El sector trumpista de la Iglesia católica maniobra para instalar a un ultraconservador en el trono de Roma tras la muerte de Francisco I
El Vaticano expone el cuerpo inerte de Francisco en la Basílica de San Marta.
Y lo hace en un austero ataúd de madera muy alejado del boato de otros sumos
pontífices. Austeridad. Así vivió y así decidió morir el papa de la justicia
social, el papa de los pobres, el papa rojillo. Durante su pontificado de 12
años, logró enervar a los poderes ultrarreaccionarios del mundo, o sea al Opus
Dei y al trumpismo de nuevo cuño (con sus ramificaciones y tentáculos
enraizados por todo el orbe). Encabronó a Bannon, a Milei, a Salvini y a la
mismísima Ayuso. Solo por eso, ha merecido la
pena este viaje, camarada Bergoglio.
El legado histórico, religioso y político del papa que nos deja es inmenso.
Quedan sus franciscanas enseñanzas sobre el respeto al inmigrante (“una persona
es sagrada”, clamaba en el desierto); sobre el derecho universal a una economía
justa y redistributiva (palo al capitalismo salvaje); sobre la necesidad de un
medio ambiente sano y limpio (fue, sin duda, el primer papa plenamente ecofriendly). Queda su implacable lucha contra la
pederastia en la Iglesia (“vergüenza”, decía cada vez que hablaba sobre este
escabroso asunto que le quemaba la sangre más que ningún otro), así como su no
rotundo ante los genocidios palestino y ucraniano. Frente a la descerebrada y
deshumanizada “batalla cultural” de los fanáticos, él opuso la doctrina del
amor. Por eso lo odiaban.
“Es mejor ser ateo que ir a misa todos los domingos y ser un mal
cristiano”, soltó en una ocasión para escándalo de hipócritas y fariseos. Pocas
sentencias más subversivas se han dicho desde que Jesús sacó a los ricos, a bastonazos, del templo
de su padre. Nada de lo que decía Francisco caía en saco roto. No en vano, ha
sido el papa más revolucionario de la historia, lo cual no es poco en una
institución como la Iglesia con dos mil años de inmovilismo, dogma y tradición.
Ahora los mismos que soñaban con su muerte lloran lágrimas de cocodrilo.
Asquea especialmente ese tuit de Milei, el loco de la motosierra que no hace
tanto calificaba a Bergoglio como un “zurdo representante del maligno en la
casa de Dios” y que hoy, falsamente compungido, muestra su más
profundo dolor por la pérdida del pastor de la cristiandad. Los sepulcros
blanqueados están más vigentes que nunca.
A Trump le sobraba el incómodo sacerdote de aires
marxistas. Por eso ha enviado a Vance a Roma, para rematar la faena, para terminar de apagar la
llama del hombre enfrentado a la diabólica internacional fascista. ¿Qué le ha
susurrado al oído al amigo de los pobres el siniestro vicepresidente yanqui?
¿Le ha hablado de la Solución Final para el masacrado pueblo gazatí, le ha
estremecido con el macabro plan para deportar inmigrantes a las prisiones
de Bukele, en definitiva, ha puesto al Santo Padre ante un
futuro negro y apocalíptico para la humanidad bajo el yugo del nuevo nazismo?
Si ha sido así, no extraña que a Francisco le haya dado el ictus. Los médicos
vaticanos habían aconsejado a Bergoglio que no se expusiera a sobresaltos
innecesarios y Vance, con su porte de Joseph Goebbels a
la americana, de embajador de la muerte enviado por el trumpismo para dar a
conocer el plan de nazificación global, ha podido acelerar el apagón del
corazón sensible del papa, su recaída, su óbito súbito e imprevisto.
El primer papa que puso pie en Lampedusa para
recordarnos que los inmigrantes son personas, no animales ni números que tachar
de una lista, era el último bastión de la cristiandad contra la oleada
imparable del fascismo. Ahora, los poderes fácticos de la extrema derecha en
Roma (que haberlos haylos) mueven sus peones en la sombra para asestar el golpe
de mano al trono de Dios en la Tierra, la última cátedra que les falta por
usurpar en la ansiada instauración de la gran autocracia mundial o Cuarto Reich. Todo puede ocurrir en el histórico
cónclave que se abrirá el 5 de mayo. A Trump le gusta, cómo no, el
cardenal Raymond Leo Burke, muy crítico con las reformas de
Francisco y conocido por su oposición al matrimonio entre personas del mismo
sexo, a la eutanasia, a la comunión para divorciados y personas LGTBI. No
andará muy lejos la CIA la mañana en que los obispos se reúnan en la Capilla Sixtina. De esa cuerda rancia, medievalista y
preconciliar son Robert Sarah (cardenal de
Guinea), Willem Eijk (arzobispo de Utrecht) y el
húngaro Peter Erdó, próximo a las tesis reaccionarias del
dictador Orbán.
Desaparecido Francisco, muchos son los que anhelan el advenimiento de
otro Ratzinger, aquel pontífice que en su juventud pasó por
las Juventudes Hitlerianas, obligado como otros muchos
jóvenes de su generación, todo hay que decirlo, pero algo que imprime carácter,
como ya se vio durante su reinado espiritual sobre el mundo terrenal. Si un
papa es el representante del Altísimo en el mundo, la extrema derecha necesita
un Dios ultra, duro, gore, como el Dios judío de Netanyahu, un puño de hierro que sigue matando a los
niños de Gaza como si nada (Bibi ni
siquiera se ha dignado a enviar el habitual telegrama de condolencia por la
muerte de Francisco, qué mejor síntoma de los tiempos que vivimos). La
internacional ultra necesita un Dios de su lado, un Dios inflexible con un
ministro inflexible en el trono de San Pedro, y si da la misa en latín, con
castigo de silicio para pecadores, mejor que mejor. No podemos adivinar lo que
nos deparará el cónclave, pero mucho nos tememos que los llamados progresistas
(siempre teniendo en cuenta que progresistas no hay en la Iglesia católica)
pueden ser arrinconados. No parece el momento de la terna transalpina,
los Parolin, Zuppi y Pizzaballa, todos ellos próximos a la escuela de
Francisco, tampoco de los cardenales exóticos que una vez más se han colado en
las quinielas, como el filipino Tagle. El gobierno
mundial nazi requiere un papa nazi, nada de negros. Por algo lo llaman fumata
blanca.
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