Comentario: Ese Frente Amplio,
si alguien con un poco de vergüenza no lo evita no concurriendo a las
elecciones en todas las provincias excepto Madrid, Barcelona y Sevilla y quizás
Valencia, será la tumba de la socialdemocracia del PSOE, que, dicho sea de paso,
es lo menos malo que nos puede pasar a pensionistas y trabajadores.
De
repente, la mano alarga el dedo índice y señala a un punto. A un único punto
del bosque, y lo nombra. En ese señalamiento hay una forma de empujar al resto
hacia el ataque. Es el papel de los lidercillos, los jefecillos de banda, los
pequeños caudillos de las redes. El bosque es espeso, está lleno de árboles,
arbustos, criaturas, pero su dedo decide señalar un punto, y ese será el
objetivo a derribar.
El
viernes leí y oí insultos de todo tipo contra Irene Montero
—"miserable" y "traidora" son los más suaves— y me acordé
de épocas peores, del acoso y el maltrato sistemático que recibió cuando era
ministra de Igualdad. Lo recibieron ella y su equipo. Qué decir de Vicky Rosell,
de Ángela Rodríguez Pam, de Teresa Arévalo… Pero el foco estaba esta semana en
Montero y ese señalamiento ha sido encarnizado porque todo señalamiento lo
es.
Es
cierto que en aquella otra ocasión la mayoría del acoso procedía del sector más
conservador de la sociedad, no faltaron ataques desde las filas de las
izquierdas y del propio movimiento feminista. Lo de estos últimos días ha sido
diferente. La inmensa mayoría de las agresiones, por no decir todas, han
llegado desde las izquierdas, algo que en sí mismo es grave. No porque estén
libres de miserias, que no lo están, sino porque entre sus filas hay bastantes
personas, sobre todo mujeres, que han vivido en carnes propias lo que se ha
vuelto a verter contra Irene Montero.
Alguno
se habrá levantado este domingo con resaca de odio. La resaca de odio es más
incómoda que una pésima mañana de lunes tras la ebriedad común. En la resaca de
odio, al levantarte tienes que recoger las vísceras que has desparramado por el
suelo, tu propio triperío bañado en bilis.
Resulta
de un simplismo idiota pensar que una sola persona puede ser responsable de un
desacuerdo político, de la falta de entendimiento. Todo desacuerdo tiene dos
partes, incluso más, y en este caso merece una atención especial el papel de
Izquierda Unida, un actor secundario que ha jugado sus cartas calladamente,
pero las ha jugado. Ya habrá tiempo, cuando los espumarajos sequen en las
comisuras, de analizar el papel de cada parte en todo este desaguisado, pero la
violencia hay que nombrarla inmediatamente.
Que
Montero sea una mujer, y no cualquier mujer, sino la ministra que aprobó la ley
del sólo sí es sí, que puso en el centro el consentimiento, es uno de los
principales factores a tener en cuenta. Que haya vuelto del Parlamento Europeo después
de haber sido vetada —insisto: vetada— aquí por las izquierdas que ahora
parecían tenderle la mano, otro. Porque todo esto no viene de ahora, sino de
aquel momento en el que Yolanda Díaz montó algo llamado Sumar, también de la
mano de Comuns, como ahora, cuya primera medida fue la condición de que Montero
no apareciera en las listas de Podemos a la hora de unirse. Viene también de la
construcción política de un espacio desgajado de Podemos a manos de Íñigo
Errejón. Repasemos dónde están Díaz y Errejón ahora. Todo tiene su pasado y su
genealogía. Pero bastaría con el hecho de ser mujer de izquierdas y feminista
en política. Ada Colau sabe también a qué me refiero. Conocemos bien el
componente misógino en los ataques recibidos, son los de siempre.
Habrá
quien diga, porque ya lo hacen, que el fascismo llegará a gobernar España
"por culpa de la Montero". Ese es el nivel del atacante básico, con
tribuna en los medios y prescriptor en redes. Queda mucha precampaña y campaña
por delante, y ya no sé si espero que la talla del debate remonte. Yo también
tengo resaca de odio esta mañana, resaca de odio ajeno y una tristeza honda de izquierdas
en el fondo. Cuando la izquierda desata el odio contra la propia izquierda,
mina el futuro, y eso se acaba pagando. Ya lo creo que se paga.