Israel, concebido como refugio de las víctimas del antisemitismo, reproduce los métodos estructurales del fanatismo que lo persiguió. Lo hace no desde la ideología antisemita, sino desde su reverso teológico-político: el nacionalismo mesiánico
La historia tiene una obsesión casi patológica por repetirse, aunque lo
haga disfrazada de modernidad. En cada ciclo de violencia política o expansión
imperial, los fundamentos siguen siendo los mismos: miedo, supremacismo, mito y
poder. El III Reich, como encarnación extrema
del proyecto totalitario en el siglo XX, no fue simplemente una anomalía dentro
de Europa, sino la expresión pura de un modelo de Estado que aspiraba a la
homogeneidad absoluta. Hoy, en pleno siglo XXI, Israel,
con su enorme capacidad tecnológica, su alianza estratégica con Occidente y su
aura de excepcionalismo moral, parece reproducir en clave contemporánea esa
misma arquitectura política que el mundo juró no volver a tolerar. La
afirmación es incómoda y provocadora, pero también necesaria para comprender la
deriva geopolítica de nuestra época.
La imposición de un supremacismo racial fue el punto
de partida del Reich, el núcleo ideológico que definía quién merecía existir y
quién debía ser eliminado o subordinado. En 2026, Israel no utiliza ese
lenguaje, pero emplea un sistema legal, simbólico y militar que crea una
jerarquía nacional implícita. Desde la promulgación de la Ley del Estado-Nación judío en 2018, el país
consagra oficialmente su identidad religiosa como elemento estructural del
Estado, situando al ciudadano judío en un plano superior respecto a los árabes,
drusos o cristianos que comparten territorio bajo administración israelí. La
norma, celebrada internamente como afirmación de identidad, tiene implicaciones
profundas: legitima una ontología política que divide a los habitantes no por
su comportamiento ni por su ciudadanía formal, sino por su pertenencia
étnico-religiosa.
Esta lógica del exclusivismo sagrado es
la herencia adaptada del pensamiento racista clásico. Hitler y sus asesores
pseudocientíficos justificaron la pureza ariana con argumentos biológicos;
Netanyahu y el nacionalismo israelí lo hacen con argumentos teológicos e
históricos. Ambos construyen identidad a través del antagonismo. El judío era,
para el nazismo, el elemento corruptor que impedía la unidad de Alemania; el
palestino lo es hoy para el israelismo más radical: el obstáculo permanente
para la seguridad y la santidad del territorio. En el fondo, ambos discursos
cristalizan un mecanismo psicológico universal: la cohesión interna mediante el
odio externo.
El supremacismo israelí contemporáneo se sostiene hoy
bajo un revestimiento más sofisticado que el nazi. Utiliza la retórica de la
democracia y la defensa frente al terrorismo como eje legitimador. Esa versión
moderna de la intolerancia se disfraza de legalidad y autodefensa. Las campañas
militares en Gaza o las demoliciones de viviendas palestinas en Cisjordania se
presentan ante la comunidad internacional como ejercicios quirúrgicos de
seguridad nacional, cuando en realidad perpetúan una estructura de dominación
étnica análoga a la que los alemanes practicaban contra los pueblos ocupados.
En ambos casos, el Estado logra transformar la agresión en defensa, la
expansión territorial en acto moral.
La anexión ilegal de territorios, directa o encubierta,
fue uno de los pilares de la maquinaria nazi. La ocupación del Sudetenland,
Austria o Polonia se justificaba con el argumento étnico de la “protección de
la comunidad alemana”. Israel replica ese patrón con sus asentamientos y su administración
colonial sobre Gaza y Cisjordania. Cada ampliación territorial israelí responde
oficialmente a una lógica de seguridad o defensa frente a ataques potenciales,
pero el trasfondo es idéntico al del Reich: ampliar el espacio vital del grupo
dominante y alterar irreversiblemente la demografía del territorio.
Desde la firma de los Acuerdos de Oslo hasta los recientes planes de
anexión de partes de Judea y Samaria, el Estado israelí ha logrado convertir la
ocupación en un hecho consumado mediante una estrategia gradual y
administrativa. Ya no se trata de una invasión abierta, sino de un sistema
jurídico y urbanístico que borra fronteras y absorbe territorios. En el
lenguaje geopolítico contemporáneo, esto se llama “zona de seguridad”; en el
lenguaje de los años treinta sería “Lebensraum”: expansión justificada por supervivencia. Los mecanismos
son los mismos; solo cambia la retórica.
El nazismo, en su aspiración imperial, entendía que la anexión no era solo
un acto político, sino también simbólico: el territorio conquistado debía
reflejar la ideología del conquistador. Israel hace lo mismo con sus
asentamientos. Cada colonia en Cisjordania se erige como templo nacionalista
donde se reafirman las narrativas del pueblo elegido y se construye una memoria
espacial que niega la presencia histórica de los demás. Es una conquista
cultural antes que militar, pero su efecto final es idéntico: borrar la
alteridad para producir homogeneidad.
La represión, los asesinatos selectivos y las torturas a minorías completan
este esquema de control absoluto. El III Reich perfeccionó el Estado policial
utilizando una combinación de terror interno y propaganda externa. La Gestapo,
las SS y el sistema de campos de concentración operaban como instrumentos del
miedo colectivo. Israel, salvando las formas y el vocabulario, reproduce esa
estructura mediante tecnología de vigilancia masiva, control de movimientos y
castigo ejemplar. Drones, algoritmos y cámaras sustituyen a los uniformes
negros, pero el principio es idéntico: la población sometida debe vivir bajo
amenaza constante.
La política israelí hacia Gaza es el paradigma de esa modernización del
autoritarismo. Los bombardeos selectivos,
justificados como respuesta a ataques terroristas, se convierten en rituales de
poder mediático. Cada explosión no solo destruye vidas, sino que reafirma ante
la opinión pública interna y occidental la fortaleza de Israel y su
superioridad moral. De igual modo, los asesinatos extrajudiciales de
líderes palestinos recuerdan los métodos del III Reich contra
disidentes y opositores. El término “selectivo” o “quirúrgico” disfraza el
carácter fundamentalmente político de esas ejecuciones, que buscan eliminar no
tanto amenazas militares reales como símbolos ideológicos de resistencia.
A nivel psicológico, esta dinámica reproduce el ciclo de miedo y obediencia que caracterizó los regímenes
totalitarios. La sociedad israelí, acostumbrada a vivir en Estado de alerta,
acepta el endurecimiento de las políticas como parte de su supervivencia
nacional. El ciudadano medio no se siente cómplice de la violencia
institucional, porque la cree inevitable. Esa misma lógica justifica la
indiferencia alemana ante la persecución de los judíos: mientras el Estado prometa protección, la moral se suspende.
Si hay un vínculo especialmente inquietante entre el Reich y el actual
gobierno israelí es la relación entre religión, mito y poder. Hitler, aunque no
era religioso en el sentido estricto, comprendía la fuerza del mito espiritual
como herramienta de control. Su fascinación por el ocultismo, las runas y la mística aria respondía a
una necesidad de construir una identidad colectiva que trascendiera la
política. Lo mismo ocurre en Israel, donde el mesianismo bíblico de Benjamin
Netanyahu y la derecha religiosa utiliza las Escrituras como
fundamento de territorialidad y destino político.
El amor al ocultismo de Hitler y la sumisión bíblica de Netanyahu son expresiones
distintas del mismo impulso: transformar el poder en sacralidad. Cuando un
gobierno se concibe como instrumento de una fuerza superior —sean los dioses
germánicos o Yahvé— deja de responder ante la ética humana y se convierte en
administrador del mito. Esa sacralización permite que sus actos, incluso los
más crueles, se perciban como parte de un plan divino o de una misión cósmica.
Hitler hablaba del destino del pueblo alemán; Netanyahu lo hace del
cumplimiento del mandato ancestral de Israel sobre la tierra prometida. El
resultado emocional es idéntico: el líder adquiere autoridad espiritual y se
libera de la responsabilidad ante el sufrimiento ajeno.
Este mecanismo sagrado-político es esencial para sostener el belicismo y la necesidad de la guerra, el quinto eje
del paralelismo. El Reich necesitaba la guerra porque en ella encontraba
sentido histórico, cohesión social y expansión económica. Israel la necesita
porque ha convertido la guerra en un estado natural de existencia. Desde 1948,
el país ha estado envuelto en conflictos que se presentan como inevitables,
como repeticiones de su lucha por la supervivencia. Sin embargo, detrás de esa
narrativa de amenaza eterna, hay un sistema económico y político que depende de
la militarización. La industria armamentística israelí, una de las más
avanzadas del mundo, genera miles de millones de dólares y sostiene el poder
tecnológico del Estado. En ese contexto, la paz no es rentable ni
ideológicamente viable: destruir al enemigo es el único modo de reafirmar la
identidad.
El belicismo israelí, como el alemán, cumple además una función psicológica
profunda. La guerra, al igual que la religión, sirve para purificar al cuerpo social. Cada ataque, cada
movilización, se convierte en un acto de catarsis colectiva donde se renuevan
los lazos nacionales. Hitler utilizó la invasión como ceremonia de unión;
Israel convierte el bombardeo en ritual de supervivencia. En ambos casos, la
destrucción del otro actúa como reafirmación de sí. Así, el conflicto
permanente no es un accidente geopolítico, sino el corazón del proyecto
político.
La clave geoestratégica reside en cómo ambos Estados lograron convertir el aislamiento en virtud. Alemania, marginada
por el Tratado de Versalles, convirtió su humillación en orgullo. Israel,
aislado por su entorno árabe, transformó el asedio en identidad. En ambos
casos, el relato del enemigo rodeando la nación actúa como justificación de
toda estrategia brutal. Lo que el III Reich llamó “defensa anticipada”, Israel
lo denomina “respuesta proporcional”. La lógica del miedo se institucionaliza:
se crea un entorno donde el ataque constante parece la única garantía de
seguridad.
Pero, más allá de las analogías políticas, hay una coincidencia estructural
en la manipulación del trauma. El Reich se alimentaba del
resentimiento alemán tras la Primera Guerra Mundial; Israel, del trauma del
Holocausto. En ambos casos, el dolor colectivo se convierte en arma ideológica.
Hitler supo canalizar el sufrimiento nacional hacia el odio al otro; Netanyahu
canaliza la memoria del genocidio hacia la justificación del dominio colonial.
La memoria del sufrimiento, cuando se monopoliza políticamente, se transforma
en excusa para reproducir el mismo daño. El pueblo que más sufrió se
siente autorizado para infligir sufrimiento en nombre de su supervivencia.
La paradoja histórica es devastadora: Israel, concebido como refugio de las
víctimas del antisemitismo, reproduce los métodos estructurales del fanatismo
que lo persiguió. Lo hace no desde la ideología antisemita, sino desde su
reverso teológico-político: el nacionalismo mesiánico. Su poder no se construye
en el desprecio racial hacia el judío, sino en la exclusión sistemática del no
judío. Pero el resultado es igual: segregación, humillación, control,
exterminio lento. El perseguidor ha adoptado la forma del
perseguido, y en ese espejo histórico se disuelve la frontera moral.
La complicidad internacional refuerza esta reproducción. Así como las
potencias occidentales toleraron durante años la expansión de Hitler por
cálculo geopolítico, hoy toleran la ocupación israelí por interés estratégico.
La alianza con Estados Unidos convierte cada exceso en legitimidad. La
propaganda del Reich se construyó a partir de la idea de una civilización
superior que debía proteger Europa de la barbarie; Israel se presenta como
bastión civilizatorio frente al extremismo islámico. El discurso es el mismo: Occidente nos necesita. De esa necesidad se deriva la
permisividad, la impunidad y la repetición.
La diferencia es únicamente estética. Donde el Reich desplegaba desfiles,
Israel despliega diplomacia y tecnología. Donde Hitler hablaba de sangre y
suelo, Netanyahu habla de fe y seguridad. Pero el resultado social, geográfico
y humano converge: territorios ocupados, minorías
sometidas y un discurso legitimador de superioridad moral. Ambos
convierten el nacionalismo en religión y la religión en instrumento político.
Lo más inquietante es que este paralelismo no solo se da en la estructura
institucional, sino en el inconsciente colectivo. La sociedad israelí, educada
en el miedo, ha interiorizado la guerra como condición de existencia, igual que
la alemana lo hizo bajo el nazismo. En ambos pueblos, la normalidad se define
por la presencia constante del enemigo. Cuando ese enemigo desaparece, el
Estado pierde sentido. Esa psicología de la amenaza perpetua es el principal
motor del autoritarismo moderno: sin enemigo no hay nación.
En el plano filosófico, el paralelismo entre el Reich y Israel plantea una
cuestión moral radical: ¿puede la víctima convertirse en verdugo sin destruir
su propio relato legitimador? Israel existe porque recuerda el Holocausto, pero
su política actual convierte esa memoria en instrumento de opresión. El Reich
existía porque recordaba la humillación del Tratado de Versalles y utilizaba
ese recuerdo para justificar su venganza. En ambos casos, la memoria colectiva
se deforma en ideología. Y cuando eso ocurre, el pasado deja de enseñar; se
convierte en combustible para nuevos crímenes.
La historia debería servir para establecer límites éticos, pero Israel ha
logrado invertir esa función: utiliza el pasado como inmunidad moral. Ninguna
crítica puede sobrevivir al peso del Holocausto; ningún tribunal puede igualar
el valor simbólico de seis millones de muertos. Esa excepcionalidad produce
impunidad. Así, las bombas sobre Gaza se justifican no por estrategia militar,
sino por la idea de que cada palestino podría ser —en el imaginario político
israelí— el nuevo Hitler. La teología de la defensa total mata
la posibilidad de la paz y perpetúa la lógica apocalíptica que el nazismo
también abrazó: la guerra como destino del pueblo elegido.
Los paralelismos entre el Reich y el Estado israelí no deben entenderse
como equivalencia moral en bloque, sino como advertencia estructural. Uno nació
de la idolatría del cuerpo racial; el otro, de la sacralización del cuerpo
religioso. Ambos sistemas transformaron la identidad en frontera y la frontera
en arma. Si el siglo XX fue el laboratorio del totalitarismo, el XXI está
demostrando que la tecnología y el mito pueden mantenerlo vivo bajo nuevos
nombres.
La reflexión final no puede ser solo histórica, sino ética. Israel, en su
búsqueda de supervivencia, ha cruzado la línea que separa la autodefensa de la
dominación. En ese tránsito ha reproducido, sin saberlo o sin querer
reconocerlo, las formas más temidas del poder moderno: la supremacía, la
ocupación, la tortura y la fe convertida en ideología. Lo hizo en nombre de su
memoria, y por eso resulta doblemente trágico.
La pregunta esencial es si la humanidad, observando esta metamorfosis,
volverá a repetir su error de mirar hacia otro lado. En los años treinta, el
mundo toleró el ascenso del nazismo por comodidad y cálculo. Hoy tolera el
abuso israelí por culpa y dependencia. La lógica es idéntica: la inacción como complicidad.
Cuando el viejo perseguidor y el nuevo Estado que nació de su sombra se
reflejan mutuamente, el espejo de la historia se rompe. Lo que queda son los
fragmentos: supremacismo, anexión, represión, misticismo y guerra. Cinco
vértices del mismo triángulo oscuro que la humanidad parece incapaz de
desmontar. Y en cada reflejo, la conciencia colectiva se pregunta si acaso la
civilización aprende o simplemente cambia de rostro para repetir su violencia.
Rabinos y judíos eminentes contra Israel
La crítica al sionismo no procede únicamente del mundo académico o de la
izquierda internacional, sino también de voces judías y rabínicas que se
reivindican precisamente desde dentro de la tradición hebrea. El rabino Yisroel Dovid Weiss, portavoz de Neturei Karta,
sostiene que los judíos deben oponerse de forma pacífica al Estado de Israel y
ha descrito el sionismo como una corriente “herética” que usurpa el nombre del
judaísmo. En la misma línea, Neturei Karta defiende que la soberanía judía
sobre la tierra de Israel solo puede llegar con la llegada del Mesías, no
mediante un proyecto nacional moderno. Esa disidencia religiosa se cruza hoy
con la de intelectuales, artistas y antiguos responsables israelíes que denuncian
la deriva del Estado y el uso político de la memoria judía para justificar la
ocupación y la guerra.
A esa fractura interna se suma una constelación creciente de actores y actrices judíos que han roto con la
narrativa oficial israelí. En Hollywood, nombres como Joaquin Phoenix, Elliot Gould, Joel Coen, Nan Goldin o Naomi Klein respaldaron públicamente las críticas
al discurso de Jonathan Glazer sobre Gaza, en
una carta colectiva que denunció el secuestro del judaísmo y de la memoria del
Holocausto para justificar la violencia contra civiles palestinos. En esa misma
línea de disidencia, la actriz judía Hannah Einbinder llegó
a definir el sionismo como “un proyecto político basado en la colonización de
la tierra de Palestina para crear una mayoría judía”, una frase que ilustra
hasta qué punto parte de la cultura judía contemporánea rechaza la
identificación automática entre judaísmo y Estado israelí.
También han aparecido en el debate figuras del entretenimiento y de la
cultura judía que, sin abrazar necesariamente el anti-sionismo religioso, sí
cuestionan la legitimidad moral de las operaciones israelíes en Gaza y
Cisjordania. Ese fenómeno no es marginal: refleja una ruptura visible entre la
identidad judía cultural y la política estatal israelí, especialmente entre
sectores artísticos que consideran que la devastación sobre Gaza ha convertido
a Israel en un sujeto político incompatible con los valores humanistas que
históricamente reivindicó parte de la diáspora.
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