Durante unas décadas, usted y su cuñado acordaron que la civilización era un valor superior al salvajismo, pero ese consenso se ha acabado. Su cuñado ya no quiere civilización, el pobre idiota quiere ley del más fuerte
En su lecho de muerte y con la familia acompañándole alrededor de la cama,
el padre de un amigo sacó fuerzas y pronunció unas palabras: encended la tele,
a ver qué número ha salido hoy en el sorteo de la ONCE. Llevo cupón de los
ciegos, susurró. Pero papá…, puso en duda mi amigo una petición así en tan
dramático momento, sin atreverse a acabar la frase. Acabarla hubiese implicado
espetarle a la cara lo obvio: coño, estamos aquí despidiéndonos de ti, igual lo
de la puñetera moto Guzzi que llevas toda la vida diciendo que te vas comprar
si te tocan los cupones no es un tema urgente ahora mismo. ¿Qué pasa, que
porque me esté muriendo tengo menos probabilidades que el resto?, respondió en
lo que sería su último cabreo. Por supuesto, encendieron la tele porque el homo
sapiens es un yonki que vive de la ilusión. Especialmente el homo sapiens
pobre. Por supuesto, no le tocó.
En política, el homo sapiens pobre es el de izquierdas y también vive de la
ilusión. Últimamente, de su peor acepción. Esa ilusión que no tiene que ver con
la esperanza futura, sino con engañarse en el presente. En las últimas décadas,
muchos hemos vivido la ilusión de un mundo con reglas en el que, no sin
esfuerzo, las cosas iban mejorando poco a poco. En lo material y en lo ético.
Además de mejores sueldos, horarios y hospitales, habíamos derrotado a la
derecha retrógrada goleándola en su propia casa, en sus propios valores. Ya
nadie se atrevía a presumir públicamente de machista, homófobo o racista, tres
pilares importantes del antiguo “hombre de bien”. ¿Cómo ha saltado todo por los
aires de repente?, nos preguntamos rascándonos la cabeza, desorientados.
En las últimas décadas, muchos hemos vivido la ilusión de un mundo con
reglas
En Alemania, país vacunado contra el fascismo, ese lugar en el que llevan
80 años explicando lo ocurrido para que no vuelva a repetirse, allá donde el
cordón sanitario unió a todos los partidos democráticos, la ultraderecha acaba
de lograr el 44% de votos en unas elecciones regionales, las de Sajonia-Anhalt,
gracias a su discurso racista. Es solo el principio, opinan todos los
analistas, y me viene a la cabeza el famoso refrán alemán: “Si en una mesa hay
un nazi y diez personas que lo respetan, en esa mesa hay once nazis”. El refrán
ha quedado obsoleto. En la mesa ya no hay un nazi, está repleta. ¿Qué hacer
cuando ni los refranes se mantienen en pie?
Seguramente olvidar las estructuras mentales anteriores. Pensar que lo
ocurrido entre el final de la Segunda Guerra Mundial y hoy no era la realidad,
sino un pequeño paréntesis. Un milagro puntual en mitad de una historia de la
humanidad casi siempre brutal. Durante unas décadas se dio un milagro. Usted y su
cuñado acordaron que la civilización era un valor superior al salvajismo, pero
ese consenso se ha acabado. Su cuñado ya no quiere civilización, el pobre
idiota quiere la ley del más fuerte. La mitad de la civilización la quiere y,
actualizando otro refrán, “dos se pelean en cuanto uno quiere”. La jungla
vuelve, es una realidad cada vez más evidente y la izquierda haría bien dejando
de negar lo que está ocurriendo, dejando de señalar a quien lo está destrozando
todo y no le importa ser señalado por ello. Debería adentrarse en la jungla con
todas las consecuencias.
La falsa ilusión de triunfo de los valores de la izquierda ha sido,
precisamente, el trampolín de la ultraderecha. Si en esta orilla nos
percibíamos como defensores de un escenario de normas y convivencia, en la otra
decidieron llamarnos sistema por ello y, por contraste, percibirse a ellos
mismos como antisistema. Han romantizado el ser un miserable. Han idealizado
perseguir al débil. Tiene mérito. Nosotros somos los punkis, dicen, para
justificar cómo destrozan el escenario. Quienes observamos boquiabiertos la
deriva deberíamos ir recordando quiénes somos. Los que creemos en las normas
frente a la impunidad del fuerte, en los derechos humanos frente al salvajismo,
en la justicia social frente a los ricos devorando el pastel, tenemos que
volver a sentirnos antisistema. Es lo que somos en realidad. Nunca dejamos de
serlo. El cupón nunca nos tocó. Simplemente estábamos disfrutando de un
paréntesis mientras el sistema machista, racista y homófobo de siempre se iba
rearmando. Si una mesa está repleta de nazis, además de no respetarlos,
deberíamos recordarles a todos ellos que ellos no son punkis precisamente. Que
su ideología de mierda la financian los tipos más ricos del planeta. Que ellos,
sean uno o cuatro a la mesa, son sus tontos útiles, los tontos del sistema.
Antisistema, lo habíamos olvidado, somos quienes nos negamos a esta vuelta a la
mierda de siempre. Quizá recordarlo y reivindicarlo sea la única esperanza
real.