El portavoz del PP asegura que el socialismo era "cobrar mucho y trabajar poco", una humillación a la clase obrera y una muestra de ignorancia de la historia de Andalucía
Elías Bendodo ha acusado al socialismo de “cobrar mucho y trabajar
poco”. Es un ataque directo, además de
una humillación, a la clase trabajadora. Las palabras del
dirigente popular malagueño han generado indignación en muchos andaluces
como Javier Aroca, el tertuliano de Malas lenguas que ayer estalló en televisión
contra quienes tienen la manía de colgarle a los andaluces el sambenito de
vagos y perezosos. En Andalucía, la memoria histórica del campesinado, del jornalero y del obrero
agrícola está profundamente marcada por décadas (incluso
siglos) de desigualdad estructural, de sangre, sudor y lágrimas. Por eso,
cuando un dirigente político recurre a este tipo de afirmaciones, se activa de
inmediato un imaginario colectivo: el del señorito andaluz, figura asociada al
poder económico tradicional, a la propiedad de la tierra y a la explotación de
quienes la trabajaban.
Para entender por qué Bendodo recurre a
un discurso carroñero contra el socialismo conviene recordar la situación del
campo andaluz durante siglos, especialmente durante los años anteriores a la
llegada de la Segunda República. El 2 por ciento de los propietarios
controlaba más del 50 por ciento de la tierra cultivable en regiones como
Andalucía y Extremadura. Los trabajadores doblaban el espinazo de sol a sol por
un sueldo de miseria mientras los terratenientes llevaban una vida de lujos. En
provincias como Jaén, Sevilla o Córdoba, la
estructura latifundista era dominante, con fincas que superaban con frecuencia
las quinientas hectáreas. Miles de jornaleros vivían en condiciones de extrema
precariedad: trabajo estacional, salarios de miseria y ausencia de derechos
laborales consolidados. Nacían en la chabola y morían en la chabola. Entre
medias, el sol castigador bajo el olivo, el dolor, la injusticia y el sufrimiento.
Y todo ello con el consentimiento de las clases altas, la aristocracia, los
partidos de derechas y la Iglesia católica, que trataban a las personas como
bestias de carga. No hay más que leer Los santos inocentes, de
Miguel Delibes. Bendodo se merecería una vida como la que llevaron los abuelos
de muchos que hoy le votan de forma imprudente.
La Ley de Reforma Agraria de 1932 fue un intento de
corregir esta desigualdad. Su objetivo era expropiar tierras
infrautilizadas y entregarlas a campesinos sin recursos. Aunque su aplicación
fue lenta y encontró una fuerte resistencia de los grandes propietarios, los
historiadores coinciden en que representó uno de los esfuerzos más ambiciosos
de modernización social en el campo español. En este contexto, la figura del
cacique y del señorito no es una caricatura, sino una realidad documentada por
los historiadores. Muchos terratenientes ejercían un control político y
económico sobre los jornaleros, condicionando su acceso al trabajo según su
obediencia electoral. La literatura sociológica y los informes de la época
describen prácticas como listas negras de trabajadores que apoyaban a
sindicatos; contrataciones selectivas según la orientación política; y amenazas
de despido y expulsión de cortijos para quienes participaban en huelgas. Por
eso, cuando se acusa al socialismo de fomentar la vagancia, numerosos historiadores
señalan que este tipo de discursos ignoran (o minimizan) la historia de
explotación que vivió la clase trabajadora andaluza.
Analistas políticos han descrito declaraciones como las mencionadas como
ejemplos de demagogia, entendida como el uso de mensajes simplificados,
emocionales y polarizantes para movilizar a un sector del electorado. Este tipo
de discursos suele funcionar porque apelan a estereotipos arraigados,
construyen un relato entre “ellos” y “nosotros”; y desvían la atención de
debates estructurales, como la desigualdad o la precariedad laboral.
En Andalucía, algunos expertos señalan que la narrativa utilizada por
Bendodo, que presenta al socialismo como responsable de todos los males de la
región, ha sido utilizada durante años por sectores conservadores para
erosionar el apoyo al PSOE, que gobernó la comunidad durante décadas. Esta
estrategia ha incluido la repetición de mensajes que asocian al socialismo con
el atraso económico. Además, la difusión de bulos sobre políticas sociales,
presentándolas como “paguitas” o incentivos a la inactividad, suele ser una
humillación a la clase trabajadora, que curiosamente ha decidido dar la espalda
a la izquierda para votar al PP o a Vox.
Diversos estudios de comunicación política muestran que los bulos y los
mensajes emocionales deshumanizadores como los vertidos por Bendodo tienen un
impacto mayor que los datos en la opinión pública, especialmente cuando se
repiten de forma sistemática. A lo largo de los últimos años, ciertos discursos
de la derecha andaluza han buscado construir una imagen de la región basada en
dos ideas principales: el PSOE habría mantenido a Andalucía en la pobreza para
conservar el poder; y las políticas sociales serían un mecanismo de dependencia
y no de protección. Todo es mentira; fue exactamente el revés. Fue la derecha
la que históricamente cultivó hambre y miseria en los campos andaluces. Las
investigaciones académicas sobre desarrollo regional muestran que la realidad
es mucho más compleja. Andalucía arrastra desde el siglo XIX un modelo
económico basado en latifundismo y baja industrialización. Atribuir los
problemas de Andalucía exclusivamente a un partido político como el PSOE ignora
factores estructurales e históricos que siguen condicionando el presente. Aquí,
si ha habido un vago de verdad, ha sido el señorito. Bendodo, como representante
de la casta de la derecha, lo sabe muy bien.
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