Se trataba de lo público, lo de todas y todos, la sanidad, la educación,
los transportes, sí, pero también los suministros básicos para la vida: el
agua, la luz, el gas, la banca. Todo, todo fue desmantelado,
troceado y ofrecido a las hienas del capitalismo más salvaje. Y más,
se trataba de dar dignidad a las personas que lucharon por las libertades
contra el fascismo, y también depurar todas las prebendas que dicha dictadura
regaló a la Iglesia católica. Se trataba de convertirnos en un país mejor, culto y valiente.
Yo me acuerdo de todo, porque estuvimos en esa lucha que poco a poco, como
todas las luchas por lo público y lo culto y lo decente, fue perdiendo el apoyo
social y visibilidad —esto viene primero— en los medios de comunicación. El que
paga, manda, y las nuevas compañías, que eran las de siempre, viejas
viejísimas, venían con las bolsas llenas para invertir en comunicación.
Me acuerdo de todo, y no quiero olvidarlo. En la segunda mitad de los años
80, con Felipe González como presidente, se vivió la primera
salida a bolsa de Endesa y se ampliaron las normas que permitieron la concesión
de los servicios municipales de agua a empresas privadas. En 1994, el Gobierno
de González vendió a Gas Natural el 91% de Enagás. A la mierda luz, agua
y gas. Suma y sigue. En esas mismas décadas de 1980 y 1990, el
Estado privatizó o transformó la mayoría de sus bancos públicos históricos, que
acabaron integrándose en grandes grupos de la banca privada, la misma que
después perpetró la oleada masiva de desahucios que a partir de 2008 dejó a
cientos de miles de familias en la calle. El Gobierno de González agrupó en
Argentaria buena parte de la banca pública e inició su privatización en 1993;
el Gobierno de Aznar la completó en 1998.
En esta línea de tiempo se podría incluir diciembre de 2020, cuando se
abrió a la competencia el transporte ferroviario de viajeros. Ouigo comenzó a
operar en mayo de 2021 e Iryo en noviembre de 2022.
Todo eso no lo hicieron sólo los gobiernos del Partido Popular, fue imprescindible
el impulso anterior del PSOE. El mismo PSOE que no ha
movido un dedo para que la educación en este país sea verdaderamente pública,
es decir, para retirar el dinero público a los centros privados, eso que
llamamos “concierto” y que sigue engordando, entre otras cosas, las arcas de la
Iglesia católica. Una Iglesia católica, dicho sea de paso, con quien
mantenemos un "concordato" firmado en los años 70 del siglo pasado. Gracias
a que se mantiene dicho acuerdo, la Iglesia católica goza de un régimen fiscal
de especial protección que se materializa en la exención de varios
impuestos: el IBI (Impuesto sobre Bienes Inmuebles), el
Impuestos de Sucesiones, Donaciones y Transmisiones Patrimoniales y el Impuesto
sobre Sociedades. Ya nos gustaría a todas nosotras y nosotros. Pero es que,
además, el Estado asume costes económicos indirectos derivados del acuerdo.
Entre otros, los sueldos del profesorado de religión y el coste de los
capellanes católicos en hospitales públicos, centros penitenciarios y en las
Fuerzas Armadas.
Me acuerdo de todo, y no quiero olvidarlo. Porque el mismo PSOE que ha
mantenido bien alimentada a la Iglesia católica y privatizó los suministros
básicos de la población es el que mantiene bajo tierra a
decenas de miles de asesinados y asesinadas durante la Guerra Civil y la
dictadura franquista, en un flagrante desprecio por los derechos
humanos más básicos y para el que no sirve Ley de Memoria Histórica ni
similares.
Tampoco olvido la decisión tomada en el penúltimo Consejo de Ministros de José Luis Rodríguez Zapatero, que aprobó conceder el
indulto al consejero delegado del Grupo Santander, Alfredo Sáenz, condenado a
tres meses de prisión e inhabilitación por un delito de acusación falsa. Sin
duda, una prioridad para la población española. Tan prioritaria, que el
Gobierno se encontraba entonces en funciones pero aun así apretó para eximir al
banquero de la condena inhabilitación y multa impuesta por el Supremo.
Podría seguir con la Ley Mordaza, que
sigue vigente pese a que, en cada campaña electoral, el socialista de turno
promete derogarla, con sus recortes a las libertades de ciudadanas y
ciudadanos. Podría seguir porque hay tantas, tantísimas cosas que la
izquierda ha perdonado al PSOE que daría para un par de volúmenes.
Lo que me parece más grave es la forma en la que hemos dejado de hablar de
ello. Yo, también. Siempre pensamos que no es el momento, que hablar de las
miserias de los socialistas podría dar alas a las derechas, y que más vale
tragar y aspirar, si acaso, a que alguna de las nuestras se siente "a la
izquierda del padre", quién sabe si para rascarle
una ley feminista que conllevará un castigo sin límites o una
regularización deficiente y culpable.
Frente
a la imagen de Óscar Puente señalando a un trabajador como causante de decenas y
decenas de muertes, me arrepiento de haberlo hecho. Porque la verdad es que el
accidente anterior, el sucedido en Adamuz, con 46 víctimas mortales, le salió
muy barato al ministro. Pienso ahora que por la inercia de tantos
años sin nombrar en voz alta la destrucción llevada a cabo por el PSOE, por
nuestra falta de memoria, por el temor a sus represalias, por el castigo social
que supone. No me voy a extender en el hecho de que este señor heredara su
cargo —Raquel Sánchez mediante— de José Luis Ábalos, ahora en prisión. El perfil de ambos retrata un patrón imposible de soslayar.
Finalmente, hablando de patrones, me parece imprescindible aterrizar en la
persona de Felipe González, hombre centrifugado en puertas giratorias, padre
de los inicios de las privatizaciones, a quien el partido sigue
rindiendo culto cuando debería haberlo expulsado hace ya años, y que hoy se
atreve a pedir el voto en blanco frente al avance de las extremas derechas con
las que se sienta a la mesa.
Termino este artículo pensando en las hostias que me lloverán por atreverme
a retratar a un Partido Socialista omnipontente sin el que parece imposible
vencer a los ultras que se nos vienen encima. Creo que, al contrario, hay una población de izquierdas —mayoría en este país— que hace
tiempo dejó de votar porque no comulga con las ruedas de ese molino.
Creo sinceramente que, llegadas a este punto, deberíamos romper inercias y
silencios, porque nos va lo público en ello. Y con lo público, nos va la
vida.
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