Hay personajes en la historia reciente de este Estado que no necesitan que
nadie los caricaturice, porque su propia biografía es ya la mejor caricatura de
la traición. Felipe González es uno de ellos, y Alfonso Guerra, su fiel
escudero en cada giro, en cada renuncia, en cada venta.
Repasemos, sin miedo a la memoria:
El del terrorismo de Estado. Felipe González es el señor X, el de la cal
viva, el que gobernó amparando el terrorismo de Estado contra un pueblo: el
GAL, la guerra sucia disfrazada de razón de Estado. No hay prescripción moral
para eso, camaradas, por mucho que los tertulianos de hoy se empeñen en
blanquearlo.
El del NO que se convirtió en SÍ. Aquel «de entrada, no a la OTAN» se
transformó, una vez en el poder, en un sí entusiasta y sin complejos. Así se
gobierna cuando se gobierna para el imperio y no para el pueblo: prometiendo
soberanía en la oposición y entregándola en el poder.
El traidor del Sáhara Occidental. Fue a los campamentos de refugiados
saharauis a prometer el apoyo de España a la autodeterminación y la
independencia. Hoy es huésped de honor en Marruecos, veraneante en la mansión
del reino que ocupa ese territorio. No hay palabra más vacía que la que
pronunció ante un pueblo que sigue esperando justicia.
El de la puerta giratoria. Denunció las puertas giratorias cuando le
convenía y las cruzó él mismo en cuanto dejó el poder, asesorando a las
eléctricas que él mismo privatizó y poniendo su prestigio institucional al
servicio de multimillonarios. Aznar, Rajoy y Felipe González, hoy compañeros de
tertulia y de conferencia, demuestran que las siglas cambian, pero la clase a
la que sirven es la misma.
El que reescribe la historia de América Latina. Solo un vendido puede
sostener que la dictadura de Pinochet respetó más los derechos humanos que el
gobierno de Hugo Chávez. Esa frase, por sí sola, retrata a un hombre que nunca
estuvo del lado de los pueblos, sino del lado de quienes reparten el poder en
el tablero imperial.
El de la reconversión industrial. El PSOE de Felipe González es el que
desmanteló los astilleros, el que privatizó empresas públicas rentables, el que
entregó al capital privado lo que era patrimonio del pueblo trabajador. Ese
legado es el que hoy reivindica García-Page, heredero ideológico de aquellos
«varones de la Transición» que nunca dejaron de ser, en el fondo, gestores del
orden establecido.
Muchos pensamos, y no sin fundamento, que Felipe González y Alfonso Guerra
cumplieron una función muy concreta: garantizar que, en el Estado español, tras
el franquismo, no cambiase nada esencial; que la izquierda real jamás llegase a
gobernar; que la Transición fuese una operación de continuidad disfrazada de
ruptura. La derecha y la ultraderecha lo saben y por eso los aplauden, los
citan y los abrazan en las tertulias: «perro no come perro».
Dentro del PSOE conviven hoy, incómodamente, dos almas: la de quienes
todavía creen en algo parecido a la justicia social y la de quienes, como Page
o como el propio Felipe González, podrían militar sin sonrojo en el Partido
Popular o en Vox. No lo hacen porque son más útiles al poder disfrazados de socialistas.
Ese es su verdadero partido: el de la gestión tranquila del capitalismo, con
careta progresista cuando toca y careta patriótica cuando conviene.
No hace falta inventar nada, camaradas. Basta con no olvidar.
¡Até a vitoria sempre!
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