OPINIÓN: ¿Un escudo "social" para el latifundio?


El estreno de la película de Santiago Segura divide a la sociedad española entre quienes ven solo una historia divertida o un blanqueamiento del fascismo
Torrente presidente, la última película
de Santiago Segura, está arrasando en los cines de todo el
país. Le ha gustado hasta a Carlos Boyero, el
implacable crítico que reconoce haberse partido de la risa con el film. Cosas
de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir.
En esta sexta parte de la saga, el policía más famoso del esperpento
español da el salto a la política convencido de que la nación necesita más patriotismo, mano dura y orden. Es
decir, lo que viene siendo un hombre fuerte; el franquismo de toda la vida.
Como no podía ser de otra manera, la cinta ha provocado un nuevo enfrentamiento
de las dos Españas. A un lado quienes ven una
simple parodia del momento histórico sin más pretensiones que hacer pasar un
buen rato al público. Al otro quienes entienden la historia del sucio detective
como un blanqueamiento del fascismo, ya que por la pantalla transitan
personajes reales de la fauna ultra ibérica en cortos cameos (Vito Quiles hace de él mismo, o sea de acosador
fascista, según Pablo Echenique). En ese punto es
donde cabe preguntarse si Segura, un tipo tan habilidoso para la comedia como
para forrarse con las taquillas, se limita a hacer humor con la decadencia de
la democracia, la tentación del populismo y la manipulación de las
masas, o se ha limitado a quedar bien con los amiguetes, también con los
fachas. Y ahí es donde podemos concluir que el rey Midas del cine español se ha situado en una
equidistancia sospechosa, más teniendo en cuenta que hasta se permite hablar de
un partido verde viscoso, Nox (el paralelismo con Vox es evidente), sin un atisbo de crítica y
beligerancia política.
Todo en la saga de Torrente es más
de lo mismo desde que se estrenó la primera entrega en 1998: el humor zafio y
chabacano, lo políticamente incorrecto tan de moda hoy en las redes sociales,
el chiste verde machista. Segura rueda desde arriba, planeando sin mojarse ni
ensuciarse, asépticamente, sin mezclarse con rojos o azules y sin entrar en si
el negacionismo de la violencia machista, de la ciencia y del cambio climático
que practica el partido de Abascal supone
un auténtico drama para el país. El director filma alegremente, ji ji ja ja,
como si estuviese en una divertida fiesta de cumpleaños rodeado de su
superpandi. Lo malo es que mientras su sarao del absurdo se alarga, el
trumpismo hermanado con ese partido verde viscoso nos arrastra al nuevo
cibernazismo, la economía mundial se hunde en un crack sin precedentes y la
sombra de la Tercera Guerra Mundial se hace
más presente que nunca. Mientras el desaliñado y rijoso Torrente se suelta un
cuesco, o se tira un eructo, o se hace unas pajillas sin mariconadas, decenas
de miles de personas son asesinadas en Gaza, Irán o Líbano en
genocidios comparables a los perpetrados por los nazis durante el siglo pasado
pero que ya no parecen interesar a nadie. Poca broma con eso, amiguete Santi.
Tras más de cien años desde que los hermanos Lumière inventaron
el cine, han quedado buenos ejemplos de comedias hilarantes, tronchantes y
desternillantes que, además de divertir y entretener, transmitieron nobles
valores como la libertad, la justicia y el respeto a los derechos humanos. Ahí
está Ser o no ser, de Lubitsch, una mordaz
caricatura de los patéticos nazis; El gran dictador, de Chaplin, sátira
feroz de las dictaduras de Hitler y Mussolini; o La vida es bella,
de Roberto Benigni, la historia de un judío que, a base de
cuentos y juegos infantiles, trata de evitar que su hijo se entere de que ambos
están internados en un campo de concentración y a un paso de la cámara de gas.
Incluso Bob Fosse demostró que se puede hacer un ameno
musical como Cabaret sin perder de
vista que en el Berlín de los años 30 los “camisas pardas” le partían la cabeza
a uno en plena calle y por cualquier menudencia. Todas esas producciones para
la historia rezuman un aroma a resistencia y subversión frente a la barbarie
fascista que, por desgracia, no encontramos en la oportunista Torrente presidente. Y en esa indolencia es donde
radica, quizá, la mayor decepción de la película de Segura, que no por
divertida deja de entrañar una peligrosa falacia: la de que todo este revival
ultraderechista es poco menos que una performance friqui o anécdota pasajera.
Pues no lo es; nos encontramos ante algo siniestramente real. Vivimos una época
trágica que exige movilización, sobre todo desde el mundo del arte y la
intelectualidad. Contra la guerra cultural de Vox, más cultura y más
comprometida.
En su película, Segura alardea de reírse de todo y de todos (aquello tan franquista
de “todos los políticos son iguales porque todos son unos corruptos”), pero el
resultado es el peor que podría darse: el cinismo, el nihilismo pasota y el
descreimiento que allana todavía más el camino a las botas del salvapatrias de
turno. Convertir a un policía facha en un héroe posmoderno es el último
disparate en la gran ceremonia de la confusión de las decadentes democracias. Y
quizá ahí radique la peor de las trampas. Los espectadores ultras la
disfrutarán babeando; los apolíticos también sin entender que le están metiendo
el ideario por la retaguardia y sin enterarse. En el primer grupo está el
propio Feijóo, que le ha encantado la peli (como no podía ser
de otra manera en alguien algo justito de cultura que coquetea con el
fascismo) y hasta se la deja ver a su hijo de nueve años saltándose la
normativa de edad. Así se amamanta en el populismo a las nuevas generaciones.
Gente que seguirá creciendo sin valores ni principios, según la lógica
torrentiana; gente aborregada criada en la carcajada gratuita y estéril; gente
capaz de decir no a la guerra y de apoyar la guerra de Trump (el poli corrupto internacional o Torrente
yanqui por excelencia) todo en el mismo párrafo.
La risa está bien, pero la risa vacua, la risa nerviosa, la risa tonta y
superficial en una tarde anodina de palomitas y coca colas, se acaba
convirtiendo en un alimento venenoso y letal para la sociedad civilizada en
vías de destrucción. Por mucho que el indigesto menú lo haya catado, servido y
dado el visto bueno nuestro admirado Boyero.
Comentario: Antequera nos adelanta el apocalipsis, pero aún no están las cosas para tanto. Hace muy poco hemos comprobado cómo en Castilla-León con sólo haber pronunciado Sánchez el “no a la guerra” se ha movilizado el electorado de izquierdas del PSOE y los ultras se han quedado con la miel en los labios. Y para no ir muy lejos, hemos podido comprobar como el socialismo francés sigue muy vivo en las principales ciudades de Francia, donde, por cierto, llevan los ultras de Le Pen dando la lata muchos años sin conseguir llegar al poder. No, mi querido Antequera, todavía no hay motivos para pensar en el cuarto Reich, pues los que sí lo creen son minorías y lo de Trump está a punto de derrumbarse, cualquier día lo mandan los yanquis al carajo, como, ciertamente, han hecho los ayatolás en Irán. Y lo de Putin no es otra cosa que una enorme oligarquía, nada que ver con el fascismo. Y, que nadie olvide, que los ucranianos son los únicos culpables de esa guerra con Rusia que ellos provocaron con sus abusos en el Dombás prorusos.
El nuevo fascismo trumpista controla ya las sociedades modernas, donde la democracia empieza a ser un recuerdo del pasado
El hombre en el castillo es una novela
de Philip K. Dick que plantea un escenario ucrónico
(género literario que especula con qué hubiese sucedido de haber terminado un
determinado acontecimiento histórico de forma distinta a como ocurrió). El
relato recrea, como hipótesis de historia ficción, una victoria total de las
potencias fascistas del Eje (Alemania, Italia y Japón)
durante la Segunda Guerra Mundial. De esta
manera, la esvástica termina ondeando en todo el planeta, también en los Estados Unidos de América, y ya toda la humanidad brazo
en alto y Heil Hitler. Tal argumento,
propio de la especulación literaria, empieza a ser escalofriantemente real.
Oficialmente, el Tercer Reich se
dio por derrotado en 1945, pero hoy ya tenemos indicios suficientes para
concluir que aquello no fue más que un espejismo, un paréntesis, una pausa o
intermedio en la hegeliana dialéctica de la historia. A lo largo de los últimos
ochenta años, el fascismo en la sombra se ha ido rearmando, avanzando
posiciones, ocupando todos los frentes de las sociedades occidentales. Hoy está
más fuerte que nunca en todo el mundo. El trumpismo, la gran internacional
fascista MAGA, es la continuación del Tercer Reich por otros
medios, es más, es el Cuarto Reich en potencia y en acto. Una vez más, la
imaginación prodigiosa de Philip K. Dick fue capaz de vislumbrar el futuro
sombrío y distópico que nos espera.
Hay no pocos indicios para concluir que ya estamos viviendo, quizá sin que
nos hayamos dado cuenta aún, en un régimen nazi. Y no solo el ascenso al poder
global de un tipo como Donald Trump racista,
golpista y genocida declarado. Alguien que ha amenazado con liquidar la Constitución americana para perpetuarse en el
poder de forma vitalicia y ya para siempre. Hay otros síntomas que, aunque no
queramos verlo ni afrontarlo, nos sitúan de lleno en un escenario como el
planteado por la célebre novela ucrónica del genio de la anticipación. El
modelo democrático liberal ha entrado en crisis y en los cinco continentes se
abren paso partidos de corte neofascista. Los sistemas parlamentarios naufragan
en franca decadencia. Y la fragmentación política, la polarización y el odio
alimentado por las redes sociales (sobre todo por X, el altavoz mediático del goebelsiano Elon Musk) han creado una atmósfera política tóxica e
irrespirable generadora de conflictos entre personas, sociedades y pueblos. La
desafección de buena parte de la ciudadanía hacia la democracia (sobre todo de
los más jóvenes que se afilian alegremente a los nuevos partidos fascistas,
como en tiempos de la Europa de los
convulsos años 20 y 30) es el mejor indicador reflejado en las encuestas
sociológicas. Que uno de cada cuatro adolescentes españoles declare que
prefiere una dictadura a un régimen de libertades confirma los peores
presagios.
El mundo de ayer se ha derrumbado (como predijo Stefan Zweig, paradigma del suicida que prefirió morir
junto a su esposa antes que seguir viviendo bajo una terrorífica dictadura); el
Derecho internacional ha quedado liquidado, muerto y enterrado; y en todas
partes emerge el mito del hombre fuerte, providencial, carismático llamado a
salvar a la patria. Y si aún no hemos llegado al horror del horno crematorio,
tal como ocurrió durante el Holocausto judío
entre 1940 y 1945, no estamos tan lejos, ya que convivimos armoniosamente con
otras cámaras de gas al aire libre, como el campo de exterminio de la Franja de Gaza. Trump promete
levantar un complejo hotelero de lujo sobre los cadáveres de decenas de miles
de asesinados; los militares de Netanyahu planifican
otras “soluciones finales”, otros genocidios similares en el Líbano y Cisjordania; y Putin masacra a los ucranianos.
El ciudadano medio vive aterrorizado, pero no por los horrendos crímenes
contra la humanidad que en nombre del nuevo Cuarto Reich se cometen cada día y
a los que asiste indolente por los noticieros de la televisión –mientras
engulle sin pensar una pizza o una hamburguesa–, sino porque el litro de
gasolina anda por las nubes y muy pronto no le dará el bolsillo para su
pequeñoburgués y contaminante coche barato. Se ha normalizado la violencia y
las mujeres son asesinadas a diario, mientras los partidos del movimiento ultra
ensalzan el machismo y niegan el feminismo. Se han abolido los principios
elementales de la convivencia, se ha deshumanizado a quien piensa diferente
(reduciéndolo a la categoría de insecto a fumigar), el ruido y la furia
del haterismo rampante ha sustituido al respeto, al
diálogo y a la buena educación. Todos llevan un supremacista dentro y pronto
llegarán las delaciones entre vecinos y familiares.
Las potencias europeas vuelven a rearmarse hasta los dientes en una loca
carrera hacia el desastre nuclear, tal como ocurrió en los peores tiempos del
siglo XX, y hasta la ilustrada y pacífica Francia de Macron, con sus ojivas modernistas o de art nouveau, se suma al aquelarre final contra la
supervivencia de la especie humana.
Hoy se revisa la historia para amoldarla a la nueva ideología nazi, en
todas partes surgen discursos de odio racial, sexual y político y la religión
medievalista retorna con fuerza (que se lo pregunten si no a las mujeres
de Sagunto expulsadas de las cofradías de Semana Santa por el patriarcado hetero, blanco y
ultraconservador). Al mismo tiempo, el capitalismo tecnológico va creando sus
crisis de entreguerras, el desempleo, la desigualdad y el miedo al futuro,
caldo de cultivo perfecto para el advenimiento del aprendiz de Hitler de turno. Otra vez el culto al líder, otra
vez los enemigos y traidores a la patria. Las minorías son perseguidas (los
científicos e intelectuales por rojos o zurdos, los inmigrantes por negros, los
homosexuales por mariquitas). Retornan los cánticos que nos helaron la sangre y
las soflamas nacionalistas cara al sol sobre el falso amor a la patria. La
tiranía se ha instalado entre nosotros, que seguimos anestesiados, zombificados
y enganchados al influjo narcotizante del Gran Hermano.
Cuenta la leyenda que antes de que los árbitros se profesionalizaran -como cobraban “poco”- los grandes Clubes como el Real Madrid (supongo que Barça y los demás hacían lo mismo) regalaban un reloj de oro a los árbitros que se portaban bien con ellos. Es curioso, se dice por ahí, como la familia del árbitro extremeño Sánchez Ibañez -tras su fallecimiento- encontró unos pocos de relojes cuando sólo esperaba encontrar uno. Si es así, está más que claro que este buen hombre se portó demasiado bien con los merengues y de ahí su recompensa.
Hoy
día, los árbitros cobran un suculento salario y no deberían mostrar partidismo
por ningún Gran Club, pero no ocurre así. El arbitraje sigue siendo parcial y,
en casos, muchos casos, sobre todo con Real Madrid y el Barça excesivamente
parcial.
Valga
como ejemplo de lo anteriormente dicho lo ocurrido ayer en el partido Real
Madrid-Atlético de Madrid, donde el árbitro mostró una gran parcialidad hacia
el Real Madrid que queda manifiesta en los datos del partido: 15 faltas pitadas
al Atlético, un penalti claro sin pitar que conllevaba además una expulsión
cuando el partido iba 0-1 y un penalti pitado en contra sin prueba de que
existiera (ni se recurrió al VAR ni nada de nada, penalti y ya está) para
encarrilarle el partido a los blancos, que curiosidades del futbol, sólo se les
pitaron dos faltas en todo el
partido (caso jamás ocurrido en el mundo en este tipo de partidos en más de 150
años) y una de ellas fue para quizás enderezar un poco el entuerto patente con
expulsión del madridista Valverde, que, dicho sea de paso, debería haber
acompañado a Carvajal que debió ser expulsado antes.
En
fin, un 3-2 final a favor del Real Madrid que debería, en justicia, haber sido
un 2-3 a favor del Atlético de Madrid. Y una curiosidad más (bueno, dos
curiosidades): primera, el árbitro se dirigió al entrenador del Real Madrid
para darle explicaciones (o quizás, pedirle perdón) sobre la expulsión de
Valverde, lo que no suele ser habitual en los partidos de fútbol de la
actualidad; y segunda, con este penalti a favor, el Real Madrid lleva camino de
establecer un record muy difícil de igualar y, por supuesto, camino de superar
su propio record en una Liga.
Para
terminar: sólo decir que las veces que el Real Madrid ha sido favorecido en los
partidos contra el Atlético de Madrid son incontables, casi en todos los
enfrentamientos salvo cuando el Atlético se desata y le coloca un 5-2 como en
la primera vuelta de la actual liga. Y, que nadie olvide que dos copas de
Europa de esas que tanto presumen deberían ser, sino hubiera habido
arbitrariedad manifiesta, del Atlético de Madrid.
Ayuso ha mutado. Ya no trata únicamente de disputar políticas o modelos de gestión, sino de cuestionar las reglas del propio sistema bajo la sospecha de manipulación, exactamente igual que la extrema derecha europea o Donald Trump en Estados Unidos
Los cambios sociopolíticos derivados de la crisis económica de 2008 han
provocado que pocas ideas hayan viajado tan rápido desde la periferia
ideológica hasta el centro del debate público como la llamada teoría del “gran reemplazo”. Lo que durante años fue un
artefacto intelectual promovido por figuras como Renaud Camus ha acabado permeando discursos de
líderes y analistas en ambos lados del Atlántico, desde Elon Musk hasta J. D. Vance, pasando por gran
parte de los líderes de la extrema derecha e iberoamericana. En
esencia, plantea que las élites y los progresistas promueven la inmigración
para alterar la demografía y, con ello, el equilibrio político.
En España, esta narrativa ha encontrado una versión propia, adaptada a
claves locales y electorales. Y es aquí donde la figura de Isabel Díaz Ayuso emerge como protagonista
de una deriva preocupante: la instrumentalización de teorías conspirativas para
erosionar la confianza en el sistema democrático.
En sus primeras referencias, Ayuso insinuó riesgos culturales asociados al
islamismo en Europa, en línea con discursos ya presentes en otros países y en
los argumentarios de líderes ultras como Marine Le Pen, Nigel Farage,
Santiago Abascal, Alice Weidel o Geert Wilders. Sin embargo, el giro
más significativo ha sido trasladar ese marco al terreno electoral: la idea de
que el Gobierno de Pedro Sánchez estaría
manipulando el censo mediante nacionalizaciones masivas para alterar resultados
futuros.
Este argumento, amplificado por su entorno político y mediático, transforma
una política pública, esto es, la concesión de nacionalidad en virtud de leyes
como la de memoria democrática, en una supuesta operación de ingeniería
electoral. La insinuación es clara: nuevos ciudadanos equivaldrían
automáticamente a nuevos votantes progresistas. Pero aquí es donde la
conspiración empieza a desmoronarse.
Distorsión deliberada
Uno de los elementos más problemáticos del discurso es la confusión y la
manipulación interesada entre regularización de inmigrantes y concesión de
nacionalidad. Son procesos radicalmente distintos en el ordenamiento jurídico
español. Este hecho clave no es mencionado por Isabel Díaz Ayuso, lo cual
indica que su relato ya forma parte de los procedimientos conspirativos.
La regularización permite a una persona extranjera
residir y trabajar legalmente en el país. No implica, en ningún caso, la
adquisición de derechos políticos. Un inmigrante regularizado no puede votar en elecciones generales ni
autonómicas, ni lo hará en el corto plazo salvo que inicie y complete un
largo proceso de nacionalización.
La nacionalización, por el contrario, sí otorga la
ciudadanía plena, incluido el derecho al voto. Pero incluso aquí existen
matices esenciales: muchos de los nuevos nacionales derivados de la ley de
memoria democrática residen fuera de España y deben inscribirse en el censo
correspondiente para poder votar. No se trata de una masa electoral automática
ni homogénea.
Ignorar estas diferencias no es un error técnico menor; es el núcleo de una
narrativa que sugiere, sin pruebas, una manipulación estructural del sistema.
El mito del voto inmigrante de izquierdas
Aún más débil es la premisa de que estos hipotéticos nuevos votantes
responderían de forma uniforme a un mismo patrón político. La evidencia
empírica desmiente esta simplificación.
Los comportamientos electorales de ciudadanos de origen extranjero varían
según múltiples factores: país de origen, nivel socioeconómico, trayectoria
migratoria. En algunos casos, como los votantes procedentes del exilio
de Cuba o Venezuela, existe una tendencia hacia opciones
conservadoras. En otros, ocurre lo contrario. No hay, en suma, un “voto
inmigrante” monolítico.
La afirmación de que las nacionalizaciones constituyen un “pucherazo”
moderno no solo carece de pruebas, sino que simplifica hasta lo grotesco una
realidad compleja.
La conspiración Ayuso
El desplazamiento discursivo de Isabel Díaz Ayuso no se entiende sin
observar su evolución política reciente. Durante años, su estrategia se
articuló en torno a una confrontación frontal con Pedro Sánchez: crítica
fiscal, denuncia de políticas económicas, oposición a la gestión de la pandemia
o al modelo territorial. Era una oposición dura, pero legítima y reconocible
dentro de los márgenes clásicos de la política democrática.
Sin embargo, en su fase más reciente, ese antagonismo ha mutado. Ya no se
trata únicamente de disputar políticas o modelos de gestión, sino de cuestionar
las reglas del propio sistema bajo la sospecha de manipulación. Para Ayuso,
Pedro Sánchez ha dejado de ser un rival legítimo para convertirse en el
supuesto arquitecto de una operación encubierta para alterar el resultado
electoral.
Este salto cualitativo de la crítica al cuestionamiento del
proceso marca la entrada en una lógica conspirativa. La hipótesis de que
el Gobierno utiliza instrumentos legales, como la regularización, para
perpetuarse en el poder no se sostiene sobre pruebas verificables, pero cumple
una función política clara: reforzar la idea de que la competencia electoral ya
no es equitativa.
En este marco, el discurso deja de buscar convencer al votante indeciso y
pasa a movilizar al convencido mediante la desconfianza. Es un cambio de
registro que acerca el debate español a dinámicas vistas en otras democracias,
donde la sospecha sobre el fraude o la manipulación se convierte en herramienta
de combate político.
Deslegitimación democrática
El problema de fondo no es únicamente la manipulación de los datos, sino el
efecto político de este tipo de discursos. Al sugerir que el sistema electoral
puede ser manipulado desde dentro, se introduce una duda corrosiva sobre la
legitimidad de los resultados.
No es un fenómeno aislado. En otros contextos, teorías similares han sido
utilizadas para cuestionar elecciones y polarizar sociedades, como ha sucedido
con Donald Trump quien llegó a provocar el asalto violento al Capitolio. La
importación de estas narrativas al debate español marca un cambio cualitativo:
de la confrontación política tradicional a la sospecha estructural sobre las
reglas del juego.
En este sentido, las acusaciones sin pruebas que las respalden dirigidas al
entorno de Félix Bolaños encajan en un patrón más amplio de construcción
de enemigos institucionales.
La normalización de teorías como el “gran reemplazo” no es inocua, es un
gran peligro. En países europeos, su difusión ha ido acompañada de un
endurecimiento del discurso público y de un desplazamiento del debate hacia
posiciones cada vez más radicalizadas. La ficción literaria de Michel Houellebecq en Sumisión imaginaba un vuelco cultural
improbable: la política contemporánea parece empeñada en convertir esas
fantasías en herramientas retóricas.
En España, la adopción de este marco por parte de dirigentes
institucionales introduce un elemento de riesgo adicional: legitima ideas que
antes estaban confinadas a los márgenes de las teorías de la conspiración.
Alto coste democrático
Desde un punto de vista estrictamente político, la estrategia puede ofrecer
réditos a corto plazo: moviliza bases, simplifica el conflicto y desplaza el
foco del debate. Pero sus costes son profundos.
Al destruir la confianza en el sistema electoral, se debilita uno de los
pilares fundamentales de la democracia. Al presentar la inmigración como una
amenaza electoral, se distorsiona un fenómeno complejo y se alimenta la
polarización social. Y al sustituir el análisis por la sospecha, se empobrece
el debate público.
La arquitectura de la mentira
La manipulación del relato ha dejado de ser una
herramienta secundaria para convertirse en el eje central de la estrategia de
control. Lo que antes se entendía como simple propaganda se ha transformado en
una conspiración política digital diseñada para
erosionar la confianza en las instituciones democráticas. Esta nueva forma de
guerra híbrida no busca necesariamente que el ciudadano crea una mentira
concreta, sino que deje de creer en la existencia de una verdad compartida,
sumiendo a la sociedad en un estado de parálisis y sospecha permanente.
La desinformación estratégica opera mediante la
saturación de los canales de comunicación, donde el exceso de ruido impide la
fiscalización del poder. Cuando un actor político utiliza la posverdad para desviar la atención, como hace Isabel
Díaz Ayuso, de problemas estructurales o casos de corrupción, no está
simplemente mintiendo, está ejecutando un plan deliberado para modificar la
percepción de la realidad. Esta ingeniería social basada en el
miedo utiliza algoritmos de segmentación para entregar mensajes
personalizados que refuerzan los prejuicios del votante, creando cámaras de eco
donde la disidencia es vista como una traición o una conspiración externa.
La verdadera amenaza a la democracia reside
en la capacidad de estas narrativas para desmantelar el consenso social. Al
introducir noticias falsas o bulos con
apariencia de rigor, se construye una realidad paralela que sirve a intereses
electorales específicos. Esta manipulación de la opinión
pública se nutre de la polarización extrema, convirtiendo al
adversario político en un enemigo existencial. En este escenario, en la
estrategia de Ayuso, el relato oficial se convierte en una armadura contra los
hechos, permitiendo que las élites políticas evadan su responsabilidad mediante
la creación de chivos expiatorios y teorías del complot que mantienen a la base
electoral en un estado de alerta constante.
Ilustres purgados por la cúpula firman un manifiesto reclamando un congreso extraordinario para refundar el partido
Los purgados de Vox están hartos. Espinosa de los Monteros,
Macarena Olona, Ortega Smith… Son demasiados los cadáveres en el
armario, los laminados por el jefe Abascal, y todos ellos han decidido pasar a
la ofensiva. Exdirigentes ultras defenestrados, encabezados por el
propio Espinosa, han hecho circular un manifiesto en contra de la dirección
nacional. Reclaman más libertad interna y un congreso extraordinario “con
plazos suficientes y reglas claras”. Los animosos purgados, sin embargo, no han
caído en la cuenta de un pequeño detalle: los estatutos del partido impiden
congresos extraordinarios sin un 20 por ciento de votos de la militancia (unos
60.000 afiliados, según las estimaciones de la organización). Es la forma de
blindar al caudillo. El autoritarismo neofascista era esto.
“Es hora de abrir el debate sobre el futuro de Vox”, aseguran los firmantes
del manifiesto, entre los que además están el exvicepresidente del
partido Víctor González Coello de Portugal y el expresidente en Murcia
José Ángel Antelo (otro ejecutado). También están en la lista
de disidentes Rubén Manso, Víctor Sánchez del Real, Juan Luis Steegmann, Malena
Nevado y Francisco José Contreras.
Las críticas internas están adquiriendo tintes de auténtica revolución
dentro del partido. Y la lucha es encarnizada, sangrienta, feroz. Ahí está Juan
García-Gallardo, exlíder de la formación en Castilla y León también purgado,
quien ha llegado a asegurar que antes de su dimisión descubrió que Abascal “se
estaba embolsando un tercer sueldo en la cuenta corriente de su mujer”, según
informa La Sexta. En una entrevista para El Mundo, García-Gallardo ha afirmado que ese fue el momento
en el que perdió la “confianza” en él: “Conocí que se estaba embolsando un
tercer sueldo, a través de un proveedor del partido, en la cuenta corriente de
su mujer, por unos presuntos servicios de consultoría en materia de redes
sociales a una sociedad mercantil que está en pérdidas y en causa de
disolución. 60.000 euros por unos servicios que nos tendrán que explicar”.
El abogado ha ido más allá y ha asegurado que “hay enormes cantidades de
recursos públicos a los que accede el partido para beneficio último de muy
poquitas personas”, y que existe una “galaxia de sociedades” a priori externas
a Vox, pero que acaban formando una “especie de parapartido que está
parasitando los recursos económicos de Vox”, añade La Sexta. Y remata: “A este paso, Vox quedará como el plan de pensiones de Abascal”.
Desde el partido se echa balones fuera. Fuentes internas invita a los
disidentes a que “dejen en paz” a Vox, que lo único que necesita son “grandes
constructores de equipos” y “grandes líderes”. Que se metan “el ego donde les
quepa”, espetan.
Entre los impulsores del manifiesto también está el primer presidente de
Vox y concejal en Madrid, Ignacio Ansaldo; la vicealcaldesa de Toledo por Vox,
Inés Cañizares; la exlíder del partido en Madrid, Rocío Monasterio; la diputada
autonómica de Cataluña y expresidenta provincial de Tarragona, Isabel Lázaro
Pina; el diputado regional de Cantabria y exportavoz del grupo, Cristóbal
Palacio; y quien fue vicepresidente de Movilización Rubén Garrido.
Bajo el título Por la apertura del proyecto y
la preparación para gobernar, los firmantes del manifiesto se
presentan como militantes y exdirigentes del partido comprometidos con Vox
desde su origen y aseguran que lo hacen público con la convicción de que “la
lealtad política es a las ideas, no a las personas”. Denuncian que durante años
han asistido en Vox a un proceso de reducción y empobrecimiento interno, en el
que no se ha tratado de cerrar formalmente el proyecto sino de estrecharlo en
la práctica, “concentrando decisiones en muy pocas manos, debilitando el
debate, eliminando contrapesos y apartando a quienes mantenían criterio
propio”.
“El resultado es un partido más pequeño por dentro, menos plural y menos
ambicioso”, alegan, a lo que suman las “salidas o apartamiento” sin
explicaciones suficientes y “por la vía de los hechos consumados” de mandos
históricos y perfiles que han demostrado capacidad organizativa y compromiso
con el proyecto.
El escándalo político llega cuando Vox obtiene los mejores resultados
electorales y tiene al PP comiendo de su mano. Sin embargo, el manifiesto y la
bomba que acaba de soltar Gallardo Frings puede ocasionar un daño definitivo al
partido ultra. Ecos de corrupción y guerras entre facciones y banderías pueden
llevar al votante a quitarse la venda de los ojos y a ver la realidad: que Vox
no es un partido de honrados trabajadores, que es la élite de siempre, la
casta. La herida que se ha abierto promete ser letal. Y no solo porque Vox es
un partido autoritario sin un atisbo de democracia interna. Sino porque ya son
muchas, quizá demasiadas, las filtraciones desde dentro que hablan de falta de
transparencia y de supuestas irregularidades en la financiación del partido. La
Fiscalía y los jueces deberían tomar cartas en el asunto.
La Policía filtra la identidad real del más famoso grafitero de la historia, cuya obra, desde hace décadas, ha removido conciencias en todo el mundo
Un informe policial, convenientemente filtrado a los periodistas de Reuters, ha revelado la identidad, hasta hoy oculta,
del misterioso artista urbano Banksy. Se trataría
de Robin Gunningham, aunque este señor con apellido de
lord inglés, de momento, no ha confirmado la noticia. Si finalmente se
demuestra que es él, si se acaba sabiendo el nombre y apellido del escurridizo
grafitero, el sistema habrá derrotado, por fin, al héroe desconocido del arte
callejero.
Un Banksy anónimo molestaba, resultaba incómodo para más de uno (no sería
la primera vez que un político envía a sus albañiles, con pico y pala, a
destruir algunas de sus hermosas composiciones). Así que esto es el poder
reprimiendo al artista solitario y comprometido; esto es la policía fichando al
guerrillero del aerosol que lucha contra la injusticia social. Toda una
metáfora de los tiempos mercantiles que nos ha tocado vivir.
Hasta hoy, poco se sabía de Banksy más allá de que a los catorce años fue
expulsado del colegio y que estuvo en prisión por delitos menores. Durante
décadas, su obra repleta de sátira, crítica política, humor ácido y con un
sello inconfundible, ha estado envuelta en el más absoluto de los misterios.
Creaciones como La niña con el globo rojo, El lanzador de flores, Mona Lisa bazooka y las Ratas autoestopistas forman parte ya de la
historia del arte contemporáneo. Han sido años de glorioso activismo artístico
mientras el público gozaba con sus aventuras de cómic y se preguntaba quién era
ese creador total tan original como fantasmagórico que un día firmaba un mural
en Londres y al día siguiente se plantaba en Kiev, entre las ruinas de la locura de Putin, para representar a una niña con máscara antigás
y extintor subida a una silla. El efecto sorpresa y la eficacia de un mensaje
impactante, directo, contundente: ese ha sido el secreto del éxito de la
factoría Banksy.
La gente que deambula por las calles de las grandes ciudades de
mundo, Nueva York, Los Ángeles o París, se encuentra de repente con un Banksy como quien
se encuentra con un Goya plasmado
en una muerta pared, en un enmohecido muro de cemento gris o en una valla junto
a un solar abandonado. Al instante, el espectador queda conmocionado por un
dibujo de rabiosa actualidad que habla de la corrupción política, de la crisis
económica, de la pobreza, del racismo, del drama del cambio climático o de la
guerra injusta y cruel. Una imagen que apunta directamente a la conciencia
del espectador. Entonces el transeúnte ve que detrás de cada obra, de cada
grafiti, está la mano de una especie de divinidad invisible que entra y sale de
escena para denunciar los males de la humanidad, un demiurgo que aparece y
desaparece como por arte de magia sin que las autoridades puedan echarle el
guante. Es el artista regalando su arte; es el ladrón bueno que roba la verdad
escamoteada por el rico para dársela al pobre; es el genio ofreciendo su
trabajo al pueblo sin recibir nada a cambio. El talento ya no está colgado en
el museo o en la mansión de algún millonario inculto. Pertenece al ciudadano,
se convierte en patrimonio de la humanidad. La obra de arte como disidencia y
como parte esencial de la conciencia social.
Decía Kant que mientras lo bello
produce un placer tranquilo y agradable, lo sublime genera una emoción intensa,
a menudo mezclada con temor/temblor, asombro o admiración ante algo
extraordinario. Esto último es Banksy. Sus viñetas urbanas como puñetazos de
realidad, unas veces terroríficas, otras fascinantes, son siempre hipnóticas.
Un rayo de luz sobreimpreso en una sucia y desconchada pared. El hechizo de lo
sublime.
Más allá de la innegable calidad de los dibujos Banksy, que habían puesto
firma a la vanguardia del siglo XXI como símbolo y mito contracultural de
nuestro tiempo, la magia de esta historia propia de una novela gráfica de Alan Moore reside en que nadie sabía quién era
realmente el autor de tantas maravillas pictóricas. Y ese anonimato acrecentaba
su leyenda, como ocurrió con el extraño vengador de V de Vendetta enfrascado en una batalla sin
cuartel para recuperar la libertad de la humanidad en un mundo de tiranos
(véase Donald Trump, quien cada vez que arrestan a un posible
candidato a Banksy pone un tuit con la palabra “terrorista”). En este mundo de
locos trumpizados ansiosos por desnudar su intimidad en las redes sociales, el
verdadero genio huye de la fama y la notoriedad para refugiarse en el tímido
anonimato. Banksy pega el palo artístico bajo su capucha, sin que nadie pueda
reconocerlo, y escapa de la pasma, escurriéndose en medio de la noche como
la Pantera Rosa o como uno de esos elegantes ladrones
ingleses de guante blanco.
Banksy era la resistencia intelectual frente a la internacional fascista
que nos gobierna ya en todo el planeta, pisoteando los derechos humanos.
Sus mensajes sociales, comprometidos y peligrosos, hacían mucho daño al
sistema. De ahí que la Policía de la Moral trumpista se lo haya cargado (con la
ayuda cómplice de los muchachos de Reuters), aireando su carné de identidad.
Banksy tras la máscara de Anonymous era
el nuevo Che Guevara del mundo anarco-punk de hoy.
Desenmascarado, es un señor con barriga, sin misterio y sin glamur que no vende
un solo cuadro. “Mi esposa me odia cuando trabajo desde casa”, llegó a decir en
una ocasión. El sistema ha matado a Banksy filtrando su partida de nacimiento y
bajándolo del Olimpo de los dioses de la cultura pop para convertirlo en un
vecino del quinto con bata y pantuflas que vive al final de una modesta y
sombría calle de Bristol. Ahora, cada vez que pinte un grafiti para la
posteridad, le llegará la multa del ayuntamiento a su casa con acuse de recibo
y saldrá en los papeles. Muerto el mito, se acabó la rabia.
Los ultras le echan las cruces a Felipe VI por haber reconocido "abusos" de los españoles durante la conquista de América
Las palabras de Felipe VI sobre
los “abusos” cometidos por los españoles durante la conquista de América han enervado a las derechas españolas.
Tanto es así que, en PP, Vox y Falange ya hay quien pide el derrocamiento de la
actual dinastía por demasiado “roja”. En el mundo conservador se han
pasado años acusando a las izquierdas de querer acabar con el Régimen del 78 y resulta que van a ser ellos, los
supuestos patriotas, los más antimonárquicos y sediciosos con el actual sistema
político, los revolucionarios que finiquiten ese invento de la Restauración que
ni les va ni les viene. Ver para creer.
Cuando Podemos llegó al poder con el
primer Gobierno de coalición de Sánchez, PP y Vox se llevaron las manos a la cabeza. Pablo Iglesias, el líder de los indignados, comunistas
y bolivarianos era, sin duda, el hombre que iba a liquidar la Constitución que los españoles nos habíamos dado
en la Transición. Y fueron ellos, los prebostes del mundo
reaccionario, quienes se postularon como los auténticos defensores de la Carta Magna frente a la amenaza del bolchevismo
republicano. Poco a poco vimos que en Podemos no había nadie con rabo y cuernos
y que de estalinistas tenían más bien poco. Ellos no pasaban de ser un grupo de
profesores, universitarios y funcionarios con inquietudes, pero escasos bríos
revolucionarios, y ellas estaban a sus cosas del feminismo, o sea mucho Simone de Beauvoir y mucha discusión teórica
bizantina sobre el movimiento queer, pero Marx ni
catarlo.
Fue así como el diablo podemita se fue disolviendo entre la frustración de
jóvenes y trabajadores que ahora, escarmentados ya de las promesas de
cambio de la formación morada, se entregan desesperados a la extrema
derecha. Hoy Podemos, por mucho que Ione Belarra se resista a aceptar la realidad y
siga disparando cainitamente contra Sumar y Yolanda Díaz, ya no es nada. Apenas una reminiscencia
del pasado, un recuerdo de lo que pudo ser y no fue, y poco más. Quienes
llegaban para asaltar los cielos del bipartidismo se han quedado en una
cuadrilla de antiguos alumnos de la Complu que se juntan en el Parlamento para
jorobar a Sánchez y aparentar que siguen
en la brecha. Jamás estuvieron a punto de darle el sorpasso al PSOE. Jamás tuvieron intención de liquidar el Régimen
del 78 para avanzar hacia la Tercera República. Y
en cuanto a sus pretendidas soflamas antimonárquicas, quedaban muy típicas como
efímeros titulares para los escasos periódicos digitales izquierdistas de
Madrid, pero en ningún momento supusieron amenaza alguna para la dinastía
Borbónica española. Todo fue un gigantesco bluf que Sánchez supo rentabilizar políticamente
y con habilidad estratégica.
La revolución antisistema de Podemos fue una cosa utópica, naíf, de patio
de colegio, nada que ver con lo que estamos escuchando en las últimas horas por
boca de destacados dirigentes de la extrema derecha de Vox y también de ese PP de Feijóo dócil, sumiso y entregado al nuevo fascismo
sin complejos. En uno y otro partido ha sentado a cuerno quemado que Felipe VI
haya reconocido los “abusos” cometidos por los españoles durante la conquista
de América. En realidad, la declaración del rey se queda más bien corta, ya que
el drama colonizador de las Indias supuso mucho más que unos cuantos “abusos”,
tal como dice el monarca: fue un genocidio en toda regla cometido por una
potencia invasora contra pueblos tecnológicamente menos avanzados (los últimos
estudios hablan del exterminio de hasta el noventa por ciento de la población
indígena original, es decir, varias decenas de millones de muertos por las
guerras, el trabajo forzoso al que fue sometida la comunidad nativa y las enfermedades
que les transmitimos). Todo ello (más el expolio del oro y las riquezas
naturales) es razón más que suficiente para que, en algún momento, el rey de
España pida perdón a nuestros países hermanos y lo haga sincera y honestamente.
Sin embargo, y aunque esa disculpa oficial de la Casa Real por las atrocidades
cometidas al otro lado del Charco no ha llegado aún ni llegará, la tímida
asunción de culpa del monarca por los “abusos” perpetrados ha quemado la sangre
patriotera de las derechas españolas. Y ya le han echado las cruces a Felipe
VI.
La portavoz de Vox, Pepa Millán,
mordiéndose la lengua para no entrar en conflicto institucional con Zarzuela, salió al paso para calificar la conquista de
América como “la mayor obra evangelizadora y civilizadora de la historia
universal”, reivindicando la labor de la Corona española y su “respeto a los
derechos y la dignidad de todos los súbditos de entonces”. La mujer debe
haberse dado tal atracón de Pío Moa y César Vidal, o sea los revisionistas al servicio de la
versión imperial y franquista del pasado, que ha perdido el contacto con la
realidad de la historia. La versión de que la conquista fue una especie de
excursión solidaria de los padres jesuitas al Nuevo Mundo, un
desembarco de alegres y fraternales oenegés a bordo de la Pinta, la Niña y la Santa María –la flotilla de la paz de aquellos
tiempos–, no se la cree ni ella. Más bien fue al contrario: hubo guerras,
crímenes horribles, violaciones, mutilaciones, ejecuciones sumarísimas, mucha
sangre y la sumisión de varios pueblos precolombinos ante el poderío militar de
la fuerza invasora.
Más duro aún que Millán fue el ultra Hermann Tertsch,
quien aseguró sentirse “estupefacto” por la versión histórica del rey alineada
con quienes “solo buscan daño y desprecio para la historia de España”. El
siempre exaltado eurodiputado tiró de demagogia barata y añadió: “Mucho abuso
hay ahora por parte de un Gobierno criminal que saquea a los españoles”.
Mientras todo eso ocurría en el Parlamento español y en Bruselas, Feijóo se
subía al carro de los patriotas indignados y calificaba de “disparate” el
discurso autocrítico del monarca, así como su presentismo al analizar los
hechos del siglo XVI con la perspectiva del siglo XXI, mientras reivindicaba su
“orgullo” por el “legado español”. Casi al mismo tiempo, Falange (faltaba Falange para completar el déjà vu guerracivilista) publicaba un meme que
daba la vuelta al mundo: un retrato de Felipe VI vestido como un rey inca o
maya sobre un letrero durísimo: “Próxima estación, exilio”. El montaje iba
acompañado de un tuit hiriente para la Casa Real: “Felipe, vete al Machu Pichu”. Tanto a unos como a otros, ya metidos en
el mismo tanque, ya perfectamente alineados y en perfecta comandita, solo les
faltó poner el retrato de Felipe VI boca abajo, tal como hacen los indepes con
los odiados Borbones.
Solo el PSOE aplaudió las palabras del rey. El PSOE siempre más papista que
el papa. Todo lo cual nos lleva a concluir que, en este momento trascendental
para el país y para el mundo, las derechas ibéricas echadas al monte ya han
roto política y sentimentalmente con la monarquía, pensando quizá en un
caudillo como sustituto, en plan Franco. Y estos no
van de broma ni son los utópicos podemitas. Hablan en serio, muy en serio, y en
cuanto puedan mandan a Felipe VI a esparragar a las ruinas de Tenochtitlán.