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domingo, 8 de febrero de 2026

08/02/2026 - CUBA HOY: NI LIBERTAD NI COMUNISMO

Comentario: La muy canalla americana de los yanquis -junto a la propia degeneración de la política propia- se ha cargado la Cuba de la revolución. Pero, ojo, porque esto puede que no acabe en Cuba sino se le da una solución al contrato social en España y en media Europa.

Análisis social de cómo los principios de la revolución se desvanecen entre las nuevas generaciones que ven como única salida la huida del país

Maximiliano Fernández Ibarguren

https://ads.diariosabemos.com/www/delivery/lg.php?bannerid=143&campaignid=31&zoneid=23&loc=https%3A%2F%2Fdiariosabemos.com%2Fanalisis%2Fcuba-hoy-ni-libertad-ni-comunismo_514878_102.html&referer=https%3A%2F%2Fdiariosabemos.com%2F&cb=796d8d8f25Llegar a Cuba es sumergirse en un imaginario lleno de música, color y ritmo. Pero tras esa fachada festiva, la realidad cotidiana de los cubanos revela otra historia: carestía de productos básicos, salarios de apenas 12 dólares al mes y la lucha diaria por sobrevivir. Una lucha que ellos llaman “resolver la vida”, una expresión tan ingeniosa como reveladora de la precariedad en la que viven.

La resignación de quienes creyeron en la revolución

Durante mis 12 días recorriendo la isla, conversé con camareros, taxistas, guías turísticos y trabajadores de hoteles. Muchos de ellos vivieron la revolución siendo niños y crecieron creyendo que Cuba podía ser un país diferente, fiel a los principios de igualdad y justicia social que la promovieron, incluso pese al durísimo bloqueo económico y comercial impuesto por Estados Unidos.

Hoy, sus rostros reflejan cansancio y desazón. Todos ellos sobreviven con sueldos pírricos que los obligan a depender, en buena medida, de la caridad de los pocos turistas que aún visitan la isla. “Nos han abandonado, nos sentimos abandonados”, me repetían, con sinceridad y sin miedo, especialmente al hablar del fin del apoyo soviético tras la caída de la Unión Soviética, aunque sin quitar peso a la falta de soluciones internas del régimen frente al bloqueo estadounidense.

Los jóvenes y la ruptura generacional

A pesar de su dura realidad diaria, en las calles, en las guaguas, en los taxis y en los hoteles, los cubanos de más de 60 años conservan los principios y valores de la revolución con la que nacieron y crecieron. Sin embargo, con un cierto halo de nostalgia y melancolía, también manifiestan su preocupación por la desafección de los jóvenes, que han dejado de ser el relevo generacional que la revolución necesitaría para sostenerse como proyecto político en un mundo cada vez más capitalista y feroz. Y esta inquietud está más que justificada: los jóvenes no encuentran motivos para defender unos principios que no les garantizan una vida digna, enfrentando salarios simbólicos, cortes de luz que dejan sus casas a oscuras durante horas o incluso días, y una alarmante falta de medicamentos básicos.

Muchos confiesan abiertamente que su plan a corto plazo es emigrar, pero ya no a Estados Unidos, como hicieron en el pasado muchos de sus familiares y amigos. “Trump nos lo está poniendo muy difícil con las redadas, ya no es un país seguro para nosotros”, afirmaban. Conseguir la nacionalidad española a través de la Ley de Memoria Democrática se ha convertido en una tabla de salvación. “Quiero una buena educación y sanidad para mis hijos”, me confesó entre lágrimas un agricultor cafetero del parque natural de Topes de Collantes.

Ni comunismo ni libertad

Cuando en nuestro país algunos dirigentes políticos lanzan desde sus mítines o desde la comodidad de sus despachos proclamas maniqueas con el único objetivo de acaparar titulares del tipo “Comunismo o Libertad”, bastaría con que pisaran Cuba para desmontar ese falso dilema. Allí no hay libertad, pero tampoco hay comunismo. Las ideas comunistas que inspiraron la revolución de los hermanos Castro y del Che Guevara pudieron tener sentido frente a la dictadura de Fulgencio Batista, primero presidente servil a los intereses de Estados Unidos y, después, dictador al servicio de la burguesía europea y de la aristocracia norteamericana.

Con el paso de los años, el bloqueo económico estadounidense puso serios obstáculos al desarrollo social prometido por la revolución. Pero también es innegable que el propio sistema fue perdiendo legitimidad entre los cubanos cuando su situación personal empeoró: recortes en las cartillas de racionamiento, estanterías vacías en las famosas “Bodeguitas” de suministro de alimentos, hoy reducidas a una mera presencia testimonial, y la incapacidad del Estado para garantizar la subsistencia diaria. Poco a poco, esta realidad fue erosionando los valores de una sociedad que se había sentido orgullosa del triunfo de 1959.

La degradación de un modelo

En definitiva, en Cuba no hay comunismo. Lo que existe es la degradación de un modelo que nació con ideas interesantes para garantizar igualdad de derechos y luchar contra las clases aristocráticas y burguesas que, gracias a la desigualdad, la corrupción y la explotación de recursos y mano de obra, disfrutaban de todos los privilegios.

Hoy, en Cuba, ya no queda nada de eso, y menos comunismoComunismo no es igualdad en la pobreza, no es mendigar la caridad de los turistas, y no puede ser que un cubano tenga que salir a la calle a pedir un Paracetamol para poder curar un simple dolor de cabeza. La Cuba de hoy demuestra cómo un modelo que en los libros de filosofía parecía perfecto para una sociedad justa ha terminado sumiendo a todo un país en la subsistencia y la pobreza. Con los salarios tan bajos que paga el régimen a todos sus empleados, no basta para vivir.

Si se trata de satisfacer un mínimo de necesidades básicas, el “resolver la vida” ya está normalizado por gran parte de sus ciudadanos e incluso inculcado desde el gobierno cubano. Esta circunstancia implica estar en estrecho contacto con los turistas extranjeros, con los cuales se deshacen en atenciones y amabilidad a cambio de propinas que, en la mayoría de los casos, superan el importe de su salario mensual.

Sin embargo, en un turismo cada vez más menguante, debido a la propagación de críticas sobre la situación de la isla en cuanto a suministros y calidad de los servicios hoteleros, el margen de la población local para “resolver la vida” no ha hecho más que reducirse, empeorando sus condiciones de vida. “Es una lucha, nuestra lucha”, me confesaban.

Contrastes de una isla herida

En las calles de La Habana, aquella ciudad monumental que en los años 50 fue conocida como la “Las Vegas del Caribe”, la tristeza y la nostalgia son palpables. La música sigue sonando, pero los rostros de camareros, conductores de guaguas y guías turísticos revelan un desgaste profundo. La alegría que Cuba exporta al mundo contrasta con la dura realidad de quienes viven con salarios miserables.

Cuba es hoy un país de contrastes extremos: un paraíso turístico en apariencia y una lucha diaria por sobrevivir en la práctica. Detrás de los colores, los ritmos y las sonrisas, la vida de los cubanos recuerda que la felicidad no siempre es sinónimo de bienestar.

El capitalismo tampoco es un paraíso

Pero ojo: en el mundo capitalista tampoco sobra libertad ni bienestar económico. La ola reaccionaria de los partidos de extrema derecha, que persiguen inmigrantes, amedrentan periodistas, recortan ayudas sociales y obligan a contratar seguros privados de salud o educación en un contexto de “sálvese quien pueda”, demuestra que tampoco estamos exentos de degradación. De hecho, y aunque cueste creerlo, ya estamos viviendo también la degeneración del capitalismo tal como lo hemos conocido hasta ahora, incluso promoviendo la agitación social en las calles mediante manifestaciones violentas y fomentando la propagación de bulos en redes sociales para desinformar a la ciudadanía. Esta deriva está hoy representada por formaciones políticas de extrema derecha lideradas por Donald Trump en Estados Unidos, en nuestro país por Santiago Abascal o Isabel Díaz AyusoGiorgia Meloni en ItaliaAndré Ventura en PortugalViktor Orbán en Hungría y Marine Le Pen en Francia.

 

08/02/2026 - TU INOCENCIA SALVAJE SE LA BEBIERON JULIO IGLESIAS Y MUCHOS MILLONES MÁS

CRISTINA FALLARÁS

El juez dirá lo que tenga que decir sobre Julio Iglesias y las denuncias que han puesto sus trabajadoras. Después veremos, lamentablemente, cómo esas mismas trabajadoras pagan su osadía, espero que no solo bien representadas legalmente, sino bien acompañadas en todo ese paso por el infierno. Pero voy a detenerme en la primera vez que tuve claro, siendo ya adulta, que una canción hablaba impunemente de pederastia y no supe poner nombre al asco profundo que sentía. Era de Julio Iglesias.  

Con los años y mucha terapia, me he dado cuenta de que no podía ponerle nombre porque yo había vivido lo mismo, y eso era lo que me impedía mirarlo, nombrarlo, asumirlo. Los mecanismos de la violencia sexual contra la infancia y la adolescencia, su mera existencia, es algo que recorre nuestras vidas, que siempre ha estado ahí y a lo que nunca hemos nombrado. Un mar de hombres adultos mirando a las adolescentes, a las crías que empiezan a desarrollarse, los comentarios en verano, ese primer verano en el que ya no quieres ir a la playa o la piscina, en el que notas sus ojos turbios sobre tu cuerpo recién púber. 

El disco Un hombre solo apareció en 1987. Yo tenía 19 años y me acababa de ir a estudiar Periodismo a Barcelona. Incluía la canción Lo mejor de tu vida, que se convirtió inmediatamente en el número 1 de las listas de éxitos, donde permaneció durante meses. De hecho, acabó siendo una de las canciones más populares de Julio Iglesias, y lo sigue siendo. 

Rogaría a quien lea lo que sigue que lo haga olvidando que se sabe de memoria la canción, que la ha oído —y quizás escuchado— decenas o centenares de veces. Que lea la letra, en la medida de lo posible, eliminando la melodía. Eso ayuda. 

El tema empezaba con una afirmación que se iba repitiendo una y otra vez: Fuiste mía/ Solo mía/ Mía, mía… Después de cada monserga, la letra detallaba cuándo fue "suya" aquella criatura. A saber: 

Cuando tu piel era fresca / Como la hierba mojada 

Cuando tu boca y tus ojos / De juventud rebosaban 

Cuando tus labios de niña/ Mis labios los estrenaban 

Cuando tu vientre era aún / Una colina cerrada 

Después, por si quedaba alguna duda, venía el estribillo: Lo mejor de tu vida / Me lo he llevado yo / Lo mejor de tu vida / Lo he disfrutado yo / Tu experiencia primera / El despertar de tu carne / Tu inocencia salvaje / Me la he bebido yo. Creo que cualquier consideración sobre la postura del macho que habla resulta innecesaria. 

Y volvamos a cuándo fue suya la cría: 

Cuando tu cuerpo era espiga / De palma recién plantada 

Cuando cerrabas los ojos / Apenas yo me acercaba 

Cuando temblaban tus manos / Tan solo si las rozaba 

Cuando tu ayer no existía / Pensabas solo en mañana 

Como he dicho antes, Lo mejor de tu vida —que evidentemente es la pubertad o directamente la niñez— es una de las canciones insignia de Julio Iglesias. Según leo, permaneció 13 semanas en el número uno del Billboard Hot Latin Tracks. La letra es de Manuel Alejandro, que presumía de crear temas que acompañaran la manera de ser de los artistas que iban a interpretarlos. Sirva como ejemplo, Ese hombre, hecha por Alejandro a la medida de Rocío Jurado, cuya letra describiendo al macho no tiene desperdicio. 

Así que el productor pensó que a Julio Iglesias le venía bien una pieza donde el tipo presumiera de haber "estrenado" a una cría virgen. Y acertó mucho, porque da la casualidad de que no solo calzaba a la perfección con la figura del cantante, sino con la de millones de personas que lo convirtieron en un éxito mundial como pocos: Un hombre solo ganó el Grammy al Mejor Álbum de Pop Latino en 1988, y obtuvo ocho discos de platino en Argentina y cinco en México, Chile, Colombia, Brasil y España, y cuatro en Venezuela.  

Tanto éxito tuvo el hombre presumiendo de "estrenar" a la niña que la canción tuvo su versión en italiano, Innocenza Selvaggia, y en portugués O melhor de tua vida

Los imagino celebrándolo mucho junto a su amigo y compositor Ramón Arcusa, autor e intérprete de aquella mítica 15 años tiene mi amor junto a Ramón de la Calva (Dúo Dinámico), y también autor de la letra de Julio Iglesias De niña a mujer, que incluye otro verso que me repugna, dedicado a su propia hija: Tu mirada buscaba la mía, jugabas a ser mujer

Ahora la sociedad abre la boca estupefacta ante lo que va emergiendo de los archivos del caso EpsteinSin embargo, la cultura de la pederastia ha estado siempre ahí, en ese estrato de nuestras vidas donde late lo que no se nombra, aquello que no nos atrevemos a mirar. Cada vez tengo más claro que hay una diferencia clara en la forma que las mujeres y los hombres enfrentamos esa sentina. 

Por nuestra parte, sin dar detalles, nos encargamos de alertar a las niñas de lo que les puede pasar: desde el cuento de Caperucita hasta la advertencia de no aceptar caramelos de extraños, pasando por un rosario de alertas contra familiares que "tienen la mano muy larga" o similares. Porque lo sabemos. Hemos visto cómo nos miraban de crías, cómo miran a nuestras hijas, hemos tenido y tenemos miedo por ellas cuando ni siquiera tienen todavía la regla. Lo sabemos porque ya lo sabían nuestras abuelas, y las abuelas de nuestras abuelas… 

Ellos no sé desde dónde lo miran. Sé que lo enfrentan desde otro lugar, pero cuanto más lo pienso, cuanto más dialogo abiertamente sobre el tema con ellos, más complejo y sucio se me aparece el lodazal en el que chapotean y desde el que balbucean su defensa de no haber participado de ninguna manera, esa idea del barely legal (frontera del porno sobre la mayoría de edad de la muchacha que lo protagoniza), ese acuerdo no expresado claramente de que a los 14 o los 15 una muchacha ya tiene "lo que hay que tener".

La canción Lo mejor de tu vida de Julio Iglesias tuvo un éxito abrumador internacional por razones evidentes. Las mismas que siguen funcionando hoy.

 

08/02/2026 - VENCEDORES Y VENCIDOS

Eduardo Luis Junquera Cubiles

Con un discurso de odio extremadamente activo, Hitler, Mussolini y Franco legitimaron la violencia hacia grupos estigmatizados en sus respectivas sociedades desde hacía siglos. La aversión hacia el comunismo, el feminismo y los judíos, o el desprecio por la democracia eran rasgos de la sociedad muy anteriores al advenimiento de estos líderes. El nivel de brutalidad contra estos colectivos fue consecuencia directa de la propagación de bulos y de la construcción de una imagen estereotipada. Mucho tiempo después, cuando Michael Dukakis perdió las elecciones contra Bush padre, en 1988, afirmó que, aunque resultase un ejercicio penoso, era necesario responder a los bulos lanzados por los adversarios, y se arrepentía de no haberlo hecho durante la campaña. Las derechas no pueden tener el monopolio del discurso histórico. La socióloga chilena Marta Lagos se quejaba amargamente hace unos años de que un tercio de los chilenos justificaban el Golpe de Estado de 1973. A su juicio, esto se debía a que su generación promovió la idea de que Pinochet, pese a todo (y ese “todo” son unos 6.000 muertos), hizo algunas cosas buenas. El presidente Boric se expresó en estos términos en 2023: “Pinochet fue un dictador, esencialmente antidemócrata, cuyo gobierno mató, torturó, exilió e hizo desaparecer a quienes pensaban distinto. Fue también corrupto y ladrón. Cobarde hasta el final, hizo todo lo que estuvo a su alcance por evadir la justicia. Estadista jamás”.

Lagos consideraba lamentable que Boric fuera el primer presidente en hablar con esa contundencia y mencionaba la “derrota cultural” al afirmar que ninguno de los seis jefes de gobierno anteriores había retratado al dictador como el asesino que era, lo que supuso una forma de blanquear el pinochetismo. Esta benevolencia con los dictadores explica en parte el crecimiento de los autoritarismos que ahora vemos en tantos lugares. En España pasa algo parecido. Ningún gobierno ha hecho gran cosa por sacar de las cunetas a las víctimas del franquismo. Me parece dramático que estemos divididos por conflictos que tuvieron lugar hace 80 años, principalmente porque nuestros abuelos decidieron abrir un nuevo tiempo durante la Transición. Pero lo que tal vez nos cuesta decir es que ese período se cimentó sobre el silencio de las víctimas, que no pudieron elegir. En cualquier caso, a nadie se le puede decir que no es legítimo recuperar los restos de sus familiares. Esto constituye una obligación moral para la izquierda y la derecha, aunque para el PP no será jamás una prioridad porque es un partido esencialmente cainita cuando se habla de la Guerra Civil. Negarse a hacer pedagogía es lo que hace pervivir la imagen de los dictadores buenos. Ocurre algo parecido en la Rusia actual con la imagen de Stalin, al que las nuevas generaciones consideran más un padre de la patria que lo que realmente fue: un sanguinario genocida de indescriptible maldad. Si no se enseña historia en las escuelas, se podrá mentir acerca de cualquier hecho histórico, y ese es el sueño de los Trump, Bolsonaro, Milei o Putin.

No me gusta mencionar la Guerra Civil española porque ya tenemos demasiados elementos de división, pero si lo hacemos, estamos obligados a ser rigurosos. Se puede hablar de todo y con todos, pero no dentro de los marcos culturales impuestos por las derechas. La derecha y la ultraderecha han sido incapaces durante cincuenta años de llegar a la conclusión a la que llega cualquier demócrata con dos dedos de frente: que en una guerra los dos bandos cometen atrocidades que nadie tiene la capacidad de frenar porque están dirigidas por grupos incontrolables, pero esta circunstancia en ningún caso puede compararse con la utilización de todo el aparato del Estado para reprimir, torturar y asesinar a los disidentes políticos, que es lo que sucedió tras la Guerra Civil.

Lo que dicen algunos líderes del PP cuando hablan sobre la posguerra está amparado por la libertad de expresión, pero no significa que sea verdad. Más bien al contrario: tratan de dulcificar la imagen de Franco precisamente con el fin de estigmatizar a la izquierda, dando a entender que el franquismo fue una suerte de reacción de defensa contra los excesos de la Segunda República, y no un movimiento particularmente brutal con el fin de restituir el poder de clase de las élites mediante la fuerza de las armas. Es una falacia extremadamente ofensiva decir que “todos perdimos la guerra”. La guerra y sobre todo la posguerra no afectaron por igual a todos los españoles. Existe una diferencia abismal entre sufrir las penurias de una conflagración bélica y perder la vida o la identidad en las cunetas o el exilio después de 1939. No se puede reordenar un relato para transformar un golpe de Estado en una tragedia colectiva sin culpables, con el fin de convertir a los vencedores incluso en víctimas retrospectivas, para después olvidar a los fusilados, torturados, encarcelados, exiliados, depurados, las mujeres rapadas y humilladas y los niños robados. Esto no es un debate sobre la libertad de expresión, sino la vieja pugna entre la verdad histórica y los franquistas empeñados en disfrazar la barbarie de lucha por la libertad y el orden. En el siglo XXI, la mentira como herramienta política de la ultraderecha se ha convertido en un problema estructural.

 

viernes, 6 de febrero de 2026

06/02/2026 - AYUSO Y EL SILENCIO MACHISTA: CUANDO EL PARTIDO NO PROTEGE Y LA VÍCTIMA ESTORBA

La reacción del PP ante las acusaciones contra el alcalde de Móstoles revela que el silencio se presenta como solución frente a las denuncias de abusos sexuales y laborales

Agustín Millán 06/02/2026

El caso de los presuntos abusos atribuidos al alcalde de Móstoles no puede leerse solo como un conflicto personal ni como un episodio aislado de confrontación política. Tampoco puede reducirse a las palabras —más o menos desafortunadas— de un solo dirigente. Lo que ha salido a la luz dibuja algo más profundo y estructural: la forma en que el Partido Popular gestiona las denuncias internas cuando estas afectan a cargos propios y amenazan con romper la disciplina del silencio.

En esas conversaciones internas se llega a calificar la situación descrita como “un acoso de manual”. Esa expresión no procede de la oposición ni de colectivos externos, sino del propio entorno del partido.

La exconcejala que denunció acoso sexual y laboral no buscó inicialmente ni titulares ni tribunales. Hizo lo que muchas mujeres hacen cuando el poder está dentro de su propia organización: pidió ayuda. Solicitó amparo. Expuso los hechos ante la dirección del partido en Madrid y, más tarde, ante la dirección nacional. Su expectativa era razonable: ser escuchada, protegida y que se activaran mecanismos internos de investigación. Lo que encontró fue otra cosa.

Una respuesta basada en contener, no en esclarecer

Las conversaciones internas conocidas muestran un patrón reiterado: disuadir, rebajar, enfriar, desactivar. No aparece una voluntad clara de investigar a fondo, sino un esfuerzo constante por evitar que el conflicto trascendiera. Se le habló de las consecuencias personales, del impacto mediático, del daño a su entorno familiar y de lo difícil que sería soportar una denuncia pública. Se le aconsejó no denunciar, no judicializar, no hacer ruido.

No se trató de una reacción improvisada ni de un comentario aislado. Fue una línea sostenida por distintos cargos del partido en diferentes reuniones. La idea de fondo era clara: el problema no era lo que se denunciaba, sino que se denunciara.

Aquí es donde el caso deja de ser individual y se convierte en político. Porque cuando una organización prioriza la contención del daño reputacional frente a la protección de una posible víctima, está tomando partido, aunque luego invoque la neutralidad o la presunción de inocencia.

El reconocimiento implícito y la inacción explícita

Hay un elemento especialmente revelador: en esas conversaciones internas se llega a calificar la situación descrita como “un acoso de manual”. Esa expresión no procede de la oposición ni de colectivos externos, sino del propio entorno del partido. Y, sin embargo, ese reconocimiento no se tradujo en la apertura de un procedimiento garantista ni en medidas de protección.

La contradicción es evidente: si se considera que el relato encaja en un patrón claro de acoso, ¿por qué no se actúa en consecuencia? Y si no se considera así, ¿por qué se insiste tanto en que no se denuncie?

La respuesta parece estar en una lógica antigua pero persistente: resolver el problema apartando a quien lo señala. De hecho, la salida final fue esa. Tras meses sin una respuesta efectiva, la exconcejala entregó su acta y abandonó el partido. El conflicto se cerró, pero no porque se aclararán los hechos, sino porque desapareció quien los ponía sobre la mesa.

El papel del partido: ni protocolo ni escucha real

Cuando el asunto llegó a los órganos nacionales del Partido Popular, el resultado fue similar. La denunciante presentó un escrito extenso, detallado, con documentación y testigos propuestos. Sin embargo, el expediente terminó archivado sin que ella fuera citada ni escuchada personalmente, y sin constancia de que se practicaran las diligencias que ella solicitaba.

Formalmente, el partido puede alegar que actuó. Políticamente, lo que transmite es otra cosa: una investigación sin escucha no es una investigación, es un trámite defensivo. Sirve para cerrar filas, no para esclarecer responsabilidades.

Este modo de proceder tiene consecuencias que van más allá de un caso concreto. Envía un mensaje nítido a cualquier mujer dentro de la organización: denunciar puede salir caro, y el coste lo paga quien habla, no quien es señalado.

No se puede defender a las mujeres solo cuando hacerlo resulta rentable.

Ayuso, el PP de Madrid y el cierre de filas

Las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso deben entenderse dentro de ese marco más amplio. La presidenta madrileña no es la única responsable de la respuesta del PP, pero sí es su principal referente político. Cuando opta por deslegitimar la denuncia y por presentarla como parte de una ofensiva política, refuerza la estrategia de cierre de filas y desplaza el foco lejos de las decisiones internas del partido.

No es solo Ayuso. También están la dirección regional, la nacional y los órganos que decidieron no escuchar a la denunciante. Pero su voz amplifica un mensaje: el problema no es lo ocurrido, sino el ruido que genera.

Ese enfoque contrasta con la severidad que el PP ha mostrado en otros casos cuando los acusados pertenecían a otras formaciones. Entonces, la exigencia de responsabilidades era inmediata, la palabra de las denunciantes se consideraba suficiente para exigir dimisiones y la ejemplaridad se invocaba como principio irrenunciable.

La doble vara y sus efectos

La incoherencia no es solo moral; es política. No se puede defender a las mujeres solo cuando hacerlo resulta rentable. No se puede exigir denuncias judiciales como prueba de credibilidad mientras, al mismo tiempo, se presiona para que esas denuncias no se presenten cuando afectan a los propios.

Este doble rasero erosiona la confianza en las instituciones y banaliza el discurso contra el acoso. Porque convierte un problema estructural en un arma arrojadiza y vacía de contenido cualquier apelación a la igualdad o al respeto.

Lo que queda cuando el partido no protege a la víctima

Al final, el balance es claro. Una mujer pidió ayuda dentro de su partido. Expuso una situación grave. Fue disuadida de denunciar. No se activaron mecanismos eficaces de protección. Acabó fuera de la institución y del partido. Y el expediente se archivó sin escucharla.

Ese recorrido no es un accidente. Es el resultado de una cultura política que sigue entendiendo el conflicto como algo que hay que sofocar, no como una oportunidad para corregir abusos y mejorar las reglas del juego.

Aquí no se está pidiendo una condena anticipada ni se está negando la presunción de inocencia de nadie. Lo que se está señalando es algo más elemental: la obligación de escuchar, investigar y proteger. Cuando un partido no cumple con eso, el problema no es la denuncia. El problema es la organización que decide que es más cómodo mirar hacia otro lado.

Y mientras esa lógica no cambie, ningún discurso, ninguna consigna ni ningún cierre de filas podrá ocultar lo esencial: el silencio no es neutral, siempre beneficia al poder.

 

06/02/2026 - LO QUE KUBRICK SABÍA SOBRE EPSTEIN

El director murió poco antes del estreno de Eyes Wide Shut, la película que según algunos trataba de denunciar una red de tráfico sexual para élites similar a la destapada hoy

José Antequera 06/02/2026

El 7 de marzo de 1999, solo cuatro días después del pase privado de su última película, Eyes Wide Shut, el gran director Stanley Kubrick moría de un repentino ataque al corazón mientras dormía. Tenía 70 años y hasta llegar a ese misterioso testamento cinematográfico que habla del desamor como no lo había hecho ninguna obra de arte hasta ese momento había firmado una de las carreras más gloriosas de la historia del Séptimo Arte. Filmes como 2001: una odisea del espacioEspartacoSenderos de gloriaEl resplandor o La naranja mecánica son obras de culto para la eternidad, pero desde el principio se vio que Eyes Wide Shut era algo diferente, inclasificable, nunca antes visto. Casi un mensaje de alerta (o de socorro, quién sabe) para la posteridad.

La película explora territorios tan fascinantes como oscuros y peligrosos. Aborda, descarnadamente y sin ataduras morales, la crisis sentimental y sexual de una pareja acomodada de Nueva York: la formada por el eminente doctor William Hartford (Tom Cruise) y su hermosa mujer (interpretada por Nicole Kidman). Pero, sin duda, el momento cumbre de la cinta, el que todos recordamos, es ese derrumbe personal y moral del protagonista, cuando el médico vaga por las calles de Manhattan comido por unos celos enfermizos y consigue un pase especial para asistir a una de esas fiestas organizadas por la jet en una lujosa mansión. Una orgía de tintes satánicos donde hay de todo, sexo salvaje, drogas, música barroca y mucha gente poderosa con túnica y la cara oculta tras máscaras venecianas. La escena atrapa al espectador en una mezcla de morbosa curiosidad, atracción fatal y repulsión.

Las redes sociales se llenan estos días con rumores y teorías de la conspiración que hablan de que esa secuencia no tenía otro objetivo que denunciar un tipo de juergas nocturnas –frecuentadas por millonarios, políticos y celebrities de Hollywood– donde todo vale y no hay límites. Y que por eso mataron al realizador. Lógicamente, será imposible saber cuál era la intención de Kubrick, un director que hurgó como nadie y con sinceridad en la condición humana, en las filias y fobias de las sociedades modernas. Jamás llegaremos a saber si al maestro lo liquidaron los integrantes de una secta secreta ultrapoderosa con la estampita de Belcebú en la mesita de noche. Las leyendas urbanas sobre ese tipo de saraos para ricos aburridos dispuestos a sacrificar a una menor y a beber su sangre están a la orden del día en todo el decadente mundo occidental. También en nuestro país, donde durante años se ha creído que las niñas de Alcàsser fueron asesinadas tras un supuesto ritual diabólico y que cierto bar de carretera de Castellón era en realidad una casa de los horrores donde viejos con mucho dinero abusaban de niños antes de jugar con ellos a la ruleta rusa.

Sin embargo, el escándalo Epstein –otro muerto que sabía demasiado sobre los vicios y costumbres eróticas de las clases altas norteamericanas– ha venido a abrirnos los ojos. Los documentos, agendas y vídeos del alcahuete pederasta, en los que aparecen los peces más gordos y los personajes más relevantes de la cultura mundial, vienen a demostrar que esas cosas, por mucho que nos cueste trabajo creerlo, ocurren. La prensa internacional habla de abusos de menores, violaciones, pedofilia y hasta canibalismo. No hace falta dar nombres, la prensa internacional (y también este periódico) ya los ha publicado.

Epstein nunca podrá explicar ante un tribunal cómo servía carne fresca a los corruptos degenerados del poder. Dicen que se suicidó en la cárcel, aunque algunos mal pensados creen que lo suicidaron. Como también empieza a calar la idea de que la prodigiosa secuencia de la fiesta de Eyes Wide Shut pudo costarle la vida al bueno de Stanley. A este respecto, el escritor David Torres escribe un interesante y jugoso artículo en Público bajo el titular de Kubrick con los ojos cerrados. “Por fascinante que sea, me cuesta bastante tragarme esta teoría, no porque no crea que existan élites tan despiadadas y omnipotentes como para cargarse a quien sea de la manera que sea, sino porque imagino que lo último que busca esa gente es publicidad”. Los comentarios y análisis fílmicos del autor de la columna son más que acertados, aunque habría que añadir a su brillante exposición sobre el cine metódico del genial Kubrick que vivimos en un tiempo distópico donde todo es posible, incluso que un grupo de millonetis sin alma y hartos de todo organicen una cena o bacanal con algo más que pollo al curry.

Nunca sabremos si es cierto o un bulo más que, la noche antes de la muerte del afamado director, Nicole Kidman le telefoneó para quedar con él. Y si es verdad o no que el director le respondió eso tan enigmático de “nos matarán tan rápido que apenas podremos estornudar”. Obviamente, no vamos a ser tan estúpidos como para dar por bueno que al realizador lo asesinó la CIA, no ya por tratar de denunciar la mayor trama de satanismo sexual instalada en las altas esferas, sino porque estaba dispuesto a confesar que fue él quien rodó un supuesto montaje sobre la llegada del hombre a la Luna en un estudio de Hollywood. Esas patrañas negacionistas y conspiranoicas propias de mentes fácilmente influenciables las dejamos para el programa de Íker Jiménez y sus tertulianos de la cuerda de Santi Abascal. Pero nunca dejemos de buscar la verdad que los monstruos que nos gobiernan, representantes de las oligarquías financieras y políticas, tratan de ocultarnos. De tipos depravados como Trump Putin puede esperarse casi cualquier cosa. Volvamos por tanto a ver la maravillosa película del maestro sobre el descenso a los infiernos del doctor Hartford con la perspectiva abierta de nuestro tiempo convulso, un tiempo donde los valores humanos han sido enterrados bajo la idolatría al Satán del dólar y la perversión política, moral y sexual. Esa es una de las grandes enseñanzas que nos deja esa película tan formidable como enigmática: nunca nos quedemos con los ojos bien cerrados.

 

06/02/2026 - IRPH: LA SENTENCIA DEL TJUE SOBRE PUIGDEMONT DESTROZA EL ESQUEMA JUDICIAL ESPAÑOL

Los litigios sobre el IRPH ponen en cuestión un diseño regulatorio estatal avalado por el Supremo. En ese contexto, el juez no es un árbitro distante: forma parte del mismo ecosistema institucional y eso, según la sentencia, ya no es jurídicamente neutro

José Antonio Gómez 06/02/2026

La sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) de 5 de febrero de 2026 sobre la inmunidad de Carles Puigdemont (asunto C-572/23 P) no trata sobre hipotecas ni sobre índices de referencia. Sin embargo, pocas resoluciones recientes han tenido un potencial tan perturbador para el entramado jurídico y judicial que sostiene el IRPH en España. Al anular las decisiones del Parlamento Europeo por falta de imparcialidad, el TJUE no solo resolvió un conflicto político de alto voltaje: redefinió el estándar europeo de neutralidad institucional, con consecuencias que trascienden ampliamente el caso concreto.

Europa ha sido inequívoca. Las afinidades políticas, institucionales o ideológicas ya no son irrelevantes, ni siquiera cuando no se acredita una voluntad consciente de favorecer a una parte. Basta con que existan dudas legítimas sobre la imparcialidad para que un acto jurídico quede viciado de nulidad. En ese giro conceptual se encuentra la verdadera carga explosiva de la sentencia. Y es ahí donde el IRPH entra en escena.

Durante años, la justicia española ha operado bajo una presunción casi automática de imparcialidad judicial, especialmente cuando se trataba de proteger decisiones estructurales del sistema económico. En el caso del IRPH, esa presunción ha sido decisiva. El índice, diseñado y supervisado por el propio Estado, ha sido defendido por el Banco de España, respaldado por el Tribunal Supremo y validado de forma casi monolítica por los tribunales inferiores, incluso cuando el TJUE advertía reiteradamente sobre problemas de transparencia, comprensión real del consumidor y desequilibrio contractual.

La sentencia C-572/23 P quiebra ese esquema. El TJUE desplaza el foco desde la intención subjetiva del juez hacia la imparcialidad objetiva, protegida por el artículo 41 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea. Ya no importa si el magistrado cree actuar con neutralidad. Lo relevante es si existen garantías suficientes para excluir cualquier sospecha razonable de alineamiento con los intereses en juego. Y cuando esas garantías no existen, la justicia deja de ser válida, aunque haya sido dictada de buena fe.

Aplicado al IRPH, el problema es estructural. Los litigios sobre este índice no enfrentan únicamente a un consumidor con una entidad bancaria. En realidad, ponen en cuestión un diseño regulatorio estatal, un mecanismo defendido públicamente por autoridades económicas y avalado por el máximo órgano jurisdiccional español. En ese contexto, el juez no es un árbitro distante: forma parte del mismo ecosistema institucional cuya actuación se examina. Y eso, a la luz de la nueva doctrina europea, ya no es jurídicamente neutro.

El TJUE ha dejado claro que la pertenencia a asociaciones, la participación en actos públicos, la firma de manifiestos o la reiteración de posiciones institucionales previas son hechos objetivos, no anécdotas. En el caso que resolvió Luxemburgo, bastó la pertenencia del ponente a un grupo político afín a una de las partes acusadoras y su participación en actos con consignas explícitas para considerar que el procedimiento estaba contaminado. No se exigió probar animadversión personal ni conspiración alguna. La apariencia de parcialidad fue suficiente.

Trasladado al IRPH, el paralelismo es incómodo pero evidente. Magistrados que han intervenido en foros patrocinados por el sector financiero, jueces que han defendido públicamente la estabilidad del sistema hipotecario o tribunales que han aplicado de forma automática la doctrina del Supremo pese a las advertencias reiteradas del TJUE ya no pueden refugiarse en la presunción de neutralidad. La pregunta que se impone no es si actuaron con honestidad, sino si existían condiciones objetivas para disipar cualquier duda razonable sobre su independencia.

Este cambio de enfoque abre un escenario completamente nuevo para los afectados por el IRPH. La defensa ya no necesita demostrar una voluntad deliberada de perjudicar al consumidor ni una prevaricación explícita. La falta de imparcialidad objetiva, entendida como ausencia de distancia verificable respecto de los intereses regulados, se convierte en un argumento jurídico autónomo, capaz de arrastrar consigo resoluciones enteras. La nulidad deja de ser una excepción extrema para convertirse en una consecuencia lógica cuando el estándar europeo no se cumple.

La sentencia también introduce un elemento especialmente inquietante para el sistema judicial español: la nulidad en cascada. Si una resolución se apoya en decisiones previas dictadas por órganos que no reunían las condiciones de imparcialidad exigidas por el Derecho de la Unión, esa resolución queda igualmente comprometida. En el caso del IRPH, donde miles de sentencias descansan sobre una doctrina nacional cada vez más tensionada por Luxemburgo, el riesgo sistémico es evidente.

Lejos de generar inseguridad jurídica, el TJUE ha puesto fin a una seguridad ficticia, sostenida por la repetición de criterios internos sin un verdadero contraste europeo. La justicia, recuerda la sentencia, no solo debe hacerse, sino parecer que se hace. Y esa apariencia ya no es una cuestión estética ni moral, sino un requisito jurídico exigible.

Para el poder judicial español, el mensaje es claro y poco cómodo. El tiempo de las afinidades institucionales discretas, de las manifestaciones públicas inocuas y de la neutralidad asumida ha terminado. La imparcialidad ya no es una virtud íntima del juez, sino una condición externa, objetiva y comprobable, cuya ausencia conduce inexorablemente a la nulidad.

El IRPH, aunque no mencionado en la sentencia, emerge así como uno de los próximos grandes campos de batalla. Si Europa considera que la mera apariencia de alineamiento basta para invalidar decisiones políticas de alto nivel, resulta difícil sostener que un sistema judicial que ha hablado durante años con una sola voz en defensa de un índice cuestionado no deba someterse al mismo escrutinio. En Luxemburgo, al menos, la respuesta ya está escrita.