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miércoles, 29 de julio de 2026

29/07/2026 - LA COMPRA SECRETA CON DINERO PÚBLICO DE UN ÁTICO DE LUJO PARA ISABEL DÍAZ AYUSO AGITA LA POLÍTICA MADRILEÑA

Comentario: “Endiluego” (como decía Forges) a esta Sra. no le van a faltar sitios dentro de casa para “echar un ratito” con quien quiera… si se acomoda en el sitio ese.

La adquisición no presupuestada de una propiedad de 485 metros cuadrados a través de la empresa pública heredera del caso Púnica desata serias interrogantes sobre la transparencia del poder de la CAM

Martha Golfín

En las plantas más altas del paseo del General Martínez Campos, la arquitectura del distrito madrileño de Chamberí adopta la discreción y el empaque que caracterizan a las clases acomodadas de la capital. Allí donde las edificaciones señoriales colindan con el Museo Sorolla y las inmediaciones del paseo de la Castellana albergan residencias aristocráticas y sedes diplomáticas, el trasiego diario transcurre al margen de los focos de la alta política. Sin embargo, en el noveno piso de uno de esos bloques residenciales del barrio de Almagro, un espacio de 485 metros cuadrados —de los cuales casi doscientos corresponden a una terraza de escala inusual— ha pasado a convertirse en el nuevo epicentro de una tormenta institucional cuyas ondas expansivas amenazan la retórica de rigor presupuestario y transparencia del Ejecutivo madrileño.

La historia de esta operación inmobiliaria, revelada por El País, es, por encima de todo, el relato de un silencio administrativo solo quebrado por la fiscalización periodística. La Comunidad de Madrid adquirió esta imponente propiedad el pasado 14 de abril a través de Planifica Madrid, la empresa pública encargada de comercializar el suelo autonómico y gestionar el patrimonio inmobiliario regional. La transacción se mantuvo en el más estricto secreto durante más de tres meses y medio. No figuraba en la última actualización del portal de transparencia de la propia empresa pública, ni había sido tramitada como una modificación de crédito ante el Consejo de Gobierno, ni aparecía reflejada en las meticulosas partidas de inversión proyectadas para el ejercicio presupuestario. El hallazgo de la compraventa en los libros del Registro de la Propiedad por parte de los informadores motivó la formulación de preguntas directas al Ejecutivo regional, forzando una confirmación oficial que, lejos de zanjar el asunto, ha abierto un profundo debate sobre las formas y los fondos con los que se ejerce el poder en la Puerta del Sol.

La justificación ofrecida por la portavocía del Gobierno autonómico a El País sostiene que el inmueble ha sido adquirido para que la presidenta regional, Isabel Díaz Ayuso, trabaje en él junto a un equipo mínimo mientras se llevan a cabo los trabajos de rehabilitación de la Real Casa de Correos, sede histórica de la presidencia institucional en el centro de la capital. La explicación oficial, no obstante, ha suscitado más perplejidad que certidumbre entre los observadores políticos y los especialistas del sector inmobiliario. La Real Casa de Correos dio por concluidas el año pasado las complejas obras de restauración que afectaron a la totalidad de su fachada principal. Además, la administración autonómica ha evitado aclarar aspectos cruciales de la operación: se desconoce el montante exacto desembolsado por las arcas públicas, no se ha explicado por qué se descartó la opción de un alquiler temporal para cubrir la supuesta eventualidad de las obras y se ha guardado silencio sobre si la presidenta planea habitar personalmente el recinto, en un edificio donde el resto de las viviendas está destinado de forma exclusiva al uso residencial y no al establecimiento de despachos u oficinas.

Para comprender la dimensión del gasto ejecutado por la administración regional es preciso analizar la sociología y el valor del suelo en el barrio de Almagro, considerado de forma unánime como una de las zonas urbanas de mayor cotización económica en España. Tomando como referencia los datos del portal del Notariado para el código postal en el que se enclava la finca, el precio medio del metro cuadrado se sitúa en torno a los 9.414 euros. Aplicada a la superficie construida del inmueble, esa tasa base arroja una cifra cercana a los 4,5 millones de euros. Sin embargo, los profesionales de la intermediación inmobiliaria subrayan que esa tasación lineal resulta del todo insuficiente para valorar una pieza residencial de características tan singulares.

El elemento verdaderamente diferencial del inmueble es su terraza de 199 metros cuadrados, una superficie descubierta equivalente al tamaño de tres pisos convencionales de la capital. Expertos en el mercado inmobiliario del distrito de Chamberí aseguran no haber observado una plataforma privada de semejantes dimensiones en toda la zona, calificándola como una tipología casi inexistente en la oferta residencial del centro madrileño. En los portales especializados, las propiedades que combinan el estatus de ático en la novena planta con espacios exteriores de esa magnitud alcanzan habitualmente precios de venta que oscilan entre los cinco y los siete millones de euros, situando el valor estimado de mercado de la operación gubernamental en el entorno de los seis millones de euros.

El perfil de la parte vendedora añade una capa adicional de relevancia pública al expediente. Según fuentes conocedoras de la compraventa citadas por El País, la titularidad del inmueble correspondía hasta el pasado 14 de abril a la economista y escritora Astrid Gil-Casares, antigua esposa del presidente de Ferrovial y una de las mayores fortunas del país, Rafael del Pino Calvo-Sotelo. Hasta el momento de la formalización del contrato público, la vivienda se encontraba arrendada a una pareja que la ocupaba como residencia habitual. Cuando se requirió formalmente la nota simple registral para verificar la identidad exacta de las partes y las cargas del inmueble, el registrador de la propiedad de la circunscripción denegó el acceso a la información argumentando que el solicitante carecía de un interés directo, legítimo y patrimonial, imponiendo un velo administrativo adicional sobre una transacción ejecutada con fondos de los contribuyentes.

El mecanismo institucional empleado para encauzar la compra del ático desplaza el foco de atención hacia los engranajes internos de la administración autonómica. Planifica Madrid, la entidad instrumental que formalizó la firma de la escritura de compraventa, no es una agencia pública cualquiera. Se trata de la heredera directa de la extinta Arpegio, la empresa pública de gestión del suelo que figuró durante años en el epicentro del macrocaso de corrupción conocido como caso Púnica. Aquella mercantil autonómica, que estuvo pilotada en su etapa más controvertida por Francisco Granados, sirvió presuntamente como vehículo para la adjudicación irregular de suelo público y la desviación de contratos de infraestructuras, una de cuyas piezas separadas concluyó su fase de instrucción procesal para sentar en el banquillo de los acusados a sus antiguos gestores.

Rebautizada y adscrita en la actualidad a la Consejería de Presidencia, Justicia y Administración Local, Planifica Madrid cuenta con una plantilla de noventa empleados y maneja para el presente ejercicio de 2026 un presupuesto asignado de 127 millones de euros. El presidente de su consejo de administración es el propio portavoz del Gobierno autonómico y consejero de Presidencia, Miguel Ángel García Martín, mientras que la dirección ejecutiva recae desde julio de 2023 en Pedro Corbalán Ruiz, un alto cargo con dilatada trayectoria en diversos estamentos de la administración autonómica bajo las sucesivas etapas de gobierno del Partido Popular.

El cometido ordinario de esta sociedad pública consiste en la propiedad y explotación de diez edificios completos destinados a uso administrativo y un local comercial, inmuebles que posteriormente arrienda a los distintos departamentos de la Comunidad de Madrid. En su abrumadora mayoría, el catálogo inmobiliario de la empresa está compuesto por edificios históricos integrados en el casco antiguo de la capital que cuentan con diversos niveles de protección patrimonial, tales como las sedes institucionales de la Consejería de Sanidad en la calle Aduana o la Consejería de Cultura y Turismo en la calle Alcalá.

La adquisición del ático del paseo del General Martínez Campos rompe de forma drástica con esa lógica de actuación patrimonial. A diferencia de las compras o enajenaciones ordinarias, la operación no figuraba consignada en las partidas detalladas del presupuesto de Planifica Madrid para 2026. La empresa pública tampoco solicitó al Consejo de Gobierno la tramitación de una modificación presupuestaria ni la concesión de una extensión de crédito extraordinario, procedimiento administrativo habitualmente preceptivo para respaldar compromisos de gasto no previstos en el marco presupuestario ordinario.

El elemento que termina de azuzar las dudas sobre la intencionalidad del Ejecutivo autonómico reside en la gestión de la información pública. El portal de transparencia de Planifica Madrid, cuya actualización más reciente tuvo lugar el pasado lunes 20 de julio —más de tres meses después de la firma ante notario—, omitió por completo cualquier referencia a la adquisición de la finca en Chamberí. En dicha plataforma oficial se enumeraban minuciosamente las actuaciones urbanísticas e inversiones patrimoniales más relevantes en curso, pero el desembolso millonario destinado a la residencia temporal de la presidencia quedó invisibilizado para el control de los grupos de la oposición y de la ciudadanía.

La revelación de la compra secreta del ático irrumpe en el escenario político madrileño amenazando con agrietar la cuidada estrategia de comunicación construida por el equipo de Isabel Díaz Ayuso. Durante años, la retórica del Ejecutivo regional se ha articulado sobre el dogma de la eficiencia en el gasto público, la rebaja sistemática de impuestos y la crítica frontal a la proliferación de estructuras administrativas superfluas. La destinación de fondos públicos no presupuestados para adquirir una vivienda de altísimo lujo en uno de los códigos postales más caros de la península sitúa al Gobierno autonómico en una posición defensiva de difícil encaje narrativo.

Las interrogantes no respondidas por la portavocía del Ejecutivo autonómico alimentan la desconfianza de la oposición parlamentaria. Si la necesidad de espacio institucional obedecía a un traslado temporal derivado de las obras en la sede del Gobierno regional, el sentido común de la gestión patrimonial aconsejaba recurrir a la figura del arrendamiento o a la reubicación de los equipos en alguno de los numerosos inmuebles que la propia Comunidad de Madrid posee en propiedad en el centro de la capital. La decisión de adquirir en propiedad un activo residencial de seis millones de euros a través de una empresa pública exige una justificación técnica y económica que, hasta el momento, no ha sido facilitada.

Tampoco se ha concretado el alcance real de las obras proyectadas para la Real Casa de Correos. Tras la intervención ejecutada el pasado año en la fachada del histórico inmueble de la Puerta del Sol, el Gobierno regional no ha detallado qué áreas del edificio requieren una evacuación tan urgente como para desplazar a la presidenta a un ático señorial en el distrito de Chamberí. El hecho de que la vivienda elegida se ubique en un inmueble estrictamente residencial, carente de las medidas de seguridad, accesibilidad y logística propias de una sede institucional de gobierno, añade perplejidad a la justificación oficial.

En el plano político, la utilización de Planifica Madrid como vehículo de la operación reaviva los viejos fantasmas de la gestión de Arpegio, una firma que simbolizó durante más de una década la opacidad en el uso del patrimonio público madrileño. La falta de explicaciones sobre el precio de compra, la ausencia de reflejo en las plataformas de transparencia y el empeño en mantener la transacción alejada del debate público hasta que fue descubierta por la prensa configuran un expediente que trasciende el ámbito del urbanismo para instalarse en el corazón del debate sobre la ética pública.

En un contexto económico marcado por las dificultades de acceso a la vivienda que afrontan miles de ciudadanos en la región madrileña, el contraste que ofrece la compra secreta de un ático de 485 metros cuadrados para uso de la jefatura del Ejecutivo autonómico resulta especialmente hiriente. La gestión de las explicaciones en los próximos días determinará si el episodio queda inscrito como un costoso error de cálculo administrativo o si se transforma en un lastre permanente para la credibilidad del Gobierno de la Comunidad de Madrid.

 

29/07/2026 - JUICIO POR LA TRAMA KITCHEN: EL ENTIERRO DE LA VERDAD

Comentario: Me van a obligar a contar “cosas” de la justicia otra vez, y van…

Visto para sentencia el peor caso de cloacas del Estado, solo comparable al caso GAL en tiempos de Felipe González

Marcos López

El juicio del caso Kitchen ha quedado visto para sentencia este martes, tras casi cuarenta jornadas que se han celebrado en la Audiencia Nacional a lo largo de cuatro meses, después de que tres de los ocho acusados hayan decidido hacer uso de su derecho a la última palabra. Se trata del mayor caso de cloaca policial detectado en democracia, solo comparable a los GAL y a la trama de los fondos reservados que estalló durante los gobiernos de Felipe González. Sin embargo, envueltos como estamos en plena vorágine política y mediática para acabar con el Gobierno de coalición, poco se ha hablado de la operación Kitchen, y a la ciudadanía le queda la sospecha de que los verdaderos culpables se van a ir de rositas.

Finalmente, PP y Vox han conseguido, mediante sus amplificadores de las redes sociales, opacar el escándalo para centrar el foco en los asuntos que afectan a la familia de Pedro Sánchez, en concreto a la esposa y al hermano del presidente del Gobierno. Las derechas españolas han tenido la habilidad y el acierto de poner en marcha todo su aparato de propaganda mediática para hacer pasar a la Kitchen por una historia del pasado, casi del Pleistoceno, para poner la diana en sumarios contra el sanchismo, exagerados hasta la hipérbole y calificados como “asuntos menores” por no pocos expertos y juristas. El caso Begoña Gómez y el caso David Sánchez –burdos montajes de difamación y desprestigio bien tramados desde las terminales de Internet y los medios de comunicación conservadores– no alcanzan el nivel de comparación, ni por asomo, con la trama de espionaje puesta en marcha por el Partido Popular de Mariano Rajoy para espiar a los rivales y disidentes políticos. Una red cloaquera propia de estados totalitarios que ha afectado al funcionamiento mismo del sistema democrático, causándole un daño irreparable. Debería caer todo el peso de la ley no solo sobre los implicados que se han sentado en el banquillo de la Audiencia Nacional, sino sobre otros actores que han quedado en la sombra debidamente amparados por el sistema.

Ni siquiera el caso Leire, un extraño affaire de fontanería de partido aún por aclarar, puede competir en grado de gravedad con la Kitchen, cuyo juicio llega estos días a su punto final. Leire Díez no era nadie en el PSOE, por mucho que su cabeza y su cuaderno, quizá demasiado fantasiosos, hirvieran con delirios de grandeza como tratar de acabar con el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Balas, responsable de la UCO y máximo instructor de los procedimientos judiciales contra el sanchismo. Leire jamás dispuso del poder o la infraestructura suficiente para frenar los escándalos que se cocinaban en los pseudomedios de la derechona, un poder que sí tenían los altos mandos ministeriales y policiales que tomaron parte en la nauseabunda trama Kitchen, hoy diluida hasta quitarle toda importancia. Leire con una modesta libreta y su imaginación desbordante no puede equipararse, bajo ningún concepto, a todo el siniestro aparato del Ministerio del Interior del PP puesto en marcha para organizar una policía patriótica propia de tiempos franquistas. No, Leire no era nadie ni tenía capacidad alguna para cerrar los casos abiertos por la UCO. Nunca será lo mismo una cotilla de partido con un lápiz fuera de control que un sector del Ministerio del Interior y de altos mandos policiales arruinando vidas ajenas desde los resortes mismos del Estado.

“Queda visto para dictar sentencia”, con esta frase la presidenta del tribunal Teresa Palacios dio por concluido el juicio de la Kitchen, que comenzó el pasado 6 de abril y que ha sentado en el banquillo a la cúpula de Interior del Gobierno de Mariano Rajoy por presuntamente ordenar la puesta en marcha de este operativo para sustraer al extesorero del PP Luis Bárcenas documentación y grabaciones comprometedoras para el partido y sus dirigentes. En concreto, al exministro de Interior Jorge Fernández Díaz, a su secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, y al ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Eugenio Pino, quienes se enfrentan a sendas peticiones del fiscal de 15 años de cárcel, informa Efe. Ninguno de los tres ha ejercido su derecho a la última palabra, algo que sí han hecho el excomisario José Villarejo; el que fuera chófer de Luis Bárcenas, Sergio Ríos; y el policía y exasesor de María Dolores de Cospedal, Andrés Gómez Gordo.

La mayor condena la pide la Fiscalía para José Villarejo (19 años de cárcel), que ha tenido que afrontar un nuevo juicio derivado del llamado caso Villarejo o Tándem por esta pieza número 7, que es la del caso Kitchen. Como el exministro del Interior o su número dos, también el exjefe de Asuntos Internos Marcelino Martín Blas y José Luis Olivera, que estuvo al frente de la UDEF, han optado por no hacer uso de la última palabra, informa Efe. “Confío plenamente en la exposición que hizo mi abogado y en ustedes”, se ha limitado a señalar el exjefe de Asuntos Internos Marcelino Martín Blas. Sí se ha dirigido a los magistrados el comisario José Manuel Villarejo, que se ha preguntado cómo se le ocurrió “pisar callos tan importantes” para haber terminado donde ha terminado, al tiempo que ha recalcado su confianza en la independencia judicial, el tribunal y la Fiscalía y en que la verdad finalmente “saldrá a la luz”.

Villarejo ha cuestionado nuevamente el origen del caso en su contra y sobre sus grabaciones ha dicho que no tenían intención aviesa, sino que las hizo como agente de inteligencia y ha lamentado el daño que haya podido hacer a quienes se han visto “incursos en ello”. “No dejan de ser comentarios y tal en ambientes distendidos”, ha apuntado. La defensa del excomisario ha defendido que Kitchen fue una operación de inteligencia legítima que buscaba patrimonio oculto del extesorero del PP Luis Bárcenas e información sobre testaferros, y ha pedido la absolución de este policía, subrayando que solo siguió órdenes de sus superiores.

Como puntos álgidos, este juicio deja la declaración como testigo del expresidente del Gobierno Mariano Rajoy y la del propio Bárcenas, que ejerce la acusación particular. También ha destacado el testimonio de la ex secretaria general del PP María Dolores de Cospedal y su exmarido, el empresario Ignacio López del Hierro, quienes fueron eximidos de esta causa tras haber sido imputados por su relación con Villarejo.

En resumidas cuentas, se cierra en falso una de las páginas más negras y sórdidas de nuestra democracia con la sensación de que el juicio ha servido para poco, quizá para echar tierra encima más que para llegar al fondo de la verdad en una trama en la que sus verdaderos cerebros y muñidores nunca llegaron a responder ante los jueces.

 

lunes, 27 de julio de 2026

27/07/2026 - LA DERECHA PIRÓMANA

Feijóo y Abascal rechazan un gran pacto de Estado contra el cambio climático causante de los incendios de sexta generación

José Antequera

Isabel Díaz Ayuso en el puesto de mando de los incendios madrileños 

Pedro Sánchez ha pedido un gran pacto de Estado contra el cambio climático para hacer frente a los grandes incendios forestales que arrasan el país. Sin embargo, la derecha echada al monte (al monte ya quemado) sigue haciendo oídos sordos ante cualquier tipo de colaboración y rechaza la mano tendida. Mientras tanto, mientras PP Vox se enrocan en el sectarismo más abyecto y ruin, miles de personas son evacuadas y confinadas ante las llamas y a los bomberos no les queda otra que cerrar el grifo de las mangueras, claudicar en la batalla contra el fuego y retroceder ante unos siniestros de sexta generación (fuera de toda capacidad de extinción) agravados por el calentamiento global. Pretender apagar el apocalipsis con unas cuantas mangueras y un par de viejos y destartalados hidroaviones se antoja la última arrogancia del ser humano. La rudimentaria tecnología del hombre de nada sirve cuando la naturaleza ruge.

El resultado de esta esquizofrénica política en la que nos han instalado algunos es la pesadilla que vivimos estos días: verdes y frondosos bosques convertidos en negros manchurrones, evacuaciones masivas como si se tratara de una guerra nuclear, casas destruidas, pueblos enteros abandonados. Pérdidas millonarias, sectores económicos en quiebra, pobreza, caos. La ruina de un país y el colapso del Estado y de la civilización, que en definitiva es la consecuencia directa de este cataclismo natural de proporciones bíblicas. A eso nos enfrentamos. A un retorno no ya a la Edad Media, sino a la Edad de Piedra.

Por desgracia, el riesgo no ha pasado. Lo que nos espera en el mes de agosto será bastante parecido, si no peor, a lo que hemos sufrido en julio. Y el año que viene será aún más dramático y desolador. España batirá récords de superficie perdida un verano tras otro. El calor extremo, el viento, la desertización y la falta de humedad producto de la degeneración del clima mediterráneo de las últimas décadas han llegado para quedarse. El escenario es aterrador y solo los necios y los inconscientes (entre los que parecen encontrarse los prebostes de nuestra derecha patria) se atreven a seguir practicando el negacionismo demagógico. Mientras la ciudadanía reclama que los políticos de uno y otro signo se pongan de acuerdo, los FeijóoAyuso y Abascal interpretan la aberrante sinfonía del populismo, como aquellos músicos del Titanic que seguían haciendo sonar sus violines mientras el barco se hundía. Esa maldición, la de una generación de gobernantes obtusos y mediocres, cainitas y reaccionarios, es la que nos ha caído en desgracia como la tierra yerma y estéril que queda tras el monstruoso incendio de Ávila, el peor de la historia (ostentará ese triste récord de 50.000 hectáreas calcinadas hasta el próximo período estival, cuando se declarará otro todavía peor).

La situación de emergencia nacional (similar a la que viven otros países europeos como FranciaGrecia y Portugal) requiere de grandes pactos de Estado con medidas drásticas y urgentes como la apuesta por un nuevo modelo productivo más sostenible, ya sin combustible de origen orgánico y basado en las energías limpias y renovables. Lo reclaman los ciudadanos, los científicos y hasta el rey Felipe, que exige unidad ante el desafío inmenso. Sin embargo, la banda ayusista tiene otros planes: seguir quemando petróleo, seguir quemando el planeta hasta los estertores finales de un capitalismo salvaje ya agonizante. Fue el ministro Montoro quien dijo aquello de “que caiga España, que ya la levantaremos nosotros”. Hoy la frase sigue más vigente que nunca, solo que sustituyendo el verbo caer por el verbo abrasar. Que se abrase España entera, que ya apagaremos nosotros la hoguera infernal incontrolable desde Cádiz hasta Finisterre.

Es más que evidente que la situación dramática exige unidad y participación de todos, pero las derechas ibéricas rechazan cualquier tipo de diálogo contra la emergencia climática sencillamente porque están a otra cosa: a derribar el Gobierno por tierra, mar y aire. ¿Qué se puede esperar de un tipo como Abascal, fiel discípulo trumpista, que sigue negando la realidad con el argumento del “fanatismo climático” de la izquierda? Cuando no quede un solo árbol en este país, cuando estemos achicharrados por el calor y comiendo arena, el Caudillo de Bilbao sacará su caballo del cortijo y cabalgará sobre él, boina calada, sobre un inmenso desierto de españolitos pobres, desarrapados, beduinos. El sueño del totalitarismo materializado en la peor de las distopías.

El cambio climático es el principal problema al que se enfrenta la humanidad. Cuando se trata de resolver problemas no hay políticas de izquierdas y políticas de derechas, hay buenas o malas ideas, tal como decía el añorado Eduard Punset. Y el programa negacionista que Feijóo le ha comprado a Vox (con la excusa de que el pacto propuesto por Sánchez es “propaganda” y “tacticismo político”), es sencillamente nefasto para todos. Criminal es el loco con la lata de gasolina que reduce un hermoso parque natural a un montón de cenizas. Pero hay otros pirómanos por omisión y por negligencia. El ciego fanatismo destruye tanto y tan deprisa como el fuego.

 

domingo, 26 de julio de 2026

26/07/2026 - INCENDIOS, EL FRACASO SISTÉMICO DE UNA ESPAÑA QUE SE CONSUME CADA VERANO

Mientras el fuego devora año tras año miles de hectáreas, la inacción política, el abandono del medio rural y los discursos vacíos convierten la tragedia forestal en una crónica estival tan predecible como devastadora

José Antonio Gómez

El olor a madera quemada no entiende de ideologías, pero conoce perfectamente el calendario administrativo. Cada año, cuando el mercurio roza máximos históricos y los cielos del verano ibérico se tiñen de ese naranja aplastante y plomizo, los incendios forestales en España vuelven a representarse sobre el escenario nacional con una precisión matemática. No se trata de un fenómeno imprevisto ni de una maldición meteorológica incontrolable, sino del síntoma más visible de un fracaso político e institucional sistemático. La sociedad contempla cómo sus bosques se convierten en humo en una historia interminable donde las causas profundas permanecen intactas, los errores de gestión se multiplicaban y la clase política escenifica un ritual de indignación y promesas que se disuelven con las primeras lluvias del otoño.

La narrativa oficial insiste en señalar de manera casi exclusiva al cambio climático o a la virulencia impredecible de las olas de calor como los únicos responsables del desastre. Sin embargo, los expertos en ingeniería forestal y los analistas del territorio coinciden en que el fuego no es más que el síntoma final de una enfermedad mucho más antigua y desatendida. La verdadera raíz del problema reside en el abandono del medio rural, la falta alarmante de planificación en invierno y una desconexión preocupante entre las decisiones que se toman en los despachos ministeriales y las realidades operativas sobre el terreno. El monte español se ha transformado paulatinamente en un inmenso depósito de combustible continuo debido a la pérdida de los usos tradicionales y a la ausencia de una política forestal seria y continuada en el tiempo.

El patrón de actuación de los dirigentes ante la crisis de los fuegos de verano se repite con una monotonía exasperante. Durante las semanas críticas de julio y agosto, ministros, presidentes autonómicos y líderes de la oposición se desplazan hasta los puestos de mando avanzado ataviados con chalecos de emergencia para ofrecer ruedas de prensa impregnadas de gravedad institucional. En esos minutos de televisión, abundan las palabras ampulosas sobre la unidad de acción, el compromiso con los afectados y la promesa de dotaciones presupuestarias extraordinarias. No obstante, tan pronto como el foco mediático se desplaza y el humo se disipa, los grandes anuncios quedan arrinconados en los cajones de la burocracia estatal y regional, dejando la gestión del territorio exactamente en el mismo punto de vulnerabilidad previa.

La ilusión de los medios de extinción frente a la falta de prevención forestal

La prevención de incendios en el medio rural representa el ejemplo más flagrante de esta desconexión entre la retórica política y la acción de gobierno. Resulta un axioma ampliamente aceptado entre los profesionales del sector que los grandes incendios forestales se apagan realmente en invierno, mediante intervenciones planificadas en la masa vegetal, clareos de vegetación, mantenimiento de cortafuegos y el impulso decidida a la ganadería extensiva. A pesar de la evidencia técnica acumulada durante décadas, los presupuestos públicos siguen priorizando de forma abrumadora el gasto en medios de extinción rápida por encima de la inversión estratégica en mantenimiento del monte. Se invierten fortunas en tecnología punta y unidades aéreas de última generación mientras las partidas destinadas a la limpieza de bosques sufren recortes constantes o ejecuciones presupuestarias ridículas.

Esta distorsión en la asignación de recursos obedece a una lógica electoralista de corto alcance. Las unidades operativas y los grandes despliegues de emergencia ofrecen imágenes potentes que transmiten a la opinión pública una sensación de respuesta firme y capacidad del Estado. Por el contrario, los trabajos de desbroce, la eliminación de matorral o el apoyo financiero a los ganaderos locales son labores invisibles que no generan titulares mediáticos ni rentabilidad política inmediata. Como consecuencia de esta visión miope, el país gasta cantidades ingentes de dinero público en apagar fuegos ingobernables en lugar de destinar una fracción de esos fondos a estructurar un paisaje resiliente que impida la propagación del fuego.

Uno de los factores más determinantes en el deterioro de la masa vegetal es la paulatina expulsión y arrinconamiento del sector primario en la ordenación del territorio. Los agricultores, pastores y comuneros forestales, que históricamente actuaron como los verdaderos guardianes del equilibrio territorial, han sido marginados por un marco regulatorio hipertrofiado y burocrático que penaliza las actividades tradicionales en el monte. La ganadería extensiva, cuyo pastoreo natural constituye la herramienta más eficaz y económica para controlar el matorral bajo y romper la continuidad del combustible vegetal, enfrenta trabas administrativas asfixiantes y una falta crónica de relevo generacional ante la falta de rentabilidad económica.

El abandono del sector primario y la parálisis burocrática autonómica

En lugar de potenciar la alianza estratégica con los profesionales del campo para la gestión ambiental, las administraciones públicas han optado a menudo por un enfoque punitivo o de protección pasiva que prohíbe los usos tradicionales sin ofrecer alternativas viables. La desaparición de la quema controlada, el cese de la recogida de madera y la pérdida del mosaico agrícola-forestal han transformado bosques que antes estaban fragmentados por cultivos y prados en masas forestales densas, cerradas e ininterrumpidas. Cuando un incendio se origina en estas condiciones de continuidad de matorral, la carga térmica que alcanza el fuego supera con creces la capacidad de respuesta de cualquier dispositivo, por sofisticado que sea.

La descentralización de competencias en materia de protección civil y conservación natural ha derivado asimismo en un rompecabezas institucional donde la coordinación entre el Gobierno central y las distintas comunidades autónomas se convierte a menudo en un terreno de batalla partidista. En lugar de consolidar un mando único y unos protocolos unificados para todo el territorio nacional, cada episodio crítico reactiva los reproches mutuos sobre la velocidad en la activación de recursos, la solicitud de auxilio a la Unidad Militar de Emergencias (UME) o la trágica falta de medios compartidos entre provincias limítrofes. La burocracia política ralentiza con frecuencia la toma de decisiones sobre el terreno, mientras las llamas avanzan sin atender a los límites administrativos dibujados en los mapas oficiales.

El desinterés estructural por la planificación territorial se refleja también en el lamentable estado de las infraestructuras preventivas en las zonas de interfaz urbano-forestal. El crecimiento desordenado de urbanizaciones, viviendas aisladas e instalaciones turísticas en el corazón de masas forestales no gestionadas crea un escenario de riesgo extremo para las vidas humanas y las propiedades. Cuando se desata una emergencia nacional de gran magnitud, los servicios de bomberos y brigadas se ven obligados a concentrar casi la totalidad de sus efectivos en la protección de los núcleos habitados, abandonando la contención del frente forestal en el monte y permitiendo que el fuego crezca hasta volverse inasumible para los medios terrestres.

El impacto socioeconómico y la urgente necesidad de un cambio de paradigma

El coste de esta inacción continuada trasciende con mucho la pérdida inmediata de valor ecológico y paisajístico. La destrucción repetida del suelo de montaña acelera los procesos de erosión, altera de forma irreversible las cuencas hidrográficas y compromete la capacidad de regeneración natural de los ecosistemas mediterráneos. Además, el impacto económico directo sobre las poblaciones rurales exacerba la despoblación rural, arruinando explotaciones ganaderas, recursos madereros y proyectos de turismo rural que constituían el sostén de comarcas deprimidas. Cada hectárea calcinada representa un paso más hacia la desertificación en España, no solo ambiental, sino también demográfica y social del interior peninsular.

Resulta indispensable romper el círculo vicioso de la resignación y exigir un giro radical en las prioridades de la agenda política nacional. La solución al drama recurrente de los incendios no llegará mediante la compra de más hidroaviones ni con la redacción de nuevos planes normativos que duermen el sueño de los justos en los archivos ministeriales. La verdadera transformación exige reconocer el valor estratégico del desarrollo rural, flexibilizar la burocracia para permitir el aprovechamiento forestal sostenible y dotar a las políticas territoriales de presupuestos estables y plurianuales que no dependan del color político del gobierno de turno ni del impacto de la actualidad estival.

Mientras la clase política continúe tratando los incendios como emergencias puntuales en lugar de como fallos de gestión estructural, el mapa de España seguirá llenándose de cicatrices negras cada verano. Las promesas pronunciadas a pie de incendio continuarán evaporándose con la llegada del otoño, dejando la masa forestal lista para alimentarse de nuevo en el siguiente periodo estival. La sociedad española no puede seguir aceptando esta crónica de un fracaso anunciado como una fatalidad inevitable, pues el coste de esta ceguera política no se mide solo en hectáreas quemadas, sino en el futuro de un territorio que se consume ante la indiferencia de quienes tienen la obligación legal y moral de protegerlo.

 

viernes, 24 de julio de 2026

24/07/2026 - LOS CAMISAS PARDAS DE AYER LLEVAN TOGAS NEGRAS HOY

 

Sí Sr. González Ruibal, la justicia española condena a la gente de izquierda por indicios y absuelve a la gente de derechas por pruebas. Pues, ¡le pueden dar por el cu… a esta mierda de plutocracia!

ALFREDO GONZALEZ RUIBAL

Durante el auge del fascismo hace un siglo surgieron por todo el mundo milicias que sembraban el terror en las calles. En cada uno de los casos se identificaron por el color de su atuendo: en España los falangistas cantaban en el himno a su camisa nueva, que era azul; los ultras italianos eran los camiccie nere; a los miembros de la Sturmabteilung nazi se les reconocía por sus casacas pardas. El premio a la originalidad se lo llevan los fascistas mexicanos (que también los había): los matones de Acción Revolucionaria Mexicanista vestían camisa dorada.

Independientemente del color del uniforme, todos perseguían los mismos objetivos: el primero de todos, destruir la democracia liberal.

En tiempos de posfacismo, las milicias han mutado. En algunos casos se han convertido en cuerpos policiales con mandato legal, como el ICE en Estados Unidos. En España, han encontrado un nicho en empresas de desokupación, donde realizan la noble y patriótica tarea de expulsar de sus hogares a familias y ancianos.

Sin embargo, en términos generales lo de pasearse por la calle con uniforme paramilitar ya no se lleva. Es una de esas cosas que marcaron tanto al fascismo clásico que sus descendientes ideológicos no se atreven a reclamar públicamente: les ceden los derechos a grupúsculos neonazis que abrazan sin complejos el legado totalitario. En realidad, el apartamiento de la violencia paramilitar es parte del plan de legitimación del posfascismo desde 1945.

Más allá de la estrategia política, lo cierto es que la extrema derecha no necesita milicianos disfrazados para sembrar el terror, igual que ya no necesita tanques ni generales para hacerse con el poder. Cuentan con medios menos sangrientos e igual de efectivos. Porque los camisas pardas de ayer llevan togas negras hoy.

Son los abogados ultras que interponen denuncias y los jueces ultras que las admiten a trámite y que fallan a su favor. No van por la calle dando palizas, pero son tremendamente efectivos. Más, de hecho, que los paramilitares. Porque la violencia callejera suele provocar resistencia, incluso una movilización masiva contra el fascismo. Como sucedió en la batalla de Cable Street, en 1936, donde los provocadores de Oswald Mosley consiguieron que se aliaran irlandeses católicos, judíos, comunistas y hasta marineros somalíes para expulsar a los camisas negras. Fue el principio del fin del fascismo inglés.

Con la violencia legal de los togas negras sucede lo contrario. Esa sí que tiene el poder de paralizar. Uno se lo piensa dos veces antes de expresar su opinión, hacer un chiste, dibujar una viñeta satírica. interpretar una obra de teatro o promover una ley progresista si sabe que puede acabar ante el juez o en el calabozo.

Mientras unos togas negras luchan por acabar con la libertad de expresión de raperos o humoristas, otros persiguen a historiadores. O impiden a familiares de víctimas del franquismo recuperar los restos de sus seres queridos. O frustran la resignificación del Valle de los Caídos. O revientan las políticas sociales de un ayuntamiento. O desgastan un gobierno que no les gusta para conseguir que lleguen los suyos al poder.

Y cuando los suyos llegan, los togas negras emprenden una campaña para acabar con el aborto, limitar el voto de la gente que no vota bien o privar a los inmigrantes de derechos básicos. Es mucho más difícil luchar contra los togas negras que contra los camisas pardas.

Y es que los togas negras no llevan porras ni botas militares. Pero dan mucho más miedo.

miércoles, 22 de julio de 2026

22/07/2026 - CGPJ, GERMEN DE LA DEGRADACIÓN DE LA JUSTICIA

Vicente Mateos Sainz de Medrano

La filosofía de dejar hacer, dejar pasar con la que actúa el Consejo General del Poder Judicial, le convierte en actor preeminente de la degradación de la justicia española que ve con nitidez la mayoría de los ciudadanos que consideran que no es imparcial, según los datos coincidentes de encuestas recientes. Qué existen dos varas de medir según la procedencia del acusado. Sorprende el silencio del máximo órgano de los puñeteros ante unos datos que les pintan la cara por hacer dejación de su responsabilidad: velar por que se mantenga en equilibrio el fiel de la balanza que representa a la justicia, y por el cumplimiento de los derechos de los acusados el proceso judicial.

CGPJ que reacciona de inmediato contra las críticas que reciben los jueces, aduciendo que son una injerencia inaceptable en su labor. Y, sin embargo, no rechistó cuando un nutrido grupo de ellos se manifestó ante sus juzgados y audiencias, contra la ley de amnistía del procés que no estaba ni redactada. Protesta inédita en las democracias occidentales que confirmó, a ojos de la ciudadanía, que hay jueces que hacen política de sesgo conservador con un objetivo: coadyuvar a derribar un Gobierno que no les gusta. Intromisión que vulnera el principio de que jueces y fiscales deben limitarse a aplicar las leyes que aprueba el poder Legislativo, y no rebelarse contra ellas por ideología retrasando su aplicación. Veremos ahora si persisten en su contumacia tras la resolución de TJ europeo que considera legal la amnistía.

Esta actitud de corporativismo a ultranza, sean cuales sean los errores de jueces y magistrados, convierte al CGPJ en el germen del mal que encastilla la justicia en un coto cerrado de poder alejado de la ciudadanía al incumplir su función: controlar los desmanes de significados jueces que subvierten el principio de in dubio pro reo, o redactan condenas sin pruebas fehacientes, basadas en presunciones—ex Fiscal General del Estado, o David Sánchez Pérez Castejón—, hechos que trasladan a la sociedad la idea de que determinadas condenas están redactadas antes de celebrarse los juicios.

CGPJ que calla cuando los Tribunales Superiores y Audiencias dan por buenas instrucciones y juicios que desechan testimonios de testigos que desmienten con pruebas las acusaciones que pesan sobre el acusado, y valoran las basadas en presunciones, porque les permite justificar la sentencia prevista de antemano. O, más grave, cuando se obliga al acusado a demostrar su inocencia por la incapacidad del juez para encontrar pruebas veraces con las que condenarle. De este modo, el procesado llega al juicio con la condena sobre su espalda. CGPJ que se mantiene silente ante las investigaciones prospectivas y estrambóticas de algunos jueces—Peinado con Begoña Gómez— ejemplo del ensañamiento con los procesados. O se abren procesos con denuncias justificadas con titulares de prensa, o ante las filtraciones de los informes de la UCO o la UDEF que emanan del propio juzgado, que una vez confrontados con las sentencias resulta que son prácticamente un calco de esos informes. Si los Tribunales Superiores y Audiencias miran para otro lado ante estos desmanes, el papel del CGPJ debe ser corregirlos y no dejarlos correr.

Y ya el desiderátum son los constantes bloqueos del sector conservador del CGPJ, cuando no son de su cuerda los candidatos propuestos para ocupar altos cargos en la escala judicial, en especial, en la Sala II del Tribunal Supremo, la de lo penal, que juzga a los políticos. Esa que Ignacio Cosidó, portavoz parlamentario del PP en 2018, dijo que tenían controlada por detrás. Negar que la justicia está politizada es un chiste malo, una broma maliciosa, como negar que esa politización es de carácter conservador, efecto de que no hubo transición democrática en la judicatura heredada del franquismo.

De esos polvos estos lodos que reclaman una reforma total o, incluso, la desaparición del CGPJ—una anomalía entre los países de nuestro entorno—pues sus funciones podrían realizarlas comisiones creadas ad hoc y por méritos de sus integrantes, para la renovación de cargos o velar por la pulcritud legal de los procesos. De este modo se evitaría que el CGPJ siga siendo el vórtice donde se fragua la mala imagen de la justicia, que ya no es fiable una vez implantada la duda sobre su imparcial en la sociedad.

martes, 21 de julio de 2026

21/07/2026 - UN VIOLADOR ENTREGANDO LA COPA DEL MUNDO

CRISTINA FALLARÁS

Este domingo 19 de julio de 2026, un hombre condenado por violación y difamación contra una mujer, entregó la copa del Mundial de Fúlbol a la selección ganadora, la española. Ese violador es, además, presidente de Estados Unidos y recibió el saludo de los reyes de España y el presidente del Gobierno. Después, recibió también el saludo de la Selección. Necesitamos pensar qué significa esto, qué nos dice sobre la violencia sexual contra las mujeres y qué, sobre los violadores y cómo los trata la sociedad.

Hace menos de una semana, Donald Trump pagó a la escritora E. Jean Carroll los 5,6 millones de dólares que le exigió la Corte Suprema de los Estados Unidos. En mayo de 2023, un jurado federal de Nueva York declaró a Trump culpable de haber abusado sexualmente de Carroll en un probador de la tienda Bergdorf Goodman en los años 90 y de haberla difamado posteriormente.

Es decir, aquí ya no necesitamos los "presunto" ni eso que se empeñan en llamar, en el caso de los agresores sexuales, "presunción de inocencia". Está condenado en varios tribunales. Cuánto nos cuesta admitir la culpabilidad de un hombre en asuntos de violencia sexual. Más, en el caso de un hombre conservador y poderoso. Aunque pague 5 millones —¿qué son 5 millones para Trump?— ese hombre no acaba pagando. Ni él ni ninguno de su calaña. Violar es un privilegio de los hombres con poder, y así lo demuestra el trato que la sociedad les depara. Si no, ¿cómo entender que sea un violador quien entrega la copa del Mundial de fútbol?

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Una de las pruebas más flagrantes sobre la impunidad de los violadores poderosos es que sus condenas no tienen ninguna repercusión mediática. ¿Cuánta gente se ha enterado de que Trump, el presidente de EEUU, ha sido definitivamente condenado por violación? Es decir, es un violador. ¿Cuántos medios han publicado tal información y qué relevancia le han dado? ¿Ha abierto algún informativo? Si mañana Pedro Sánchez afirmara que le pica un huevo la repercusión sería inmensamente mayor que el hecho de que un presidente sea condenado por violación. ¿Por qué? Porque lo damos por hecho. Es decir, cuando se eligió que Trump fuera presidente, la parte de la población que le votó partía de la base de que era un agresor sexual. Probablemente, ahora le siguen apoyando aquellos que conocen su relación con el pederasta Jeffrey Epstein.

No hace falta ser un lince para colegir las repercusiones que esto tiene en la sociedad, sobre todo en los varones. Todos ellos saben, en mayor o menor medida, que cuanto más poder tiene un hombre, mayor es la violencia sexual que se le tolera. Es decir, que la violencia sexual se convierte en un atributo del poder. O sea, una aspiración. Nada que no hayamos repetido hasta la saciedad.

Sin embargo, este domingo, al ver al violador “reinando” en el lugar hacia donde miraban millones de personas; al verlo entregando un galardón al equipo de fútbol ganador del Mundial; al verlo ahí sentado junto al Jefe del Estado y al presidente del Gobierno de España, he vuelto a sentir una punzada de vergüenza por mi profesión. Porque si Trump puede hacer todo lo anterior sin sonrojo es porque la opinión pública no va a reparar en el pequeño detalle de su condena por violación. Y la opinión pública es, ni más ni menos, responsabilidad de los medios de comunicación, que son quienes otorgan una importancia mayor o menor a cada parte de la realidad que vivimos.

Es evidente que la condena por violación al presidente de la mayor potencia de lo que llaman "mundo occidental" no es algo que les haya parecido relevante. Habría que repasar quién decide la relevancia de las informaciones, quién jerarquiza en cada medio la realidad y quién ordena los silencios.

 

21/07/2026 - ARGENTINA ENTIERRA SIEMPRE SU GRANDEZA

Un viaje por las grietas morales, las glorias desmedidas y las derrotas convulsas del fútbol argentino en la gran escena mundial

José Antonio Gómez

Hay una frase de Carlos Bilardo que lo resume todo. La anécdota la contó el ex defensa central Óscar Ruggeri. El entonces seleccionador argentino les dijo en el vestuario a sus jugadores: "Muchachos, puede que la copa no la ganemos, porque pueden pasar muchas cosas. Pero si ganamos el premio fair play, los echo a todos". Esa es la esencia del fútbol argentino y eso es lo que les mata su grandeza, que la tienen. Lo sucedido ayer durante la final del Mundial, el juego sucio, el acoso constante a un árbitro predispuesto a ayudar a Argentina, la pelea tras el pitido final y el dar la espalda al podio mientras España recogía la copa representan algo más que un mal perder, porque Argentina no solo no sabe perder, sino que tampoco sabe ganar cuando lo hace. 

Hay una belleza indiscutible en la forma de entender el juego por parte de Argentina, un lirismo de potrero que ha parido a varios de los artistas más deslumbrantes que hayan pisado jamás un terreno de juego. Sin embargo, adherida a esa gloriosa tradición lírica habita una paradoja incómoda, una constante antropológica y deportiva que descoloca tanto a los devotos del juego limpio como a los analistas más ecuánimes: la histórica incapacidad de la Albiceleste para gestionar con templanza el sabor del triunfo y el amargor de la derrota.

El fútbol argentino no es únicamente una disciplina deportiva; es una religión secular, un catalizador de identidad nacional y un espejo donde un país entero proyecta sus frustraciones, sus anhelos de grandeza y su convulsa historia política y social. Esa hipertrofia emocional ha moldeado un gen competitivo único, caracterizado por una intensidad indomable, pero también por una frontera borrosa entre la garra legítima y la conducta desmedida. Para el futbolista argentino, la victoria no representa simplemente haber superado a un rival en un marcador; es un acto de vindicación existencial donde el vencido debe ser sometido, ridiculizado o confrontado. Del mismo modo, la derrota rara vez se acepta como el fruto natural del acierto ajeno o del fallo propio, sino que tiende a ser leída como una conspiración, un despojo o una afrenta inaceptable.

Esta dualidad entre el talento supremo y la provocación sistemática no es un fenómeno reciente ni una simple anécdota contemporánea. Constituye un hilo conductor que atraviesa décadas de historia balompédica, manifestándose en finales continentales, enfrentamientos intercontinentales y citas máximas en la Copa del Mundo. A lo largo de los años, el mundo ha contemplado atónito cómo la misma camiseta capaz de bordar pasajes inolvidables de arte colectivo es también capaz de protagonizar episodios de descontrol emocional, gestos obscenos y declaraciones incendiarias que empañan el brillo de sus propias hazañas.

Glorias teñidas de tormenta

Para entender la mecánica del denominado "mal ganar", basta con examinar el epílogo del evento cumbre de la era moderna: la Copa del Mundo de Qatar 2022. Aquella noche en el Estadio Lusail ofreció una de las finales más espectaculares de la historia del deporte, un duelo titánico entre Argentina y Francia que concluyó con la coronación de Lionel Messi en el Olimpo futbolístico. Sin embargo, el instante inmediatamente posterior al silbatazo final y a la tanda de penaltis se transformó en una pasarela de provocaciones que dio la vuelta al mundo y ensombreció la épica de la victoria.

El máximo paradigma de esta conducta fue encarnado por el guardameta Emiliano "Dibu" Martínez. Tras recibir el Guante de Oro como mejor arquero del torneo, el futbolista marplatense realizó un gesto obsceno con el trofeo frente a las autoridades mundiales y las cámaras de televisión de todo el planeta. La imagen, que combinaba la irreverencia con el mal gusto en una ceremonia oficial de la FIFA, fue la consumación de una actitud que ya había mostrado durante los lanzamientos desde el punto penal, encarando, bailando y desestabilizando psicológicamente a los tiradores franceses. Lejos de reducirse a un impulso individual de júbilo desbordado, la conducta se prolongó en los vestuarios y en las celebraciones posteriores en Buenos Aires, donde el arquero exhibió muñecos con el rostro de Kylian Mbappé y entonó cánticos dedicados al delantero galo, autor de tres goles en aquella misma final.

Aquel episodio en Qatar no fue un hecho aislado en el camino hacia la tercera estrella. Días antes, el cruce de cuartos de final frente a Países Bajos había mostrado la faceta más agria y encendida del equipo dirigido por Lionel Scaloni. Tras un partido bronco, cargado de faltas, burlas e interrupciones, los jugadores argentinos celebraron la clasificación festejando directamente en la cara de los futbolistas neerlandeses derrotados, una estampa que dio la vuelta al mundo como símbolo de la falta de empatía deportiva. Instantes después, el propio Lionel Messi, habitualmente mesurado en su discurso público, interrumpió una entrevista televisiva para encarar al delantero Wout Weghorst con una frase que quedaría esculpida en el acervo popular argentino: "Qué miras, bobo, anda para allá". El astro rosarino también se dirigió al banquillo rival para encarar al veterano entrenador Louis van Gaal, llevándose las manos a las orejas en el célebre gesto del "Topogigio" que popularizara en su día Juan Román Riquelme.

Si se rebobina la cinta de la historia hasta el Mundial de México 1986, se encuentra el antecedente definitivo de esta filosofía donde el fin justifica los medios y el orgullo del engaño se celebra como una virtud. El icónico gol de Diego Armando Maradona con la mano frente a Inglaterra no solo fue un fallo arbitral flagrante; fue bautizado inmediatamente por el propio astro como "La Mano de Dios", elevando la trampa a la categoría de justicia divina y astucia popular. En el imaginario colectivo del fútbol argentino, la acción no generó remordimiento ni recato, sino una devoción renovada hacia la "viveza criolla", esa habilidad para aventajar al rival mediante el ardid y la picardía por encima de las reglas establecidas.

Las celebraciones de los títulos de la Copa América en sus ediciones de 2021 y 2024 reafirmaron este patrón conductual. En lugar de centrar la narrativa de la victoria exclusivamente en el logro deportivo o el reconocimiento a la propia superación, los cánticos de la plantilla en los autobuses y vestuarios solieron incluir dedicatorias despectivas hacia los periodistas críticos, los países rivales o las potencias europeas. La alegría de la victoria argentina parece necesitar, de forma casi patológica, la validación a través de la humillación o el despecho hacia el otro.

Cuando la caída se vuelve conspiración

Si el triunfo argentino suele estar acompañado de la desmesura y el desafío, la derrota desencadena a menudo una tormenta de negación, victimismo y agresividad institucional. Para la cultura futbolística de este país sudamericano, perder no forma parte del juego; la derrota es vista como una anomalía intolerable, una injusticia cósmica o el resultado inevitable de arbitrajes malévolos y poderes en la sombra organizados para frenar al coloso pampeano.

El ejemplo histórico más elocuente de este "mal perder" tuvo lugar en el Mundial de Italia 1990. En una final áspera y tácticamente asfixiante frente a la selección de Alemania, el equipo capitaneado por Diego Armando Maradona cayó por la mínima debido a un penalti transformado por Andreas Brehme en los minutos finales, señalado por el colegiado mexicano Edgardo Codesal. La reacción argentina fue desmesurada. El propio Maradona rompió en llanto inconsolable durante la entrega de medallas, pero sus lágrimas mutaron rápidamente en acusaciones de sabotaje contra el presidente de la FIFA de aquel entonces, João Havelange, y contra la propia organización. El astro argentino se negó a saludar a las autoridades y declaró públicamente que el torneo estaba arreglado para evitar que Argentina revalidara el título conseguido cuatro años antes. La autocrítica por un planteamiento ultra defensivo que apenas generó peligro ofensivo a lo largo de los noventa minutos brilló por su completa ausencia.

Esta misma narrativa del despojo reapareció con fuerza durante la Copa América 2019, celebrada en territorio brasileño. Tras caer eliminados en semifinales ante el anfitrión Brasil en un encuentro marcado por decisiones arbitrales polémicas y la no intervención del VAR en dos jugadas dudosas, la delegación argentina explotó. Lionel Messi, en un arrebato inédito en su carrera internacional, rechazó salir a recoger la medalla de bronce tras ser expulsado en el partido por el tercer puesto contra Chile y lanzó acusaciones devastadoras contra la CONMEBOL.

"No tenemos que ser parte de esta corrupción, de las faltas de respeto que nos hicieron durante toda esta copa; la copa está armada para Brasil", afirmó Messi ante los micrófonos, sintetizando el pensamiento atávico de que toda derrota esconde una trama oscura para perjudicar al fútbol nacional.

El comportamiento tras las finales perdidas de manera consecutiva en la Copa América 2015 y la Copa América Centenario 2016 frente a Chile ilustra otra faceta del desplome emocional albiceleste. Incapaces de asimilar que un rival históricamente inferior en el escalafón futbolístico sudamericano los hubiera derrotado en dos tandas de penaltis consecutivas, la reacción mediática y popular en Argentina osciló entre el desprecio hacia el vencedor y la autodestrucción interna. La renuncia temporal de Messi a la selección tras la final de Nueva Jersey en 2016 fue el síntoma definitivo de una frustración colectiva incapaz de procesar el dolor de la derrota desde la madurez deportiva.

Incluso en la final de la Copa del Mundo de Brasil 2014, donde el combinado argentino compitió con enorme dignidad frente a la maquinaria alemana antes de caer con un gol de Mario Götze en la prórroga, la narrativa dominante en gran parte de la prensa y la afición local no se centró en la brillantez del rival o en las claras ocasiones falladas por sus propios delanteros, sino en la falta no pitada del guardameta Manuel Neuer sobre Gonzalo Higuaín, convirtiendo aquella jugada aislada en la prueba definitiva del "robo" que les había privado de la gloria.

Viveza criolla frente a la deontología del deporte global

Para analizar este comportamiento recurrente con el rigor de un periodista de investigación, es imprescindible desmontar las pasiones y examinar las raíces sociológicas que sustentan la idiosincrasia del fútbol argentino. El concepto de la "viveza criolla" (definido como la astucia para sacar ventaja mediante el engaño, la trampa disimulada o la transgresión de la norma sin sufrir sanción) constituye un pilar cultural arraigado en la sociedad rioplatense. En el contexto deportivo, la viveza no solo es tolerada, sino que es celebrada como una forma superior de inteligencia competitiva.

Mientras que en las culturas balompédicas europeas el respeto a la regla y al adversario se considera el cimiento insustituible del juego, en la cosmovisión de la Albiceleste la piedad hacia el rival castigado o el acatamiento sumiso de las decisiones arbitrales suelen interpretarse como signos de debilidad. Un jugador que no simula, que no frena el ritmo del partido con artimañas, que no desestabiliza psicológicamente al rival o que no protesta acaloradamente cada pitido es percibido a menudo como un futbolista sin "sangre" o desprovisto del carácter necesario para defender la camiseta nacional.

A diferencia del paradigma del juego limpio tradicional, que promueve el respeto irrestricto a la norma como principio ético y la consideración al rival como un oponente deportivo digno, la filosofía que rodea al fútbol argentino prioriza la transgresión táctica y el uso de la astucia para someter al rival. En esta visión del juego, la victoria se acompaña de vindicación y júbilo desmedido, mientras que la derrota se procesa a través de narrativas de conspiración y rechazo institucional, en marcado contraste con la aceptación del resultado y la autocrítica que definen la deontología deportiva convencional.

Esta estructura mental explica por qué figuras como Diego Armando MaradonaDibu Martínez o Carlos Bilardo son elevadas a la categoría de héroes nacionales no solo por sus innegables talentos técnicos o tácticos, sino precisamente por su disposición a desafiar las convenciones morales del deporte. La famosa anécdota del agua ofrecida con sustancias sedantes al brasileño Branco en el Mundial de Italia 1990, lejos de provocar el repudio masivo de la afición, ha sido contada durante décadas en programas de televisión con una mezcla de complicidad y risas socarronas.

Esta brecha deontológica genera un choque inevitable cuando la selección argentina compite en el escaparate internacional. Lo que en las calles de Buenos Aires, Rosario o Córdoba se interpreta como "barrio", "mística" o "pica folclórica", en París, Londres, Tokio o Zúrich se percibe como una preocupante falta de deportividad, una conducta tóxica que empaña los valores fundamentales del deporte de alto rendimiento.

El juicio de la historia

Resulta tentador preguntarse si la selección argentina podría haber alcanzado el estatus de leyenda que ostenta en el fútbol mundial de no haber contado con este rasgo volcánico e incorregible. Hay quienes sostienen con vehemencia que la rabia, la soberbia y la paranoia competitiva son combustibles indispensables que alimentan el motor de un país geográficamente distante de los centros de poder económico del fútbol y constantemente castigado por crisis financieras recurrentes. Para esta corriente de pensamiento, la Albiceleste juega al fútbol con la desesperación del que no tiene otra vía para exigir el respeto del planeta.

Sin embargo, el juicio de la historia no es monolítico. La repetición systematic de estos patrones de "mal ganar" y "mal perder" ha privado a la Argentina de un reconocimiento unánime que su talento sublime merecería sin discusión. Equipos legendarios como el Brasil de 1970 o la Holanda de 1974 son recordados y venerados universalmente no solo por sus victorias o su estilo revolucionario, sino por la elegancia con la que habitaron el triunfo y la dignidad con la que asimilaron sus caídas. La Argentina, por el contrario, suele despertar una admiración dividida, un sentimiento ambivalente donde la fascinación por sus genios (de Di Stéfano a Kempes, de Maradona a Lionel Messi) convive con el rechazo hacia sus formas e histerias colectivas.