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La opinión que más escucho cuando oigo hablar de
Donald Trump, incluso en boca de académicos o gente bien informada, es que
está loco.
Es cierto que su comportamiento, tan diferente al de
quienes nos hemos acostumbrado a ver como dirigentes y líderes mundiales,
induce a pensar así. Es errático, estrambótico, grosero, inculto, mentiroso
compulsivo, desvergonzado y chulo, carece de la más mínima empatía con los
débiles y alardea de gobernar al país más poderoso del mundo como si fuese su
inmobiliaria. Ha reconocido que desea ser un dictador, se salta las
decisiones judiciales en su contra, insulta a sus adversarios sin compasión
ni mesura y los amenaza, e incluso desprecia y humilla a sus propios socios.
Sus ideas son extremistas, presume de religiosidad y valores morales cuando
es conocida su relación con prostitutas y antros de todo tipo. Su trayectoria
vital y comercial es la de un personaje sin principios ni límites,
obsesionado por ganar a cualquiera que se le ponga por delante. Numerosas
biografías y documentales lo han puesto de manifiesto y basta verlo en acción
para comprobar su forma de ser, y cómo actúa y trata al resto de la gente.
Sin embargo, me temo que es erróneo pensar que lo
que está haciendo y lo que hará más adelante es la simple expresión de una
locura, de un comportamiento personal aberrante y reaccionario. Puede ser que
Trump sea efectivamente un loco, un multimillonario que se puede permitir
cualquier capricho y presumir como un pavo real del poder que tiene, siendo,
como es, tan ignorante.
Yo tiendo a pensar que lo que está haciendo Donald
Trump es mucho más que un comportamiento personal y la mejor prueba de ello
es que las acciones que lleva a cabo vienen de lejos, antes de que él incluso
aspirase a ser presidente.
He escrito con detalle sobre lo que creo que está
ocurriendo y el por qué Trump hace lo que hace en mis dos últimos
libros, Más difícil todavía (Deusto
2023) y Para que haya futuro (Deusto
2024), así que resumiré aquí muy brevemente lo que pienso.
Tiendo a pensar, en primer lugar, que Trump no es
sino una pieza más de un proceso que viene de más lejos encaminado a
desmantelar las democracias y los sistemas de legitimación que, desde los
años ochenta del siglo pasado, habían generado la aceptación, por las clases
sociales empobrecidas, de los procesos que las han desposeído. La razón o
necesidad de hacerlo es sencilla: el nivel de concentración de riqueza y
desigualdad alcanzado es tan extraordinario que ya resulta incompatible con
la democracia representativa y el debate social transparente. Alguien tan
poco sospechoso de izquierdismo como Martin Wolf lo ha explicado y
documentado perfectamente en su libro La crisis del capitalismo
democrático (Deusto, 2023).
En segundo lugar, creo que la nueva presidencia de
Trump es un momento más de un proceso de desglobalización y proteccionismo
que viene de atrás, aunque ahora se produzca, ciertamente, de un modo más
exagerado y radical,. Contabilizadas en su sentido más amplio, en
el Global Trade Alert se registran casi 59.000 medidas restrictivas
del comercio en todo el mundo desde 2009.
Como acabo de recordar en un artículo reciente,
Obama ya fue calificado por The Wall Street Journal, como «un presidente
proteccionista». Biden no sólo no rectificó las medidas que había
adoptado Trump en su primer mandato, sino que incluso las aumentó en algunos
casos y, sobre todo, con China. De él se escribió que
practicaba «proteccionismo cortés» y «educado» y que su política
comercial era «trumpismo con rostro humano», sin «tuits furiosos ni
afirmaciones absurdas, pero con aranceles de seguridad nacional».
Es verdad que Trump ha exacerbado la política
proteccionista (está por ver hasta dónde llega) pero es un error creer que es
sólo «cosa suya».
Me parece que hay que leer bien lo que está haciendo
ahora Donald Trump. Cuando muestra pomposamente al mundo que impone aranceles
incluso a una isla en donde sólo habitan pingüinos o a países con los que
Estados Unidos apenas tiene intercambios, no lo hace porque esté poniendo en
marcha una nueva política comercial, sino para mostrar la forma diferente con
la que esa potencia con voluntad de seguir siendo imperial va a dirigirse a
partir de ahora al mundo. O, mejor dicho, al universo, pues habla de «arancel
universal», un término quizá nada casual cuando los grandes capitales
tecnológicos están planificando apropiarse del espacio, de otros astros y
asteroides, para hacer negocio.
En tercer lugar, lo que más claramente está haciendo
Trump es exonerar al capital, en la mayor medida de lo posible, de los costes
que inevitablemente va a tener el cambio climático y la desigualdad exagerada
que se ha generado en las últimas décadas. Sus declaraciones al respecto
pueden parecer rimbombantes, exageradas, increíblemente negacionistas e incluso
inhumanas, dado el desprecio con el habla de la pobreza o las medidas que ha
tomado en materia medio ambiental, sanitaria y social. Sin embargo, ¿cuánto
han tardado las grandes empresas en suspender sus programas de diversidad e
inclusión? ¿qué grandes dirigentes empresariales han manifestado su oposición
a las medidas de Trump? ¿dónde están las corporaciones que hablaban de
capitalismo responsable y con rostro humano? ¿cómo se explica que, sobre la
marcha, se estén eliminando todas las buenas intenciones y programas de
inversión que hasta hace unos días tenían para combatir el cambio climático?
¿Cómo es posible o se explica que hayan bastado unas cuantas declaraciones y
alguna orden ejecutiva de Trump para que ya no lo consideren una amenaza?
Finalmente, también creo que lo que está haciendo
Trump se parece mucho, por no decir que es lo mismo, a lo que ya habían
comenzado a hacer otros presidentes anteriores y especialmente Biden para
hacer frente al declive del imperio estadounidense, aunque es verdad que
ahora con estruendo y en medio de insultos y amenazas. No se olvide que fue
Biden quien saboteó el gaseoducto Nord Stream, una infraestructura vital para
uno de sus grandes aliados, cometiendo un acto que, de haberlo hecho otros,
hubiera sido perseguido como terrorista.
Lo que estamos comenzando a ver (cada día con más
nitidez y abiertamente) es cómo Estados Unidos trata de salvar sus muebles
cuando se agota el modelo que, desde los años ochenta del siglo pasado, le ha
permitido vivir endeudándose gratuitamente ante el resto del mundo.
Es patético y daría risa, si no fuese por el
sufrimiento humano que viene detrás, ver cómo el gobierno de Estados Unidos
hace trampa al contabilizar los saldos exteriores, registrando sólo los
comerciales y dejando a un lado los de servicios y capitales, que es donde
está hoy día el meollo del comercio internacional. U olvidando que si tiene
déficits comerciales con muchos países no es por culpa de estos, como dice
Trump, sino porque empresas estadounidenses se fueron a terceros países para
ganar más dinero y desde allí exportan lo que podría haber computado como
ingresos de exportación de Estados Unidos si se hubieran quedado en su país.
Al acabar la II Guerra Mundial, Estados Unidos
tenía más del 80 por ciento del oro que había en el planeta, su PIB era la
mitad del conjunto de todos los países, y controlaba el 60 por ciento del
comercio mundial y casi el 50 por ciento de las inversiones directas de todo
el mundo. Le fue fácil que se aceptara que su moneda actuase de reserva y se
pudo garantizar sin problemas su plena convertibilidad en oro.
Con el paso del tiempo, sin embargo, los países que
habían sido casi totalmente destruidos en la guerra comenzaron a resurgir y
sus industrias se hicieron potentes, expandiendo su producción y
exportaciones. El dólar se vino abajo y, como ha recordado Yanis
Varoufakis en un artículo reciente, Nixon dio un golpe de mano brutal en
1971. A mi juicio, muchísimo más duro y dañino que el que estos días está
dando Trump y que tanta gente está calificando como «el mayor golpe de la
historia al comercio internacional».
Nixon devaluó primero el dólar y luego acabó con su
convertibilidad en oro, obligando así a que su moneda se utilizara sin
necesidad de que la economía de Estados Unidos lo respaldase, no ya con el
metal precioso, sino con producción o inversiones. ¿Se imaginan que tuvieran
en su casa una máquina que emitiera un billete verde que casi todo el mundo
quisiera tener en sus manos para comerciar? ¿Quién sería capaz de resistirse
a semejante privilegio y no endeudarse constantemente, mientras pudiera
imprimirlo sin limitación alguna? Por eso cuentan que los dirigentes de
Estado Unidos decían a los demás países: el dólar es nuestra moneda, pero es
vuestro problema.
A pesar de ello, ni siquiera así se pudo resolver la
crisis estructural que se venía produciendo y que constituía un peligro
existencial para el capitalismo (entre otras razones, por la existencia
alternativa y amenazante de la antigua Unión Soviética). Los conflictos se
multiplicaban, los trabajadores tenían cada vez más fuerza y los salarios se
disparaban, la producción en masa ya no se vendía, la inflación subía y el
beneficio caía … Se venía abajo el edificio que había permitido que Estados
Unidos se consolidara como la gran potencia que dominaba el mundo.
Otro presidente republicano, Ronald Reagan, se
encargó de tomar medidas y adoptó otra también mucho más brutal y lesiva para
el resto de las economías que las actuales de Donald Trump: la Reserva
Federal disparó los tipos de interés (llegaron al 20 por ciento en1981),
hundiendo la producción, multiplicándose el desempleo y la deuda, y
provocando deliberadamente una crisis generalizada.
Una vez más, Estados Unidos se sacudió el polvo de
su espalda y descargó sobre los demás todo el peso de los problemas que había
producido el régimen sobre el que se basaba su poderío, para conservarlo a
partir de entonces de otro modo.
Repito que la bravuconería vacía de Trump, sus
declaraciones tan burdas, la forma tan científicamente inconsistente de hacer
las propuestas y la renuncia a tener presente ni uno solo de sus potenciales
efectos adversos, puede llevar a considerar que nos encontramos ante un
histrión cuya locura se ha desatado. Yo mismo tengo a veces la tentación de
simplificar mi pensamiento y creer que es eso lo único que tengo por delante.
Hoy mismo leo a un comentarista brillantísimo de la
política estadounidense, Roger Senserrich, afirmar que «las élites
económicas de Estados Unidos estaban atónitas ante la escala del desastre».
Es posible que lleve razón, pero me cuesta mucho
trabajo creer que todo lo que hace Trump se pueda llevar a cabo en contra del
poder económico. Lo que veo, más bien, es que a su alrededor han estado y
están las personas más ricas del mundo, las que han permitido con su
financiación extraordinariamente generosa que llegue a presidente. Las mismas
que pusieron el dinero para que la Fundación Heritage elaborase el Proyecto
de Transición Presidencial 2025 que Trump está llevando a cabo casi letra a
letra y que comenté justo hace un año en un artículo que titulé La
extrema derecha viene para quedarse.
Puede ser que yo me esté equivocando y vea más cosas
de las que hay, pero lo que me dicen los análisis que vengo realizando desde
hace años es que nos encontramos ante un fenómeno de largo alcance. A mi
juicio, lo que sucede es que Estados Unidos está tratando de reasentarse para
enfrentarse a un planeta al que sabe que ya no va a poder dominar como
exclusiva potencia imperial. Se asume que el poderío creciente e
imparable de China va a conformar un mundo nuevamente bipolar y Estados
Unidos va a romper violentamente el tablero, una vez más, para obligar a que
las economías y sus gobiernos reasignen posiciones estratégicas a su
alrededor en la condición más debilitada posible y en beneficio
estadounidense. Una estrategia que, en lo económico, debería concluir con un
proceso generalizado de reubicación de capitales e industrias en Estados
Unidos, como única forma de asegurar su hegemonía.
En principio, yo no veo obstáculos insalvables para
que eso pueda producirse, siempre y cuando:
a) Aisle lo más posible a China y al bloque que
inevitablemente se formará en su entorno, y los obligue a iniciar una
escalada armamentista que deteriore sus capacidad tecnológica e industrial.
b) Debilite hasta el extremo a Europa y la haga
desaparecer aún más del mapa como operador estratégico y competidor
comercial.
c) Mantenga suficientemente a raya a Rusia, y
d) Si encuentra (de ahí Panamá o Groenlandia) nuevas
fuentes de ventaja competitiva y geoestratégica.
Dicho eso, creo que hay que señalar también las
grandes dificultades a las que se enfrenta hoy día el intento de salvaguardar
la supremacía de Estados Unidos. Entre otras:
a) Es un proceso que necesita medio plazo para
dar resultados y a corto puede ser tan traumático que puede producir
perturbaciones globales inusitadas, con daños tan grandes que ni siquiera
Estados Unidos pueda evitar.
b) Llevar este proceso de reajuste de la mano de la
extrema derecha para avanzar en el desmantelamiento de las democracias que se
extiende por todo el mundo es un arma de doble filo, una auténtica bomba de
efecto perverso y retardado de consecuencias muy peligrosas. Al fin y al
cabo, las democracias son un elemento de contención del conflicto. El
totalitarismo, por el contrario, lo crea y la polarización generalizada puede
estallar, con consecuencias incalculables, antes de que Estados Unidos logre
redefinir el terreno de juego que más le conviene y reforzar suficientemente
su economía.
c) La situación interna de Estados Unidos puede
hacerse explosiva y cualquier cosa puede suceder allí en cualquier momento.
d) Estados Unidos cada vez tiene menos posibilidad
de imponerse sobre China en términos económicos o tecnológicos y,
seguramente, también en financieros. La opción que le queda es la militar, y
no hay que decir mucho sobre los riesgos que eso conlleva cuando se está
hablando de potencias nucleares.
En resumen, si lo que estamos viendo es el
comportamiento de un loco que se enfrenta a todos, lo más posible es que
antes o después se revierta la situación; al menos, lo suficiente como para
evitar la crisis inevitable que llevaría consigo la guerra comercial y el
desmoronamiento económico que se producirá si no se frena cuanto antes a
Trump.
Si mi hipótesis es acertada, lo que vamos a ver será
algo más y mucho peor. Será lo mismo que ya se produjo en ocasiones
anteriores: una tabula rasa, la generación deliberada de una gran crisis
económica y de la democracia que permita que todo cambie para que no se
modifique lo que se busca preservar, el dominio de una potencia en declive
acelerado, e incluso en riesgo de extinción si no reacciona, ante un bloque rival
en ascenso y con fortaleza creciente. Tengo dudas, pero si tuviera que
apostar lo haría por esta segunda hipótesis.
Sobre cómo se podría actuar ante todo esto,
especialmente en Europa, trataré de escribir en los próximos días.
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