Wikipedia

Resultados de la búsqueda

sábado, 28 de marzo de 2026

28/03/2026 - AZNAR SE PERDIÓ EN LAS PLAYAS DE NORMANDÍA

Margallo asegura que el argumento que le dio el entonces presidente del Gobierno para invadir Irak era que España no había estado en el desembarco aliado de 1944

José Antequera

Aznar persiste en sus mentiras sobre la guerra de Irak. Ha pasado el tiempo desde entonces y la historia ya ha puesto las cosas y a cada cual en su sitio. Aquello fue lo que fue: un inmenso montaje, una mayúscula patraña para que Bush Junior pudiera hacer caja y negocio con sus amigos de Wall Street. Hoy la historia se repite, esta vez en Irán. Entre Irak e Irán median más de dos décadas y cuatro letras del abecedario, pero Ansar sigue en el mismo sitio de siempre: amarrado al palo mayor del embuste.   

Sin embargo, de cuando en cuando el señor de la guerra hispano recibe algún revés en forma de revelación, incluso de su propio partido. Es lo que ha ocurrido en las últimas horas con José Manuel García-Margallo, exdiputado, exministro de Exteriores del PP y tertuliano de Risto Mejide, que ha reconocido en La Sexta que cuando España decidió entrar en la guerra de Irak, por expreso deseo y capricho de Aznar, “no había armas de destrucción masiva”. En realidad, no hacía falta que el viejo intelectual del PP (ya quedan pocos) viniera a decirnos algo que todo el mundo sabe a estas alturas. Pero su afirmación resulta cuando menos sorprendente, no solo por el momento elegido, con Trump Netanyahu incendiando Oriente Medio, sino porque el bueno de Margallo confiesa un hecho inédito: “Yo le pregunté a Aznar por qué apoyamos políticamente lo de Irak. Porque no estuvimos en Normandía, esa fue su respuesta”, sentenció el exministro. Ahora se entiende todo. Un delirio de grandeza agravado por el desconocimiento.

El puzle de la historia, con sus sombras y lados oscuros, se va recomponiendo a base de grandes confesiones y pequeñas confidencias como la que acaba de hacer el listo del Partido Popular. Si es verdad que, en aquellas horas dramáticas y cruciales para nuestro país (a las puertas de los atentados de Atocha), Aznar estaba pensando en la invasión de Normandía y en la Segunda Guerra Mundial es que el delirio del expresidente era, y es, todavía más preocupante de lo que parecía. ¿Qué demonios tenía que ver aquel desembarco llevado a cabo por las tropas norteamericanas para liberar Europa del yugo nazi con las trapacerías de Sadam Husein? Nada. Tiempos y escenarios completamente desconectados uno de otro. Pero la mente de Aznar es puro delirio maquiavélico y si la realidad no se adapta a sus intereses ya la cambiará él con su retórica del mundo al revés para que parezca lo que no es.

El expresidente no pasará a la historia precisamente por sus sesudos análisis sobre historia o geopolítica internacional. Falsea, adultera, manipula en sus ensayos y otros pinitos para la FAES. Revisa el pasado (sobre todo el franquista) para que encaje con sus posiciones políticas reaccionarias plagadas de prejuicios. La memoria histórica se la pela y es lo que se conoce como un dogmático. Nada ni nadie podrá convencerle jamás de que la conquista de América no fue una excursión pacífica, cultural y científica, sino una invasión y un proyecto colonial para expoliarle el oro de los indígenas. Comparar la guerra de Irak con el desembarco de Normandía no tiene ningún sentido. Es tanto como trazar un paralelismo con la guerra de Troya, la guerra de los Siete Años o las invasiones napoleónicas. O sea, mezclar churras con merinas. Nos hubiese gustado a nosotros ver la cara de Margallo cuando el jefe le soltaba semejante discurso propio de cuñado en la barra de un bar. La mandíbula se le debió desencajar al momento. Ojos como platos. Y ponte tú a rebatirle la descabellada disertación histórica (más bien arriesgada paja mental) al jefe. Aznar siempre se ha manejado como una especie de caudillo/dictador y, cualquiera que le llevaba la contraria, a los cinco minutos salía por la puerta de atrás de Génova con la caja de cartón y la carta de despido. Mejor darle la razón.

Ahora entendemos muchas de las cosas que pasaron en España en aquel período convulso, entre 2003 y 2004. Teníamos en Moncloa a un presidente con una imaginación desbordante, inmadura y febril, sin duda fruto de haber leído demasiados cómics de Hazañas bélicas y demasiado Rudyard Kipling, el autor de cabecera del gran proyecto imperial británico. Aznar se quedó en Kim, en la sometida India británica, en un mundo falsamente en orden, benévolo y fascinante que en realidad escondía esclavitud, injusticia y explotación. Las lecturas de Aznar son las mismas que las de cualquier persona de derechas que no ha dado el salto a la madurez intelectual: Beau GesteLas minas del rey Salomón, Tarzán de los monos, en fin, libros de aventuras donde el hombre blanco, el amo natural, se mueve por África y por Asia como por su propia granja para su uso y disfrute. La recuperación del viejo sueño colonial, bien español, bien anglosajón, esa fue la gran aportación de Aznar a España y al mundo. Y esa fue nuestra desgracia.

Ansar creyó que cuando invadía Irak en compañía del bobo Bush y Blair estaba enviando a sus soldados a las gloriosas playas de Normandía infestadas de nazis. El problema es que al otro lado de la trinchera no estaba la fiera Wehrmacht con sus metralletas, tanques y lanzagranadas, sino un ejército desarrapado de iraquíes pobres como ratas y atrapados entre dos fuegos: el de un tirano como Sadam y un iluminado como Bush quien, bien mirado, al lado de Trump, es Franklin Delano Roosevelt. Hoy mismo nos hemos enterado de que al magnate neoyorquino el Pentágono tiene que darle la información sobre la guerra de Irán en vídeos cortos de menos de dos minutos, en plan Tik Tok, porque no presta atención, no comprende nada, se aburre y se va. Estamos en manos de otro idiota sin luces. Sálvese quien pueda.

28/03/2026 - VOX PONE A MARÍA GUARDIOLA AL BORDE DEL LEXATÍN

 

Comentario: Con lo fácil que sería que los del PSOE se abstuvieran en la investidura de la Sra. Guardiola y dejaran a VOX con el culo al aire. Además, la Sra. Guardiola tiene, si mal no recuerdo, 29 diputados, y le saca a los “machirulos” 18 diputados, suficiente mayoría para mandarlos a la mierda. Y el PSOE, tras el desastre acaecido, debería recapacitar en lugar de enervarse sin motivo o en las próximas se repetirá la hecatombe.

Tan pronto se anuncia un pacto de investidura de María Guardiola en Extremadura como se desmiente. Trumpismo en estado puro

Marcos López

La negociación en Extremadura avanza y retrocede según el manual de la ciclotimia trumpista. Hoy sí, mañana no; hoy blanco, mañana negro. Hoy hay acuerdo, mañana no. No cabe duda, Abascal le está tomando el pelo a Feijóo.

El líder de Vox ha dicho de todo, que les pregunten por el programa político, no por los sillones; que no le interesa el “reparto de cargos”; que tres regiones españolas esperan “urgentemente un cambio de rumbo y lo van a tener”. Sin embargo, Extremadura, Aragón y Castilla y León siguen sin gobierno. Vox lo ha paralizado todo, el trumpismo era esto. Tira y afloja, marear la perdiz hasta destruir las instituciones democráticas, la técnica del palo y la zanahoria. Y cada día que pasa aumenta la sensación de que es Abascal quien marca el ritmo mientras Alberto Núñez Feijóo intenta mantener el equilibrio entre su discurso moderado y la dependencia parlamentaria de la extrema derecha.

La reunión con Miguel Tellado monitorizando las negociaciones terminó con versiones contradictorias. Mientras Vox insinuaba avances y culpaba a Génova de obstaculizar el acuerdo, el PP aseguraba que muchas de las exigencias de los ultras ni siquiera se habían tratado. Esta divergencia no es anecdótica; forma parte de un patrón en el que Vox utiliza la negociación territorial para proyectar fuerza nacional, mientras el PP intenta evitar que cada pacto autonómico se convierta en un examen de su liderazgo.

Desde la perspectiva de quienes interpretan la situación como una humillación política para Feijóo, el problema no es solo la negociación en Extremadura, sino la estrategia general. Vox ha aprendido que su poder no reside únicamente en los escaños que aporta, sino en la capacidad de tensionar al PP en público. Cada declaración altisonante, cada acusación de “traición” o “falta de valentía”, cada insinuación de que el PP se mueve por miedo a la izquierda, forma parte de un guion que busca situar a Feijóo a la defensiva.

En este contexto, Vox funciona como un dardo calculado. Sugiere que el PP actúa con doblez, que dice una cosa en privado y otra en público, y que carece de la determinación necesaria para gobernar con claridad ideológica. Es evidente que Abascal está tomando la delantera, este tipo de mensajes no solo desgastan al PP, sino que refuerzan la imagen de Vox como un partido que no se deja domesticar.

Feijóo, por su parte, intenta mantener una línea discursiva que combine moderación con firmeza. Su objetivo declarado es ampliar el espacio del centro-derecha y atraer a votantes desencantados con el sanchismo sin perder a quienes, en los últimos años, se han desplazado hacia Vox. Pero esa estrategia tiene un coste: cada vez que el PP intenta marcar distancia, Vox lo acusa de tibieza; cada vez que intenta acercarse, se expone a críticas internas y externas por ceder ante la extrema derecha.

La negociación en Extremadura es un ejemplo perfecto de esta trampa. Tan pronto se anuncia un acuerdo como se desmiente. María Guardiola está el borde del Lexatín mientras el tiempo pasa y la sombra de la repetición electoral se acrecienta. Vox sabe que el PP necesita sus votos para gobernar, y utiliza esa necesidad para imponer condiciones que van más allá del ámbito autonómico. No se trata solo de consejerías o programas regionales; se trata de demostrar que Vox puede obligar al PP a moverse, a rectificar, a justificarse. Para quienes interpretan la situación como una burla política, Abascal está aprovechando cada oportunidad para exhibir que Feijóo no controla la relación entre ambos partidos.

Además, la estrategia de Vox tiene un componente comunicativo muy eficaz. Cada vez que el PP intenta rebajar el tono o negar tensiones, Vox responde con declaraciones que reavivan el conflicto. La narrativa es simple: “Nosotros somos claros; el PP es ambiguo”. Esta simplicidad funciona bien en un ecosistema mediático donde los mensajes contundentes tienen más impacto que las matizaciones. Y mientras el PP intenta explicar que las negociaciones son complejas y requieren discreción, Vox se limita a lanzar titulares que ocupan portadas.

Cada gesto de Vox que contradice o ridiculiza al PP alimenta la idea de que Abascal está imponiendo su agenda. Y aunque Feijóo insiste en que su proyecto es autónomo y que no aceptará imposiciones, la realidad parlamentaria le obliga a convivir con un partido que no tiene incentivos para facilitarle la vida. La situación en Extremadura es solo un anticipo, un entrante del menú indigesto que está por venir en Aragón y Castilla y León.

 

28/03/2026 - LAS PRÁCTICAS RACISTAS DEL ICE LLEGAN A LA POLICÍA ESPAÑOLA

La detención del diputado de Podemos Serigne Mbaye, grabada en vídeo, recuerda a los casos de abuso policial registrados en Estados Unidos

Marcos López

Podemos ha denunciado la detención ilegal de su exdiputado en la Asamblea de Madrid y activista antirracista Serigne Mbaye. Según la formación morada, ha sido una “redada racista propia del ICE” (el grupo paramilitar que siembra el pánico en Estados Unidos). Mientras Mbaye denuncia que los agentes lo identificaron solo porque es de color y porque quieren apartarlo de la vida política, hay motivos para pensar que las prácticas trumpistas y la violencia racial están llegando peligrosamente a las comisarías de la Policía española.

La detención de Mbayé ha encendido un debate que llevaba años latente en España: hasta qué punto los cuerpos policiales reproducen dinámicas de discriminación racial que recuerdan a las prácticas del ICE estadounidense, famoso por sus redadas selectivas, sus detenciones arbitrarias y su enfoque xenófobo hacia la población migrante. El caso Mbayé, por su simbolismo y por la secuencia de hechos que lo rodea, ha actuado como catalizador de una discusión más amplia sobre racismo institucional, derechos civiles y el papel del Estado en la gestión de la diversidad.

Serigne Mbayé, diputado autonómico y figura destacada del movimiento antirracista, fue detenido en Madrid tras un requerimiento policial de identificación. Según su versión, mostró su documentación y aun así fue esposado y trasladado a dependencias policiales. Según la versión policial, se negó a identificarse. La contradicción entre ambas narrativas no ha hecho sino intensificar la polémica. Lo que sí es indiscutible es el contexto: Mbayé es un hombre negro, activista contra el racismo policial y representante público. Su detención no puede desligarse de ese marco. Para muchos colectivos sociales, el episodio encaja en un patrón conocido: controles basados en perfiles raciales, trato diferenciado y una presunción de sospecha que recae sistemáticamente sobre personas racializadas.

Comparar a la Policía española con el ICE puede parecer, a primera vista, una hipérbole. El ICE opera en un país con un sistema migratorio mucho más agresivo, con competencias amplísimas y con un historial de abusos documentados. Sin embargo, el paralelismo no surge de la nada. Lo que se señala no es una equivalencia absoluta, sino una deriva preocupante. Tres elementos alimentan esa comparación: primero, el uso del perfil racial como criterio operativo. Las organizaciones de derechos humanos llevan más de una década documentando controles policiales basados en la apariencia física. Informes de Amnistía Internacional, SOS Racismo o Rights International Spain han señalado que personas negras, árabes o latinoamericanas sufren identificaciones desproporcionadas. El ICE ha sido criticado por los mismos hechos: detener primero y preguntar después, siempre sobre los mismos cuerpos.

En segundo lugar, en Estados Unidos el ICE ha construido un imaginario donde la figura del migrante (especialmente si es latino o afrodescendiente) se asocia a la ilegalidad. En España, aunque el discurso es menos explícito, la práctica policial reproduce a veces esa lógica: la extranjería como sospecha, la negritud como indicio, la pobreza como amenaza.

Y en tercer término, la falta de mecanismos de control efectivos. Tanto en el caso del ICE como en el de la Policía española, las denuncias por discriminación rara vez prosperan. La ausencia de estadísticas oficiales sobre controles policiales, la dificultad para probar un perfil racial y la tendencia a cerrar filas dentro de los cuerpos de seguridad generan una sensación de impunidad.

La detención de un diputado no es un incidente menor. Revela que ni siquiera la visibilidad pública protege frente a prácticas policiales que muchos ciudadanos racializados denuncian desde hace años. Si esto ocurre con un representante electo, ¿qué sucede con quienes no tienen altavoz, recursos o redes de apoyo? El ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, debería tomar cartas en el asunto. Una investigación de asuntos internos se impone, sobre todo teniendo en cuenta que la detención fue grabada en vídeo y se aprecian prácticas policiales presuntamente abusivas.

El caso también expone una tensión profunda: mientras España se presenta como un país diverso, moderno y comprometido con los derechos humanos, persisten dinámicas heredadas de un modelo policial poco adaptado a esa realidad multicultural. La formación en diversidad es escasa, los protocolos son ambiguos y la cultura interna de los cuerpos policiales sigue siendo, en muchos aspectos, homogénea y resistente al cambio.

La detención de Mbayé ha generado reacciones políticas inmediatas. Podemos y otros grupos progresistas han denunciado racismo institucional. Desde sectores conservadores se ha acusado a la izquierda de “politizar” un procedimiento policial. El paralelismo con el ICE funciona como advertencia. No se trata de afirmar que España haya llegado al nivel de Estados Unidos, sino de señalar que ciertos patrones (si no se corrigen) pueden consolidarse. La historia demuestra que las prácticas discriminatorias no aparecen de un día para otro: se normalizan poco a poco, se justifican como “protocolos”, se invisibilizan bajo la retórica de la seguridad.

El caso Mbayé obliga a mirar de frente ese riesgo. Obliga a preguntarse por qué un hombre negro es detenido en circunstancias que difícilmente se aplicarían a un diputado blanco. Obliga a revisar protocolos, a exigir transparencia y a repensar el papel de la policía en una sociedad plural.

miércoles, 25 de marzo de 2026

25/03/2026 - ¿UN ESCUDO "SOCIAL" PARA EL LATIFUNDIO?

 

OPINIÓN: ¿Un escudo "social" para el latifundio?

OPINIÓN: ¿Un escudo "social" para el latifundio?

 

La verdad es que tenía este escrito casi terminado antes de que el gobierno se me adelantara con las medidas anunciadas para paliar en parte los efectos de lo que está ocurriendo por culpa del "emperador yanqui" y sus ansias de dominio del mundo con su genocida sionista de Israel como "ariete" en Oriente Medio.

 

Las medidas del gobierno pueden valer, pero no son todas las que algunos pensamos que deberían ser, y, en cualquier caso, creo que es posible que se esté dando mi pregunta de este escrito, aunque sea un poquitín al margen de ellas.

 

Antes de nada, veamos qué significa el vocablo "latifundio". Según la RAE, significa "finca rústica de gran extensión". Obviamente, un significado sobradamente conocido por todas las personas que viven del campo, que, ni que decir tiene, son muchas en España. Demasiada de esa gente que vive MUY BIEN del campo, muchos latifundistas entre ellos, se va a beneficiar de ese "escudo social". Que de social, más bien peca un poquito, ya que, dicho sea de paso, va a beneficiar a muchos latifundistas -y otros- que "trabajan la tierra" con tractores de más de ¡200.000 euros!, algo que pone en serias dudas sus necesidades benefactoras del gobierno, aunque no paren de manifestarse en Madrid y en media España, pero "chivo que no berrea, no mama", dice el dicho popular.  

 

Valiéndonos de la Wikipedia, la extensión necesaria para considerar una explotación latifundista depende del contexto: en Europa, un latifundio puede tener algunos cientos de hectáreas. En América Latina puede superar fácilmente las diez mil. En términos de propiedad, es equivalente a una gran propiedad agraria.

 

En España todos sabemos que hay multitud de fincas rústicas que sobrepasan con creces la extensión que se considera latifundio; por citar solo un ejemplo, la familia Alba tiene, al parecer, varias fincas (difícil saber cuántas) que superan las 30.000 hectáreas, y si el "escudo social" del que se habla se hace firme, serán algunos de los ricos descendientes de la duquesa los que recibirán esas previstas ayudas. También, muy cerca del pueblo donde vivo, hay unas cuantas familias que tienen propiedades rústicas que se pueden calificar como latifundios en razón de sus enormes extensiones y, se supone, igualmente, recibirán esas ayudas. A las que, obviamente, habrá que añadir el "escudo social de la PAC" de la Unión Europea, sin ninguna necesidad, pues el campo —con tantas lluvias este año— tiene suficiente hierba para dar de comer al ganado, y los precios de las chuletas de cordero, aun así, antes del caos petrolífero por la guerra de Irán, ya valían 30 €/kilo. De los demás productos del campo solo hay que ver los precios que tienen; la cesta de la compra está a punto de convertirse en algo inasequible para una gran mayoría de las familias españolas. ¿Dónde está el Ministerio de Consumo?

 

Un inciso de actualidad, antes de seguir, porque no quiero que se me olvide: En Castilla y León (donde, por cierto, también hay latifundios) ha mejorado la socialdemocracia sus resultados. Debido, se dice por ahí, a que su líder se ha mostrado contrario a esa corriente inventada del "sanchismo". Dudo mucho de que el "joven" líder no sea partidario de esa corriente, si es que existe, pero lo que sí que está más que claro es que quien ha movilizado al electorado socialdemócrata ha sido, sin ningún género de dudas, el "no a la guerra" de Pedro Sánchez. ¡Lo diga quien lo diga!

 

Sigo. Y hablamos de Extremadura, la tierra de los más bajos salarios, la mayor precariedad laboral, el mayor índice de paro del país, donde más se están vaciando los pueblos (sólo quedan pensionistas, la mayoría, para colmo, con problemas de habitabilidad por falta de residencias de mayores, algunas incluso ya construidas pero que no se autorizan vaya Vd. a saber por qué, caso de una en mi pueblo de nacimiento Benquerencia de la Serena), la tierra con la mayor pobreza relativa y extrema y el mayor índice de posible exclusión social, amén de una paupérrima sanidad, donde los profesionales tienen que hacer malabarismos para mantenerla medianamente eficiente (ningún médico se quiere quedar aquí, más de 250 plazas de médicos de familia sin cubrirse, y una cita para los que están tiene entre 15 y 20 días), etc., etc., para no alargarme demasiado con la problemática de la Comunidad más pobre de España, que, ¡vaya tela!, lleva desde el 21 de diciembre del pasado año (y lo que le queda aún) con un gobierno en funciones, evidentemente, cobrando sus enormes salarios, lo mismo que los Sres. Diputados de la Asamblea sin apenas nada que hacer, que, por supuesto, sí pueden comer chuletas a 30 euros el kilo y llenar la cesta de la compra. ¿¡Vivan las autonomías!? Pues no, así no.

 

En fin, ¿qué se va a hacer? Esto es lo que hay, que no lleva trazas de cambiar. Pero el gobierno nacional, si quiere que la que tenemos encima se aligere un poquito, debería considerar un amplio "escudo social" para la gente que más lo necesita (control exhaustivo de precios de los productos de primera necesidad ante los especuladores de las grandes superficies y topar, como ha hecho Croacia, los carburantes) y, por supuesto, olvidarse de esos que protestan tanto con sus tractores de 200.000 € y de los empresarios que se dedican al transporte de mercancías con un sinfín de camiones y, en casos, camioneros mal pagados y trabajando más horas de las permitidas con la consiguiente peligrosidad de sus vidas.

 

Y a ver si es posible que nos olvidemos del Sr. Aznar ("el muñeco Luciano", un empedernido narciso que, si nos descuidamos un poco, vende España y sigue pavoneándose públicamente como un inigualable salvapatrias) y sus libertades únicamente para los suyos, los señoritingos (esos miles de latifundistas), la Banca y las Grandes Corporaciones que no pagan impuestos, los "héroes" del capitalismo opresor que tampoco pagan nada y, cómo no, de la guerra de Irán, no vaya a ser que nos vuelva a ocurrir como con nuestra participación (por una mísera foto de incondicional sumisión al yanqui) en la guerra de Irak, que nos costó indirectamente más de 200 muertos inocentes.

25/03/2026 - TORRENTE, EL BRAZO TONTO DE FEIJÓO Y ABASCAL

El estreno de la película de Santiago Segura divide a la sociedad española entre quienes ven solo una historia divertida o un blanqueamiento del fascismo

José Antequera

Torrente presidente, la última película de Santiago Segura, está arrasando en los cines de todo el país. Le ha gustado hasta a Carlos Boyero, el implacable crítico que reconoce haberse partido de la risa con el film. Cosas de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir.

En esta sexta parte de la saga, el policía más famoso del esperpento español da el salto a la política convencido de que la nación necesita más patriotismo, mano dura y orden. Es decir, lo que viene siendo un hombre fuerte; el franquismo de toda la vida. Como no podía ser de otra manera, la cinta ha provocado un nuevo enfrentamiento de las dos Españas. A un lado quienes ven una simple parodia del momento histórico sin más pretensiones que hacer pasar un buen rato al público. Al otro quienes entienden la historia del sucio detective como un blanqueamiento del fascismo, ya que por la pantalla transitan personajes reales de la fauna ultra ibérica en cortos cameos (Vito Quiles hace de él mismo, o sea de acosador fascista, según Pablo Echenique). En ese punto es donde cabe preguntarse si Segura, un tipo tan habilidoso para la comedia como para forrarse con las taquillas, se limita a hacer humor con la decadencia de la democracia, la tentación del populismo y la manipulación de las masas, o se ha limitado a quedar bien con los amiguetes, también con los fachas. Y ahí es donde podemos concluir que el rey Midas del cine español se ha situado en una equidistancia sospechosa, más teniendo en cuenta que hasta se permite hablar de un partido verde viscoso, Nox (el paralelismo con Vox es evidente), sin un atisbo de crítica y beligerancia política.

Todo en la saga de Torrente es más de lo mismo desde que se estrenó la primera entrega en 1998: el humor zafio y chabacano, lo políticamente incorrecto tan de moda hoy en las redes sociales, el chiste verde machista. Segura rueda desde arriba, planeando sin mojarse ni ensuciarse, asépticamente, sin mezclarse con rojos o azules y sin entrar en si el negacionismo de la violencia machista, de la ciencia y del cambio climático que practica el partido de Abascal supone un auténtico drama para el país. El director filma alegremente, ji ji ja ja, como si estuviese en una divertida fiesta de cumpleaños rodeado de su superpandi. Lo malo es que mientras su sarao del absurdo se alarga, el trumpismo hermanado con ese partido verde viscoso nos arrastra al nuevo cibernazismo, la economía mundial se hunde en un crack sin precedentes y la sombra de la Tercera Guerra Mundial se hace más presente que nunca. Mientras el desaliñado y rijoso Torrente se suelta un cuesco, o se tira un eructo, o se hace unas pajillas sin mariconadas, decenas de miles de personas son asesinadas en GazaIrán o Líbano en genocidios comparables a los perpetrados por los nazis durante el siglo pasado pero que ya no parecen interesar a nadie. Poca broma con eso, amiguete Santi.

Tras más de cien años desde que los hermanos Lumière inventaron el cine, han quedado buenos ejemplos de comedias hilarantes, tronchantes y desternillantes que, además de divertir y entretener, transmitieron nobles valores como la libertad, la justicia y el respeto a los derechos humanos. Ahí está Ser o no ser, de Lubitsch, una mordaz caricatura de los patéticos nazis; El gran dictador, de Chaplin, sátira feroz de las dictaduras de Hitler Mussolini; o La vida es bella, de Roberto Benigni, la historia de un judío que, a base de cuentos y juegos infantiles, trata de evitar que su hijo se entere de que ambos están internados en un campo de concentración y a un paso de la cámara de gas. Incluso Bob Fosse demostró que se puede hacer un ameno musical como Cabaret sin perder de vista que en el Berlín de los años 30 los “camisas pardas” le partían la cabeza a uno en plena calle y por cualquier menudencia. Todas esas producciones para la historia rezuman un aroma a resistencia y subversión frente a la barbarie fascista que, por desgracia, no encontramos en la oportunista Torrente presidente. Y en esa indolencia es donde radica, quizá, la mayor decepción de la película de Segura, que no por divertida deja de entrañar una peligrosa falacia: la de que todo este revival ultraderechista es poco menos que una performance friqui o anécdota pasajera. Pues no lo es; nos encontramos ante algo siniestramente real. Vivimos una época trágica que exige movilización, sobre todo desde el mundo del arte y la intelectualidad. Contra la guerra cultural de Vox, más cultura y más comprometida.   

En su película, Segura alardea de reírse de todo y de todos (aquello tan franquista de “todos los políticos son iguales porque todos son unos corruptos”), pero el resultado es el peor que podría darse: el cinismo, el nihilismo pasota y el descreimiento que allana todavía más el camino a las botas del salvapatrias de turno. Convertir a un policía facha en un héroe posmoderno es el último disparate en la gran ceremonia de la confusión de las decadentes democracias. Y quizá ahí radique la peor de las trampas. Los espectadores ultras la disfrutarán babeando; los apolíticos también sin entender que le están metiendo el ideario por la retaguardia y sin enterarse. En el primer grupo está el propio Feijóo, que le ha encantado la peli (como no podía ser de otra manera en alguien algo justito de cultura que coquetea con el fascismo) y hasta se la deja ver a su hijo de nueve años saltándose la normativa de edad. Así se amamanta en el populismo a las nuevas generaciones. Gente que seguirá creciendo sin valores ni principios, según la lógica torrentiana; gente aborregada criada en la carcajada gratuita y estéril; gente capaz de decir no a la guerra y de apoyar la guerra de Trump (el poli corrupto internacional o Torrente yanqui por excelencia) todo en el mismo párrafo.

La risa está bien, pero la risa vacua, la risa nerviosa, la risa tonta y superficial en una tarde anodina de palomitas y coca colas, se acaba convirtiendo en un alimento venenoso y letal para la sociedad civilizada en vías de destrucción. Por mucho que el indigesto menú lo haya catado, servido y dado el visto bueno nuestro admirado Boyero.

 

lunes, 23 de marzo de 2026

23/03/2026 - BIENVENIDOS AL CUARTO REICH

Comentario: Antequera nos adelanta el apocalipsis, pero aún no están las cosas para tanto. Hace muy poco hemos comprobado cómo en Castilla-León con sólo haber pronunciado Sánchez el “no a la guerra” se ha movilizado el electorado de izquierdas del PSOE y los ultras se han quedado con la miel en los labios. Y para no ir muy lejos, hemos podido comprobar como el socialismo francés sigue muy vivo en las principales ciudades de Francia, donde, por cierto, llevan los ultras de Le Pen dando la lata muchos años sin conseguir llegar al poder. No, mi querido Antequera, todavía no hay motivos para pensar en el cuarto Reich, pues los que sí lo creen son minorías y lo de Trump está a punto de derrumbarse, cualquier día lo mandan los yanquis al carajo, como, ciertamente, han hecho los ayatolás en Irán. Y lo de Putin no es otra cosa que una enorme oligarquía, nada que ver con el fascismo. Y, que nadie olvide, que los ucranianos son los únicos culpables de esa guerra con Rusia que ellos provocaron con sus abusos en el Dombás prorusos.  

El nuevo fascismo trumpista controla ya las sociedades modernas, donde la democracia empieza a ser un recuerdo del pasado

José Antequera

El hombre en el castillo es una novela de Philip K. Dick que plantea un escenario ucrónico (género literario que especula con qué hubiese sucedido de haber terminado un determinado acontecimiento histórico de forma distinta a como ocurrió). El relato recrea, como hipótesis de historia ficción, una victoria total de las potencias fascistas del Eje (Alemania, Italia y Japón) durante la Segunda Guerra Mundial. De esta manera, la esvástica termina ondeando en todo el planeta, también en los Estados Unidos de América, y ya toda la humanidad brazo en alto y Heil Hitler. Tal argumento, propio de la especulación literaria, empieza a ser escalofriantemente real.

Oficialmente, el Tercer Reich se dio por derrotado en 1945, pero hoy ya tenemos indicios suficientes para concluir que aquello no fue más que un espejismo, un paréntesis, una pausa o intermedio en la hegeliana dialéctica de la historia. A lo largo de los últimos ochenta años, el fascismo en la sombra se ha ido rearmando, avanzando posiciones, ocupando todos los frentes de las sociedades occidentales. Hoy está más fuerte que nunca en todo el mundo. El trumpismo, la gran internacional fascista MAGA, es la continuación del Tercer Reich por otros medios, es más, es el Cuarto Reich en potencia y en acto. Una vez más, la imaginación prodigiosa de Philip K. Dick fue capaz de vislumbrar el futuro sombrío y distópico que nos espera.

Hay no pocos indicios para concluir que ya estamos viviendo, quizá sin que nos hayamos dado cuenta aún, en un régimen nazi. Y no solo el ascenso al poder global de un tipo como Donald Trump racista, golpista y genocida declarado. Alguien que ha amenazado con liquidar la Constitución americana para perpetuarse en el poder de forma vitalicia y ya para siempre. Hay otros síntomas que, aunque no queramos verlo ni afrontarlo, nos sitúan de lleno en un escenario como el planteado por la célebre novela ucrónica del genio de la anticipación. El modelo democrático liberal ha entrado en crisis y en los cinco continentes se abren paso partidos de corte neofascista. Los sistemas parlamentarios naufragan en franca decadencia. Y la fragmentación política, la polarización y el odio alimentado por las redes sociales (sobre todo por X, el altavoz mediático del goebelsiano Elon Musk) han creado una atmósfera política tóxica e irrespirable generadora de conflictos entre personas, sociedades y pueblos. La desafección de buena parte de la ciudadanía hacia la democracia (sobre todo de los más jóvenes que se afilian alegremente a los nuevos partidos fascistas, como en tiempos de la Europa de los convulsos años 20 y 30) es el mejor indicador reflejado en las encuestas sociológicas. Que uno de cada cuatro adolescentes españoles declare que prefiere una dictadura a un régimen de libertades confirma los peores presagios.

El mundo de ayer se ha derrumbado (como predijo Stefan Zweig, paradigma del suicida que prefirió morir junto a su esposa antes que seguir viviendo bajo una terrorífica dictadura); el Derecho internacional ha quedado liquidado, muerto y enterrado; y en todas partes emerge el mito del hombre fuerte, providencial, carismático llamado a salvar a la patria. Y si aún no hemos llegado al horror del horno crematorio, tal como ocurrió durante el Holocausto judío entre 1940 y 1945, no estamos tan lejos, ya que convivimos armoniosamente con otras cámaras de gas al aire libre, como el campo de exterminio de la Franja de Gaza. Trump promete levantar un complejo hotelero de lujo sobre los cadáveres de decenas de miles de asesinados; los militares de Netanyahu planifican otras “soluciones finales”, otros genocidios similares en el Líbano y Cisjordania; y Putin masacra a los ucranianos.

El ciudadano medio vive aterrorizado, pero no por los horrendos crímenes contra la humanidad que en nombre del nuevo Cuarto Reich se cometen cada día y a los que asiste indolente por los noticieros de la televisión –mientras engulle sin pensar una pizza o una hamburguesa–, sino porque el litro de gasolina anda por las nubes y muy pronto no le dará el bolsillo para su pequeñoburgués y contaminante coche barato. Se ha normalizado la violencia y las mujeres son asesinadas a diario, mientras los partidos del movimiento ultra ensalzan el machismo y niegan el feminismo. Se han abolido los principios elementales de la convivencia, se ha deshumanizado a quien piensa diferente (reduciéndolo a la categoría de insecto a fumigar), el ruido y la furia del haterismo rampante ha sustituido al respeto, al diálogo y a la buena educación. Todos llevan un supremacista dentro y pronto llegarán las delaciones entre vecinos y familiares.

Las potencias europeas vuelven a rearmarse hasta los dientes en una loca carrera hacia el desastre nuclear, tal como ocurrió en los peores tiempos del siglo XX, y hasta la ilustrada y pacífica Francia de Macron, con sus ojivas modernistas o de art nouveau, se suma al aquelarre final contra la supervivencia de la especie humana.

Hoy se revisa la historia para amoldarla a la nueva ideología nazi, en todas partes surgen discursos de odio racial, sexual y político y la religión medievalista retorna con fuerza (que se lo pregunten si no a las mujeres de Sagunto expulsadas de las cofradías de Semana Santa por el patriarcado hetero, blanco y ultraconservador). Al mismo tiempo, el capitalismo tecnológico va creando sus crisis de entreguerras, el desempleo, la desigualdad y el miedo al futuro, caldo de cultivo perfecto para el advenimiento del aprendiz de Hitler de turno. Otra vez el culto al líder, otra vez los enemigos y traidores a la patria. Las minorías son perseguidas (los científicos e intelectuales por rojos o zurdos, los inmigrantes por negros, los homosexuales por mariquitas). Retornan los cánticos que nos helaron la sangre y las soflamas nacionalistas cara al sol sobre el falso amor a la patria. La tiranía se ha instalado entre nosotros, que seguimos anestesiados, zombificados y enganchados al influjo narcotizante del Gran Hermano.

 

23/03/2026 - EL RELOJ DE LOS ÁRBITROS

Cuenta la leyenda que antes de que los árbitros se profesionalizaran -como cobraban “poco”- los grandes Clubes como el Real Madrid (supongo que Barça y los demás hacían lo mismo) regalaban un reloj de oro a los árbitros que se portaban bien con ellos. Es curioso, se dice por ahí, como la familia del árbitro extremeño Sánchez Ibañez -tras su fallecimiento- encontró unos pocos de relojes cuando sólo esperaba encontrar uno. Si es así, está más que claro que este buen hombre se portó demasiado bien con los merengues y de ahí su recompensa.

Hoy día, los árbitros cobran un suculento salario y no deberían mostrar partidismo por ningún Gran Club, pero no ocurre así. El arbitraje sigue siendo parcial y, en casos, muchos casos, sobre todo con Real Madrid y el Barça excesivamente parcial.

Valga como ejemplo de lo anteriormente dicho lo ocurrido ayer en el partido Real Madrid-Atlético de Madrid, donde el árbitro mostró una gran parcialidad hacia el Real Madrid que queda manifiesta en los datos del partido: 15 faltas pitadas al Atlético, un penalti claro sin pitar que conllevaba además una expulsión cuando el partido iba 0-1 y un penalti pitado en contra sin prueba de que existiera (ni se recurrió al VAR ni nada de nada, penalti y ya está) para encarrilarle el partido a los blancos, que curiosidades del futbol, sólo se les pitaron dos faltas en todo el partido (caso jamás ocurrido en el mundo en este tipo de partidos en más de 150 años) y una de ellas fue para quizás enderezar un poco el entuerto patente con expulsión del madridista Valverde, que, dicho sea de paso, debería haber acompañado a Carvajal que debió ser expulsado antes.

En fin, un 3-2 final a favor del Real Madrid que debería, en justicia, haber sido un 2-3 a favor del Atlético de Madrid. Y una curiosidad más (bueno, dos curiosidades): primera, el árbitro se dirigió al entrenador del Real Madrid para darle explicaciones (o quizás, pedirle perdón) sobre la expulsión de Valverde, lo que no suele ser habitual en los partidos de fútbol de la actualidad; y segunda, con este penalti a favor, el Real Madrid lleva camino de establecer un record muy difícil de igualar y, por supuesto, camino de superar su propio record en una Liga.

Para terminar: sólo decir que las veces que el Real Madrid ha sido favorecido en los partidos contra el Atlético de Madrid son incontables, casi en todos los enfrentamientos salvo cuando el Atlético se desata y le coloca un 5-2 como en la primera vuelta de la actual liga. Y, que nadie olvide que dos copas de Europa de esas que tanto presumen deberían ser, sino hubiera habido arbitrariedad manifiesta, del Atlético de Madrid.   

 

sábado, 21 de marzo de 2026

21/03/2026 - AYUSO PASA DEL ATAQUE A LA CONSPIRACIÓN CONTRA SÁNCHEZ

Ayuso ha mutado. Ya no trata únicamente de disputar políticas o modelos de gestión, sino de cuestionar las reglas del propio sistema bajo la sospecha de manipulación, exactamente igual que la extrema derecha europea o Donald Trump en Estados Unidos

José Antonio Gómez

Los cambios sociopolíticos derivados de la crisis económica de 2008 han provocado que pocas ideas hayan viajado tan rápido desde la periferia ideológica hasta el centro del debate público como la llamada teoría del “gran reemplazo”. Lo que durante años fue un artefacto intelectual promovido por figuras como Renaud Camus ha acabado permeando discursos de líderes y analistas en ambos lados del Atlántico, desde Elon Musk hasta J. D. Vance, pasando por gran parte de los líderes de la extrema derecha e iberoamericana. En esencia, plantea que las élites y los progresistas promueven la inmigración para alterar la demografía y, con ello, el equilibrio político.

En España, esta narrativa ha encontrado una versión propia, adaptada a claves locales y electorales. Y es aquí donde la figura de Isabel Díaz Ayuso emerge como protagonista de una deriva preocupante: la instrumentalización de teorías conspirativas para erosionar la confianza en el sistema democrático.

En sus primeras referencias, Ayuso insinuó riesgos culturales asociados al islamismo en Europa, en línea con discursos ya presentes en otros países y en los argumentarios de líderes ultras como Marine Le Pen, Nigel Farage, Santiago Abascal, Alice Weidel o Geert Wilders. Sin embargo, el giro más significativo ha sido trasladar ese marco al terreno electoral: la idea de que el Gobierno de Pedro Sánchez estaría manipulando el censo mediante nacionalizaciones masivas para alterar resultados futuros.

Este argumento, amplificado por su entorno político y mediático, transforma una política pública, esto es, la concesión de nacionalidad en virtud de leyes como la de memoria democrática, en una supuesta operación de ingeniería electoral. La insinuación es clara: nuevos ciudadanos equivaldrían automáticamente a nuevos votantes progresistas. Pero aquí es donde la conspiración empieza a desmoronarse.

Distorsión deliberada

Uno de los elementos más problemáticos del discurso es la confusión y la manipulación interesada entre regularización de inmigrantes y concesión de nacionalidad. Son procesos radicalmente distintos en el ordenamiento jurídico español. Este hecho clave no es mencionado por Isabel Díaz Ayuso, lo cual indica que su relato ya forma parte de los procedimientos conspirativos. 

La regularización permite a una persona extranjera residir y trabajar legalmente en el país. No implica, en ningún caso, la adquisición de derechos políticos. Un inmigrante regularizado no puede votar en elecciones generales ni autonómicas, ni lo hará en el corto plazo salvo que inicie y complete un largo proceso de nacionalización.

La nacionalización, por el contrario, sí otorga la ciudadanía plena, incluido el derecho al voto. Pero incluso aquí existen matices esenciales: muchos de los nuevos nacionales derivados de la ley de memoria democrática residen fuera de España y deben inscribirse en el censo correspondiente para poder votar. No se trata de una masa electoral automática ni homogénea.

Ignorar estas diferencias no es un error técnico menor; es el núcleo de una narrativa que sugiere, sin pruebas, una manipulación estructural del sistema.

El mito del voto inmigrante de izquierdas

Aún más débil es la premisa de que estos hipotéticos nuevos votantes responderían de forma uniforme a un mismo patrón político. La evidencia empírica desmiente esta simplificación.

Los comportamientos electorales de ciudadanos de origen extranjero varían según múltiples factores: país de origen, nivel socioeconómico, trayectoria migratoria. En algunos casos, como los votantes procedentes del exilio de Cuba o Venezuela, existe una tendencia hacia opciones conservadoras. En otros, ocurre lo contrario. No hay, en suma, un “voto inmigrante” monolítico.

La afirmación de que las nacionalizaciones constituyen un “pucherazo” moderno no solo carece de pruebas, sino que simplifica hasta lo grotesco una realidad compleja.

La conspiración Ayuso

El desplazamiento discursivo de Isabel Díaz Ayuso no se entiende sin observar su evolución política reciente. Durante años, su estrategia se articuló en torno a una confrontación frontal con Pedro Sánchez: crítica fiscal, denuncia de políticas económicas, oposición a la gestión de la pandemia o al modelo territorial. Era una oposición dura, pero legítima y reconocible dentro de los márgenes clásicos de la política democrática.

Sin embargo, en su fase más reciente, ese antagonismo ha mutado. Ya no se trata únicamente de disputar políticas o modelos de gestión, sino de cuestionar las reglas del propio sistema bajo la sospecha de manipulación. Para Ayuso, Pedro Sánchez ha dejado de ser un rival legítimo para convertirse en el supuesto arquitecto de una operación encubierta para alterar el resultado electoral.

Este salto cualitativo de la crítica al cuestionamiento del proceso marca la entrada en una lógica conspirativa. La hipótesis de que el Gobierno utiliza instrumentos legales, como la regularización, para perpetuarse en el poder no se sostiene sobre pruebas verificables, pero cumple una función política clara: reforzar la idea de que la competencia electoral ya no es equitativa.

En este marco, el discurso deja de buscar convencer al votante indeciso y pasa a movilizar al convencido mediante la desconfianza. Es un cambio de registro que acerca el debate español a dinámicas vistas en otras democracias, donde la sospecha sobre el fraude o la manipulación se convierte en herramienta de combate político.

Deslegitimación democrática

El problema de fondo no es únicamente la manipulación de los datos, sino el efecto político de este tipo de discursos. Al sugerir que el sistema electoral puede ser manipulado desde dentro, se introduce una duda corrosiva sobre la legitimidad de los resultados.

No es un fenómeno aislado. En otros contextos, teorías similares han sido utilizadas para cuestionar elecciones y polarizar sociedades, como ha sucedido con Donald Trump quien llegó a provocar el asalto violento al Capitolio. La importación de estas narrativas al debate español marca un cambio cualitativo: de la confrontación política tradicional a la sospecha estructural sobre las reglas del juego.

En este sentido, las acusaciones sin pruebas que las respalden dirigidas al entorno de Félix Bolaños encajan en un patrón más amplio de construcción de enemigos institucionales.

La normalización de teorías como el “gran reemplazo” no es inocua, es un gran peligro. En países europeos, su difusión ha ido acompañada de un endurecimiento del discurso público y de un desplazamiento del debate hacia posiciones cada vez más radicalizadas. La ficción literaria de Michel Houellebecq en Sumisión imaginaba un vuelco cultural improbable: la política contemporánea parece empeñada en convertir esas fantasías en herramientas retóricas.

En España, la adopción de este marco por parte de dirigentes institucionales introduce un elemento de riesgo adicional: legitima ideas que antes estaban confinadas a los márgenes de las teorías de la conspiración.

Alto coste democrático

Desde un punto de vista estrictamente político, la estrategia puede ofrecer réditos a corto plazo: moviliza bases, simplifica el conflicto y desplaza el foco del debate. Pero sus costes son profundos.

Al destruir la confianza en el sistema electoral, se debilita uno de los pilares fundamentales de la democracia. Al presentar la inmigración como una amenaza electoral, se distorsiona un fenómeno complejo y se alimenta la polarización social. Y al sustituir el análisis por la sospecha, se empobrece el debate público.

La arquitectura de la mentira

La manipulación del relato ha dejado de ser una herramienta secundaria para convertirse en el eje central de la estrategia de control. Lo que antes se entendía como simple propaganda se ha transformado en una conspiración política digital diseñada para erosionar la confianza en las instituciones democráticas. Esta nueva forma de guerra híbrida no busca necesariamente que el ciudadano crea una mentira concreta, sino que deje de creer en la existencia de una verdad compartida, sumiendo a la sociedad en un estado de parálisis y sospecha permanente.

La desinformación estratégica opera mediante la saturación de los canales de comunicación, donde el exceso de ruido impide la fiscalización del poder. Cuando un actor político utiliza la posverdad para desviar la atención, como hace Isabel Díaz Ayuso, de problemas estructurales o casos de corrupción, no está simplemente mintiendo, está ejecutando un plan deliberado para modificar la percepción de la realidad. Esta ingeniería social basada en el miedo utiliza algoritmos de segmentación para entregar mensajes personalizados que refuerzan los prejuicios del votante, creando cámaras de eco donde la disidencia es vista como una traición o una conspiración externa.

La verdadera amenaza a la democracia reside en la capacidad de estas narrativas para desmantelar el consenso social. Al introducir noticias falsas o bulos con apariencia de rigor, se construye una realidad paralela que sirve a intereses electorales específicos. Esta manipulación de la opinión pública se nutre de la polarización extrema, convirtiendo al adversario político en un enemigo existencial. En este escenario, en la estrategia de Ayuso, el relato oficial se convierte en una armadura contra los hechos, permitiendo que las élites políticas evadan su responsabilidad mediante la creación de chivos expiatorios y teorías del complot que mantienen a la base electoral en un estado de alerta constante.