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En la historia económica reciente se produce
reiteradamente un mismo fenómeno: quienes marcan las directrices de la
política económica reaccionan tarde o con error. No porque sean
incompetentes, sino porque actúan con sesgos ideológicos, utilizan modelos equivocados
y se fijan en indicadores equivocados.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo ahora con
la crisis del Golfo Pérsico y entender por qué ocurre es crucial para
percibir el daño que se está acumulando mientras se mira a otro lado.
Dos fuentes de error
A mi juicio, hay dos causas que explican la ceguera
con que se enfrentan a los problemas económicas quienes diseñan y orientan la
política económica.
La primera tiene que ver con los modelos económicos
que utilizan. Como acaba de mostrar Steve Keen para el caso que nos ocupa, no
incorporan con realismo el efecto que tienen los choques energéticos sobre la
producción y eso les lleva a subestimar las consecuencias que tienen sobre la
economía real.
Es una limitación muy grave y merece un análisis
propio, pero no la voy a abordar en este artículo.
Aquí voy a explicar una segunda causa de ceguera y
error: leer la realidad tomando excesivamente en consideración los
indicadores financieros. Unos indicadores que generalmente producen (por las
razones que voy a explicar enseguida) una imagen de la situación
sistemáticamente más tranquilizadora que la que realmente existe.
Una metáfora para entendernos
Imaginemos que se produce un accidente que bloquea
el acceso de bienes y servicios a nuestro pueblo o ciudad y que sólo se
dispone del 40 % de los que habitualmente consumen las viviendas y empresas.
Los vecinos tratarán de aprovisionarse, racionan su consumo, los bienes
escasean y es muy posible que muchas tiendas y empresas paralicen su
actividad.
Imaginemos que, para saber cuál es la situación real
en la que nos encontramos y tomar medidas, en lugar de fijarnos en las
cantidades y en los precios del momento presente, miramos un tablero en donde
aparecen los que se espera que tengan los bienes dentro de tres meses, cuando
nos dicen los técnicos que ya se habrá arreglado el problema y recuperado el
acceso.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo con el
Estrecho de Ormuz. El grifo de energía que abastece a la economía mundial
lleva semanas fuertemente alterado, con caídas muy significativas en el tráfico
marítimo. Sin embargo, los mercados financieros —el tablero donde nos dicen
que miremos— fijan precios no en función de la gravedad de lo que ocurre
ahora, sino considerando que el problema es manejable y temporal.
Un ejemplo simple y claro para que lo entiendas: el
13 de abril, el precio del crudo físico (el que se podía comprar en nuestro
pueblo tras el bloqueo en la metáfora que te acabo de poner) era de 132,74
dólares por barril. El precio del contrato de futuros para junio (el que los
mercados pensaban que tendría en ese mes) era de 99,36. Una divergencia que
refleja expectativas de una muy rápida normalización.
Qué es el Estrecho de Ormuz y qué está pasando allí
El Estrecho de Ormuz tiene apenas 33 kilómetros de
anchura en su punto más estrecho y por allí pasa normalmente una cuarta parte
de todo el petróleo que se comercia en el mundo, una quinta parte del gas
natural licuado global, y volúmenes enormes de otros productos y materias
primas fundamentales para la alimentación y la industria mundial.
Como sabemos, desde finales de febrero quedó
prácticamente cerrado, las grandes navieras suspendieron sus tránsitos y el
tráfico de barcos cayó hasta niveles casi puramente testimoniales.
Semejante bloqueo en el suministro de fuentes de
energía y materias primas esenciales producirá un impacto prácticamente
proporcional en la capacidad de producir bienes y servicios de todo tipo en
todo el planeta. Sin embargo, los indicadores financieros no señalan que el
efecto vaya a ser demasiado grande o peligroso y la pregunta, por tanto, es
cómo puede ser eso posible.
Es cierto que podría argumentarse que estos precios
financieros reflejan factores como la existencia de reservas estratégicas, la
capacidad de otros productores para aumentar la oferta o la experiencia
histórica de interrupciones breves en el suministro. Pero estas
interpretaciones descansan en supuestos que no parece que se estén cumpliendo
en la situación actual: que los ajustes serán rápidos, que los cuellos de
botella serán limitados y que los efectos sobre la producción serán lineales
y reversibles.
La desnaturalización de los mercados de futuros
El indicador financiero que más pesa en la lectura
de esta crisis es el precio en los mercados de futuros de los recursos que se
han bloqueado en Ormuz. Y para entender por qué este indicador está fallando
hay que entender, primero, qué es un mercado de futuros, para qué fue creado
y qué ha pasado con él.
Estos mercados nacieron con una función muy útil,
permitir que los productores y empresas pudieran hacer frente con cierta
seguridad a la incertidumbre que siempre lleva consigo la variación de los
precios a lo largo del tiempo. Permitían que una empresa, un agricultor o un
transportista, por ejemplo, fijaran hoy el precio de lo que iban a necesitar
dentro de un determinado periodo de tiempo. Así podían planificar con
seguridad y enfrentarse al riesgo de cambios en el precio.
Sin embargo, esos mercados fueron siendo dominados
por operadores que, en realidad, no necesitaban petróleo, ni azufre, ni gas,
ni café, ni ningún producto real. Son fondos de inversión, bancos y
especuladores que compran y venden esos contratos exclusivamente para ganar
dinero con la diferencia de precio entre el momento de la compra y el de la
venta. Sin ningún interés en la materia prima en sí, y sin necesidad de
protegerse de nada.
El resultado ha sido que los mercados de futuros han
dejado de ser lo que eran, es decir, instrumentos para que la economía real
gestione el riesgo futuro. Se han ido convertido, por el contrario, en
instrumentos especulativos, en donde los precios son el resultado de las
apuestas que realizan (hoy día mediante algoritmos y a velocidad vertiginosa)
quienes solamente buscan ganar dinero con el movimiento siguiente (que a
veces ellos mismos pueden provocar).
Estos especuladores no ganan dinero analizando lo
que va a pasar en la economía real dentro de seis meses, sino anticipándose
al próximo titular, al próximo anuncio político, al próximo tuit
presidencial, es decir, en función casi exclusiva de lo que ocurre en el muy
corto plazo.
Por qué los mercados futuros están infravalorando el
peligro
Cuando los mercados de futuros se convierten en
máquinas de apostar al próximo anuncio político, o sobre cualquier otra que
permita ganar más dinero en el menor tiempo posible, sus señales sobre lo que
puede estar ocurriendo en la economía real se vuelven imprecisas y
sistemáticamente engañosas.
En estos momentos, hay al menos tres razones
concretas que explican por qué están proporcionando señales equivocadas e
infravalorando el peligro que realmente amenaza a la economía global.
La primera es que estos mercados no funcionan como
un mercado normal donde mucha gente compra y vende en igualdad de
condiciones. Están dominados por un puñado de grandes bancos y fondos de
inversión o incluso por algoritmos que manejan cantidades de dinero tan
enormes que cuando apuestan en una dirección, el precio se mueve hacia donde
hayan indicado. Son ellos quienes marcan la señal.
Y a esos grandes operadores les interesa apostar a
que el conflicto se resolverá pronto por una razón muy concreta: si apostaran
a la catástrofe y acertaran, ellos también perderían. Una crisis energética
prolongada hundiría la economía global, y con ella todas sus otras
inversiones —acciones, bonos, préstamos...
Apostar a la resolución rápida, en cambio, es
apostar a que el juego continúa. A que los mercados siguen funcionando. A que
habrá oportunidad de comprar barato ahora y vender caro después. Por eso,
cuanto más dinero entra apostando a la normalización, más tranquilizadora es
la señal que emiten los futuros. Y esa señal es la que acaba en los
telediarios, en los análisis de los gobiernos y en la opinión pública.
La segunda razón es que los modelos que usan estos
mercados para fijar precios están construidos sobre datos históricos. Y en la
historia, todos los cierres del Estrecho de Ormuz han sido breves. El mercado
aplica esa experiencia pasada como probabilidad futura, como si lo ocurrido
antes fuera una guía fiable para lo que ocurrirá ahora. Pero esta situación
no tiene precedente histórico comparable. La escala del cierre, su duración,
la combinación de factores que lo rodean son nuevos. El modelo mira al
retrovisor para conducir hacia adelante.
Finalmente, la tercera razón es que el cierre del
Estrecho no solo produce el corte de una determinada cantidad de suministro
de productos —petróleo, gas, azufre, helio...— cuyos precios se pueden registrar
en el momento presente o estimar en el futuro, y sobre los que, por tanto, se
pueden realizar las apuestas en las que se basan los indicadores financieros.
Además, produce efectos sobre la economía real que esos indicadores
sencillamente no pueden percibir ni transformar en contratos que se compren y
vendan: el agricultor que no puede sembrar porque no llega el fertilizante,
la fábrica que para porque no tiene insumos, el país que raciona electricidad
porque no llega el gas... Esos daños no tienen precio en ningún mercado. No
cotizan en ningún sitio. No existen para el sistema financiero.
El mercado construye su imagen del futuro solo con
las piezas que puede ver. Y deja fuera, sistemáticamente, todos los demás
daños. Su señal no es falsa, pero es estructuralmente incompleta. Y una señal
incompleta sobre una crisis de esta magnitud es tan peligrosa como una señal
falsa.
Finanzas que hacen negocio si el peligro no se ve
A esto que ocurre en el (desnaturalizado) mercado de
futuros hay que añadir algo más. Al sistema financiero en su conjunto le
interesa que la guerra sea percibida como un riesgo manejable y temporal, y
no como algo que pude dar lugar a una catástrofe sistémica si no se detiene
pronto.
Los fondos de cobertura son fondos de inversión que
ganan dinero con los cambios a muy corto plazo de los precios o, en general,
con las variaciones inmediatas en las condiciones de los mercados. Hay
plataformas que mueven miles de millones de dólares apostando sobre eventos
geopolíticos —si habrá o no un alto el fuego, si se atacará tal o cual
infraestructura, si asesinarán a un determinado líder...—. Y quienes tienen
en sus carteras las acciones de las grandes empresas petroleras y
armamentísticas —en gran medida esos mismos grandes fondos que dominan los
mercados de futuros— ganan dinero con cada nuevo cambio de situación.
Pues bien, lo que necesitan todos esos operadores es
que el juego especulativo no se detenga. Y eso sólo puede ocurrir si la
guerra -en este caso- es percibida como algo manejable. Si se procesara
correctamente la gravedad de lo que está ocurriendo en el Golfo, los precios
se dispararían de forma caótica, las posiciones basadas en deuda se
liquidarían en cascada y el negocio especulativo colapsaría junto con todo lo
demás.
La trampa
Durante décadas nos han querido convencer de que el
estado de la economía se deduce de los indicadores financieros. Si la bolsa
sube, es que las cosas van bien. Si el precio del petróleo no se dispara, es
que la crisis energética no es tan grave. Si los índices se mantienen, es que
los fundamentales aguantan.
Ahí está la ceguera y, por qué no decirlo, la
trampa: los indicadores financieros sirven para conocer las expectativas de
quienes tienen capital para apostar, pero engañan cuando se trata de percibir
lo que ocurre en la producción real, en los ciclos agrícolas, en las cadenas
de fabricación o con el día a día de las personas y empresas que no
participan en los mercados financieros.
Se trata de un error que, en esta ocasión, puede dar
lugar a consecuencias muy peligrosas. Si la guerra continua y no se pone fin
al bloqueo rápidamente, la cuerda que sostiene a la economía global no se va
a romper, como en otras ocasiones, por el lado de las finanzas, sino por el
de la economía real. Si es así, si llega un momento en que los agricultores
no puedan cultivar, los transportistas se paralizan y las fábricas no tienen
insumos, las herramientas habituales de política fiscal y monetaria serían
claramente insuficientes para hacer frente a la situación. No habrá banco
central que pueda arreglar el desaguisado dando cientos de miles de millones
a los bancos o modificando los tipos de interés, ni gobiernos con recursos
para frenar la hecatombe.
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