maravilla tecnológica, pero también es la culminación de una religión: la fe en que lo más caro siempre será lo más decisivo. La GAO situó el coste total de adquisición del programa F-35 en 485.000 millones de dólares, y la CBO calculó que sus costes operativos y de sostenimiento superaron los 5.000 millones solo en 2023.

Frente a esa catedral tecnológica aparece el garaje: un taller, una batería, una cámara, una placa, explosivo, software libre y un operador. No queda tan bonito en el póster. No hace desfilar a Tom Cruise. Pero cambia la guerra. Un dato curioso, los “marines” se han deshecho de todos sus tanques en los últimos meses.

Irán lo entendió hace años. Como no puede competir con Estados Unidos portaviones contra portaviones, ha hecho algo mucho más inteligente: atacar la arquitectura del poder estadounidense. Bases, pistas, radares, depósitos, barcos, aliados, rutas marítimas, defensa aérea y coste político. No se trata de ganar una batalla napoleónica. Se trata de obligar al imperio a defenderlo todo, todo el tiempo, con munición carísima.

Los drones iraníes no son perfectos. Esa es precisamente la trampa. No necesitan serlo. Un Shahed puede ser lento, ruidoso y vulnerable, pero cuesta una fracción de lo que cuesta derribarlo con sistemas occidentales de alta gama. CSIS estimó el coste de un Shahed en unos 35.000 dólares y subrayó que, incluso con tasas de impacto bajas, su utilidad reside en desgastar defensas, saturar sistemas y forzar un gasto defensivo desproporcionado.

Ahí está la revolución: la precisión se ha democratizado. Antes había que comprarla en paquetes de lujo: avión furtivo, piloto entrenado durante años, misil inteligente, satélite, base avanzada, mantenimiento infinito. Ahora la precisión suficiente puede salir de una cadena mucho más barata, rápida y sucia. No es la precisión de quirófano que venden los comunicados militares; es la precisión de ferretería y tienda de telefonía, y precisamente por eso resulta tan peligrosa.

El ataque iraní de abril de 2024 contra Israel fue presentado como un fracaso porque casi todo fue interceptado. Pero esa lectura es infantil. Para parar aquella salva hizo falta una defensa regional coordinada, aviones aliados, destructores, baterías antimisil, inteligencia compartida y una factura monumental. Irán no demostró que pudiera arrasar Israel. Demostró otra cosa: que puede obligar a sus enemigos a montar una defensa perfecta. Y la defensa perfecta, repetida noche tras noche, se convierte en una ruina.

En los comienzos de 2026, la escalada entre Israel, Irán y Estados Unidos llevó el viejo y el nuevo modelo a la misma pantalla. Por un lado, bombarderos B-2, Tomahawk y bombas penetradoras contra instalaciones nucleares iraníes. La vieja liturgia imperial: “precisión estratégica” (con 176 niñas muertas de un colegio), tecnología exquisita, operación quirúrgica, comunicado solemne. Por otro, misiles, drones, represalia calibrada, presión sobre bases y desgaste regional inasumible. La superproducción contra la fábrica distribuida. La catedral contra el enjambre.

Y luego está Ucrania, que ha convertido la necesidad en doctrina. Allí ya no se trata solo de drones aéreos. Hay drones terrestres para evacuar, minar, transportar, atacar o sostener posiciones. Se han documentado operaciones en las que sistemas no tripulados participaron de forma decisiva o exclusiva en la toma o limpieza de posiciones sin exponer una escuadra clásica de infantería. No estamos todavía ante una guerra sin soldados; estamos ante algo quizá más importante: una guerra en la que el soldado empieza a retirarse del punto de contacto más letal.

El humano sigue ahí, pero desplazado: pilota, programa, repara, decide, interpreta imágenes, mueve antenas, cambia frecuencias, improvisa. La infantería deja de ser carne expuesta y empieza a convertirse en nodo de una red. O eso, al menos, cuando el ejército aprende. Cuando no aprende, sigue mandando hombres a morir para justificar doctrinas muertas.

La marina tampoco escapa. Ucrania, sin una gran flota convencional, ha obligado a Rusia a replegar buena parte de su presencia naval en el mar Negro mediante misiles y drones navales. RUSI lo ha resumido con claridad: las plataformas no tripuladas han sido críticas para el éxito ucraniano en el mar Negro.

Esto debería aterrorizar a cualquier almirante que aún crea que el tonelaje impone obediencia. Un buque ya no se enfrenta solo a submarinos, misiles antibuque o aviación. Se enfrenta a enjambres, sensores baratos, drones de superficie, drones submarinos, señuelos, guerra electrónica y operadores que no han pisado una academia naval en su vida.

Europa, por supuesto, corre el riesgo de enterarse tarde y mal. Su respuesta instintiva será crear programas solemnísimos, consorcios lentísimos y plataformas carísimas con nombre compuesto, bandera azul y entrega prevista para cuando el campo de batalla ya haya cambiado tres veces. El error sería pensar que el rearme consiste en comprar más de lo mismo, pero más caro, a los mismos fabricantes, con los mismos plazos y la misma liturgia burocrática.

La lección no es “todo drones”. Esa sería otra estupidez. La artillería sigue contando. La defensa aérea sigue contando. Los carros, los aviones, los buques y los misiles siguen contando. Pero ya no cuentan solos. Cualquier sistema militar que no nazca integrado con drones, antidrones, guerra electrónica, sensores baratos, software actualizable y fabricación rápida nace viejo. Nace como caballería con sable frente a una ametralladora Maxim.

La comparación histórica es inevitable. La ametralladora no eliminó todos los caballos de golpe; eliminó la fantasía de la carga gloriosa. El tanque no ganó solo la Primera Guerra Mundial; mostró que la trinchera podía romperse de otra forma. El dron tampoco sustituye por completo a los ejércitos. Lo que hace es más venenoso: destruye la jerarquía de prestigio de la guerra moderna.

Antes, arriba estaba el caza. Abajo, el soldado. Ahora, un soldado con una antena, una pantalla y un dron barato puede destruir aquello que durante décadas fue presentado como invulnerable. Eso no democratiza la guerra en sentido noble; la vuelve más ubicua, más nerviosa, más barata de iniciar, de mantener y más difícil de cerrar.

La industria militar occidental tiene un problema de clase. Ha fabricado armas como quien fabrica coches de lujo: pocas, caras, exclusivas, llenas de mantenimiento y con derecho a monopolio. Pero la guerra que llega se parece menos a Ferrari y más a Xiaomi, AliExpress, impresora 3D, taller de barrio, actualización semanal y muerte en alta definición.

Por eso el viejo complejo militar está incómodo. Porque la pregunta ya no es: “¿cuál es el sistema más avanzado?”. La pregunta es otra: “¿cuántos puedes producir, cuánto cuestan, cuánto tardas en reponerlos, cuánta gente arriesgas y cuántos interceptores enemigos consumes?”.

Esa pregunta mata más programas armamentísticos que un misil.

Top Gun ha muerto porque el cielo ya no pertenece al piloto heroico. Pertenece al sensor barato, al enjambre, al operador invisible, a la fábrica distribuida y al algoritmo que aprende más rápido que el ministerio. Ha muerto porque el prestigio se ha separado de la eficacia. Ha muerto porque la guerra ya no se decide solo en cabinas supersónicas, sino en sótanos con pantallas, almacenes con piezas comerciales y líneas de producción que cambian cada mes.

Y, sobre todo, Top Gun ha muerto porque la guerra ha recuperado una verdad brutal que los fabricantes de juguetes caros habían conseguido tapar durante décadas: no gana quien dispara más bonito, sino quien puede seguir disparando cuando el otro ya no puede pagar la factura.