Comentario: Lean este artículo despacio y recapaciten: Esto es lo que “piensan” hacer donde gobiernen esos fanáticos de VOX con la gente de color migrante … con la excepción de los que sean futbolistas, preferentemente del Real Madrid, ya que “El Pérez” -quien manda- no lo permitirá.
Si la gente progresista
quiere evitar un futuro -sino igual, parecido- tiene que salir a la calle y
parar esta boutade en las urnas.
Por cierto, qué bueno tiene
que ser políticamente Pedro Sánchez cuando toda la derecha y la extrema derecha
está rabiosa por quitárselo de en medio sin llegar a las urnas.
Entre 1880 y 1950 más de cuatro mil negros fueron linchados en los Estados
sureños de los EEUU. El linchamiento no era un crimen; era un acto de justicia
popular en el que participaban mujeres y niños y que se celebraba con orgullo y
alborozo. Las víctimas, acusadas con o sin fundamento, eran conducidas a golpes
a la plaza pública y allí quemadas o ahorcadas. Después se tomaban fotografías
de los cadáveres, junto a los cuales posaban los alegres ciudadanos, y esas
imágenes se convertían en tarjetas postales que a continuación se enviaban,
acompañadas de algunas frases, a los parientes y amigos lejanos. Pueden
encontrarse algunas de estas postales en internet. Veo, por ejemplo,
el cadáver calcinado de Will Stanley colgado de un poste, más indefenso que
nunca, observado por una multitud satisfecha; al pie de la foto se puede leer
el texto que escribió un tal Joe, cómplice del linchamiento, para comunicarle a
su padre la noticia: "Esta es la barbacoa que disfrutamos anoche. Mi
retrato está a la izquierda, con una cruz encima. Tu hijo Joe". Era el 30
de julio de 1915 y diez mil personas se habían reunido en la plaza principal de
Temple (Texas) para contemplar la pira. Veo en otra postal los cadáveres de
Virgil Jones, Robert Jones, Thomas Jones, y Joseph Riley, ahorcados el 31 de
julio de 1908 en Russellville (Kentucky); del pecho de Riley, con el cuello
tronchado y vestido con un mono azul, cuelga un cartel de advertencia: warning.
O veo asimismo los cuerpos semidesnudos de Elias Clayton, Elmer Jackson e Isaac
McGhie, trabajadores de circo en Duluth, linchados en Minnesota el 15 de junio
de 1920. Una multitud de hombres blancos, vestidos como de domingo, atildados y
sonrientes, posan a su alrededor como si se tratase de una boda o de una fiesta
de graduación.
Los linchadores, no lo olvidemos, eran gente buena: padres responsables,
trabajadores honestos, vecinos solidarios. Eran ciudadanos ejemplares que se
sentían inseguros, amenazados, en peligro, y que sólo pretendían restaurar los
valores de la civilización, mancillada por la presencia invasiva de esos negros
salvajes. El negro les hacía daño: visual y culturalmente constituía en sí
mismo una agresión moral. Daba igual si eran realmente culpables de la
violación o del robo que les atribuían. El negro era el Mal mismo. Matar al
negro era purificar los pecados del mundo. Matar al negro no era un crimen; no
era ni siquiera un pecado; no era ni siquiera una falta; era una restauración
del bien común que todos juntos debían festejar. Era, sí, el triunfo de la
comunidad a través de un acto de justicia colectivo.
Es imposible no evocar esta especie de "moralidad del mal" cuando
el fascismo regresa a nuestras vidas. Pienso en los israelíes que suben a la
colina de Sderot, con una cesta de picnic, para contemplar los bombardeos de
Gaza, pero también en los ciudadanos de Ceuta que se reúnen para impedir la
entrega de alimentos a los inmigrantes, quemar sus tiendas y golpear sus
cuerpos; y que se manifiestan reclamando al gobierno el incumplimiento de la
ley y la expulsión de esos "invasores" hambrientos y descalzos. No voy
a negar el atolladero de una crisis al mismo tiempo geopolítica, institucional
y humanitaria. Que se trate de un verdadero atolladero, facilitado por la
inacción del gobierno, explica en parte la reacción de esa gente buena que,
alentada por partidos y dirigentes irresponsables, considera legítimo y
razonable renunciar a la ética común -la que enseñan a sus hijos en casa- y
transformarse en una muta fascista. Hace unos meses escribía yo un artículo en
el que, citando a Gramsci, me mostraba preocupado por esta "transformación
molecular". A partir de la hipótesis de un naufragio en el mar, Gramsci
describía un proceso muy frecuente: el de una persona que, en condiciones
excepcionales, se convence a sí misma, de la manera más honesta y sincera, de
que es no sólo necesario sino legítimo y moral el canibalismo. Ahora bien, es
en las situaciones excepcionales donde la ética universal realmente cuenta;
donde la moral, en ausencia de orientación política, decide la diferencia entre
el bien y el mal o, si se prefiere, entre los Evangelios y Mein Kampf.