Genial José Antequera. Más claro el agua. Personalmente si el gobierno no da marcha atrás, no volveré a votar ni una sola vez más
El escándalo de la compra de balas a una empresa israelí echa por tierra años de buena política internacional del Gobierno de coalición
GENIAL, lo que nos quedaba por ver. Pedro Sánchez comprando
material militar a una empresa israelí. A la empresa de ese Estado abyecto y
fascista que está perpetrando el genocidio del pueblo palestino; a la empresa
del país de Netanyahu, el carnicero de Gaza; a la empresa del trumpismo judío. Es un escándalo
mayúsculo, algo demasiado gordo como para que no tenga consecuencias políticas.
De entrada, Izquierda Unida ya ha
anunciado que puede romper con el Gobierno en cualquier momento. Y con
razón. Enrique Santiago pedirá explicaciones y que se
anulen todos esos contratos de la infamia de forma inmediata. De lo
contrario, Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska tendrán que dimitir,
asegura el dirigente de IU.
Yolanda Díaz y sus cuatro ministros se encuentran
ante el momento más delicado desde la fundación de la plataforma Sumar que destruyó Podemos.
Con la lógica y la coherencia en la mano, ninguno de ellos debería seguir ni un
minuto más en ese Consejo de Ministros manchado de sangre. Lo que se está
jugando aquí no es una cuestión de poder rutinario, ni una reformilla laboral
chapucera, ni el bono transporte efímero, ni siquiera unos eurillos arriba o
abajo en el salario mínimo interprofesional para el precariado. Hablamos de
financiar a un Estado terrorista, hablamos de decenas de personas asesinadas cada
día por las escopetas y las bombas judías, hablamos de miles de niños
exterminados, amputados, traumatizados. Esto no es ninguna broma y cada día que
pasa sin que esos contratos terminen donde tienen que estar, en la basura, es
una palada más de ignominia para este presidente al que siempre se le ha
llenado la boca con la defensa de los derechos del pueblo palestino.
Qué decepción, qué vergüenza, qué horror. Habrá un antes y un después tras
este escándalo monumental. No nos extraña que Sumar esté deseando romper
relaciones con el PSOE. Es para eso y para mucho más. Es para que cada
militante del PSOE se vaya ahora mismo
a Ferraz a pedir que se ponga fin a este episodio
tan triste como espantoso. O para romper el carné de una vez por todas y
largarse a la abstención. ¿Acaso no ve las noticias nuestro querido presidente?
¿Acaso no ve a esos niños harapientos y descalzos con rostros de viejos vagando
entre las ruinas, escombros y socavones? ¿Con qué cara se va a dirigir el premier a todos esos votantes socialistas, los
últimos demócratas de verdad, que ven con indignación el exterminio del pueblo
palestino? Y dicen en Defensa que no se pueden romper los contratos porque nos
costaría demasiado dinero. ¿Dinero de qué? ¿Así es como cuantifica el señor presidente
la tragedia que se está viviendo en la Franja? ¿Con dinero
en un plato de la balanza y las vidas de dos millones de inocentes en el otro?
Si siempre calcula con esa matemática maquiavélica, vamos a tener que darle la
razón a quienes lo ven como un pragmático sin escrúpulos, como un ser frío e
insensible, como un amoral.
La política exterior del Gobierno español en el complejo asunto de Oriente Medio estaba siendo, hasta hoy, modélica,
impecable. El presidente había convencido a esa mitad del pueblo español que
aún cree en la democracia de que, esta vez sí, estábamos en el lado bueno de la
historia, con la justicia, con la dignidad, con los derechos humanos. Con los
pocos países de la comunidad internacional que condenan la violencia extrema
judía, el ojo por ojo y la Ley del Talión. Por
un momento nos sentíamos orgullosos de ser el blanco de la ira, de las
amenazas, de los exabruptos y la bilis del asesino de masas Bibi, el arquitecto
del Auschwitz palestino. Y cuando salíamos por ahí
fuera, por Europa, presumíamos por primera vez
en siglos de no mezclarnos con bárbaros totalitarios, con esos autócratas
del Likud que van camino de dejar a los nazis como
hermanitas de la caridad. Monstruos que brindan con champán cada vez que vuela
por los aires una casa, un hospital o un convoy de la Cruz Roja. Tipos capaces de alegrarse de la muerte del
papa Francisco solo porque el pontífice se posicionó
con valentía en contra de las masacres perpetradas en aquellas tierras
bíblicas. Y de buenas a primeras, de la noche a la mañana, nos desayunamos con
este Watergate armamentístico a la española, un
chanchullo que no entendemos, un pelotazo para algún cuñado de alguien, una
noticia incomprensible que solo Sánchez entiende y que nos hace perder la poca
fe que nos quedaba ya en quienes nos están gobernando.
Sánchez ha tirado por tierra todos estos años de buena política
internacional. Lo ha hecho por un puñado de balas del calibre nueve milímetros,
el tamaño del corazón de algunos que están mal gobernando este país. Y va el ministro
del Interior y nos dice que frenar la operación nos costaría cinco millones de
euros, o sea, un dineral. Váyase a barrer el Monte del Sinaí,
señor mío. Ya nos da igual si todo este desastre (lo peor que hemos visto del
sanchismo) es culpa de Margarita, de Fernandito o de Fulanita. Ya poco nos
importa si todo ha sido un lamentable error burocrático u obedece a motivos
geoestratégicos y de alta política internacional. Sánchez no puede (no debe)
dejar pasar ni un solo minuto sin rescindir esos contratos de la muerte que nos
convierten a todos los españoles en amigos de los verdugos, en cómplices de un
genocidio y en el hazmerreír de Europa, donde ya empezaban a vernos como el
último pueblo decente del mundo occidental. Paren ya este execrable negocio. Dejen
de comerciar con la sangre de los niños palestinos. Y de paso destinen ese
dinero para balas asesinas a la comida, agua y medicinas que hace meses no le
llegan a aquella pobre gente dejada de la mano de Dios.
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