Margallo asegura que el argumento que le dio el entonces presidente del Gobierno para invadir Irak era que España no había estado en el desembarco aliado de 1944
Aznar persiste en sus mentiras sobre la guerra
de Irak. Ha pasado el tiempo desde entonces y la historia
ya ha puesto las cosas y a cada cual en su sitio. Aquello fue lo que fue: un
inmenso montaje, una mayúscula patraña para que Bush
Junior pudiera hacer caja y negocio con sus amigos de Wall Street. Hoy la historia se repite, esta vez
en Irán. Entre Irak e Irán
median más de dos décadas y cuatro letras del abecedario, pero Ansar sigue en el mismo sitio de siempre: amarrado
al palo mayor del embuste.
Sin embargo, de cuando en cuando el señor de la guerra hispano recibe algún
revés en forma de revelación, incluso de su propio partido. Es lo que ha
ocurrido en las últimas horas con José Manuel García-Margallo,
exdiputado, exministro de Exteriores del PP y tertuliano de Risto Mejide, que ha reconocido en La Sexta que cuando
España decidió entrar en la guerra de Irak, por expreso deseo y capricho de
Aznar, “no había armas de destrucción masiva”. En realidad, no hacía falta que
el viejo intelectual del PP (ya quedan pocos) viniera a decirnos algo que todo
el mundo sabe a estas alturas. Pero su afirmación resulta cuando menos
sorprendente, no solo por el momento elegido, con Trump y Netanyahu incendiando Oriente Medio, sino porque el bueno de Margallo
confiesa un hecho inédito: “Yo le pregunté a Aznar por qué apoyamos
políticamente lo de Irak. Porque no estuvimos en Normandía, esa fue su respuesta”, sentenció el exministro.
Ahora se entiende todo. Un delirio de grandeza agravado por el desconocimiento.
El puzle de la historia, con sus sombras y lados oscuros, se va
recomponiendo a base de grandes confesiones y pequeñas confidencias como la que
acaba de hacer el listo del Partido Popular. Si es verdad que, en aquellas
horas dramáticas y cruciales para nuestro país (a las puertas de los atentados
de Atocha), Aznar estaba pensando en la invasión de
Normandía y en la Segunda Guerra Mundial es que
el delirio del expresidente era, y es, todavía más preocupante de lo que
parecía. ¿Qué demonios tenía que ver aquel desembarco llevado a cabo por las
tropas norteamericanas para liberar Europa del yugo
nazi con las trapacerías de Sadam Husein? Nada.
Tiempos y escenarios completamente desconectados uno de otro. Pero la mente de
Aznar es puro delirio maquiavélico y si la realidad no se adapta a sus
intereses ya la cambiará él con su retórica del mundo al revés para que parezca
lo que no es.
El expresidente no pasará a la historia precisamente por sus sesudos
análisis sobre historia o geopolítica internacional. Falsea, adultera, manipula
en sus ensayos y otros pinitos para la FAES. Revisa el
pasado (sobre todo el franquista) para que encaje con sus posiciones políticas
reaccionarias plagadas de prejuicios. La memoria histórica se la pela y es lo
que se conoce como un dogmático. Nada ni nadie podrá convencerle jamás de que
la conquista de América no fue una excursión
pacífica, cultural y científica, sino una invasión y un proyecto colonial para
expoliarle el oro de los indígenas. Comparar la guerra de Irak con el
desembarco de Normandía no tiene ningún sentido. Es tanto como trazar un
paralelismo con la guerra de Troya, la guerra de
los Siete Años o las invasiones napoleónicas. O sea, mezclar
churras con merinas. Nos hubiese gustado a nosotros ver la cara de Margallo
cuando el jefe le soltaba semejante discurso propio de cuñado en la barra de un
bar. La mandíbula se le debió desencajar al momento. Ojos como platos. Y ponte
tú a rebatirle la descabellada disertación histórica (más bien arriesgada paja
mental) al jefe. Aznar siempre se ha manejado como una especie de
caudillo/dictador y, cualquiera que le llevaba la contraria, a los cinco
minutos salía por la puerta de atrás de Génova con la
caja de cartón y la carta de despido. Mejor darle la razón.
Ahora entendemos muchas de las cosas que pasaron en España en aquel período
convulso, entre 2003 y 2004. Teníamos en Moncloa a un
presidente con una imaginación desbordante, inmadura y febril, sin duda fruto
de haber leído demasiados cómics de Hazañas bélicas y demasiado Rudyard Kipling, el
autor de cabecera del gran proyecto imperial británico. Aznar se quedó en Kim, en la sometida India británica, en un mundo
falsamente en orden, benévolo y fascinante que en realidad escondía esclavitud,
injusticia y explotación. Las lecturas de Aznar son las mismas que las de
cualquier persona de derechas que no ha dado el salto a la madurez
intelectual: Beau Geste, Las minas del rey Salomón, Tarzán de los monos, en fin, libros de aventuras
donde el hombre blanco, el amo natural, se mueve por África y por Asia como por
su propia granja para su uso y disfrute. La recuperación del viejo sueño
colonial, bien español, bien anglosajón, esa fue la gran aportación de Aznar a
España y al mundo. Y esa fue nuestra desgracia.
Ansar creyó que cuando invadía Irak en
compañía del bobo Bush y Blair estaba
enviando a sus soldados a las gloriosas playas de Normandía infestadas de
nazis. El problema es que al otro lado de la trinchera no estaba la fiera Wehrmacht con sus metralletas, tanques y
lanzagranadas, sino un ejército desarrapado de iraquíes pobres como ratas y
atrapados entre dos fuegos: el de un tirano como Sadam y un iluminado como Bush
quien, bien mirado, al lado de Trump, es Franklin Delano Roosevelt.
Hoy mismo nos hemos enterado de que al magnate neoyorquino el Pentágono tiene que darle la información sobre la
guerra de Irán en vídeos cortos de menos de dos minutos, en plan Tik Tok, porque no presta atención, no comprende nada,
se aburre y se va. Estamos en manos de otro idiota sin luces. Sálvese
quien pueda.

