De la teoría del "derrame" a las tiritas de la socialdemocracia: el engaño del bipartidismo que despojó a las familias de su futuro y entregó el poder a los discursos del odio de la extrema derecha
No hace falta más que darse una vuelta por las viejas cuencas mineras, por
los barrios, por los pueblos o por polígonos industriales donde las
persianas de las fábricas y de los pequeños negocios llevan años echadas para
sentir que se está visitando un cementerio de ilusiones. Ahí, o en la cola del
supermercado de cualquier barrio de trabajadores donde la gente echa cuentas
con la calculadora del móvil antes de llegar a la caja, se escucha algo
inquietante. Un murmullo sordo.
No se trata de una racha mala ante el típico ciclo económico que se arregla
en un par de trimestres. Qué va. Es el crujido de fondo de un sistema al que se
le han roto las costuras.
Durante medio siglo nos vendieron una idea sagrada: trabaja duro, cumple las normas y tus hijos vivirán mejor que tú.
Un mito. Hoy esa promesa está criando malvas. La brecha social se ha vuelto un
abismo tan profundo que la famosa "escalera social" ya no sube; se ha
quedado atascada o, directamente, baja sin freno. Y justo por ese agujero, por
esa rabia acumulada en la mesa del comedor, la extrema derecha está metiendo el
gol de su vida.
La matemática del asunto es fría y no entiende de ideologías. Mientras las
grandes bolsas de Nueva York o Londres baten récords y los ejecutivos
descorchan champagne, el dinero de verdad se ha ido canalizando hacia arriba
con una precisión casi quirúrgica, hacia ese famoso 1% que acumula riqueza
a niveles que no se veían desde los felices años veinte, justo antes del gran
colapso del 29.
Una auténtica aspiradora financiera. ¿El resultado? Una clase media
asfixiada y en peligro de extinción. Sueldos que no dan para pagar un alquiler
decente, trabajos precarios de los que no te puedes fiar ni a tres meses vista
y esa sensación horrible de estar siempre al borde del precipicio. Ante este
estropicio, que se ha incrementado desde la crisis de 2008, los políticos de
toda la vida han dado bastante pena, para qué nos vamos a engañar.
Por un lado, la derecha tradicional sigue
enrocada en aquel viejo cuento del "derrame", es
decir, que, si a los de arriba les va bien, las migajas irán cayendo hacia
abajo. Eso se ha demostrado que es mentira. El resultado fue desregulación a la
brava, servicios públicos bajo mínimos y el ciudadano buscándose la vida por su
cuenta.
Por otro lado, la izquierda reformista...
pues bueno. Maniatada por los mercados y los hombres de negro de turno, cuando
gobernó se limitó a poner tiritas. Un dinerillo por aquí, un subsidio por allá,
pero sin tocar jamás la verdadera estructura del reparto. Nadie le hincó el
diente al verdadero problema de la ciudadanía: la pérdida real de poder
adquisitivo.
Así que el ciudadano común se plantó en las urnas y se hizo la pregunta del
millón: "¿Para qué voto si al final mi cuenta corriente sigue bajo
mínimos?". La decepción ha sido brutal. Las instituciones parecen ahora un
plató de televisión donde los políticos se tiran los trastos a la cabeza por
tonterías, mientras las decisiones de peso, las que de verdad te cambian la
vida, se toman a puerta cerrada en despachos que nadie ha votado.
Y claro, en ese erial de desesperanza, los movimientos ultras han
encontrado su mina de oro. Han tenido un olfato fino. Se quitaron el traje
elitista de antaño y se vistieron con el mono de trabajo para hablarle al
"obrero olvidado". Prometen orden, fronteras cerradas y un regreso a
un pasado donde las cosas supuestamente funcionaban. Es un diagnóstico con
trampa, un espejismo, sí, pero entra muy bien cuando tienes el agua al cuello.
Su truco de magia es sencillo: darle a la gente un culpable con cara y
ojos. En lugar de explicar la complejidad de los fondos de inversión o la
evasión fiscal en paraísos offshore, señalan con el dedo al de abajo. Al
inmigrante, a la minoría, al de la ayuda social.
Le dicen al trabajador arruinado: "Mira, tu problema no es el gran
tenedor de vivienda que te ha subido el alquiler un 40%; tu problema es tu
vecino que viene de fuera". Una jugada maestra de libro periodístico:
desviar la mirada de la víctima hacia otro débil mientras los de arriba se
frotan las manos.
Lo trágico de todo este asunto es que, si te fijas bien en lo que hacen
cuando llegan al poder, la receta no cambia. No hay más que mirar a lo que está
sucediendo en los Estados Unidos de Donald Trump. Las bajadas de impuestos
gordas siguen siendo para los mismos de siempre, escondidas bajo la bandera
nacional. La extrema derecha no le quita el dinero al 1% para dárselo al resto;
solo redistribuye la rabia entre el 99% restante para que se peleen entre ellos.
El panorama que nos queda no es nada halagüeño. Si la política tradicional no vuelve a lo
básico, esto es, a garantizar pan, techo y trabajo digno, esta marea no la
para nadie. De nada sirve poner cara de indignado en los informativos ni dar
sermones sobre los peligros del autoritarismo. La democracia solo se defiende
llenando la nevera. Si el sistema sigue funcionando como una trilla que solo
beneficia a los superricos, el descontento seguirá ardiendo. Y ya sabemos que
la extrema derecha es experta en soplar las brasas
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