Comentario: El Real Madrid aún no se ha enterado que el Barça ha aprendido a “comprar” los árbitros como llevan ellos haciendo desde tiempos inmemoriales. Miren uno a uno los partidos de esta liga 2025/2026 (sobre todo los penaltis que les han pitado a favor y en contra) y verán como los blancos han choriceado entre doce y quince puntos por lo que deberían estar a la altura del Betis como mucho. Y que no hablen de la Copa de Europa, porque según un ex árbitro italiano no deberían haber ganado las tres últimas, ni, por supuesto, las dos que robaron al Atlético de Madrid. Bueno al Atlético de Madrid le ha “mangado” tantos partidos que es imposible recordar cuántos títulos les han quitado por la jeta arbitral. ¿Se acuerdan de mi paisano Sánchez Ibañez? ¿Y de Guruzeta?
Resulta miserable que un equipo que parte cada año con
diez o quince puntos más que los otros, encima se queje de los arbitrajes. No
tienen nada y como el mundo arbitral se mosquee no volverán a ganar ni la copa
de Canillejas, se han quedado estancados en el siglo pasado y, curiosamente,
Franco ya no vive en el siglo que estamos.
El presidente del Real Madrid ofreció una estrambótica rueda de prensa que daña la imagen del club
Florentino Pérez conmocionó ayer el mundo del
deporte. Su rueda de prensa, la única que ha dado en más de once años, puso al
descubierto el verdadero rostro del presidente del Real Madrid. Un hombre arrebatado, airado, desatado y
algo machirulo (desafortunado sugerir que una periodista no sabe de fútbol). El
mandatario que se repantiga en el sofá, puro y copa en la mano, al término de
una comida con amigos, y despotrica sin filtro. Nada que ver con la imagen
institucional y de dirigente sensato y moderado que había proyectado hasta hoy.
Florentino arremetió contra todo y contra todos, contra la prensa, contra
el estamento arbitral, contra el eterno rival por el caso Negreira. Y, entre palo y palo, anunció elecciones para
advertir que no piensa dimitir pese a la nefasta campaña del club (la segunda
consecutiva en blanco, sin catar títulos de importancia). El máximo directivo
de la familia merengue dejó aflorar lo peor que lleva dentro haciendo buena esa
máxima a la que se abraza el poderoso desde tiempos inmemoriales: cuando vienen
mal dadas, cierre de filas, atrincheramiento, bunkerización y fabricar un
enemigo común para desviar la atención de los problemas internos. “Dicen que
hay gente que se está moviendo en la sombra para presentarse, pues que se
presenten (…) Hay sectores que quieren mandar en el Real Madrid, pero no lo han
conseguido, porque en el Real Madrid mandan sus socios. La gente me cree a mí”,
añadió con cierto tonillo autoritario. Sugerir que los posibles candidatos son
una especie de seres hostiles que se mueven en el inframundo es propio de
gobernante que cree que después de él solo el caos.
Florentino quiso aparecer como la luz blanca y pura, el rayo triunfador que
no cesa y que sigue iluminando las esencias madridistas. Pero ya no cuela. El
equipo es una caricatura y cualquier banda de amigos que juega en el Bernabéu, antes fortín temible e inexpugnable, sale con
puntos. Los fichajes no han dado resultado pese a la millonada dilapidada y hoy
el aficionado empieza a considerar gafe al ansiado mesías francés Mbappé. Tras echar a Xabi Alonso, un
vasco honrado y valiente con idea de fútbol moderno, puso a su amigo Arbeloa como interpuesto para seguir siendo él el
entrenador (el mito del hombre fuerte que cree saberlo todo, típico delirio
autoritario). Por si fuera poco, la cantera ha quedado reducida a una fábrica
estéril que no produce las perlas de antes (la última gran estrella fue Raúl y ya ha llovido), mientras en la Masia brotan como setas los cracks, fueras de
serie y fenómenos mundiales (el relevo de Messi ha sido
retomado por Lamine Yamal, de modo que el Barça
tiene proyecto para otra larga década, la peor pesadilla para el madridismo).
Pero el auténtico drama ya no es el alcorconazo de navidad, es decir, que
el todopoderoso Real Madrid caiga humillado ante un equipo de tercera en cada
edición de la Copa del Rey (que a Florentino
no le interesa y la tira miserablemente a la basura temporada a temporada),
sino que el FC Barcelona haya armado una
escuadra temible capaz de usurpar, a corto plazo, la hegemonía en el palmarés
de la Liga. A este ritmo vertiginoso (de cada cuatro copas, tres se las llevan
los culés por una los blancos), muy pronto el Barça será el club más laureado de
España y el Real Madrid bajará al peldaño de ilustre segundón. La gloria
quedará reducida a polvo y entonces al aficionado ya solo le quedarán los
recuerdos de las Champions de antaño, que no
volverán porque Luis Enrique (un renegado del
madridismo siempre ávido de venganza) le está dando el oro y el moro a los
jeques de París.
El gran riesgo que corre el Real Madrid ya
no es que no gane nada, sino entrar en franca y cronificada decadencia, como le
ha ocurrido a otros grandes aristócratas futbolísticos venidos a menos como
el Milán. Todo este desastre debe ser apuntado en el debe
de Florentino Pérez, un presidente que, pese a los éxitos innegables de su
mandato y su saneada cuenta de resultados, ha dirigido un club deportivo como
una constructora, una inmobiliaria o una multinacional de Wall Street, y quizá sea ahí donde precisamente radica
la raíz del mal. Más golpe de talón y menos golpe de talonario, es decir, más
trabajo bien hecho y programado a largo plazo y menos pelotazo galáctico. Un
equipo no consiste en juntar a un ramillete de millonarios y vedettes viciados
con los trajes caros, la alfombra roja y las redes sociales. Un equipo se
construye desde abajo, regando al jugador desde la ilusionada niñez,
amamantando al esforzado gladiador que ama los colores, dando oportunidades al
que se parte el pecho y el alma en la tierra de los campos regionales. Hoy el
madridista mira con envidia a los chavales del Barça con nombres familiares como Pedri, Fermín y Gavi y quizá también con pánico ante los nuevos
chorreos, manitas y goleadas que se le vienen encima.
Ya basta de divos que no trabajan, que no corren, que no sudan la camiseta,
que se borran o fingen una lesión en cuanto se encadenan dos derrotas seguidas.
El espíritu del Real Madrid, ese que Florentino ha enterrado bajo una montaña
de millones, consistía en luchar hasta el final, en morir en el campo y en no
sentirse derrotado hasta el minuto noventa. El señorío blanco se ha perdido dando
paso a unas celebrities mal criadas que
terminan a tortas en los entrenamientos. Dejar la imagen del club hecha unos
zorros es el gran pecado de un presidente que hoy se blinda y se enroca en
la Casa Blanca tirando del manual del trumpismo de
moda en todo el mundo. El dirigente madridista se aferra al bulo de que una
serie de enemigos quieren acabar con él, tal cual como hace ese otro magnate
con mansión en Mar-A-Lago. A Florentino Pérez solo
le queda ponerse la gorra blanca con el lema Make Real Madrid Great Again.
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