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Hay recursos de sobra para que todos los seres humanos vivamos con
suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad política de distribuirlos |
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La derecha española no ha tardado mucho en hacerse
con uno de los grandes lemas del extremismo mundial, la "prioridad
nacional" como criterio de reparto cuando no hay suficiente para todos. El francés Jean-Marie Le Pen utilizó el mismo
término ("préférence nationale") en los años ochenta del siglo
pasado. La ultraderecha alemana popularizó el «Deutschland zuerst» (“Alemania
primero”), lo mismo que dice Trump en Estados Unidos (“America First”). La idea siempre es la misma: si los recursos son
limitados e insuficientes, alguien debe ir primero a la hora de disfrutarlos.
Al presentarlo así, la derecha no propone sólo una
medida, impone un marco: el de la escasez inevitable y la competencia entre
iguales. Un terreno de juego en el que siempre lleva las de ganar puesto que
deja a un lado el problema de por qué hay escasez para poner en primer plano
un aspecto moral o emocional: ¿quién debe estar primero en la final, ¿quién
tiene más derecho a acceder a lo que está racionado? Lo sorprendente no es que la derecha ponga esa
trampa, sino que la izquierda caiga en ella, que pique el anzuelo, como está
ocurriendo en España. Desde que Vox comenzó a hablar de prioridad
nacional, la respuesta de los dirigentes de los diferentes partidos de
izquierdas, e incluso de periodistas progresistas líderes de opinión ha sido
mayoritariamente la misma. El presidente Sánchez dijo en el Parlamento que esa
propuesta "no es sino racismo, xenofobia, segregación,
confrontación". Prácticamente lo mismo dijo la ministra Mónica García:
"Lo que hay detrás de la “prioridad nacional” del PP y VOX no es otra
cosa que el mismo racismo, la misma xenofobia y la misma exclusión sanitaria
que atenta contra los mismos derechos humanos que desprecian". También
la dirigente de Podemos, Ione Belarra ("Es una proclama abiertamente
racista"), el lider independentista Gabriel Rufián, o periodistas como
Julia Otero (“¿Por qué lo llamamos prioridad nacional cuando en realidad es
racismo?”) o Ignacio Escolar ("El racismo de la prioridad
nacional"). Otros dirigentes, como Rodríguez Zapatero, han
respondido a la propuesta de Vox calificándola como algo
"ignominioso" por establecer "preferencia, superioridad,
discriminación" y por ser anticonstitucional. En el debate electoral
reciente, Montero (PSOE) recriminó al candidato de Vox que con ella
"criminaliza a los niños", Maillo (Por Andalucía) reclamó empatía a
quienes la defienden y García (Adelante Andalucía) le reprochó que pretenda
que "miremos a nuestros vecinos como culpables". La respuesta generalizada de la izquierda responde
un patrón reiterado en las últimas décadas: la derecha plantea un problema
material de reparto y responde con argumentos y juicios morales. De ese modo, la izquierda fracasa necesariamente
porque, ante la falta de vivienda, de servicios de salud, de plazas
educativas, o de trabajos que permitan vivir dignamente, la gente corriente
no piensa con categorías morales o constitucionales, como las que usaba
Zapatero. Vox establece un hecho (no hay recursos) y la
izquierda responde con un criterio moral de acceso (sin duda loable). La persona que carece de recursos no se pregunta si
la prioridad nacional es constitucional, si encaja con el derecho europeo, si
es o no discriminatoria, éticamente aceptable o moralmente inclusiva. Se plantea si con ella conseguirá más fácilmente una
vivienda, bajará la lista de espera, o tendrá más oportunidades de empleo y
más ayudas. Y lo que entonces le dice la izquierda es que, pensado así, el
problema es ella, porque es racista. Al responder como lo está haciendo la izquierda,
está aceptando el marco-trampa que le plantea la derecha (hay una lucha por
los recursos limitados) y sólo se diferencia en el criterio para repartirlos.
La derecha dirá que los españoles primero, y la izquierda que todos merecen
disfrutarlos, pero ambas coinciden en lo fundamental, quedando entonces
encerradas en un mismo marco mental: “No hay suficiente para todos”. La derecha le señala un terreno de debate, el del
mayor o menor derecho de cada persona, y la izquierda cae en la trampa al no
salirse de él. Se defiende y así queda en posición subalterna desde la que es
muy difícil convencer. Las izquierdas lograron defender con éxito los
intereses más amplios de los pueblos cuando impedían que se fragmentaran
entre sí por razones de sexo, nación, etnia o religión, manteniendo a las
élites económicas fuera de foco. Frente al discurso del "no hay recursos para
todos", la izquierda no puede caer en la trampa de responder que todos
tienen los mismos derechos a la hora de repartir lo escaso, sino la falta
deliberada de financiación de aquello que se necesita. S no lo hace, como viene ocurriendo, está perdida
porque, nos guste o no, la moral universalista moviliza menos que la oferta
de protección a quienes, sobre todo entre las clases precarizadas, se
encuentran en situación de ansiedad y carencia material. Cuando una persona no tiene vivienda, empleo digno o
cita en el médico y le ofrecen ser la primera a la hora de acceder, es inútil
decirle que sea ejemplar y no piense egoístamente ni sea racista. Cuesta decirlo, pero la izquierda que responde con
argumentos morales aun problema material está situando a la extrema derecha
en el terreno del sentido común. Deja a Vox el papel de padre o madre de
familia que organiza el reparto de lo escaso y se arroga para sí el de
controladora legal y moral de la solución que adopte. El discurso moralizante en el que la izquierda lleva
décadas instalada es más fácil y da un aura de superioridad ética
indiscutible, pero políticamente es letal y lleva, como he dicho, a una
posición secundaria. A veces, la respuesta moral incluso refuerza el
discurso de la extrema derecha. Por ejemplo, cuando se quiere insistir en que
los inmigrantes tienen derecho porque "también aportan", "nos
proporcionan ingreso", "están empleados en donde los nacionales no
queremos trabajar" o "gastan menos que nosotros en servicios
públicos". Es el propio discurso "progresista" el que así pone
en cuestión su aspiración universalista e igualitaria, al practicar una especie
de “contabilidad identitaria” que convierte los derechos en el resultado de
un balance entre costes y beneficios, entre lo que se “aporta” y lo que se
“cuesta”. No se debería discutir quién accede antes a lo
escaso, sino por qué lo escaso sigue siéndolo en sociedades cada vez más
ricas. Algo que no es un fenómeno natural ni inevitable. La escasez de
vivienda, de plazas sanitarias o de empleos dignos es el resultado deliberado
de décadas de decisiones políticas concretas. De presión fiscal insuficiente
sobre las rentas más altas y el capital; de infrafinanciación de los
servicios públicos para que, al funcionar cada día peor, los privados
parezcan inevitables y salvadores; de transferencias masivas de riqueza hacia
arriba, consentidas o promovidas por los mismos que hoy proponen racionar lo
que queda. Hay recursos de sobra para que todos los seres
humanos vivamos con suficiencia y dignidad. Lo que no hay es voluntad
política de distribuirlos, y eso no es una desgracia colectiva que nos
obligue a poner a unas personas por delante de otras, como propone la
derecha, sino una elección de clase. La izquierda debería decirlo con esa
claridad. A la propuesta trampa de Vox no se puede responder
con argumentos morales superiores, sino desplazando el foco. No se trata de
decir a la gente "todos tenemos los mismos derechos para acceder a lo
que escasea", sino "nos han arrebatado lo que nos pertenece y
delante de ti están los responsables". La izquierda no se debe arrogar
el papel de árbitro entre las víctimas que compiten por las migajas, sino el
de mostrar, denunciar y combatir a quienes acumulan todo. Aceptar que el problema es repartir lo escaso, lo
insuficiente, obliga a seguir jugando en el campo de la derecha. El terreno
que libera es otro: el que explica por qué se produce artificialmente la
escasez, el que muestra los intereses de quienes la generan y la sostienen, y
el que señala los instrumentos políticos y fiscales que han de utilizarse
para revertirla. No es un problema de origen moral (aunque también tenga esa
connotación), sino de sistema económico, esos son los argumentos que la
derecha no puede rebatir, y ahí es, precisamente, donde la izquierda lleva
demasiado tiempo sin aparecer. |
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