Vaya por delante mi convicción de que si no conseguimos acabar con la
corrupción en España será esa corrupción la que nos termine devorando como
país. La connivencia entre poderes públicos y empresas privadas, ayudados por
la inestimable presencia de los lobistas, los conseguidores,
intermediarios y comisionistas, ha penetrado de tal manera en el tejido
político y económico que ha terminado por moldear la sociedad a su medida.
España se divide entre los presuntos corruptos y corruptores y aquellas
otras personas que no pueden pertenecer a esa casta, aunque quisieran. Aquellos
que ha encontrado la manera de vivir muy holgadamente a base de chanchullos
varios y variados y aquellos otros que, por más que lo intenten no podrán pasar
de pequeños pillos, granujas, golfos y tunantes.
Al margen, como parias de esta nuestra tierra, apátridas, figuran quienes
creen que la sociedad, la política y la economía merecerían tener otra forma de
funcionar. Son los de la cáscara amarga, los que ponen pegas a todo, los que,
como una vez me dijo Esperanza Aguirre, parece que les molesta que les vaya tan
bien a sus compañeros.
Esos seres raros, ya fueran de izquierdas, pero también algunos en la
derecha, perdieron la guerra y nunca se beneficiaron de Transición alguna. A
fin de cuentas, la Transición fue una tremenda operación de blanqueo que
concedió la amnistía para todos, muertos y vivos, torturadores y torturados,
vencedores y vencidos y que permitió que la casta de jueces, policías,
políticos y adinerados del país siguieran intocables en sus puestos.
Vivimos hoy, como si fuera el final de los tiempos, la imputación del
expresidente del gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. El juez supone que se
ha embolsado casi 2 millones de euros de forma ilegal a base de tráfico de
influencias.
Es una imputación, aún no hay sentencia, pero la alarma está servida,
porque se entendía que Zapatero era de los de la cáscara amarga, de los que no
traficaba, sino mediaba, de los que no influía para llevarse pasta, sino para
sembrar paz en el mundo.
Y además está eso tan feo de sus hijas protegidas por papá Bambi, en una
empresita de marketing. Muchos en la izquierda se sienten decepcionados, la
verdad. El país ha asumido que puede votarse a los corruptos, a sus corruptores
y a los hijos de los hijos de corruptos y corruptores. Pero Bambi no puede caer
tan bajo. Tiene siempre que haber un tonto útil al que podamos creer, para seguir
yendo a votar, aunque sea tapándonos la nariz.
Resultaba cómico, enternecedor y hasta conmovedor, si no fuera tan
patético, tan descorazonador y tremendo aquello de Iñaki Urdangarín, afirmando
que, a fin de cuentas, él sólo hacía lo que veía que todos hacían en la familia
de su esposa. Jugando con el título de la obra de Zorrilla podríamos afirmar
que del Rey abajo… todos. La
verdad es que alguien debería revisar en profundidad los negocios de Aznar y
familia, o de González e hijos, a lo largo de todos estos años.
Resulta patético por su evidencia, a la que nadie quiere prestar atención
que, ante el juez, el que fuera mano izquierda de Aguirre y Secretario General
del PP madrileño, Francisco Granados, haya afirmado reiteradamente, con muy
escaso éxito, que la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, lo sabía todo
sobre los casos de corrupción de su gobierno y que en Madrid no se movía un
clavo sin que Aguirre lo supiera o diera el visto bueno.
En esa cantera trabajó Ayuso, con la alta misión de llevarle las redes
sociales a Pecas, el famoso perro de Aguirre. Ahí aprendió cómo hay que
moverse, qué hay que decir, cuánto hay que callar y el ejercicio de la chulería
necesaria para que las oscuras actividades de su entorno familiar sean pasadas
por alto y ella no tenga que pagar precio alguno. Tuvo buena maestra. Ella que,
ahora, utiliza el antisanchismo como arma contra todo lo que se mueve, incluido
Zapatero.
Ella vive de un sueldo
de unos 103.000 euros anuales y es propietaria de la mitad de una empresa
familiar que alquila viviendas. Hasta ahí, todo fruto de su trabajo y de las
herencias.
El problema comienza con
su Amador, que así se llama el novio. Dueño de varias empresas consultoras,
inversoras, intermediadoras, especializadas en asesorar a mutuas, o multinacionales
sanitarias como Quirón (hay quien le llama Alberto Quirón).
Sus empresas actúan como
intermediarias y conseguidoras de material sanitario por el mundo. Son
conocidas sus inversiones en el sector inmobiliario y en el negocio del
alquiler. Actualmente, el conviviente dueño del ático donde vive la presidenta,
se encuentra imputado y terminará sentándose en el banquillo, no se sabe
cuándo, más bien tarde, acusado de dos delitos fiscales y uno de falsedad
documental, como integrante de una organización criminal.
Hasta ahí los asuntillos
de su pareja. Pero Ayuso tiene un hermano que compra, vende, trajina, realiza
negocios, administra la empresa familiar, gerencia otra empresa tecnológica y
energética y en sus ratos libres como autónomo compra y vende materiales para
empresas y administraciones. Así, en plena pandemia, se metió en el negocio de
las mascarillas, se las vendió al IFEMA y se embolsó cientos de miles euros en
comisiones.
Caso archivado, por
supuesto. Total, estábamos en pandemia, los precios de las mascarillas por las
nubes y todos hacían la vista gorda. Por menos que eso andan Koldo y Abalos por
los pasillos de la penitenciaría. Pablo Casado perdió su cargo de jefe del PP
por preguntar más de la cuenta por los asuntos familiares de Ayuso.
Esta mujer, parece que está tan bien informada en medios jurídicos que ya
anunció la que se le venía encima a Zapatero inmediatamente antes de la
imputación. Y ya ha trazado su estrategia hablando de un gran escándalo
internacional, llamando a Zapatero el Padrino de Sánchez y emprendiendo de
nuevo una huida hacia adelante para que nadie hable de sus relaciones
familiares.
Un día, hace ya muchos años, en plena burbuja inmobiliaria, un amigo, me
dijo que en esta España de pelotazos inmobiliarios la presunción de inocencia
no regía para los concejales de urbanismo en los Ayuntamientos. Creo que, en
esta España, en el caso de la política y la economía, tal vez la presunción de
inocencia tampoco funciona automáticamente.
Un político, un empresario, a cualquier nivel tiene que ser honrado y
parecerlo, como la mujer del César. Pero esos especímenes no abundan. El que pueda hacer que haga, el que pueda
trincar que trinque. Desgraciadamente, vamos necesitando una nueva
transición anticorrupción. Seguramente no se haga nada porque hacerlo supondría
la renovación de demasiadas caras en nuestra política y también en nuestra
economía.