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Hay que responder a los problemas sociales, y a los accidentes
ferroviarios también, en el terreno racional, con análisis fríos, ideas, y
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Antes de que se supiera cuántas personas habían
muerto en Urda, la tragedia servía de cábala electoral. No hay mejor ni más
triste síntoma de que la política de nuestros días está perdiendo la
humanidad. El miércoles 28 de octubre, por la mañana, un AVE y
un tren de Iryo chocaron cerca de la estación de Urda, en Toledo. Mientras
los equipos de emergencia sacaban todavía a víctimas atrapadas entre los
hierros y los hospitales pedían urgentes donaciones de sangre, nadie sabía
todavía cuántas personas habían muerto (al final serían al menos sesenta y
ocho) ni tampoco por qué exacto. Pero ya había quien tenía la respuesta. El primer mensaje de Santiago Abascal mezclaba el
pésame con la “rabia por el abandono, la ruina y la traición”. Horas más
tarde, en Santander, llamó al Gobierno “organización criminal”, proclamó que
“la corrupción mata” y advirtió de que no creería ninguna de las
explicaciones que se dieran sobre las causas. Mientras el resto de los partidos
suspendía sus actos, Vox mantuvo los suyos y rechazó que el luto sirviera
para “amordazarlo”. Esa misma tarde, en el minuto de silencio de Valladolid
al que acudió Abascal se gritó “Puente, asesino”; y en el de Madrid, junto a
diputados de Vox, se llamó al PSOE “partido terrorista”. Sería cómodo quedarse ahí, pero no estaría siendo
honesto. En esas mismas horas hubo también otras formaciones que exigieron
responsabilidades políticas antes de saber de qué; la actividad del ministro
en las redes aquel mismo día se convirtió en la diana de dardos de todos los
colores ideológicos; y es fácil imaginas que en las sedes de todos los
partidos se hacían cuentas: segundo gran accidente de la alta velocidad en un
año, tras el de Adamuz en enero, y a un mes de las elecciones del 29 de
noviembre: ¿cómo me afectará? ¿cómo reaccionarán los demás? Los cuerpos aún
sin identificar se estaban convirtiendo en munición política o en recuento de
más o menos posibles escaños. Y, sin embargo, entre esas sesenta y ocho personas
había con toda seguridad votantes de todos los partidos o gente que no vota,
personas que detestaban la política y otras que vivían para ella. El tren no
le preguntó a nadie quién era o qué pensaba de Pedro Sánchez. No quisiera que se me malinterprete: dos accidentes
de esta magnitud en menos de un año obligan a preguntar, a investigar hasta
el fondo y a que responda quien tenga que responder si hubo negligencia, sea
quien sea. Exigirlo no es indecente, ni mucho menos. Lo que a mí sí me parece
indecente es tener la sentencia antes de que se haya abierto el sumario,
convertir los cuerpos de las víctimas en arma política arrojadiza y el dolor
de sus familias en conjetura electoral. A eso es a lo que llamo hacer daño
con el dolor. Lo que estamos viendo tras lo ocurrido en Urda no es
solo un accidente ferroviario, ni una anomalía, sino una auténtica
radiografía de la política convertida en una lucha sin principios ni mesura,
sin epidermis, ni emociones, ni alma. O, mejor dicho, que no tiene más
epidermis que la billetera, más emoción que la de ganar dinero ni más alma
que la curtida por la avaricia de unos pocos. Porque no debemos caer en la ingenuidad de pensar
que vivimos en sociedades neutras, en donde la polarización y el
enfrentamiento civil se consolidan tal como están por el desarrollo
espontáneo de los procesos sociales y humanos. Vivimos en un mundo y en un
momento en que una minoría disfruta de la mayor concentración de la historia
de una riqueza y un poder que utiliza para dar la forma que le conviene a la
sociedad. Concretamente, Para lograr que todo lo que ocurra sirva al único
fin que persigue: ganar dinero y acumular más poder. Según el último informe
de Oxfam, presentado en Davos el pasado enero, las doce personas más ricas
del planeta tienen más riqueza que los cuatro mil millones más pobres, la
mitad de la humanidad. Y, como se muestra en el informe, gracias a ello
controlan el poder político y definen las normas que rigen nuestras economías
y sociedades en su propio beneficio y en detrimento de los derechos y
libertades del conjunto de la ciudadanía. Como reconoció en 2006 el financiero y una de las
personas más ricas del mundo, Warren Buffett: “Hay una guerra de clases, de
acuerdo, pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra, y
estamos ganando”. Una guerra que no se libra por azar. En 1971, el
abogado Lewis Powell, que poco después sería juez del Tribunal Supremo de
Estados Unidos, dirigió un memorándum a la Cámara de Comercio en el que
sostenía que el poder político era necesario para las empresas, que había que
cultivarlo con asiduidad y usarlo, cuando hiciera falta, con agresividad y
determinación. Lo que siguió fueron décadas de fundaciones, laboratorios de
ideas, cátedras y medios financiados para cambiar el sentido común de
sociedades enteras. Y medio siglo después, Steve Bannon pudo describir
perfectamente lo que se necesitaba hacer, allí donde hubiera oposición, para
que la estrategia tuviera éxito: “inundar la zona de mierda”. Esa contaminación de mierda ha impregnado el alma de
casi todos, y también -hay que decirlo claramente- la de quienes la
denunciamos. Aunque el estar todos contaminados no puede llevarnos a creer
que la contaminación sea un fenómeno natural -porque está urdida, calculada y
puesta en marcha con finura de cirugía robótica-, o que se reparta por igual. Nos hemos acostumbrado a vivir entre la mierda que,
como dice Bannon, se necesita para mantener el poder de los de arriba. Es
decir, a convivir con la violencia física y verbal, el ataque sin tregua, la
mentira despiadada y sin vergüenza, y con el hacer sangre de cualquier cosa
si interesa para acabar con quien es diferente, piensa distinto o defiende
intereses contrarios a los nuestros. Primo Levi, superviviente del Holocausto y que sabía
de lo que hablaba, escribió que los monstruos existen, pero que son demasiado
pocos para ser verdaderamente peligrosos. Más lo son -dijo- los hombres
comunes, dispuestos a creer y a obedecer sin discutir. Y hoy habría que
añadir que también a callar, a no mirar, y a seguir con lo suyo. Sin duda hay que responder a los problemas sociales,
y a los accidentes ferroviarios también, en el terreno racional, con análisis
fríos, ideas, y propuestas de gestión. Pero si no somos capaces de cambiar
los resortes que dentro de nosotros nos permiten sentir empatía, buscar de
forma denodada e incansable la paz, amar la diversidad y, por tanto, respetar
y sentirnos hermanos o hermanas de quien no es como nosotros, no llegaremos a
ningún lado. O quizá sí, a construir un infierno en la tierra. La política no
puede ser un combate descarnado, sin respeto ni compasión, y ni siquiera un
mero enfrentamiento de propuestas o de ideas, sino también una expresión más
de nuestra humanidad. Y es precisamente eso lo que está desapareciendo: la
política como esa expresión y, quizá, nuestra propia humanidad. Hace falta luchar para hacer una revolución, pero no
la de siempre. Me refiero a la de las mujeres y de los hombres buenos, la del
sentido común de nuestra especie, la de la paz, el afecto y el amor a la
verdad y la justicia, la del compromiso con lo diverso y la del respeto. Y
quizá podría empezar por algo tan sencillo como pedir que se guarde silencio
durante el tiempo que se tarda en enterrar a los muertos. No es mucho pedir.
Y que hoy nos parezca tanto y que ni eso se respete es la mejor prueba de que
nos está alcanzando de lleno la barbarie. |
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