Comentario: Menos mal que tanto Brasil como México, Colombia, Sudáfrica, Uruguay y Lituania saben sobradamente que la Sra. Ayuso es idiota, que esta “ida”, que es una retrasada mental y una analfabeta funcional al servicio de cuatro imbéciles de la ultra derecha trumpista.
Llamar “narcoestados” a países como México o Brasil no es una ocurrencia: es una descalificación gravísima contra socios de España y un nuevo gesto de sumisión al trumpismo más desquiciado
Las palabras de Isabel Díaz Ayuso ya no pueden despacharse como
una simple sobreactuación política. Cuando la presidenta de la Comunidad de
Madrid afirma que en Barcelona habrá “una reunión de narcoestados en
torno al presidente Sánchez”, no está solo atacando al Gobierno
central: está insultando a países soberanos, dinamitando la imagen exterior
de España y colocando a una institución autonómica en una
posición de abierta agresión diplomática.
La gravedad de una acusación sin pruebas
No hay eufemismo que valga. No hay matiz que la salve. Llamar “narcoestados” a países que van a participar en una
reunión internacional con Pedro Sánchez es una afrenta de enorme calado. Y lo
es todavía más cuando entre los asistentes figuran mandatarios y representantes
de países como México, Brasil, Colombia, Uruguay, Sudáfrica o
Lituania, en una cita que medios de referencia sitúan como una gran
reunión internacional en defensa de la democracia y de articulación del espacio
progresista frente al auge de la ultraderecha global.
Ayuso dijo literalmente que había “dos fotos”: “la de esa reunión del mundo libre” en Madrid y “una reunión de narcoestados en torno al presidente Sánchez”.
La frase no es una metáfora inocente. Es una acusación de extrema gravedad.
Porque el término “narcoestado” no describe una discrepancia ideológica ni una
diferencia de modelo político: implica que las estructuras de un país están
penetradas o dominadas por el narcotráfico. Es, por tanto, una imputación política y moral demoledora. Y
Ayuso la lanza sin pruebas, sin informes, sin base diplomática y sin ninguna
competencia institucional para hacerlo.
España no es una comunidad autónoma en
política exterior
Ese es uno de los aspectos más graves del episodio. La política exterior
corresponde al Estado, no a una comunidad autónoma. La presidenta madrileña no
habla en nombre de España en foros diplomáticos, no fija la posición exterior
del país y no debería dinamitar las relaciones con gobiernos extranjeros a
golpe de consigna partidista. Pero eso es exactamente lo que hace cuando desde
Bruselas decide presentar como “narcoestados” a países con los que España
mantiene relaciones estratégicas, económicas, culturales y multilaterales de
primer orden.
Basta ver quiénes están realmente en Barcelona para medir la magnitud del
disparate. La cita ha reunido o movilizado a líderes como Luiz Inácio Lula da Silva, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Yamandú
Orsi, junto a dirigentes europeos, sindicales y sociales,
dentro de una agenda que gira en torno a la democracia, la cooperación
internacional, la tecnología, la desigualdad y el freno al nacionalismo autoritario.
Presentar ese encuentro como una concentración de “narcoestados” no es análisis
político: es propaganda zafia, impropia de una representante pública.
El eco del trumpismo en Madrid
Además, la acusación de Ayuso golpea de forma especialmente obscena a
México. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum ya había tenido que responder
hace apenas unas semanas a otra ofensiva verbal de la dirigente madrileña. Su
contestación fue inequívoca: “Es absolutamente falso lo que dice”. Sheinbaum
denunció así unas declaraciones previas de Ayuso en las que equiparaba a México
con regímenes autoritarios, dejando en evidencia que la presidenta madrileña
reincide en un patrón de descalificación sin sustento real.
Y resulta todavía más revelador que, en vísperas de la reunión de
Barcelona, Sheinbaum haya querido subrayar que “no es una reunión antiTrump”,
sino una cita orientada a la cooperación internacional y a la paz. Es decir,
mientras una jefa de Estado rebaja el tono, busca encajar diplomáticamente el
encuentro y evita convertirlo en una provocación, Ayuso hace exactamente lo
contrario: incendia, caricaturiza e insulta.
Con Brasil ocurre algo parecido. Lula y Sánchez han impulsado en Barcelona
la primera cumbre bilateral España-Brasil, con una agenda de acuerdos
económicos, tecnológicos y sociales, además de una voluntad política expresa de
reforzar el multilateralismo y la cooperación entre ambos países. Llamar
“narcoestado” al entorno diplomático en el que se produce ese acercamiento no
solo es ofensivo para Brasil: es una patada contra los propios intereses
internacionales de España.
¿Por qué en Madrid “no pasa nada”?
Lo que subyace en estas palabras es algo ya muy reconocible: la importación
a Madrid del lenguaje político trumpista. Ayuso vuelve a utilizar la retórica
de bloques absolutos, del “mundo libre” frente a una supuesta conjura de
enemigos, de la simplificación brutal que divide el planeta entre los buenos
que ella bendice y los malos que ella demoniza. No hay diplomacia, no hay
prudencia, no hay respeto institucional. Solo hay polarización, bronca y un uso
irresponsable de la tribuna pública.
Y ahí aparece otra pregunta incómoda: ¿por qué una parte de la sociedad
madrileña parece haberse vuelto inmune a estos excesos? Probablemente porque el
escándalo permanente anestesia. Cuando cada declaración busca ser más
estridente que la anterior, el insulto se normaliza. Pero que una barbaridad se
repita no la convierte en aceptable. Que Ayuso haya hecho del agravio una forma
de comunicación no significa que el resto del país, ni mucho menos los países
aludidos, tengan obligación alguna de soportarlo.
De hecho, conviene plantear con seriedad qué respuesta diplomática deberían
estudiar los Estados insultados. México, Brasil y cualquier otro país que se
considere aludido tienen motivos más que suficientes para exigir explicaciones.
Podrían hacerlo mediante protestas formales, notas verbales a la embajada de
España, solicitudes públicas de rectificación o peticiones al Gobierno español
para que se desmarque de esas palabras. Nada de eso sería exagerado. Exagerado
fue llamar “narcoestados” a países soberanos sin aportar una sola prueba.
Y aquí la pelota también está en el tejado del Estado. Porque si una
presidenta autonómica injuria a socios internacionales de España y no ocurre
nada, el mensaje exterior es desastroso. La sensación que se transmite es que
cualquier cargo institucional puede deteriorar relaciones diplomáticas por
interés partidista sin pagar ningún precio político. Eso erosiona la imagen de
España como socio serio, previsible y respetuoso.
Meloni
La comparación con Giorgia Meloni resulta, además, muy elocuente. Incluso
una dirigente europea situada en la derecha dura y considerada durante mucho
tiempo una de las más cercanas a Donald Trump ha marcado distancias en los
últimos meses. Reuters ha informado de críticas de Meloni a decisiones de
Trump, calificando de “error” algunos de sus movimientos, y también de su
condena por “inaceptables” a determinados ataques verbales del líder
estadounidense. Es decir, incluso quienes habían cultivado esa cercanía
empiezan a entender que el coste político y diplomático del trumpismo puede
resultar insoportable. (Reuters)
En Madrid, sin embargo, el PP de Ayuso parece optar por el camino inverso:
cuanto más desquiciado es Trump, más se copia su método. Más hipérbole, más
insulto, más enemigo absoluto, más degradación del lenguaje público. El
resultado no es fortaleza política, sino degradación institucional.
Porque conviene decirlo claro: Ayuso no ha insultado solo a Sánchez. Ha
insultado a países enteros. Ha faltado al respeto a gobiernos legítimos. Ha proyectado
una imagen frívola y agresiva de una institución española. Y ha vuelto a
demostrar que para una parte de la derecha madrileña la política exterior no es
una cuestión de Estado, sino una sucursal de la agitación ultra.
La pregunta final, por tanto, no es solo qué pretende ganar Ayuso con esta
escalada verbal. La cuestión de verdad importante es otra: ¿hasta cuándo van a
tolerar México, Brasil y el resto de países agraviados que una dirigente
autonómica española los difame como si fueran caricaturas al servicio de su
guerra partidista? Y junto a esa, otra todavía más incómoda para España:
¿cuánto bochorno diplomático está dispuesto a asumir el país antes de exigir
que alguien ponga freno a esta deriva?
La pregunta clave: ¿qué deberían hacer los
países afectados?
Si se toma en serio el contenido de las declaraciones, la cuestión no es
retórica. Es jurídica y diplomática.
Los países aludidos —México, Brasil y otros que puedan sentirse incluidos—
tienen varias vías de respuesta:
1.
Solicitud formal de aclaraciones al Gobierno español
No a la Comunidad de Madrid, sino al Estado, que es el responsable de la
política exterior.
2.
Protesta diplomática
A través de sus embajadas, exigiendo una rectificación o desmarque oficial.
3.
Revisión del tono en relaciones bilaterales
Sin romper vínculos, pero marcando límites claros.
4.
Pronunciamientos públicos
Como ya ha hecho México, desmontando la acusación y evidenciando su falta de
rigor.
Estas acciones no serían desproporcionadas. Serían proporcionales a la
gravedad del insulto.