Comentario: “Los sentimientos y las costumbres que son base de la felicidad pública se forman en el hogar doméstico”. Conde de Mirabeau. La ideología está muy bien, pero con la ideología no se come. A ver si es posible que los políticos de izquierda se enteren de una puñetera vez.
La izquierda española afronta una crisis de credibilidad por priorizar debates ideológicos frente al bienestar económico. El Gobierno de Pedro Sánchez ejemplifica una desconexión que impulsa el auge populista.
La gran crisis política de la izquierda española ya
no es únicamente ideológica. Es una crisis de credibilidad económica.
Millones de votantes que durante décadas asociaron a la socialdemocracia y a la
izquierda con empleo, estabilidad y ascenso social comienzan a percibir que
buena parte de sus dirigentes hablan constantemente de valores, identidades y
símbolos, pero cada vez menos de prosperidad cotidiana.
En España, el Gobierno de Pedro Sánchez representa
con claridad esa contradicción contemporánea. El Ejecutivo ha impulsado una
intensa agenda política y cultural en materias como memoria democrática,
feminismo institucional, lenguaje inclusivo, transición ecológica o ampliación
de derechos identitarios. Sin embargo, una parte creciente de la población
siente que ninguna de esas medidas ha logrado aliviar las preocupaciones
económicas que dominan la vida real de las familias trabajadoras: el precio de
la vivienda, la precariedad laboral,
la pérdida de poder adquisitivo o la
dificultad para construir un proyecto de vida estable. Y, además, medidas como
la subida del SMI, la Ley de Vivienda o la reforma laboral no ha tenido efectos
reales sobre el bienestar de las clases medias y trabajadoras.
Ese desfase entre discurso político y experiencia económica cotidiana está
produciendo una consecuencia que preocupa cada vez más a estrategas
progresistas en toda Europa: la fuga de votantes tradicionales hacia
opciones populistas y antisistema que han comprendido algo
esencial que la izquierda parece haber olvidado. La mayoría social vota antes
que nada pensando en su bienestar económico.
Durante años, la izquierda construyó su legitimidad sobre una idea
sencilla: mejorar materialmente la vida de las clases medias y trabajadoras. El
movimiento obrero europeo no nació alrededor de debates culturales, sino
alrededor de salarios, vivienda, empleo y protección social. Hoy esa conexión
aparece debilitada.
Buena parte de los gobiernos progresistas contemporáneos han desplazado el
centro de gravedad de su acción política hacia cuestiones culturales e
identitarias que poseen un enorme peso ideológico, pero cuyo impacto económico
inmediato sobre la vida de la mayoría resulta limitado.
En España, el Gobierno de coalición liderado por Pedro Sánchez ha aprobado
leyes y reformas que ocupan intensamente el debate público y generan fuerte
movilización política, pero que conviven con una percepción social persistente
de deterioro económico. El problema para la izquierda no
es únicamente estadístico. Es psicológico.
Aunque determinados indicadores macroeconómicos hayan mejorado, millones de
ciudadanos tienen que trabajar más para vivir peor.
La inflación acumulada, el encarecimiento de la vivienda y la precarización
juvenil pesan mucho más en la percepción colectiva que los discursos
institucionales sobre crecimiento económico.
La extrema derecha ocupa el vacío dejado
por la izquierda
Ese vacío está siendo aprovechado por fuerzas populistas de extrema derecha que han entendido
una lógica política básica: quien conecta con la ansiedad económica conecta con
el electorado.
La ultraderecha populista europea ha aprendido a hablar el lenguaje del
malestar cotidiano. Ya no se presenta únicamente como una fuerza ideológica
conservadora, sino como defensora de trabajadores golpeados por la inflación,
la inseguridad económica y el deterioro del nivel de vida.
Mientras tanto, parte de la izquierda aparece atrapada en un ecosistema
político-mediático donde las prioridades simbólicas tienen mucho más peso que
las angustias materiales de amplias capas sociales. El fenómeno no es
exclusivamente español. Ocurre en Francia, Italia, Alemania o Estados Unidos.
En todos esos países, partidos populistas avanzan precisamente entre sectores
populares que antes votaban mayoritariamente a la izquierda.
El caso español resulta especialmente ilustrativo porque el Gobierno de
Pedro Sánchez ha construido una poderosa narrativa progresista y europeísta,
pero convive con problemas estructurales que afectan directamente al bienestar de las familias trabajadoras.
España mantiene enormes dificultades de acceso a la vivienda, salarios muy
bajos en amplios sectores, presión fiscal creciente sobre clases medias y una
fuerte precariedad juvenil. Al mismo tiempo, el Ejecutivo ha invertido gran
parte de su capital político en debates de fuerte carga ideológica que
movilizan intensamente a minorías politizadas, pero no necesariamente a la
mayoría social preocupada por llegar a fin de mes.
Ahí reside una de las claves del desgaste progresista contemporáneo. La
ciudadanía no rechaza necesariamente las políticas identitarias o culturales.
Lo que rechaza es que parezcan sustituir a la agenda económica en
lugar de complementarla.
La izquierda nació precisamente para convertir la prosperidad económica de las clases trabajadoras
en prioridad política central. Cuando abandona ese terreno o deja de transmitir
credibilidad económica, pierde el núcleo mismo de su legitimidad histórica.
Mientras amplios sectores sociales continúen creyendo que sus gobernantes entienden
mejor los debates ideológicos que las angustias económicas de las familias,
seguirá creciendo la desconfianza hacia los partidos progresistas
tradicionales.
Y en ese escenario, los populismos de extrema derecha seguirán avanzando
porque han comprendido algo que durante décadas fue la gran fortaleza histórica
de la izquierda: la política empieza siempre en el bolsillo, en la estabilidad
y en la esperanza material de la gente corriente.