Comentario: Unas frases famosas para adornar este magnífico artículo de José Antequera, pura “prioridad racional” que diría El Roto: “cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados” de Antonio Muñoz Molina; “la mente del fanático es un insaciable agujero negro, que engulle todo lo que hace la vida luminosa y soportable” de Wole Soyinka; “Es muy fácil vivir haciéndose el tonto. De haberlo sabido antes, me habría declarado idiota desde mi juventud” de Fedor Dostoievski. Podría añadir unas cuantas más, pero ¿para qué, si España cada día que pasa se asemeja más a un gran “vulgo”?
PP y Vox, además del presidente canario Clavijo, rubrican otra página infame de la historia durante la crisis del hantavirus
La derecha
española ha quedado en evidencia tras la crisis del hantavirus
La crisis del hantavirus está controlada. Los expertos en virología coinciden
en que la evacuación del barco se ha culminado con éxito: los pasajeros
extranjeros del crucero contaminado ya están en sus países de origen y los
españoles en el hospital Gómez Ulla con
asistencia médica y sin peligro alguno para la sociedad. El dispositivo ha
sido un ejemplo de coordinación internacional bajo supervisión de la OMS y todo ha salido a la perfección, según los
protocolos establecidos para crisis sanitarias por brotes de algún virus.
España queda como lo que es: un país con una Sanidad pública de vanguardia, con
unas autoridades responsables que se han tomado el episodio en serio desde el
primer momento y con una ciencia moderna y avanzada. El tuit de felicitación
de Ursula Von der Leyen hablando del “eficiente
desembarco” de personas contagiadas en Tenerife, con
felicitación incluida para Pedro Sánchez,
resume lo que ha pasado. No hay más preguntas, señoría.
España da un ejemplo de eficacia y solidaridad y solo un sector del país
sale seriamente deteriorado por el incidente del virus de los Andes: la ultramontana y carpetovetónica derecha
española que, una vez más, ha dado la nota. El presidente canario Clavijo queda como un cuñado o indocumentado en
materia sanitaria, cuando no como un gobernante populista y demagógico ávido
por arañar votos en un escenario de tensión; Feijóo pasa a
la historia como un supercontagiador de bulos del tamaño del crucero al que
algunos pretendían condenar a la deriva y a vagar de océano en océano sin
atender a los enfermos; y de Santiago Abascal qué
podemos decir: esa frase propia de un marciano –“Sánchez es capaz de generar
una pandemia para tapar su corrupción”– ha dejado estupefacta a la opinión
pública sensata y cuerda (ya no cabe duda de que Abascal es Trump en moreno y con afilada perilla de califa).
Todo este espectáculo oportunista y de bajeza moral, histriónico e
histérico, que ha dado el mundo conservador patrio –con afirmaciones como que
los mosquitos contagian el hantavirus o que los ratones de campo pueden llegar
a nado hasta la costa canaria–, viene a demostrar en manos de quién está la
gente que les vota en las diferentes comunidades autónomas donde PP y Vox
firman los pactos de la vergüenza. La imagen de Mónica García ofreciendo datos avalados por la
comunidad científica en tiempo real, mientras los prebostes conservadores
de Génova y Bambú se dedicaban a propalar infundios,
es demoledora. Feijóo se ha retratado como un hombre al que le queda grande el
cargo de jefe de la oposición, ya que, cuando lo que tocaba era situarse al
lado del Gobierno y mostrar todo el apoyo y la colaboración posible, se dedicó
a poner palos en las ruedas. Sonrojante ese momento en que los Ester Muñoz y Bendodo pedían
dimisiones pese a que ni siquiera se había producido la evacuación del barco
fondeado frente al litoral canario.
Tenemos una derecha enloquecida, fanatizada y montaraz que no augura nada
bueno para el país en el caso dramático de que esta gente llegue algún día al
poder. Clavijo se ha pasado media crisis quejándose de que Mónica García no le
cogía el teléfono, hasta que la prensa aireó las 18 llamadas que recibió
en su móvil de la ministra. Glup. El presidente canario ha ido de ridículo en
ridículo, desde su desconocimiento sobre la gestión de los puertos (que
corresponde íntegramente al Estado, él no es nadie por mucho presidente
autonómico que se crea), hasta su falta de cultura general al no ser capaz de
distinguir una rata de un ratón (insistió una y otra vez en infundir pánico a
la población con supuestos roedores natatorios y poco le faltó para inventarse una
especie de rata voladora contagiada dispuesta a aterrizar en la playa de las
Teresitas). Clavijo se ha convertido en carne de meme (maravilloso ese montaje
en que aparece surfeando las olas a lomos de una rata gigante), pero Feijóo y
Abascal salen tan marcados como él por el incidente del hantavirus. Unos y
otros se han acostumbrado a hacer el papel de bufones trumpistas en casos de
catástrofes. Allá ellos. El trumpismo ha entrado en franca decadencia en USA,
el país que vio nacer esta plaga ideológica que embrutece al personal, y pronto
llegará el declive también a sus sucursales europeas.
El espectáculo denigrante dado por la derecha la pasada semana se completó
con el esperpéntico viaje de Ayuso a México. La lideresa decidió hacer las Américas para reivindicar el papel del
conquistador Hernán Cortés justo cuando los
pacientes en cuarentena del crucero iban a ser trasladados al hospital
madrileño militar especializado en pandemias. Resulta difícil saber quién ha
hecho más el tonto en los últimos días, si los Feijóo y Clavijo boicoteando la
operación de salvamento del crucero afectado por el brote vírico o la lideresa
castiza intentando convencer a los mexicanos de que el verdugo español de los
pueblos precolombinos era, en realidad, un misionero por la paz, la concordia y
la fraternidad. El problema no son los roedores natatorios inexistentes, una
invención de esta derecha tarambana que nos ha caído en desgracia. El problema
es esa camada de políticos carroñeros que, en los peores momentos para una
nación, se convierte en parte del problema más que en parte de la solución.
Dicen que las ratas siempre son las primeras en abandonar los barcos a punto de
hundirse. Algunos, cuando el país zozobra en medio de una tempestad, saltan
también por la borda en lugar de remangarse y ponerse a remar.
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