Comentario: Uno de los condenados, el alcalde de Castuera, debería estar ya en la trena por un delito de acoso laboral con daños que el Tribunal Supremo se encargó de “esconder” a pesar de los informes de psiquiatras, forenses y psicólogos, validando, según parece, solamente un informe de un psicólogo del acusado que ni siquiera conocía a la víctima. ¡¡¡Quién vigila al vigilante!!! En España, nadie.
Conocen mejor que yo, seguro, la máxima sobre la presunción de inocencia de
este maltratado sistema judicial nuestro: In dubio pro reo, esto es, En caso de duda, a favor del acusado; o sea, si no hay pruebas, no hay condena, por
muchos indicios que puedan apuntar a que el sujeto juzgado es culpable en
función del relato creado. El relato, ¡ay... ! Los indicios no son pruebas, por
más que la policía judicial y alguna prensa aguerrida se empeñe en lo contrario
y los jueces (y demasiados medios de comunicación)
lo asuman como palabra de dios en demasiados casos. Caso informado, caso
cerrado, dicen ahora con los informes de la UCO: in dubio contra reo, o así. El de David Sánchez, hermano del presidente del Gobierno, es una de
esas delirantes causas y hay razones de sobra, después de su condena por parte de la Audiencia Provincial de
Badajoz, para echarse a temblar
cuando la Guardia Civil deduce que eres culpable,
aunque esa no sea la función de la UCO ni de la UDEF ni de policía judicial
alguna en un Estado de Derecho. En el caso de David Azagra, su nombre artístico, no obstante, si el teniente coronel Antonio Balas dice
que eres culpable ante un tribunal, pese al testimonio contrario de la inmensa
mayoría de testigos, compañeros/as y hasta competidores en el puesto por el que
le han condenado, para los jueces de ese tribunal, estás sentenciado.
A los hechos, todos, me remito, y todo mi respeto por el sacrosanto Balas; en
otro momento hablaremos de él.
La perspectiva de esta plumilla es la suya, paciente lectora, quizás un
poco encallecida por circunstancias personales que no vienen al caso, pero es
esencialmente la de una ciudadana de a pie que asiste y analiza perpleja una acción judicial que desborda, con mucho, a la política
embarrancada sin poder de maniobra, por un lado, y con toda la
maniobra pasiva a favor por el otro. Un tal David Sánchez ha
sido condenado por prevaricación sin aclararse quién estaba detrás de esa
operación criminal para crearle un puesto a medida por ser el hermano de quien
es presidente del Gobierno desde 2018, que ni lo era cuando se creó el puesto
de Azagra ni lo soñaba siquiera cuando lo echaban a patadas de la sede nacional
del PSOE, en la madrileña calle Ferraz. No obstante y literal, leemos en la
sentencia condenatoria: "No sabemos, en suma, quién o
quiénes ejercieron presión o ascendencia sobre los responsables de realizar la
tarea del torcimiento del Derecho, ni en qué concretos actos se materializó el
influjo”. Los jueces no saben, "en suma", quién ejecutó el
"influjo" o conjuro, porque suena a conxuro, ya que
estamos entre gallegas, para que hubiera prevaricación -un delito exclusivo de
autoridades, jueces y funcionarios públicos-, pero sí que hubo prevaricación
porque el tribunal así lo infiere, deduce o desea, éste que es un tecnicismo jurídico de nuevo cuño y que se
refiere a aquello que anhela con mucha pasión patriota el tribunal;
sea en función de sus inclinaciones políticas o sea en la de las prioridades de
la acusación popular, en el caso del hermano del presidente del Gobierno y en
casi todos, la ultraderecha militante con el PP al
fondo, un partido que ya se ha difuminado con Vox desde que
Feijóo se dio a sí mismo por amortizado, y antes de que lo hiciera Ayuso,
supongo.
Pensar que David Sánchez pudo meter un pie por delante de otro que
había llegado antes, aunque fuera su otro y propio pie, es legítimo y hasta
normal en esta España nuestra; se lo dice una gallega que convivió en Galicia
con baltares, cacharros, fragas y narcos financiadores y asesinos. Entender que hay un Poder entogado y blindado para no ceder el
santo sitio que le fue concedido en una transición mal entendida es otra cosa,
y no es cuestión de partidos, sino de límites democráticos. Hoy le
toca al hermano de Sánchez, mañana a su esposa y pasado, su dios dirá, pero no
aprendemos y hasta callamos, que es la peor de las resignaciones.
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