Comentario: Antequera nos adelanta el apocalipsis, pero aún no están las cosas para tanto. Hace muy poco hemos comprobado cómo en Castilla-León con sólo haber pronunciado Sánchez el “no a la guerra” se ha movilizado el electorado de izquierdas del PSOE y los ultras se han quedado con la miel en los labios. Y para no ir muy lejos, hemos podido comprobar como el socialismo francés sigue muy vivo en las principales ciudades de Francia, donde, por cierto, llevan los ultras de Le Pen dando la lata muchos años sin conseguir llegar al poder. No, mi querido Antequera, todavía no hay motivos para pensar en el cuarto Reich, pues los que sí lo creen son minorías y lo de Trump está a punto de derrumbarse, cualquier día lo mandan los yanquis al carajo, como, ciertamente, han hecho los ayatolás en Irán. Y lo de Putin no es otra cosa que una enorme oligarquía, nada que ver con el fascismo. Y, que nadie olvide, que los ucranianos son los únicos culpables de esa guerra con Rusia que ellos provocaron con sus abusos en el Dombás prorusos.
El nuevo fascismo trumpista controla ya las sociedades modernas, donde la democracia empieza a ser un recuerdo del pasado
El hombre en el castillo es una novela
de Philip K. Dick que plantea un escenario ucrónico
(género literario que especula con qué hubiese sucedido de haber terminado un
determinado acontecimiento histórico de forma distinta a como ocurrió). El
relato recrea, como hipótesis de historia ficción, una victoria total de las
potencias fascistas del Eje (Alemania, Italia y Japón)
durante la Segunda Guerra Mundial. De esta
manera, la esvástica termina ondeando en todo el planeta, también en los Estados Unidos de América, y ya toda la humanidad brazo
en alto y Heil Hitler. Tal argumento,
propio de la especulación literaria, empieza a ser escalofriantemente real.
Oficialmente, el Tercer Reich se
dio por derrotado en 1945, pero hoy ya tenemos indicios suficientes para
concluir que aquello no fue más que un espejismo, un paréntesis, una pausa o
intermedio en la hegeliana dialéctica de la historia. A lo largo de los últimos
ochenta años, el fascismo en la sombra se ha ido rearmando, avanzando
posiciones, ocupando todos los frentes de las sociedades occidentales. Hoy está
más fuerte que nunca en todo el mundo. El trumpismo, la gran internacional
fascista MAGA, es la continuación del Tercer Reich por otros
medios, es más, es el Cuarto Reich en potencia y en acto. Una vez más, la
imaginación prodigiosa de Philip K. Dick fue capaz de vislumbrar el futuro
sombrío y distópico que nos espera.
Hay no pocos indicios para concluir que ya estamos viviendo, quizá sin que
nos hayamos dado cuenta aún, en un régimen nazi. Y no solo el ascenso al poder
global de un tipo como Donald Trump racista,
golpista y genocida declarado. Alguien que ha amenazado con liquidar la Constitución americana para perpetuarse en el
poder de forma vitalicia y ya para siempre. Hay otros síntomas que, aunque no
queramos verlo ni afrontarlo, nos sitúan de lleno en un escenario como el
planteado por la célebre novela ucrónica del genio de la anticipación. El
modelo democrático liberal ha entrado en crisis y en los cinco continentes se
abren paso partidos de corte neofascista. Los sistemas parlamentarios naufragan
en franca decadencia. Y la fragmentación política, la polarización y el odio
alimentado por las redes sociales (sobre todo por X, el altavoz mediático del goebelsiano Elon Musk) han creado una atmósfera política tóxica e
irrespirable generadora de conflictos entre personas, sociedades y pueblos. La
desafección de buena parte de la ciudadanía hacia la democracia (sobre todo de
los más jóvenes que se afilian alegremente a los nuevos partidos fascistas,
como en tiempos de la Europa de los
convulsos años 20 y 30) es el mejor indicador reflejado en las encuestas
sociológicas. Que uno de cada cuatro adolescentes españoles declare que
prefiere una dictadura a un régimen de libertades confirma los peores
presagios.
El mundo de ayer se ha derrumbado (como predijo Stefan Zweig, paradigma del suicida que prefirió morir
junto a su esposa antes que seguir viviendo bajo una terrorífica dictadura); el
Derecho internacional ha quedado liquidado, muerto y enterrado; y en todas
partes emerge el mito del hombre fuerte, providencial, carismático llamado a
salvar a la patria. Y si aún no hemos llegado al horror del horno crematorio,
tal como ocurrió durante el Holocausto judío
entre 1940 y 1945, no estamos tan lejos, ya que convivimos armoniosamente con
otras cámaras de gas al aire libre, como el campo de exterminio de la Franja de Gaza. Trump promete
levantar un complejo hotelero de lujo sobre los cadáveres de decenas de miles
de asesinados; los militares de Netanyahu planifican
otras “soluciones finales”, otros genocidios similares en el Líbano y Cisjordania; y Putin masacra a los ucranianos.
El ciudadano medio vive aterrorizado, pero no por los horrendos crímenes
contra la humanidad que en nombre del nuevo Cuarto Reich se cometen cada día y
a los que asiste indolente por los noticieros de la televisión –mientras
engulle sin pensar una pizza o una hamburguesa–, sino porque el litro de
gasolina anda por las nubes y muy pronto no le dará el bolsillo para su
pequeñoburgués y contaminante coche barato. Se ha normalizado la violencia y
las mujeres son asesinadas a diario, mientras los partidos del movimiento ultra
ensalzan el machismo y niegan el feminismo. Se han abolido los principios
elementales de la convivencia, se ha deshumanizado a quien piensa diferente
(reduciéndolo a la categoría de insecto a fumigar), el ruido y la furia
del haterismo rampante ha sustituido al respeto, al
diálogo y a la buena educación. Todos llevan un supremacista dentro y pronto
llegarán las delaciones entre vecinos y familiares.
Las potencias europeas vuelven a rearmarse hasta los dientes en una loca
carrera hacia el desastre nuclear, tal como ocurrió en los peores tiempos del
siglo XX, y hasta la ilustrada y pacífica Francia de Macron, con sus ojivas modernistas o de art nouveau, se suma al aquelarre final contra la
supervivencia de la especie humana.
Hoy se revisa la historia para amoldarla a la nueva ideología nazi, en
todas partes surgen discursos de odio racial, sexual y político y la religión
medievalista retorna con fuerza (que se lo pregunten si no a las mujeres
de Sagunto expulsadas de las cofradías de Semana Santa por el patriarcado hetero, blanco y
ultraconservador). Al mismo tiempo, el capitalismo tecnológico va creando sus
crisis de entreguerras, el desempleo, la desigualdad y el miedo al futuro,
caldo de cultivo perfecto para el advenimiento del aprendiz de Hitler de turno. Otra vez el culto al líder, otra
vez los enemigos y traidores a la patria. Las minorías son perseguidas (los
científicos e intelectuales por rojos o zurdos, los inmigrantes por negros, los
homosexuales por mariquitas). Retornan los cánticos que nos helaron la sangre y
las soflamas nacionalistas cara al sol sobre el falso amor a la patria. La
tiranía se ha instalado entre nosotros, que seguimos anestesiados, zombificados
y enganchados al influjo narcotizante del Gran Hermano.