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miércoles, 15 de abril de 2026

15/04/2026 - ISRAEL, EL IV REICH

Israel, concebido como refugio de las víctimas del antisemitismo, reproduce los métodos estructurales del fanatismo que lo persiguió. Lo hace no desde la ideología antisemita, sino desde su reverso teológico-político: el nacionalismo mesiánico

José Antonio Gómez

La historia tiene una obsesión casi patológica por repetirse, aunque lo haga disfrazada de modernidad. En cada ciclo de violencia política o expansión imperial, los fundamentos siguen siendo los mismos: miedo, supremacismo, mito y poder. El III Reich, como encarnación extrema del proyecto totalitario en el siglo XX, no fue simplemente una anomalía dentro de Europa, sino la expresión pura de un modelo de Estado que aspiraba a la homogeneidad absoluta. Hoy, en pleno siglo XXI, Israel, con su enorme capacidad tecnológica, su alianza estratégica con Occidente y su aura de excepcionalismo moral, parece reproducir en clave contemporánea esa misma arquitectura política que el mundo juró no volver a tolerar. La afirmación es incómoda y provocadora, pero también necesaria para comprender la deriva geopolítica de nuestra época.

La imposición de un supremacismo racial fue el punto de partida del Reich, el núcleo ideológico que definía quién merecía existir y quién debía ser eliminado o subordinado. En 2026, Israel no utiliza ese lenguaje, pero emplea un sistema legal, simbólico y militar que crea una jerarquía nacional implícita. Desde la promulgación de la Ley del Estado-Nación judío en 2018, el país consagra oficialmente su identidad religiosa como elemento estructural del Estado, situando al ciudadano judío en un plano superior respecto a los árabes, drusos o cristianos que comparten territorio bajo administración israelí. La norma, celebrada internamente como afirmación de identidad, tiene implicaciones profundas: legitima una ontología política que divide a los habitantes no por su comportamiento ni por su ciudadanía formal, sino por su pertenencia étnico-religiosa.

Esta lógica del exclusivismo sagrado es la herencia adaptada del pensamiento racista clásico. Hitler y sus asesores pseudocientíficos justificaron la pureza ariana con argumentos biológicos; Netanyahu y el nacionalismo israelí lo hacen con argumentos teológicos e históricos. Ambos construyen identidad a través del antagonismo. El judío era, para el nazismo, el elemento corruptor que impedía la unidad de Alemania; el palestino lo es hoy para el israelismo más radical: el obstáculo permanente para la seguridad y la santidad del territorio. En el fondo, ambos discursos cristalizan un mecanismo psicológico universal: la cohesión interna mediante el odio externo.

El supremacismo israelí contemporáneo se sostiene hoy bajo un revestimiento más sofisticado que el nazi. Utiliza la retórica de la democracia y la defensa frente al terrorismo como eje legitimador. Esa versión moderna de la intolerancia se disfraza de legalidad y autodefensa. Las campañas militares en Gaza o las demoliciones de viviendas palestinas en Cisjordania se presentan ante la comunidad internacional como ejercicios quirúrgicos de seguridad nacional, cuando en realidad perpetúan una estructura de dominación étnica análoga a la que los alemanes practicaban contra los pueblos ocupados. En ambos casos, el Estado logra transformar la agresión en defensa, la expansión territorial en acto moral.

La anexión ilegal de territorios, directa o encubierta, fue uno de los pilares de la maquinaria nazi. La ocupación del Sudetenland, Austria o Polonia se justificaba con el argumento étnico de la “protección de la comunidad alemana”. Israel replica ese patrón con sus asentamientos y su administración colonial sobre Gaza y Cisjordania. Cada ampliación territorial israelí responde oficialmente a una lógica de seguridad o defensa frente a ataques potenciales, pero el trasfondo es idéntico al del Reich: ampliar el espacio vital del grupo dominante y alterar irreversiblemente la demografía del territorio.

Desde la firma de los Acuerdos de Oslo hasta los recientes planes de anexión de partes de Judea y Samaria, el Estado israelí ha logrado convertir la ocupación en un hecho consumado mediante una estrategia gradual y administrativa. Ya no se trata de una invasión abierta, sino de un sistema jurídico y urbanístico que borra fronteras y absorbe territorios. En el lenguaje geopolítico contemporáneo, esto se llama “zona de seguridad”; en el lenguaje de los años treinta sería “Lebensraum”: expansión justificada por supervivencia. Los mecanismos son los mismos; solo cambia la retórica.

El nazismo, en su aspiración imperial, entendía que la anexión no era solo un acto político, sino también simbólico: el territorio conquistado debía reflejar la ideología del conquistador. Israel hace lo mismo con sus asentamientos. Cada colonia en Cisjordania se erige como templo nacionalista donde se reafirman las narrativas del pueblo elegido y se construye una memoria espacial que niega la presencia histórica de los demás. Es una conquista cultural antes que militar, pero su efecto final es idéntico: borrar la alteridad para producir homogeneidad.

La represión, los asesinatos selectivos y las torturas a minorías completan este esquema de control absoluto. El III Reich perfeccionó el Estado policial utilizando una combinación de terror interno y propaganda externa. La Gestapo, las SS y el sistema de campos de concentración operaban como instrumentos del miedo colectivo. Israel, salvando las formas y el vocabulario, reproduce esa estructura mediante tecnología de vigilancia masiva, control de movimientos y castigo ejemplar. Drones, algoritmos y cámaras sustituyen a los uniformes negros, pero el principio es idéntico: la población sometida debe vivir bajo amenaza constante.

La política israelí hacia Gaza es el paradigma de esa modernización del autoritarismo. Los bombardeos selectivos, justificados como respuesta a ataques terroristas, se convierten en rituales de poder mediático. Cada explosión no solo destruye vidas, sino que reafirma ante la opinión pública interna y occidental la fortaleza de Israel y su superioridad moral. De igual modo, los asesinatos extrajudiciales de líderes palestinos recuerdan los métodos del III Reich contra disidentes y opositores. El término “selectivo” o “quirúrgico” disfraza el carácter fundamentalmente político de esas ejecuciones, que buscan eliminar no tanto amenazas militares reales como símbolos ideológicos de resistencia.

A nivel psicológico, esta dinámica reproduce el ciclo de miedo y obediencia que caracterizó los regímenes totalitarios. La sociedad israelí, acostumbrada a vivir en Estado de alerta, acepta el endurecimiento de las políticas como parte de su supervivencia nacional. El ciudadano medio no se siente cómplice de la violencia institucional, porque la cree inevitable. Esa misma lógica justifica la indiferencia alemana ante la persecución de los judíos: mientras el Estado prometa protección, la moral se suspende.

Si hay un vínculo especialmente inquietante entre el Reich y el actual gobierno israelí es la relación entre religión, mito y poder. Hitler, aunque no era religioso en el sentido estricto, comprendía la fuerza del mito espiritual como herramienta de control. Su fascinación por el ocultismo, las runas y la mística aria respondía a una necesidad de construir una identidad colectiva que trascendiera la política. Lo mismo ocurre en Israel, donde el mesianismo bíblico de Benjamin Netanyahu y la derecha religiosa utiliza las Escrituras como fundamento de territorialidad y destino político.

El amor al ocultismo de Hitler y la sumisión bíblica de Netanyahu son expresiones distintas del mismo impulso: transformar el poder en sacralidad. Cuando un gobierno se concibe como instrumento de una fuerza superior —sean los dioses germánicos o Yahvé— deja de responder ante la ética humana y se convierte en administrador del mito. Esa sacralización permite que sus actos, incluso los más crueles, se perciban como parte de un plan divino o de una misión cósmica. Hitler hablaba del destino del pueblo alemán; Netanyahu lo hace del cumplimiento del mandato ancestral de Israel sobre la tierra prometida. El resultado emocional es idéntico: el líder adquiere autoridad espiritual y se libera de la responsabilidad ante el sufrimiento ajeno.

Este mecanismo sagrado-político es esencial para sostener el belicismo y la necesidad de la guerra, el quinto eje del paralelismo. El Reich necesitaba la guerra porque en ella encontraba sentido histórico, cohesión social y expansión económica. Israel la necesita porque ha convertido la guerra en un estado natural de existencia. Desde 1948, el país ha estado envuelto en conflictos que se presentan como inevitables, como repeticiones de su lucha por la supervivencia. Sin embargo, detrás de esa narrativa de amenaza eterna, hay un sistema económico y político que depende de la militarización. La industria armamentística israelí, una de las más avanzadas del mundo, genera miles de millones de dólares y sostiene el poder tecnológico del Estado. En ese contexto, la paz no es rentable ni ideológicamente viable: destruir al enemigo es el único modo de reafirmar la identidad.

El belicismo israelí, como el alemán, cumple además una función psicológica profunda. La guerra, al igual que la religión, sirve para purificar al cuerpo social. Cada ataque, cada movilización, se convierte en un acto de catarsis colectiva donde se renuevan los lazos nacionales. Hitler utilizó la invasión como ceremonia de unión; Israel convierte el bombardeo en ritual de supervivencia. En ambos casos, la destrucción del otro actúa como reafirmación de sí. Así, el conflicto permanente no es un accidente geopolítico, sino el corazón del proyecto político.

La clave geoestratégica reside en cómo ambos Estados lograron convertir el aislamiento en virtud. Alemania, marginada por el Tratado de Versalles, convirtió su humillación en orgullo. Israel, aislado por su entorno árabe, transformó el asedio en identidad. En ambos casos, el relato del enemigo rodeando la nación actúa como justificación de toda estrategia brutal. Lo que el III Reich llamó “defensa anticipada”, Israel lo denomina “respuesta proporcional”. La lógica del miedo se institucionaliza: se crea un entorno donde el ataque constante parece la única garantía de seguridad.

Pero, más allá de las analogías políticas, hay una coincidencia estructural en la manipulación del trauma. El Reich se alimentaba del resentimiento alemán tras la Primera Guerra Mundial; Israel, del trauma del Holocausto. En ambos casos, el dolor colectivo se convierte en arma ideológica. Hitler supo canalizar el sufrimiento nacional hacia el odio al otro; Netanyahu canaliza la memoria del genocidio hacia la justificación del dominio colonial. La memoria del sufrimiento, cuando se monopoliza políticamente, se transforma en excusa para reproducir el mismo daño. El pueblo que más sufrió se siente autorizado para infligir sufrimiento en nombre de su supervivencia.

La paradoja histórica es devastadora: Israel, concebido como refugio de las víctimas del antisemitismo, reproduce los métodos estructurales del fanatismo que lo persiguió. Lo hace no desde la ideología antisemita, sino desde su reverso teológico-político: el nacionalismo mesiánico. Su poder no se construye en el desprecio racial hacia el judío, sino en la exclusión sistemática del no judío. Pero el resultado es igual: segregación, humillación, control, exterminio lento. El perseguidor ha adoptado la forma del perseguido, y en ese espejo histórico se disuelve la frontera moral.

La complicidad internacional refuerza esta reproducción. Así como las potencias occidentales toleraron durante años la expansión de Hitler por cálculo geopolítico, hoy toleran la ocupación israelí por interés estratégico. La alianza con Estados Unidos convierte cada exceso en legitimidad. La propaganda del Reich se construyó a partir de la idea de una civilización superior que debía proteger Europa de la barbarie; Israel se presenta como bastión civilizatorio frente al extremismo islámico. El discurso es el mismo: Occidente nos necesita. De esa necesidad se deriva la permisividad, la impunidad y la repetición.

La diferencia es únicamente estética. Donde el Reich desplegaba desfiles, Israel despliega diplomacia y tecnología. Donde Hitler hablaba de sangre y suelo, Netanyahu habla de fe y seguridad. Pero el resultado social, geográfico y humano converge: territorios ocupados, minorías sometidas y un discurso legitimador de superioridad moral. Ambos convierten el nacionalismo en religión y la religión en instrumento político.

Lo más inquietante es que este paralelismo no solo se da en la estructura institucional, sino en el inconsciente colectivo. La sociedad israelí, educada en el miedo, ha interiorizado la guerra como condición de existencia, igual que la alemana lo hizo bajo el nazismo. En ambos pueblos, la normalidad se define por la presencia constante del enemigo. Cuando ese enemigo desaparece, el Estado pierde sentido. Esa psicología de la amenaza perpetua es el principal motor del autoritarismo moderno: sin enemigo no hay nación.

En el plano filosófico, el paralelismo entre el Reich y Israel plantea una cuestión moral radical: ¿puede la víctima convertirse en verdugo sin destruir su propio relato legitimador? Israel existe porque recuerda el Holocausto, pero su política actual convierte esa memoria en instrumento de opresión. El Reich existía porque recordaba la humillación del Tratado de Versalles y utilizaba ese recuerdo para justificar su venganza. En ambos casos, la memoria colectiva se deforma en ideología. Y cuando eso ocurre, el pasado deja de enseñar; se convierte en combustible para nuevos crímenes.

La historia debería servir para establecer límites éticos, pero Israel ha logrado invertir esa función: utiliza el pasado como inmunidad moral. Ninguna crítica puede sobrevivir al peso del Holocausto; ningún tribunal puede igualar el valor simbólico de seis millones de muertos. Esa excepcionalidad produce impunidad. Así, las bombas sobre Gaza se justifican no por estrategia militar, sino por la idea de que cada palestino podría ser —en el imaginario político israelí— el nuevo Hitler. La teología de la defensa total mata la posibilidad de la paz y perpetúa la lógica apocalíptica que el nazismo también abrazó: la guerra como destino del pueblo elegido.

Los paralelismos entre el Reich y el Estado israelí no deben entenderse como equivalencia moral en bloque, sino como advertencia estructural. Uno nació de la idolatría del cuerpo racial; el otro, de la sacralización del cuerpo religioso. Ambos sistemas transformaron la identidad en frontera y la frontera en arma. Si el siglo XX fue el laboratorio del totalitarismo, el XXI está demostrando que la tecnología y el mito pueden mantenerlo vivo bajo nuevos nombres.

La reflexión final no puede ser solo histórica, sino ética. Israel, en su búsqueda de supervivencia, ha cruzado la línea que separa la autodefensa de la dominación. En ese tránsito ha reproducido, sin saberlo o sin querer reconocerlo, las formas más temidas del poder moderno: la supremacía, la ocupación, la tortura y la fe convertida en ideología. Lo hizo en nombre de su memoria, y por eso resulta doblemente trágico.

La pregunta esencial es si la humanidad, observando esta metamorfosis, volverá a repetir su error de mirar hacia otro lado. En los años treinta, el mundo toleró el ascenso del nazismo por comodidad y cálculo. Hoy tolera el abuso israelí por culpa y dependencia. La lógica es idéntica: la inacción como complicidad.

Cuando el viejo perseguidor y el nuevo Estado que nació de su sombra se reflejan mutuamente, el espejo de la historia se rompe. Lo que queda son los fragmentos: supremacismo, anexión, represión, misticismo y guerra. Cinco vértices del mismo triángulo oscuro que la humanidad parece incapaz de desmontar. Y en cada reflejo, la conciencia colectiva se pregunta si acaso la civilización aprende o simplemente cambia de rostro para repetir su violencia.

Rabinos y judíos eminentes contra Israel

La crítica al sionismo no procede únicamente del mundo académico o de la izquierda internacional, sino también de voces judías y rabínicas que se reivindican precisamente desde dentro de la tradición hebrea. El rabino Yisroel Dovid Weiss, portavoz de Neturei Karta, sostiene que los judíos deben oponerse de forma pacífica al Estado de Israel y ha descrito el sionismo como una corriente “herética” que usurpa el nombre del judaísmo. En la misma línea, Neturei Karta defiende que la soberanía judía sobre la tierra de Israel solo puede llegar con la llegada del Mesías, no mediante un proyecto nacional moderno. Esa disidencia religiosa se cruza hoy con la de intelectuales, artistas y antiguos responsables israelíes que denuncian la deriva del Estado y el uso político de la memoria judía para justificar la ocupación y la guerra.

A esa fractura interna se suma una constelación creciente de actores y actrices judíos que han roto con la narrativa oficial israelí. En Hollywood, nombres como Joaquin PhoenixElliot GouldJoel CoenNan Goldin o Naomi Klein respaldaron públicamente las críticas al discurso de Jonathan Glazer sobre Gaza, en una carta colectiva que denunció el secuestro del judaísmo y de la memoria del Holocausto para justificar la violencia contra civiles palestinos. En esa misma línea de disidencia, la actriz judía Hannah Einbinder llegó a definir el sionismo como “un proyecto político basado en la colonización de la tierra de Palestina para crear una mayoría judía”, una frase que ilustra hasta qué punto parte de la cultura judía contemporánea rechaza la identificación automática entre judaísmo y Estado israelí.

También han aparecido en el debate figuras del entretenimiento y de la cultura judía que, sin abrazar necesariamente el anti-sionismo religioso, sí cuestionan la legitimidad moral de las operaciones israelíes en Gaza y Cisjordania. Ese fenómeno no es marginal: refleja una ruptura visible entre la identidad judía cultural y la política estatal israelí, especialmente entre sectores artísticos que consideran que la devastación sobre Gaza ha convertido a Israel en un sujeto político incompatible con los valores humanistas que históricamente reivindicó parte de la diáspora.

 

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