Hay palabras que delatan una forma de entender el mundo. Cuando desde la
derecha se presenta el absentismo laboral como uno de los grandes problemas de
nuestro país y se plantea que los trabajadores de baja deberían sufrir un mayor
castigo económico, el mensaje es claro: el enfermo deja de ser una persona para
convertirse en una sospecha.
Da la impresión de que para Alberto Núñez Feijóo quien enferma representa
un problema que hay que combatir, como si la enfermedad fuese una falta y no
una desgracia. Como si detrás de cada baja médica hubiese un fraude y no un
trabajador que ha visto quebrarse su salud después de años levantando este país
con su esfuerzo.
La realidad, sin embargo, es muy distinta. Quien está de baja ya pierde
poder adquisitivo. Ya paga un precio económico por enfermar. Nadie elige una
lesión, un cáncer, una depresión o una enfermedad degenerativa para cobrar
menos y vivir con incertidumbre. Solo quien nunca ha tenido que enfrentarse a
una baja prolongada puede pensar semejante disparate.
Pero si preocupan las declaraciones de Feijóo, aún más preocupantes son
algunas de las políticas impulsadas por el Partido Popular en Galicia.
Incentivar económicamente a quienes reduzcan las bajas laborales o aceleren las
altas médicas transmite un mensaje profundamente peligroso: que el criterio médico
puede acabar condicionado por objetivos económicos.
Los médicos realizan un juramento para
proteger la salud de sus pacientes. Su obligación es decidir con criterios
clínicos, no con incentivos políticos ni presupuestarios. La salud no puede
convertirse en una variable contable ni el trabajador enfermo en un obstáculo
para cuadrar las cuentas de una administración.
Cuando un médico siente la presión de dar un alta antes de tiempo porque
existe un incentivo económico para hacerlo, quien pierde no es el sistema.
Quien pierde es el trabajador que tendrá que volver a su puesto sin estar
recuperado, poniendo en riesgo su salud y, en muchos casos, agravando una
enfermedad que podría haberse tratado adecuadamente.
Todo esto recuerda inevitablemente a la obra Rebelión en la granja de
George Orwell. El caballo Boxer era el animal más trabajador de la granja.
Nunca protestaba. Siempre repetía que trabajaría más duro. Entregó toda su
fuerza y toda su vida al bienestar de los demás. Pero cuando enfermó y dejó de
ser útil, los cerdos no le mostraron agradecimiento alguno. Lo enviaron al
matadero para sacar beneficio incluso de sus últimos días.
La metáfora sigue teniendo una fuerza extraordinaria. El trabajador produce
riqueza durante décadas, sacrifica tiempo con su familia, desgasta su cuerpo y
su salud para que otros obtengan beneficios. Pero cuando enferma, algunos ya no
ven a una persona, sino un coste.
La diferencia entre una sociedad decente y otra profundamente injusta se
mide precisamente en cómo trata a quienes más lo necesitan. Defender a un
trabajador cuando está sano es sencillo. Lo verdaderamente importante es
defenderlo cuando enferma, cuando ya no puede producir al mismo ritmo y cuando
necesita que la sociedad le devuelva una parte de todo lo que él ha entregado.
La salud no puede ser un privilegio reservado para quien pueda
permitírsela. La baja médica no es un premio. Es un derecho conquistado tras
décadas de lucha obrera.
Y conviene no olvidarlo: cualquier trabajador puede convertirse mañana en
ese compañero que hoy algunos señalan como un problema. Porque nadie está a
salvo de un accidente, de un cáncer, de una enfermedad mental o de una lesión
incapacitante.
Por eso la respuesta no puede ser castigar al enfermo. La respuesta debe
ser protegerlo. Eso es humanidad. Eso es justicia social. Y eso es lo que
siempre ha defendido el movimiento obrero frente a quienes solo son capaces de
ver balances donde deberían ver personas.
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