Ponte una chapa, hazte un tatuaje, bórdatelo en la manga. Dilo bien alto:
somos antifascistas. El fascismo se alimenta de silencio, y con el silencio se
ensancha, crece y se engalla. No basta con saber que no eres fascista. Es más,
no basta con no ser fascista. Al fascismo hay que combatirlo y, por lo tanto,
hay que ser antifascista.
No quiero desarrollar teorías ni echar mano de análisis con filigrana,
porque esto es muy sencillo. Si tú votas a un partido fascista eres fascista.
Si tú pactas con un partido fascista, eres fascista. Si facilitas de cualquier
manera que el fascismo acceda al poder, a la gestión pública, eres fascista.
Habrá quien se eche las manos a la cabeza y responda que el PP, por
ejemplo, no es fascista. Vamos a darle la vuelta hacia un pasado que conocemos.
Si el PP hubiera metido al partido nazi en el poder, ¿sería o no fascista? Pues
me da a mí que un poco sí, ¿no? Es lo que ha hecho con Vox en Extremadura,
Aragón, Andalucía o Castilla y León, nada menos. Es un gesto de entrega y
sumisión que coloca a la extrema derecha en los gobiernos, le da poder y
probablemente acabará con el PP, al menos tal y como lo conocemos. Tampoco es
de extrañar en un partido que viene directamente de la dictadura, de la misma
manera que Vox nace directamente del PP, suma y sigue.
El fascismo avanza al galope y seguimos con melindres de baba a la hora de
señalar a sus cómplices y sus votantes. La extrema derecha —oh, sorpresa— no
avanza porque tenga un motor en las traseras, sino porque tiene votantes. Es
decir, el problema no es algo abstracto y teórico llamado fascismo sino
millones de personas en toda la Unión Europea dispuestas a apoyar el fascismo
hasta que gobierne.
Y, cuando gobierne, destrozará todo lo que consideramos hoy justo: los
derechos humanos, los derechos de las mujeres, los derechos del colectivo
LGTBIQ+, los derechos de las personas migrantes. No lo digo yo, lo dicen ellos
mismos. Lo dicen sin complejos, lo llevan en sus programas políticos y lo
aplican en cuanto tocan poder. ¿Es una democracia lo que queda —pienso en
Trump— cuando gobierna el fascismo? Lo pongo en duda y me pregunto por qué no lo
ponemos en duda todas aquellas personas que no somos fascistas.
¿Se trata de miedo? ¿Nos dan miedo esos tipos con el brazo en alto,
violentos, avasalladores? ¿Nos da miedo lo que pueda pasarnos si los
enfrentamos? Probablemente. Pero el miedo también es una emoción alimentada de
silencio y soledad. De ahí la necesidad de que la mayoría de la población que
es antifascista lo exprese en voz alta, lo deje claro. Porque somos más, aunque
ellos hagan más ruido. Sin embargo, a veces no lo parece.
Hay que ser antifascista, y además es necesario decirlo bien alto para que
se sepa. Ser antifascista como una forma de organizarnos contra la violencia,
el atropello y el odio. Ser antifascistas para dejar claro que aprendimos del
pasado. Y quien no ha aprendido es porque no le da la gana.
Quiero añadir una última cosa para terminar. Hay quien me recomienda que no
escriba artículos como este. Me dicen: “Cristina, protégete”. Entiendo su buena
voluntad, porque no sé si publicaría este artículo en el caso de seguir
viviendo en Madrid. Hasta tal punto les hemos cedido ya el terreno. Todo es tan
fácil que resulta aterrador.
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