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miércoles, 15 de abril de 2026

15/04/2026 - EL MEJOR PRESIDENTE DE LA DEMOCRACIA

Antes de nada, dos cosas que quiero dejar claras:

La primera, que la Democracia española, en mi modesta opinión, tiene más bien poco de Democracia y está más cerca de una sencilla Plutocracia (Situación en la que los ricos ejercen su preponderancia en el gobierno del Estado), que es como se definió en la antigüedad un régimen en el que quienes gobiernan son un grupo de ricos, dicho en plata, sencillamente, el capital (el Ibex, la Banca, las familias adineradas de toda la vida, los millonarios... ), ello, gracias en España a la famosa LOREG (Ley Orgánica del Régimen Electoral General, 5/1985, de 19 de junio), que es la norma fundamental que regula todos los procesos electorales (generales, locales, autonómicos y europeos), incluyendo el censo, las campañas electorales, el sufragio y la distribución de escaños, con un claro favoritismo partitocrático gracias a la no menos famosa e indiscutible poco o nada proporcional ley de D´hont de todos conocida. Es, así mismo, sobradamente popular que tanto Diputados, Senadores y Gobierno en general (incluidos los “representantes” políticos autonómicos, provinciales y locales) bailan al son que les tocan esos que “mandan” sin haberse presentado nunca a unas elecciones. Mi padre siempre decía que el pulso político del país lo marcaba la Bolsa, y, como se puede comprobar ahora, tenía mucha razón, el Ibex dirige en la sombra el cotarro.

Y la segunda, que, de ninguna manera, este escrito quiera llevar la contraria a nadie que piense de manera diferente sobre nuestro actual Presidente del Gobierno, ya que, servidor es sumamente respetuoso con cualquier opinión que difiera de la suya, pero siempre, por supuesto, que los datos oportunos, los que nadie puede negar porque están o son evidentes, den lugar a controversia.

Para un servidor, Pedro Sánchez se ha ganado a pulso una consideración y un gran respeto, indiscutible gracias a sus posicionamientos internacionales y a sus medidas establecidas para combatir todas las vicisitudes que vivimos los españoles por culpa de maldito capitalismo opresor que tiñe todo Occidente. Lo cual, obviamente, no quita para dejar claro que está supeditado al capital, que, ni que decir tiene, controla todas sus medidas referenciadas a sus intereses. Pero, por lo menos, presenta “batalla” y trata de que la ciudadanía mejore al menos lo indispensable, aún a pesar de los palos en las ruedas que le ponen los declarados partidos de la derecha rancia y de la extrema derecha neofascista actual, esos que quieren tomar el Gobierno simplemente por la cara y ponerse a gobernar como acostumbran con los brazos cruzados tal como aparecen en sus fotos de campaña.

Desde que se inició la Democracia (la Plutocracia, más bien), hemos tenido una serie de Presidentes que han dado lugar a que el país de hoy día sufra una decadencia, un retraso orgánico sin futuro más allá de lo que la vida por el tiempo supone de avances y progreso.

No voy a analizar detenidamente a cada uno de los Presidentes, sería demasiado largo y no están las cosas para cansar mucho leyendo política, pero si quiero decir algo de los -según los medios- más destacados:

De Felipe González -que actualmente ha resultado no ser ni siquiera socialdemócrata, mucho menos socialista- hay que decir que (independientemente de las mejoras que sufrió el país con su llegada, que es algo que hay que reconocerle positivamente) fue quien nos metió en la OTAN, lo que hace que estemos en el punto de mira de los que quieren la guerra y les trae sin cuidado que el mundo reclama paz; y, por supuesto, fue el artífice de nuestra entrada en la Unión Europea (UE), algo que no debería ser una filfa si nuestra entrada hubiera respetado nuestro estatus social y, como hizo Alemania, esa moneda de parte de la UE (el Euro) no hubiera supuesto una carga que llevamos soportando desde su llegada (un café de 50/70 pesetas pasó a valer en España ¡un euro!, cerca de 170 pesetas al cambio), ya que, los salarios se quedaron en su equivalencia, así los que ganaban, por ejemplo, 50.000 pesetas, pasaron a ganar 300 €, lo que, siniestramente, supuso un empobrecimiento generalizado para los trabajadores y una buena dosis de aumento de sus beneficios para el empresariado y para las muchas multinacionales que llegaron al país. De tal modo, que la cesta de la compra nos noqueó en un plis-plas. Amén de que el dinero que recibimos (algo más de lo que ponemos) va a parar, preferentemente, a los latifundistas, que, dicho sea de paso, se están forrando con esa maravillosa PAC.

Del Sr. Aznar (un personaje neofascista acomplejado y narciso compulsivo) decir que su mayor “hazaña” fue meternos en la guerra de Irak sólo para formar parte de una foto con los yanquis y los sajones (la foto de las Azores) que trajo como consecuencia los atentados de los trenes de Atocha (más de 200 muertos inocentes) y que, en la actualidad, se ha mostrado totalmente a favor de una nueva guerra en Irán, contraviniendo lo que opinan la mayoría de los Presidentes de la mayor parte del mundo civilizado, con la única intención de mostrar su incondicional sumisión al trumpismo de los americanos. Además de “arrastrarse” por los estrados que le colocan dando lecciones de Democracia cuando todos sabemos que más de diez de sus ministros están imputados en casos de corrupción o ya en la trena. Pero, eso sí, sigue con su fundación chupándonos los euros a todos los españoles que pagamos impuestos, que, evidentemente no son todos los que deberían hacerlo. Entre sus huestes, no para de pavonearse con frases dedicadas a “su” Judicatura como esa de “quién pueda hacer que haga”. Una pena. 

Podría decir algo del Sr. Rodríguez Zapatero, pero con lo del aborto y sus múltiples salidas al extranjero para defender la paz en lugares como Venezuela, está todo dicho. Me parece un buen hombre que quiere la paz y lo mejor para su país. Y, cómo no, del Sr. Rajoy, pero este bastante está pasando -una tiritera- con el juicio de la Kitchen que ya veremos si nos aclara eso de “M. Rajoy” junto con lo de “la Policía Patriótica”. Un personaje que fue torpe hasta para “robar”.

Por último, valiéndome de los artículos de dos periodistas de un diario independiente, en nada propenso a ninguna loa al Presidente Sánchez, voy a reseñar algunos de sus posicionamientos en cuestiones que nos afectan a todos y que avalan su mandato en favor de la sociedad y de la ciudadanía, olvidando por un momento todas las medidas que ha tomado el Ejecutivo que sabido es constituyen mejoras importantes para el mundo del trabajo y para los ciudadanos de a pie, lo cual lo honra más que a ninguno otro de los anteriores:

“En su artículo “Orgullosos de ser españoles” uno de estos periodistas señala que la actitud del gobierno genocida de Israel contra España demuestra que el país se ha colocado en el lado correcto de la historia.  Pedro Sánchez ha instado a la Unión Europea a suspender el acuerdo de asociación con Israel por lo que ha calificado como violaciones “flagrantes” del derecho internacional. Esta posición, lejos de ser radical, se inscribe en el marco de las obligaciones internacionales de los Estados y en la defensa de un orden basado en normas. Frente a la intimidación y la presión, la defensa de los principios democráticos y del derecho internacional no solo es necesaria, sino motivo de orgullo colectivo. España ha decidido no ser neutral. Y esa decisión, en sí misma, es motivo de orgullo”.

El otro periodista, muy crítico con las cuestiones que afectan directamente a la ciudadanía, se posiciona así sobre cómo ve lo que está pasando el líder de la derecha, el Sr. Feijóo. Lo cual no deja de ser algo que engrandece la postura del Presidente Sánchez, que, dicho sea, se ha metido a la gente en el bolsillo con su “No a la guerra”:

“Feijóo pretende ponerse el traje de pacifista y ahora nos sale con esa solemne estupidez de que esta guerra tenemos que “pararla entre todos” porque, de lo contrario, las ayudas del Gobierno contra la crisis energética que se avecina no darán para mucho. El estadista gallego es una lumbrera de nuestro tiempo. ¿Parar la guerra? ¿Nosotros? ¿Quiénes? ¿Cuándo? ¿Cómo?

El dirigente conservador ha ido dando bandazos desde que Donald Trump decidió bombardear Irán desatando un desastre humanitario en Oriente Medio y el caos económico mundial. Primero se rasgó las vestiduras cuando el Gobierno español no se sumó a la barbarie del dirigente de MAGA; después criticó amargamente que nuestro país haya cerrado el espacio aéreo de Morón y Rota a los cazas y bombarderos norteamericanos; y finalmente llegó a aceptar que los españoles debemos estar con EEUU sí o sí, es decir en el lado malo de la historia junto a los señores de la guerra y los oligarcas que matan a miles de inocentes para hacer negocio con el petróleo y el gas. De alguna manera suicida que solo él entendió, Feijóo se alineó con Abascal y la extrema derecha en el vasallaje belicista, progenocida y nazi. Un chupador y lamedor de la bota del Tío Sam. Todo ello mientras consentía que primeros espadas de su partido como Ayuso soltaran barbaridades como que Sánchez es un terrorista de Hamás amigo de los ayatolás. Al mismo tiempo que el PP hacía sonar los tambores de guerra yanquis, los líderes de la derecha europea se movían hacia una clara neutralidad. Macron respaldaba la posición antibeligerante de EspañaMeloni tres cuartos de lo mismo; y hasta el canciller Merz rectificaba y pasaba de ser el criado rastrero y servil de Trump a replantearse la posición de Alemania, que en un principio fue abiertamente intervencionista y prosionista.

Ahora, cuando por fin cae en la cuenta de que lo del Señor Naranja es un delirio sin precedentes en la historia contemporánea, Feijóo ha optado por graduar su postura política ante el sindiós de Oriente Medio. Lo que en política se conoce, muy eufemísticamente, como “modular el mensaje”, que en realidad no es más que una bajada de pantalones en toda regla.

Muy bien, bienvenido al bando de la gente que no quiere la guerra, señor Feijóo. Pero, más allá de esa demagogia en la que es experto el mandatario conservador, lo que habría que preguntarle a Alberto Núñez Feijóo es: ¿está de acuerdo con que Netanyahu se anexione Líbano a bombazo limpio? ¿Es partidario de que Trump borre a toda una civilización como la persa del mapa? ¿Avala el genocidio de Gaza? (esto todavía no lo sabemos y eso que la masacre va ya por más 70.000 muertos). Feijóo es eso que se conoce como un ambiguo, un poliédrico, un chaquetero, voluble o chiribaila. Tiene un discurso para cada momento. En esas coordenadas feijoístas, los ideales ya no importan. La coherencia tampoco. Y en cuanto a la integridad y la honestidad, no sabe no contesta.

Feijóo es capaz de ponerse una cresta de colores, en plan punki o ácrata de la escuela Milei, motosierra en mano para arrasar con todo, y al día siguiente declararse fiel defensor del Estado de bienestar. Feijóo puede ser carnívoro y vegano al mismo tiempo; machista y feminista; católico y agnóstico. Según. Ayer tocaba pacifista. “Paremos la guerra”, dijo el personaje con toda desfachatez después de haber colocado al PP en el bando imperialista y neonazi. Detrás del “paremos la guerra” de Feijóo no hay nada más que el miedo al ver el abismo abriéndose ante los pies. Solo un eslogan vacío de contenido. Una mentira más, como cuando el 11M. De eso el PP sabe mucho”.

Para acabar: perdón por lo extenso del escrito, pero tenía necesidad de hacer ver que Pedro Sánchez es, posiblemente, dentro de lo que cabe, el mejor Presidente que hemos tenido.

15/04/2026 - ISRAEL, EL IV REICH

Israel, concebido como refugio de las víctimas del antisemitismo, reproduce los métodos estructurales del fanatismo que lo persiguió. Lo hace no desde la ideología antisemita, sino desde su reverso teológico-político: el nacionalismo mesiánico

José Antonio Gómez

La historia tiene una obsesión casi patológica por repetirse, aunque lo haga disfrazada de modernidad. En cada ciclo de violencia política o expansión imperial, los fundamentos siguen siendo los mismos: miedo, supremacismo, mito y poder. El III Reich, como encarnación extrema del proyecto totalitario en el siglo XX, no fue simplemente una anomalía dentro de Europa, sino la expresión pura de un modelo de Estado que aspiraba a la homogeneidad absoluta. Hoy, en pleno siglo XXI, Israel, con su enorme capacidad tecnológica, su alianza estratégica con Occidente y su aura de excepcionalismo moral, parece reproducir en clave contemporánea esa misma arquitectura política que el mundo juró no volver a tolerar. La afirmación es incómoda y provocadora, pero también necesaria para comprender la deriva geopolítica de nuestra época.

La imposición de un supremacismo racial fue el punto de partida del Reich, el núcleo ideológico que definía quién merecía existir y quién debía ser eliminado o subordinado. En 2026, Israel no utiliza ese lenguaje, pero emplea un sistema legal, simbólico y militar que crea una jerarquía nacional implícita. Desde la promulgación de la Ley del Estado-Nación judío en 2018, el país consagra oficialmente su identidad religiosa como elemento estructural del Estado, situando al ciudadano judío en un plano superior respecto a los árabes, drusos o cristianos que comparten territorio bajo administración israelí. La norma, celebrada internamente como afirmación de identidad, tiene implicaciones profundas: legitima una ontología política que divide a los habitantes no por su comportamiento ni por su ciudadanía formal, sino por su pertenencia étnico-religiosa.

Esta lógica del exclusivismo sagrado es la herencia adaptada del pensamiento racista clásico. Hitler y sus asesores pseudocientíficos justificaron la pureza ariana con argumentos biológicos; Netanyahu y el nacionalismo israelí lo hacen con argumentos teológicos e históricos. Ambos construyen identidad a través del antagonismo. El judío era, para el nazismo, el elemento corruptor que impedía la unidad de Alemania; el palestino lo es hoy para el israelismo más radical: el obstáculo permanente para la seguridad y la santidad del territorio. En el fondo, ambos discursos cristalizan un mecanismo psicológico universal: la cohesión interna mediante el odio externo.

El supremacismo israelí contemporáneo se sostiene hoy bajo un revestimiento más sofisticado que el nazi. Utiliza la retórica de la democracia y la defensa frente al terrorismo como eje legitimador. Esa versión moderna de la intolerancia se disfraza de legalidad y autodefensa. Las campañas militares en Gaza o las demoliciones de viviendas palestinas en Cisjordania se presentan ante la comunidad internacional como ejercicios quirúrgicos de seguridad nacional, cuando en realidad perpetúan una estructura de dominación étnica análoga a la que los alemanes practicaban contra los pueblos ocupados. En ambos casos, el Estado logra transformar la agresión en defensa, la expansión territorial en acto moral.

La anexión ilegal de territorios, directa o encubierta, fue uno de los pilares de la maquinaria nazi. La ocupación del Sudetenland, Austria o Polonia se justificaba con el argumento étnico de la “protección de la comunidad alemana”. Israel replica ese patrón con sus asentamientos y su administración colonial sobre Gaza y Cisjordania. Cada ampliación territorial israelí responde oficialmente a una lógica de seguridad o defensa frente a ataques potenciales, pero el trasfondo es idéntico al del Reich: ampliar el espacio vital del grupo dominante y alterar irreversiblemente la demografía del territorio.

Desde la firma de los Acuerdos de Oslo hasta los recientes planes de anexión de partes de Judea y Samaria, el Estado israelí ha logrado convertir la ocupación en un hecho consumado mediante una estrategia gradual y administrativa. Ya no se trata de una invasión abierta, sino de un sistema jurídico y urbanístico que borra fronteras y absorbe territorios. En el lenguaje geopolítico contemporáneo, esto se llama “zona de seguridad”; en el lenguaje de los años treinta sería “Lebensraum”: expansión justificada por supervivencia. Los mecanismos son los mismos; solo cambia la retórica.

El nazismo, en su aspiración imperial, entendía que la anexión no era solo un acto político, sino también simbólico: el territorio conquistado debía reflejar la ideología del conquistador. Israel hace lo mismo con sus asentamientos. Cada colonia en Cisjordania se erige como templo nacionalista donde se reafirman las narrativas del pueblo elegido y se construye una memoria espacial que niega la presencia histórica de los demás. Es una conquista cultural antes que militar, pero su efecto final es idéntico: borrar la alteridad para producir homogeneidad.

La represión, los asesinatos selectivos y las torturas a minorías completan este esquema de control absoluto. El III Reich perfeccionó el Estado policial utilizando una combinación de terror interno y propaganda externa. La Gestapo, las SS y el sistema de campos de concentración operaban como instrumentos del miedo colectivo. Israel, salvando las formas y el vocabulario, reproduce esa estructura mediante tecnología de vigilancia masiva, control de movimientos y castigo ejemplar. Drones, algoritmos y cámaras sustituyen a los uniformes negros, pero el principio es idéntico: la población sometida debe vivir bajo amenaza constante.

La política israelí hacia Gaza es el paradigma de esa modernización del autoritarismo. Los bombardeos selectivos, justificados como respuesta a ataques terroristas, se convierten en rituales de poder mediático. Cada explosión no solo destruye vidas, sino que reafirma ante la opinión pública interna y occidental la fortaleza de Israel y su superioridad moral. De igual modo, los asesinatos extrajudiciales de líderes palestinos recuerdan los métodos del III Reich contra disidentes y opositores. El término “selectivo” o “quirúrgico” disfraza el carácter fundamentalmente político de esas ejecuciones, que buscan eliminar no tanto amenazas militares reales como símbolos ideológicos de resistencia.

A nivel psicológico, esta dinámica reproduce el ciclo de miedo y obediencia que caracterizó los regímenes totalitarios. La sociedad israelí, acostumbrada a vivir en Estado de alerta, acepta el endurecimiento de las políticas como parte de su supervivencia nacional. El ciudadano medio no se siente cómplice de la violencia institucional, porque la cree inevitable. Esa misma lógica justifica la indiferencia alemana ante la persecución de los judíos: mientras el Estado prometa protección, la moral se suspende.

Si hay un vínculo especialmente inquietante entre el Reich y el actual gobierno israelí es la relación entre religión, mito y poder. Hitler, aunque no era religioso en el sentido estricto, comprendía la fuerza del mito espiritual como herramienta de control. Su fascinación por el ocultismo, las runas y la mística aria respondía a una necesidad de construir una identidad colectiva que trascendiera la política. Lo mismo ocurre en Israel, donde el mesianismo bíblico de Benjamin Netanyahu y la derecha religiosa utiliza las Escrituras como fundamento de territorialidad y destino político.

El amor al ocultismo de Hitler y la sumisión bíblica de Netanyahu son expresiones distintas del mismo impulso: transformar el poder en sacralidad. Cuando un gobierno se concibe como instrumento de una fuerza superior —sean los dioses germánicos o Yahvé— deja de responder ante la ética humana y se convierte en administrador del mito. Esa sacralización permite que sus actos, incluso los más crueles, se perciban como parte de un plan divino o de una misión cósmica. Hitler hablaba del destino del pueblo alemán; Netanyahu lo hace del cumplimiento del mandato ancestral de Israel sobre la tierra prometida. El resultado emocional es idéntico: el líder adquiere autoridad espiritual y se libera de la responsabilidad ante el sufrimiento ajeno.

Este mecanismo sagrado-político es esencial para sostener el belicismo y la necesidad de la guerra, el quinto eje del paralelismo. El Reich necesitaba la guerra porque en ella encontraba sentido histórico, cohesión social y expansión económica. Israel la necesita porque ha convertido la guerra en un estado natural de existencia. Desde 1948, el país ha estado envuelto en conflictos que se presentan como inevitables, como repeticiones de su lucha por la supervivencia. Sin embargo, detrás de esa narrativa de amenaza eterna, hay un sistema económico y político que depende de la militarización. La industria armamentística israelí, una de las más avanzadas del mundo, genera miles de millones de dólares y sostiene el poder tecnológico del Estado. En ese contexto, la paz no es rentable ni ideológicamente viable: destruir al enemigo es el único modo de reafirmar la identidad.

El belicismo israelí, como el alemán, cumple además una función psicológica profunda. La guerra, al igual que la religión, sirve para purificar al cuerpo social. Cada ataque, cada movilización, se convierte en un acto de catarsis colectiva donde se renuevan los lazos nacionales. Hitler utilizó la invasión como ceremonia de unión; Israel convierte el bombardeo en ritual de supervivencia. En ambos casos, la destrucción del otro actúa como reafirmación de sí. Así, el conflicto permanente no es un accidente geopolítico, sino el corazón del proyecto político.

La clave geoestratégica reside en cómo ambos Estados lograron convertir el aislamiento en virtud. Alemania, marginada por el Tratado de Versalles, convirtió su humillación en orgullo. Israel, aislado por su entorno árabe, transformó el asedio en identidad. En ambos casos, el relato del enemigo rodeando la nación actúa como justificación de toda estrategia brutal. Lo que el III Reich llamó “defensa anticipada”, Israel lo denomina “respuesta proporcional”. La lógica del miedo se institucionaliza: se crea un entorno donde el ataque constante parece la única garantía de seguridad.

Pero, más allá de las analogías políticas, hay una coincidencia estructural en la manipulación del trauma. El Reich se alimentaba del resentimiento alemán tras la Primera Guerra Mundial; Israel, del trauma del Holocausto. En ambos casos, el dolor colectivo se convierte en arma ideológica. Hitler supo canalizar el sufrimiento nacional hacia el odio al otro; Netanyahu canaliza la memoria del genocidio hacia la justificación del dominio colonial. La memoria del sufrimiento, cuando se monopoliza políticamente, se transforma en excusa para reproducir el mismo daño. El pueblo que más sufrió se siente autorizado para infligir sufrimiento en nombre de su supervivencia.

La paradoja histórica es devastadora: Israel, concebido como refugio de las víctimas del antisemitismo, reproduce los métodos estructurales del fanatismo que lo persiguió. Lo hace no desde la ideología antisemita, sino desde su reverso teológico-político: el nacionalismo mesiánico. Su poder no se construye en el desprecio racial hacia el judío, sino en la exclusión sistemática del no judío. Pero el resultado es igual: segregación, humillación, control, exterminio lento. El perseguidor ha adoptado la forma del perseguido, y en ese espejo histórico se disuelve la frontera moral.

La complicidad internacional refuerza esta reproducción. Así como las potencias occidentales toleraron durante años la expansión de Hitler por cálculo geopolítico, hoy toleran la ocupación israelí por interés estratégico. La alianza con Estados Unidos convierte cada exceso en legitimidad. La propaganda del Reich se construyó a partir de la idea de una civilización superior que debía proteger Europa de la barbarie; Israel se presenta como bastión civilizatorio frente al extremismo islámico. El discurso es el mismo: Occidente nos necesita. De esa necesidad se deriva la permisividad, la impunidad y la repetición.

La diferencia es únicamente estética. Donde el Reich desplegaba desfiles, Israel despliega diplomacia y tecnología. Donde Hitler hablaba de sangre y suelo, Netanyahu habla de fe y seguridad. Pero el resultado social, geográfico y humano converge: territorios ocupados, minorías sometidas y un discurso legitimador de superioridad moral. Ambos convierten el nacionalismo en religión y la religión en instrumento político.

Lo más inquietante es que este paralelismo no solo se da en la estructura institucional, sino en el inconsciente colectivo. La sociedad israelí, educada en el miedo, ha interiorizado la guerra como condición de existencia, igual que la alemana lo hizo bajo el nazismo. En ambos pueblos, la normalidad se define por la presencia constante del enemigo. Cuando ese enemigo desaparece, el Estado pierde sentido. Esa psicología de la amenaza perpetua es el principal motor del autoritarismo moderno: sin enemigo no hay nación.

En el plano filosófico, el paralelismo entre el Reich y Israel plantea una cuestión moral radical: ¿puede la víctima convertirse en verdugo sin destruir su propio relato legitimador? Israel existe porque recuerda el Holocausto, pero su política actual convierte esa memoria en instrumento de opresión. El Reich existía porque recordaba la humillación del Tratado de Versalles y utilizaba ese recuerdo para justificar su venganza. En ambos casos, la memoria colectiva se deforma en ideología. Y cuando eso ocurre, el pasado deja de enseñar; se convierte en combustible para nuevos crímenes.

La historia debería servir para establecer límites éticos, pero Israel ha logrado invertir esa función: utiliza el pasado como inmunidad moral. Ninguna crítica puede sobrevivir al peso del Holocausto; ningún tribunal puede igualar el valor simbólico de seis millones de muertos. Esa excepcionalidad produce impunidad. Así, las bombas sobre Gaza se justifican no por estrategia militar, sino por la idea de que cada palestino podría ser —en el imaginario político israelí— el nuevo Hitler. La teología de la defensa total mata la posibilidad de la paz y perpetúa la lógica apocalíptica que el nazismo también abrazó: la guerra como destino del pueblo elegido.

Los paralelismos entre el Reich y el Estado israelí no deben entenderse como equivalencia moral en bloque, sino como advertencia estructural. Uno nació de la idolatría del cuerpo racial; el otro, de la sacralización del cuerpo religioso. Ambos sistemas transformaron la identidad en frontera y la frontera en arma. Si el siglo XX fue el laboratorio del totalitarismo, el XXI está demostrando que la tecnología y el mito pueden mantenerlo vivo bajo nuevos nombres.

La reflexión final no puede ser solo histórica, sino ética. Israel, en su búsqueda de supervivencia, ha cruzado la línea que separa la autodefensa de la dominación. En ese tránsito ha reproducido, sin saberlo o sin querer reconocerlo, las formas más temidas del poder moderno: la supremacía, la ocupación, la tortura y la fe convertida en ideología. Lo hizo en nombre de su memoria, y por eso resulta doblemente trágico.

La pregunta esencial es si la humanidad, observando esta metamorfosis, volverá a repetir su error de mirar hacia otro lado. En los años treinta, el mundo toleró el ascenso del nazismo por comodidad y cálculo. Hoy tolera el abuso israelí por culpa y dependencia. La lógica es idéntica: la inacción como complicidad.

Cuando el viejo perseguidor y el nuevo Estado que nació de su sombra se reflejan mutuamente, el espejo de la historia se rompe. Lo que queda son los fragmentos: supremacismo, anexión, represión, misticismo y guerra. Cinco vértices del mismo triángulo oscuro que la humanidad parece incapaz de desmontar. Y en cada reflejo, la conciencia colectiva se pregunta si acaso la civilización aprende o simplemente cambia de rostro para repetir su violencia.

Rabinos y judíos eminentes contra Israel

La crítica al sionismo no procede únicamente del mundo académico o de la izquierda internacional, sino también de voces judías y rabínicas que se reivindican precisamente desde dentro de la tradición hebrea. El rabino Yisroel Dovid Weiss, portavoz de Neturei Karta, sostiene que los judíos deben oponerse de forma pacífica al Estado de Israel y ha descrito el sionismo como una corriente “herética” que usurpa el nombre del judaísmo. En la misma línea, Neturei Karta defiende que la soberanía judía sobre la tierra de Israel solo puede llegar con la llegada del Mesías, no mediante un proyecto nacional moderno. Esa disidencia religiosa se cruza hoy con la de intelectuales, artistas y antiguos responsables israelíes que denuncian la deriva del Estado y el uso político de la memoria judía para justificar la ocupación y la guerra.

A esa fractura interna se suma una constelación creciente de actores y actrices judíos que han roto con la narrativa oficial israelí. En Hollywood, nombres como Joaquin PhoenixElliot GouldJoel CoenNan Goldin o Naomi Klein respaldaron públicamente las críticas al discurso de Jonathan Glazer sobre Gaza, en una carta colectiva que denunció el secuestro del judaísmo y de la memoria del Holocausto para justificar la violencia contra civiles palestinos. En esa misma línea de disidencia, la actriz judía Hannah Einbinder llegó a definir el sionismo como “un proyecto político basado en la colonización de la tierra de Palestina para crear una mayoría judía”, una frase que ilustra hasta qué punto parte de la cultura judía contemporánea rechaza la identificación automática entre judaísmo y Estado israelí.

También han aparecido en el debate figuras del entretenimiento y de la cultura judía que, sin abrazar necesariamente el anti-sionismo religioso, sí cuestionan la legitimidad moral de las operaciones israelíes en Gaza y Cisjordania. Ese fenómeno no es marginal: refleja una ruptura visible entre la identidad judía cultural y la política estatal israelí, especialmente entre sectores artísticos que consideran que la devastación sobre Gaza ha convertido a Israel en un sujeto político incompatible con los valores humanistas que históricamente reivindicó parte de la diáspora.

 

15/04/2026 - NO SON EQUIPARABLES

 Vicente Mateos Sainz de Medrano

La coincidencia en el tiempo, ¡oh casualidad!, de la apertura de juicio oral de los casos Kitchen—tras casi trece años de instrucción— y Ábalos-Koldo-Aldama—instruido en dos años—, pone ante los ojos de la ciudadanía lo peor del ejercicio de la política protagonizado por los lacayos del poder de turno, en el primer caso, y por los yonkis del dinero en el segundo. En ambos casos la sociedad sale perdiendo por el desvío de recursos públicos para objetivos espurios, por la subversión de la legalidad vigente y por la deslegitimación de la política como el arte de negociar con la realidad en pos del bien común, y de sus actores: los partidos y los políticos.

Casos ciertos que solo reflejan la parte pervertida del hacer político que no pueden ni deben opacar el beneficio que reporta el ejercicio de la política en la que se fundamenta el sistema democrático. Por eso, los análisis de brocha gorda que se utilizan de manera interesada para denostar la política lo que buscan, y ocultan, es el descrédito del sistema democrático para favorecer la idea perversa de una vuelta a sistemas autoritarios o iliberales: una democracia ornamental con recortes derechos y libertades. La estratagema que se emplea en pos de ese objetivo es meter todo en el mismo saco con el objetivo de equiparar todos los casos de corrupción, que impide deslindar el diferente efecto para el sistema democrático de unos y otros.

Que en ambos casos el trasfondo sea la corrupción, no significa que el alcance social y político sea el mismo. En el caso Kitchen lo que se corrompe es la estructura de poder del Estado puesta al servicio del PP y su Gobierno que, según la instrucción del sumario, utilizó fondos reservados del ministerio del Interior—que no requieren fiscalización—para perseguir y arrebatar al tesorero del PP, Luis Bárcenas, la famosa libretita donde tenía apuntados todos los pagos ilegales, los sobresueldos, que cobraban los miembros de la cúpula del partido procedentes de las mordidas que pagaban las empresas por la obtención de contratos públicos. Persecución plagada de tintes rocambolescos, para salvar al Presidente M. Rajoy de ser descubierto como recepcionista de los cobros mensuales, y mantener en nebulosa el nombre de quien autorizó la operación Kitchen.

Es decir que, con los recursos del Estado y el poder del Gobierno, se creó una policía política que utilizó los fondos reservados para desarrollar una estrategia de ocultación de las vergüenzas corruptas del PP. Policía política que operaba en el seno del ministerio del Interior, de la que ahora se desliga su titular en ese momento, Jorge Fernández Díaz, para desentenderse de ese brazo armado policial que solo él—este es el otro meollo del juicio— tenía potestad crear y controlar sus andanzas.

Frente a esta campaña política surgida de las cloacas del Estado, el caso Ábalos-Koldo-Aldama refleja la vulgar ambición desmedida por el dinero que, al final, rompe el saco. Corrupción por las mordidas obtenidas por la compra con dinero público de mascarillas en la pandemia cuando Ábalos era ministro de transportes, en las que ejercía de intermediario el yonki del dinero Aldama, mientras el lobista Koldo se ocupaba de los contactos con empresas que buscaban obtener contratos públicos. El trío de la bencina que ejecutaron sus fechorías obnubilados por el dinero fácil y las juegas con mujeres y alcohol. Personajes de opereta que se creyeron invulnerables, hasta que cayeron con todo el equipo. Aún no se sabe cuánto dinero obtuvieron y dónde está. Datos que no ha localizado la UCO, lo que condicionará la sentencia que dicte el tribunal, que podría suponer cerrar el caso en falso.

Tampoco es la misma la reacción de las formaciones políticas afectadas. Mientras el Gobierno actual y el PSOE, expulsó de la política a Ábalos, tras reconocer los errores cometidos in vigilando las andanzas del ex ministro y ex secretario general del partido; el PP ha buscado desligarse de un pasado nefando, como si no fuera con ellos y no tuviera secuelas en su fuero interno y en la percepción de la ciudadanía. La cobardía de no aceptar los errores cometidos que ve toda la sociedad, es un doble error que siempre se paga. 

 

martes, 14 de abril de 2026

14/04/2026 - DÍA MUNDIAL DE LA CUÁNTICA: CUANDO TODO ES POSIBLE, INCLUSO LOS VIAJES EN EL TIEMPO

Los avances en el terreno de la física serán exponenciales y el ser humano podrá derribar todas las barreras de lo imaginable

Marcos López

El Fermilab (Chicago) uno de los aceleradores de partículas donde se experimenta con la cuántica: todo es posible, incluso los viajes en el tiempo.

Desde que en 1900 el físico alemán Max Planck introdujo la idea revolucionaria de que la energía no se emite de manera continua, sino en forma de cuantos, la física cuántica ha ido revolucionando el conocimiento humano. Desde entonces hemos ido sabiendo cosas tan maravillosas y misteriosas como que una partícula subatómica puede estar en dos lugares a la vez (superposición); que dos partículas se conectan instantáneamente sin importar la distancia (entrelazamiento); que la teleportación de la materia es posible y que los viajes en el tiempo no son cosas de ciencia ficción.

Cada 14 de abril se celebra el Día Mundial de la Cuántica, una fecha dedicada a reconocer el impacto que la física cuántica tiene (y seguirá teniendo) en nuestra vida cotidiana. Aunque durante décadas fue considerada un territorio casi exclusivo de físicos teóricos, hoy la cuántica se ha convertido en un motor de innovación tecnológica, económica y científica. Sus aplicaciones ya están presentes en sectores tan diversos como la medicina, la computación, la energía, la seguridad digital y la industria.

La física cuántica describe el comportamiento de la materia y la energía a escalas extremadamente pequeñas, donde las reglas del mundo clásico newtoniano dejan de funcionar. Fronteras filosóficas que parecían inalcanzables para el ser humano, se han convertido en herramientas prácticas para diseñar tecnologías que prometen redefinir el futuro.

Computación cuántica: el salto hacia una nueva era de procesamiento

La computación cuántica es, probablemente, la aplicación más conocida y mediática de la cuántica. A diferencia de los ordenadores tradicionales, que operan con bits que representan 0 o 1, los qubits pueden estar en múltiples estados simultáneamente gracias a la superposición. Esto permite realizar cálculos masivos en paralelo y resolver ciertos problemas de forma exponencialmente más rápida. Las implicaciones son enormes. Optimización avanzada, desde rutas logísticas hasta diseño de materiales, pasando por la gestión energética de ciudades inteligentes; simulación molecular (clave para acelerar el descubrimiento de nuevos fármacos, catalizadores o baterías); y criptografía: tanto para romper sistemas actuales como para crear nuevos protocolos imposibles de vulnerar con computadoras clásicas. Aunque aún estamos en una fase inicial (con máquinas ruidosas y limitadas) el progreso es constante. Gobiernos y empresas tecnológicas invierten miles de millones en una carrera que podría redefinir el liderazgo científico global.

Comunicaciones cuánticas: hacia una seguridad inviolable

La cuántica también está revolucionando la forma en que transmitimos información. La criptografía cuántica, especialmente la distribución cuántica de claves (QKD), permite crear canales de comunicación imposibles de interceptar sin ser detectados. Esto se debe a un principio fundamental: observar un sistema cuántico altera su estado. Países como China, Estados Unidos y miembros de la Unión Europea ya han desplegado redes de comunicación cuántica experimentales. En el futuro, estas tecnologías podrían proteger infraestructuras críticas, transacciones financieras, comunicaciones gubernamentales y datos personales.

Sensores cuánticos: precisión más allá de los límites clásicos

Los sensores y ordenadores cuánticos aprovechan fenómenos como el entrelazamiento o la interferencia para medir con una precisión extraordinaria. Sus aplicaciones abarcan medicina: imágenes más detalladas sin necesidad de radiación ionizante; geología: detección de variaciones gravitacionales para identificar recursos subterráneos o predecir actividad volcánica; y navegación: sistemas de posicionamiento que no dependen de satélites, cruciales para aviones, barcos o vehículos autónomos. Los relojes atómicos serán la base de la sincronización global, desde redes eléctricas hasta telecomunicaciones. Estos sensores ya están saliendo de los laboratorios y entrando en la industria, abriendo la puerta a una nueva generación de dispositivos ultraprecisos.

Materiales cuánticos: la base de la tecnología del futuro

La cuántica también impulsa el desarrollo de materiales con propiedades extraordinarias, como los superconductores, que pueden conducir electricidad sin resistencia. Aunque su uso masivo aún enfrenta desafíos (como la necesidad de temperaturas extremadamente bajas) los avances recientes en superconductividad a temperaturas más altas podrían transformar sectores enteros. En un futuro no muy lejano habrá transporte energético sin pérdidas; imanes más potentes para resonancias magnéticas; y aceleradores de partículas compactos. El paso a la electrónica ultrarrápida. Otros materiales cuánticos, como los aislantes topológicos o los semiconductores bidimensionales, prometen dispositivos más eficientes y nuevas arquitecturas electrónicas.

La medicina cuántica: diagnósticos y terapias más precisas

Aunque suene futurista, la cuántica ya está presente en la medicina moderna. La resonancia magnética nuclear, por ejemplo, se basa en principios cuánticos. Pero las nuevas líneas de investigación van mucho más allá. Pronto habrá imágenes cuánticas capaces de detectar tumores en fases más tempranas y un modelado molecular cuántico para diseñar fármacos personalizados. Los biosensores cuánticos que podrían medir biomarcadores con una sensibilidad sin precedentes. La combinación de computación cuántica y biotecnología podría acelerar la medicina de precisión y transformar la forma en que entendemos la salud.

Energía y sostenibilidad: cuántica para un planeta más eficiente

La cuántica también puede contribuir a enfrentar desafíos globales como el cambio climático. La simulación cuántica permite estudiar procesos químicos complejos, lo que podría conducir a nuevos catalizadores para producir hidrógeno verde de forma más eficiente y baterías más duraderas y sostenibles. Los paneles solares de nueva generación basados en materiales cuánticos. Todo ello con vistas a una optimización energética en redes eléctricas inteligentes. En general, la transición energética podría acelerarse gracias a herramientas cuánticas que optimicen procesos hoy demasiado costosos o lentos.

Impacto social, económico y ético

El avance de la cuántica no solo es científico; también es geopolítico y social. Los países que lideren esta revolución tendrán ventajas estratégicas en seguridad, economía y tecnología. Esto plantea preguntas importantes: ¿cómo garantizar que la cuántica no amplíe la brecha tecnológica entre países? ¿Qué regulaciones serán necesarias para proteger la privacidad en un mundo post-criptografía clásica? ¿Cómo formar a las nuevas generaciones para un mercado laboral donde la cuántica será transversal? El Día Mundial de la Cuántica invita a reflexionar sobre estas cuestiones y a promover una alfabetización científica que permita a la sociedad comprender y participar en esta transformación.

La física cuántica ha pasado de ser un campo abstracto a convertirse en una fuerza transformadora del siglo XXI. Sus aplicaciones ya están redefiniendo la computación, la comunicación, la medicina, la energía y la industria. Celebrar el Día Mundial de la Cuántica es reconocer que estamos entrando en una nueva era tecnológica, donde comprender lo cuántico será tan esencial como entender la electricidad en el siglo XIX o la informática en el XX.

 

14/04/2026 - IRPH: GUERRA TOTAL ENTRE JUECES

Un nuevo pulso judicial amenaza con reabrir miles de casos del IRPH: consumidores, bancos y tribunales en el punto de máxima tensión.

José Antonio Gómez 13/04/2026

La reapertura del debate judicial sobre el IRPH marca un nuevo capítulo en la compleja relación entre la justicia nacional y el derecho de la Unión Europea. La decisión de un juzgado de Palma de elevar una cuestión prejudicial al Tribunal de Justicia de la Unión Europea no solo cuestiona la doctrina fijada por el Tribunal Supremo, sino que reabre la discusión jurídica de fondo sobre hasta qué punto la interpretación española del IRPH respeta los estándares europeos de protección al consumidor.

El núcleo del conflicto reside en la propia naturaleza del Índice de Referencia de Préstamos Hipotecarios (IRPH), utilizado durante años por entidades financieras como alternativa al Euríbor. Aunque formalmente se trata de un índice oficial supervisado por el Banco de España, su aplicación práctica ha generado miles de litigios por su presunta falta de transparencia y su impacto económico en los prestatarios.

La intervención del juzgado de Palma introduce un elemento de especial relevancia: la insuficiencia de la jurisprudencia existente para resolver las dudas interpretativas. Este cuestionamiento no es menor, ya que implica una crítica directa al criterio consolidado del Tribunal Supremo, que ha venido validando en lo esencial la utilización del IRPH siempre que no exista una “desproporción muy evidente” respecto a otros índices de mercado.

Sin embargo, el problema radica precisamente en la indeterminación de ese concepto. ¿Qué constituye una “desproporción muy evidente”? El caso planteado ilustra la ambigüedad: una diferencia de un punto porcentual puede parecer marginal en términos abstractos, pero se traduce en decenas de miles de euros en el coste total de una hipoteca. Esta brecha entre el lenguaje jurídico y la realidad económica evidencia una tensión estructural en la interpretación del derecho.

Desde la perspectiva del derecho europeo, el análisis se desplaza hacia el principio de transparencia, eje central de la normativa comunitaria en materia de consumidores. El magistrado pone en duda que las entidades financieras cumplieran con su deber de información, especialmente en relación con una circular del Banco de España que recomendaba aplicar diferenciales negativos para evitar que el IRPH se situara por encima del mercado. La ausencia de una comunicación clara y comprensible sobre este aspecto podría constituir una vulneración del derecho del consumidor a tomar decisiones informadas.

El argumento de que la información estaba disponible en el Boletín Oficial del Estado introduce otra cuestión clave: la diferencia entre información formal y transparencia material. El acceso teórico a una norma no equivale a una comprensión real por parte del consumidor, especialmente en contratos de alta complejidad técnica como los hipotecarios. Esta distinción ha sido reiteradamente subrayada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, que exige un estándar elevado de claridad y comprensibilidad.

La decisión de elevar nuevas cuestiones prejudiciales refleja, además, una dinámica más amplia: la creciente europeización del derecho privado español. En los últimos años, el TJUE ha actuado como corrector de determinadas interpretaciones nacionales en materia de cláusulas abusivas, lo que ha generado tensiones con el Tribunal Supremo. El caso del IRPH se inscribe en esta lógica de fricción entre jurisdicciones, donde el derecho europeo opera como un límite a la discrecionalidad interpretativa de los tribunales nacionales.

En términos jurídicos, el trasfondo del debate es la definición misma de abuso. Mientras que el enfoque del Tribunal Supremo parece centrarse en parámetros cuantitativos (como la existencia de una diferencia significativa respecto al mercado), la perspectiva europea pone el acento en la calidad de la información y en el equilibrio contractual. No se trata solo de cuánto se paga, sino de si el consumidor comprendía realmente qué estaba firmando.

El impacto de esta controversia es considerable. Miles de hipotecas referenciadas al IRPH podrían verse afectadas por una eventual reinterpretación del TJUE, lo que abriría la puerta a nuevas reclamaciones y a un posible reajuste del sistema hipotecario español. Al mismo tiempo, el caso pone de relieve las limitaciones de un modelo que ha tendido a priorizar la seguridad jurídica de las entidades financieras frente a la protección efectiva de los consumidores.

La cuestión planteada por el juzgado de Palma trasciende el ámbito técnico para situarse en el corazón del Estado de derecho. El equilibrio entre estabilidad jurídica y justicia material se convierte aquí en el eje del debate, con implicaciones que van más allá del IRPH y alcanzan al conjunto del sistema de contratación en España.

La respuesta del Tribunal de Justicia de la Unión Europea será, por tanto, determinante. No solo aclarará los criterios aplicables a este índice, sino que también definirá los límites de la interpretación nacional en un contexto donde la protección del consumidor se ha convertido en un principio estructural del ordenamiento europeo. 

 

14/04/2026 - EL PP DE VALENCIA DESMANTELA EL JUZGADO QUE INVESTIGA LAS NEGLIGENCIAS DE MAZÓN DURANTE LA DANA

Comentario: Este es el Partido Popular, la derecha democrática española y olé. Cuando haya que depositar el voto no lo olviden, la derecha pepera es la que trata de que la justicia sea su aliada para tapar las muertes por negligencia, que no son cuatro, son muchísimas… sin contar las de otros tiempos, evidentemente.

El Consell ordena que cuatro funcionarias de refuerzo abandonen el juzgado de la magistrada Nuria Ruiz Tobarra el próximo 30 de junio

Marcos López

La Conselleria de Justicia del Gobierno valenciano dirigido por Juan Francisco Pérez Llorca ha recortado drásticamente las funcionarias de apoyo asignadas al juzgado de Catarroja que instruye la causa de la dana, según ha podido saber eldiario.es. La medida desmantela, a efectos prácticos, la organización interna del juzgado, al retirar a cuatro funcionarias (entre gestoras y tramitadoras) y dejar únicamente al auxilio judicial.

Hay decisiones políticas que, por su forma y su momento, hablan más alto que cualquier discurso. La reducción de medios en el juzgado que investiga la actuación de Carlos Mazón durante la dana es una de ellas. No es un simple ajuste administrativo ni una reorganización técnica: es un mensaje. Y el mensaje es inquietante. Cuando el poder político se siente amenazado por la Justicia, el PP valenciano vuelve a recurrir a una estrategia conocida: debilitar al árbitro.

La instrucción sobre la gestión de la emergencia requería refuerzos, especialización y estabilidad. Lo que ha recibido es todo lo contrario. El juzgado queda bajo mínimos justo cuando debe analizar si hubo negligencias en decisiones que afectaron a miles de ciudadanos. La coincidencia es demasiado perfecta para ser casual. Y demasiado grave para ser ignorada.

No es la primera vez que ocurre. La Comunitat Valenciana arrastra un historial que debería haber servido de vacuna democrática. El caso Fabra ya mostró cómo, cuando la Justicia se acerca demasiado al poder, el poder mueve las piezas necesarias para que la maquinaria se ralentice, se diluya o se desvíe. Cambios de jueces, relevos de fiscales, maniobras que, aunque revestidas de formalidad, generaron una sombra de sospecha que nunca llegó a disiparse del todo. Aquella experiencia dejó una lección amarga: la independencia judicial puede ser frágil cuando un partido controla durante años las instituciones clave.

Hoy, esa sensación regresa. El PP insiste en que todo responde a criterios técnicos, pero la ciudadanía no es ingenua. Sabe reconocer cuándo una institución se refuerza y cuándo se vacía. Sabe distinguir entre una administración que facilita la transparencia y otra que la obstaculiza. Y sabe, sobre todo, que la Justicia no puede funcionar si se la deja sin herramientas.

El problema no es solo lo que ocurre en un juzgado concreto. Es la deriva que revela. Una democracia madura exige que quienes gobiernan acepten el escrutinio, incluso cuando es incómodo. Lo contrario (utilizar el poder institucional para blindarse) erosiona la confianza pública y alimenta la idea de que la ley no pesa igual para todos.

La resolución, firmada el pasado 7 de abril por la directora general de Justicia, María José Adalid, explica que por parte del departamento autonómico dirigido por la consellera Nuria Martínez “se ha considerado no prorrogar los refuerzos” a los órganos judiciales valencianos vigentes desde el pasado 1 de enero, entre ellos al juzgado encargado del procedimiento de la dana. El documento acuerda que el próximo 30 de junio las cuatro funcionarias abandonen el juzgado de la magistrada Nuria Ruiz Tobarra, que investiga los 230 presuntos homicidios imprudentes acaecidos el 29 de octubre de 2024, con la obligación de consumir los días pendientes de vacaciones y de asuntos propios antes de esa fecha.

Según eldiario.es, se trata de las funcionarias que dan apoyo a la instrucción del complejo procedimiento, prorrogado hasta el próximo 30 de octubre, y que dependen de la Conselleria de Justicia. Además, las gestoras y tramitadoras están familiarizadas con la extensa causa, con varios centenares de piezas de fallecimientos y en el marco de la cual han declarado más de medio millar de testigos y perjudicados.

Por su parte, la instructora cuenta con un refuerzo en su juzgado, acordado por el Consejo General del Poder Judicial, que asegura su dedicación exclusiva a la causa de la dana.

El caso Mazón será, con el tiempo, un episodio más o menos relevante. Pero la forma en que se gestione marcará algo mucho más profundo: la credibilidad de las instituciones. Y hoy, lamentablemente, esa credibilidad vuelve a estar en riesgo.