Comentario: La muy canalla americana de los yanquis -junto a la propia degeneración de la política propia- se ha cargado la Cuba de la revolución. Pero, ojo, porque esto puede que no acabe en Cuba sino se le da una solución al contrato social en España y en media Europa.
Análisis social de cómo los principios de la revolución se desvanecen entre las nuevas generaciones que ven como única salida la huida del país
Maximiliano Fernández Ibarguren
Llegar a Cuba es
sumergirse en un imaginario lleno de música, color y ritmo. Pero tras esa
fachada festiva, la realidad cotidiana de los cubanos revela otra historia:
carestía de productos básicos, salarios de apenas 12 dólares
al mes y la lucha diaria por sobrevivir. Una lucha que ellos
llaman “resolver la vida”, una
expresión tan ingeniosa como reveladora de la precariedad en la que viven.
La resignación de quienes creyeron en la
revolución
Durante mis 12 días recorriendo la isla, conversé con camareros, taxistas,
guías turísticos y trabajadores de hoteles. Muchos de ellos vivieron la
revolución siendo niños y crecieron creyendo que Cuba podía ser un país diferente, fiel a los
principios de igualdad y justicia social que la promovieron, incluso pese al
durísimo bloqueo económico y comercial impuesto por Estados Unidos.
Hoy, sus rostros reflejan cansancio y desazón. Todos ellos sobreviven con
sueldos pírricos que los obligan a depender, en buena medida, de la caridad de
los pocos turistas que aún visitan la isla. “Nos han
abandonado, nos sentimos abandonados”, me repetían, con
sinceridad y sin miedo, especialmente al hablar del fin del apoyo soviético
tras la caída de la Unión Soviética,
aunque sin quitar peso a la falta de soluciones internas del régimen frente
al bloqueo estadounidense.
Los jóvenes y la ruptura generacional
A pesar de su dura realidad diaria, en las calles, en las guaguas, en los
taxis y en los hoteles, los cubanos de más de 60 años conservan los principios
y valores de la revolución con la que nacieron y crecieron. Sin embargo, con un
cierto halo de nostalgia y melancolía, también manifiestan su preocupación por
la desafección de los jóvenes, que han dejado de ser el relevo generacional que
la revolución necesitaría para sostenerse como proyecto político en un mundo
cada vez más capitalista y feroz. Y esta inquietud está más que justificada:
los jóvenes no encuentran motivos para defender unos principios que no les
garantizan una vida digna, enfrentando salarios simbólicos, cortes de luz que
dejan sus casas a oscuras durante horas o incluso días, y una alarmante falta
de medicamentos básicos.
Muchos confiesan abiertamente que su plan a corto plazo es emigrar, pero ya
no a Estados Unidos, como hicieron en el pasado muchos de
sus familiares y amigos. “Trump nos lo está poniendo muy
difícil con las redadas, ya no es un país seguro para nosotros”,
afirmaban. Conseguir la nacionalidad española a través de
la Ley de Memoria Democrática se ha convertido en
una tabla de salvación. “Quiero una buena educación y
sanidad para mis hijos”, me confesó entre lágrimas un agricultor
cafetero del parque natural de Topes de Collantes.
Ni comunismo ni libertad
Cuando en nuestro país algunos dirigentes políticos lanzan desde sus
mítines o desde la comodidad de sus despachos proclamas maniqueas con el único
objetivo de acaparar titulares del tipo “Comunismo o Libertad”,
bastaría con que pisaran Cuba para
desmontar ese falso dilema. Allí no hay libertad, pero
tampoco hay comunismo. Las ideas comunistas que inspiraron la
revolución de los hermanos Castro y
del Che Guevara pudieron tener sentido frente a la
dictadura de Fulgencio Batista, primero presidente servil a los
intereses de Estados Unidos y, después,
dictador al servicio de la burguesía europea y de la aristocracia
norteamericana.
Con el paso de los años, el bloqueo económico estadounidense puso serios
obstáculos al desarrollo social prometido por la revolución. Pero también es
innegable que el propio sistema fue perdiendo legitimidad entre los cubanos
cuando su situación personal empeoró: recortes en las cartillas de
racionamiento, estanterías vacías en las famosas “Bodeguitas” de suministro de
alimentos, hoy reducidas a una mera presencia testimonial, y la incapacidad del
Estado para garantizar la subsistencia diaria. Poco a
poco, esta realidad fue erosionando los valores de una sociedad que se había
sentido orgullosa del triunfo de 1959.
La degradación de un modelo
En definitiva, en Cuba no hay comunismo. Lo que existe es la degradación de un modelo que nació con ideas
interesantes para garantizar igualdad de derechos y luchar contra las clases
aristocráticas y burguesas que, gracias a la desigualdad, la corrupción y la
explotación de recursos y mano de obra, disfrutaban de todos los privilegios.
Hoy, en Cuba, ya no queda nada de eso, y menos comunismo. Comunismo no es igualdad en la pobreza, no es mendigar la caridad
de los turistas, y no puede ser que un cubano tenga que salir a la calle a
pedir un Paracetamol para poder curar un simple dolor de cabeza.
La Cuba de hoy demuestra cómo un modelo que en los
libros de filosofía parecía perfecto para una sociedad justa ha terminado
sumiendo a todo un país en la subsistencia y la pobreza. Con los salarios tan
bajos que paga el régimen a todos sus empleados, no basta para vivir.
Si se trata de satisfacer un mínimo de necesidades básicas, el “resolver la vida” ya está normalizado por
gran parte de sus ciudadanos e incluso inculcado desde el gobierno cubano. Esta
circunstancia implica estar en estrecho contacto con los turistas extranjeros,
con los cuales se deshacen en atenciones y amabilidad a cambio de propinas que,
en la mayoría de los casos, superan el importe de su salario mensual.
Sin embargo, en un turismo cada vez más menguante, debido a la propagación
de críticas sobre la situación de la isla en cuanto a suministros y calidad de
los servicios hoteleros, el margen de la población local para “resolver la vida” no ha hecho más que
reducirse, empeorando sus condiciones de vida. “Es una lucha, nuestra lucha”, me confesaban.
Contrastes de una isla herida
En las calles de La Habana, aquella
ciudad monumental que en los años 50 fue conocida como la “Las Vegas del Caribe”, la tristeza y la nostalgia son
palpables. La música sigue sonando, pero los rostros de camareros, conductores
de guaguas y guías turísticos revelan un desgaste profundo. La alegría
que Cuba exporta al mundo contrasta con la dura
realidad de quienes viven con salarios miserables.
Cuba es hoy un país de contrastes extremos: un paraíso turístico en apariencia
y una lucha diaria por sobrevivir en la práctica. Detrás de los colores, los
ritmos y las sonrisas, la vida de los cubanos recuerda que la felicidad no siempre es sinónimo de bienestar.
El capitalismo tampoco es un paraíso
Pero ojo: en el mundo capitalista tampoco sobra libertad ni bienestar
económico. La ola reaccionaria de los partidos de extrema derecha,
que persiguen inmigrantes, amedrentan periodistas, recortan ayudas sociales y
obligan a contratar seguros privados de salud o educación en un contexto
de “sálvese quien pueda”, demuestra que tampoco
estamos exentos de degradación. De hecho, y aunque cueste
creerlo, ya estamos viviendo también la degeneración del capitalismo tal como
lo hemos conocido hasta ahora, incluso promoviendo la agitación
social en las calles mediante manifestaciones violentas y fomentando la
propagación de bulos en redes sociales para desinformar a la ciudadanía. Esta
deriva está hoy representada por formaciones políticas de extrema derecha lideradas
por Donald Trump en Estados Unidos, en
nuestro país por Santiago Abascal o Isabel Díaz Ayuso, Giorgia Meloni en Italia, André Ventura en Portugal, Viktor Orbán en Hungría y Marine Le Pen en Francia.