Nadie, ni el más experto analista de Washington, sabe cuál va a ser el siguiente movimiento de un hombre visceral e imprevisible como Donald Trump
Muchos son los analistas, politólogos e historiadores que están tratando de
desentrañar la intrincada personalidad de Donald Trump. ¿Ante
quién estamos? ¿Ante un castrado emocional, ante un inmaduro narcisista,
frustrado e insatisfecho, ante un psicópata peligroso? Puede que su
personalidad turbulenta sea un compendio de todos esos rasgos de carácter y
alguno más, a fin de cuentas, la mente humana es lo más parecido a un puzle de
piezas desordenadas. Pero hay un detalle psicológico del que se habla poco y
que, sin duda, está marcando la historia de Estados Unidos y del mundo entero:
este señor es un pijo discontinuo.
¿Qué queremos decir con semejante afirmación? En primer lugar, que estamos,
eso es evidente, ante un millonario malcriado que ve al prójimo como un juguete
de peluche con el que entretenerse a placer. Alguien que, tras colocar a la
humanidad al borde de una recesión que ni el crack del 29, se va
a jugar al golf a su mansión de Palm Beach, Florida. Alguien que ya solo trabaja para dar el
pelotazo del siglo, arruinando a millones de infelices y desgraciados. Alguien
que envía a Guantánamo al inmigrante solo
porque se le ha caducado el carné de conducir y que se mofa de los pueblos
sometidos a genocidio, como el ucraniano y el palestino. Lo dicho, un niñato
gamberro que ni siente ni padece capaz de enviar a Roma a su ángel de la muerte Vance, un racista entrenado para darle el último
soponcio al papa bueno.
Que Trump es un señoritingo elitista y envarado, soberbio y bravucón, queda
claro. ¿Y lo de discontinuo, señor Antequera, a qué
viene lo de discontinuo?, se preguntará el ocupado lector de esta columna. Pues
es tan sencillo como obvio. Porque este sujeto es un veleta que se mueve según
le dé el aire; porque hoy coloca aranceles del 20 por ciento y mañana del 120
por ciento (el importe depende de si le duele la gota o no esa mañana); porque
un día es el supermejor nuevo amigo de Putin y al
siguiente levanta el Teléfono Rojo, le
acusa de ser el gran culpable del sindiós internacional y le da un ultimátum
antes de liarla con la Tercera Guerra Mundial.
Con Trump nunca se sabe, y esa ciclotimia, esa incertidumbre del nervioso
hiperactivo, del impulsivo exaltado, se transmite a las convulsas relaciones de
la comunidad internacional, a la buena convivencia entre países, a la paz
global. No hay más que ver las gráficas con picos y valles de Wall Street que ni el electrocardiograma de un
taquicárdico. El Dow Jones sube y baja sin ton
ni son, como pollo sin cabeza, porque está sometido a los caprichos, euforias y
bajones del amo del mundo. La Bolsa de Nueva York no
es ni más ni menos que el pulso desbocado del rabioso de la Casa Blanca. El día
que el chalado está tranquilo, subidón de las multinacionales Tesla, General Motors y Boeing;
el día que está algo alterado, bajón, crisis, recaída del enfermo financiero.
Trump es el marcapasos enloquecido del mundo. Cuando se toma la pastillita,
armonía global, aunque breve y fugaz; cuando le da el telele, se dispara la
neurosis económica, política y social. De ahí lo de discontinuo. Discontinuo
porque depende, depende del día, depende del momento, de según le pegue la
neura.
Hemos entrado en una fase de la historia marcada por la inseguridad, la
inestabilidad y el estado de ánimo de un mastuerzo. Si al dictador global le da
por invadir Groenlandia o el Canal de Panamá, guerra; si su consejero Elon le susurra un chiste gracioso o el pequeño X le llama tiernamente “abuelito”, él se
relaja y paz; si se le cruzan los cables con el ayatolá de Irán (el del turbante le tiene hasta el tupé),
caos sangriento en Oriente Medio, o sea
guerra; si su amigo Netanyahu le
llama para ofrecerle un suculento negocio inmobiliario –convertir la Franja de Gaza en un apacible parque temático
exterminando a dos millones de palestinos en el Auschwitz israelí–,
se pone muy contento, se destensa y paz. Todo funciona en ese plan tan loco
como disfuncional, y si Pedro Sánchez se
le rebota, si se niega a claudicar ante las barras y estrellas o se echa en
brazos de Xi Jinping, guerra comercial contra
Europa.
A Trump no lo entiende ni el mismísimo Putin, que es quien lo ha colocado
ahí, en el Despacho Oval, para que termine de
reventar la democracia americana, la OTAN y la UE. Hace apenas una semana, el magnate neoyorquino se
abrazaba al presidente ruso y brindaba con él con vodka y caviar tras
despellejar a Zelenski. Hoy lo acusa de ser el
primer culpable del horror ucraniano. No hay quien entienda esta broma macabra
que es el trumpismo.
Hemos pasado del Derecho Internacional al Derecho de Pernada del Tío Sam,
nuevo señor feudal del imperio que se desfoga a tope cuando los gobernantes de
los países arrasados por los aranceles le besan el ass. Ya no cabe ninguna duda: Trump puede ser muchas
cosas, un tipo que está como un sonajero, un pandillero encocado, un matón
cruel y sin alma, un mentiroso compulsivo, un autócrata y un déspota engreído
que busca perpetuarse en el poder hasta el día que estire la pata (ya habla de
cambiar la enmienda de la Constitución para
beneficiarse de un tercer mandato). Pero uno cree que lo que mejor encaja con
su perfil psicoanalítico, lo que mejor lo define, es el diagnóstico de pijo
discontinuo. Primero por lo que tiene de niñato repelente, veleidoso y
horteraza y después porque, con él en el trono planetario, nadie sabe a qué
atenerse ni hay estabilidad alguna. Una bomba de relojería decide el destino de
la humanidad. Por favor, señores de la CNN y del New York Times: no lo alteren con preguntas
incómodas cuando viajan con él en el Air Force One. No le
toquen más los MAGAS, no vaya a ser que, en una de estas, mande a los marines a
la bahía de Cádiz en una Normandía a la inversa. Vista cómo está la cabeza
del fulano, cualquier cosa.
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