ÁNGEL MORILLO TRIVIÑO
Estaba servidor preparando un escrito sobre la agonía de los Imperios cuando se encontró con este escrito del gran economista Juan Torres López. Evidentemente, tuve que desistir de inmediato. El Sr. Torres López se me había adelantado y su exposición era difícilmente mejorable para un simple escribidor. Pero, por qué no poner este escrito de Juan Torres en el lugar que iba a ocupar el mío y que los lectores disfruten con sus explicaciones. Pues claro que sí manito (como diría un mexicano), ahí va, en la seguridad de que a D. Juan Torres López le gustará que su artículo sea copiado y puedan leerlo muchas más personas de las que lo hacen en el periódico que lo ha publicado.
Él lo ha titulado “El doloroso declive de los
Imperios” y dice así:
“Estados Unidos está entrando en la fase más
peligrosa de todos los procesos de dominio imperial.
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Desde hace semanas, la página
web de la Casa Blanca se abre con un texto que termina diciendo: "Hemos
entrado indudablemente en una Edad de Oro de la grandeza estadounidense, que
promete aún mayores oportunidades y seguridad en el futuro". Un mensaje
que el presidente Trump suele repetir añadiendo que su país es la primera
gran potencia mundial en todos los ámbitos. Es indudable que el poder de
ese país es inmenso y que está en la vanguardia del mundo en muchos ámbitos
cruciales para la economía, la política y la vida de los seres humanos. Pero
la administración estadounidense y su máximo líder hacen una lectura bastante
parcial del lugar que Estados Unidos ocupa en el mundo. Según las fuentes estadísticas
internacionales más solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera
potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre las
naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57 en libertad de prensa
y estado del clima y el medio ambiente, el 46 en esperanza de vida, el 29 en
ausencia de corrupción, el 27 en movilidad social, el 26 en indicadores
educativos y el 24 en la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el
primer lugar, por el contrario, en número de personas encarceladas, en
muertes por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras
familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte por desesperación...
y, entre los países más ricos del planeta, también en desigualdad de ingreso
y riqueza, mortalidad materna y pobreza infantil. En cuanto a indicadores
económicos, igualmente es cierto que Estados Unidos es la primera potencia
mundial en gasto militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de
privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las que ha
participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado o dado directamente,
utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas armadas. Estados Unidos destaca
sobremanera en los rankings mundiales. Es cierto. Pero también lo es que
todas esas posiciones de vanguardia, como acaba de señalar, no son
precisamente como para sentirse orgulloso, y que no permitan afirmar que ese
país se encuentre en una Edad de Oro. La verdad es que Estados Unidos
es un imperio en declive. Hay unos datos muy elementales que quizá lo
demuestren de forma muy rápida y elemental. Al terminar la segunda Guerra
Mundial, su Producto Interior Bruto representaba el 50% del global, su
producción industrial equivalía al 60% de la de todos los países del mundo
juntos, y disponía del 80% de las reservas de oro existentes en el planeta.
Hoy día, el PIB de Estados Unidos representa el 25% del mundial, su industria
el 17% de la producción industrial global y sólo dispone del 25% de las reservas
de oro totales. Su peso en la economía, el comercio, las finanzas, la
tecnología e incluso en el poderío militar sigue siendo muy alto, pero en
todos esos ámbitos decae sin cesar. Y lo hace, además, frente a China, una
nación pobre y atrasada hace muy pocas décadas y que ahora ha logrado superar
a Estados Unidos en muchos de los indicadores estratégicos más relevantes. Imperios en
declive Ante esta situación en la que
se encuentra Estados Unidos me parece fundamental tener en cuenta que el
declive de todos los imperios que se han conocido y estudiado suele tener
características semejantes que es muy probable que se vuelvan a dar ahora, en
su caso. Los imperios nunca declinan
suavemente, digamos que aceptando pasivamente su pérdida de influencia y poder.
Lo hacen, por el contrario, aumentando su agresividad, intensificando la
extracción de riqueza a otras naciones y convirtiéndose en más peligrosos que
nunca. Cuando su pujanza económica disminuye, aumentan la coerción militar,
la presión financiera y el control político. Y, al no poder integrar ya bajo
su manto a las demás naciones con consensos y convicción, recurren a la
amenaza y exigen obediencia ciega. Eso ocurrió con Roma, un imperio que
terminó devorándose a sí mismo cuando, incapaz de seguir expandiendo su
poder, comenzó a exprimir a los campesinos y artesanos y a generar una
inflación disparada para poder financiar un gasto militar que terminó
provocando su colapso. La desigualdad que eso produjo no fue un efecto
colateral del declive, sino una de sus causas estructurales más relevantes. España controló durante el
siglo XVI los mayores flujos de metales preciosos que el mundo había
conocido. Era el imperio donde nunca se ponía el sol, pero comenzó a
encadenar bancarrotas y se convirtió en el Estado más endeudado de su época.
Casi la mitad de los ingresos de la Corona terminaban como intereses de la
deuda en los bolsillos de banqueros genoveses y alemanes, mientras se
deterioraban las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población. El Imperio británico, por el
contrario, sí mantuvo su base productiva en la etapa de apogeo, pero no pudo
evitar ni fue capaz de enfrentarse al ascenso de otras potencias como
Alemania y Estados Unidos, en las últimas décadas del siglo XIX. Pero también
reaccionó ante ello aumentando la agresión, la expansión colonial y las
guerras cada vez más inútiles y costosas. La conocida como Guerra de los
Bóers, en Sudáfrica, se había concebido como una operación rápida y de bajo
coste. Sin embargo, se convirtió en un conflicto de desgaste que costó un
cuarto de millón de bajas, generó una auténtica ruina financiera y puso al
descubierto las limitaciones militares de un imperio que hasta entonces había
podido actuar con total impunidad allí donde se le antojaba. El paralelo con
las últimas guerras promovidas por Estados Unidos en Afganistán, Irak o Irán
no puede ser más evidente. Un mismo
patrón La mayoría de los imperios
conocidos han recurrido a la coerción y a la expansión militar cuando su
liderazgo económico menguaba y por eso registran gastos militares exagerados
en esa etapa que agudizan el deterioro económico. Lo mismo que está
sucediendo con los Estados Unidos de nuestra época, un imperio que
prácticamente no ha dejado de estar en ningún momento en guerra durante los
últimos veinticinco años. También está aumentando ahora
la extracción creciente de riqueza a quienes habían sido los mejores aliados
del imperio estadounidense. Se comprueba particularmente con Europa, que
soporta costes energéticos extraordinarios, pérdida de capital industrial,
dependencia militar y tecnológica y subordinación estratégica a Estados
Unidos sin precedentes. Y lo que aún es más revelador es que esa presión
sobre los aliados produce precisamente el efecto contrario al deseado. La hostilidad
de Trump logra unir a Europa, acercar a China, Japón y Corea del Sur, o
generar un bloque cada vez más numeroso de países antagónicos a Washington. Por otro lado, los imperios en
declive no sólo aumentan su agresión y control hacia el exterior, sino
también dentro de sus propias fronteras. tal y como está ocurriendo ahora con
Estados Unidos. Con la excusa de combatir el terrorismo, allí se vigila
masivamente a sus ciudadanos, se militariza la acción policial y las
libertades y derechos civiles se erosionan sin cesar. Quizá el síntoma más claro y
paralelo con el patrón histórico es lo que está ocurriendo con la
distribución de la riqueza interna en Estados Unidos. Roma exprimió a sus
campesinos para pagar a los mercenarios, España esquilmaba a sus vasallos
para pagar a sus banqueros, y ahora Estados Unidos recorta la sanidad y
ayudas destinadas a la población más pobre para financiar su gasto militar y
los privilegios fiscales que concede a los oligarcas. Es igualmente característico de
los imperios en declive que sus clases dirigentes se conviertan en algo así
como autómatas incapaces de reconocer las limitaciones que afectan a su poder
y capacidad de influencia. Los reyes siguieron embarcando a España en guerras
imposibles a pesar sus bancarrotas. El imperio japonés atacó a Estados Unidos
cuando se sabía perfectamente que no estaba en condiciones de hacerle frente.
La Francia napoleónica se precipitó ella misma hacia el colapso creyéndose
dueña y señora del mundo en las estepas rusas... Los grandes imperios en
declive nunca se detienen a tiempo. Y, por último, en todos ellos
se da un fenómeno que también estamos viviendo en estos momentos cuando
comienza a producirse el de Estados Unidos, la financiarización extrema de
sus economías. Lo que comienza siendo un imperio basado en el poderío
productivo, agrícola, industrial y comercial termina por no poder sostenerse
nada más que en la fuerza artificialmente lograda de su moneda divisa, además
de en los ejércitos. No es
precisamente su Edad de Oro Estados Unidos no va a
colapsar, ni a corto plazo ni siguiendo un guión simple o predecible. No
podemos saber lo que ocurrirá en los próximos años, pero sí se puede sostener
con certeza algo que ya ha comenzado a producirse y a evidenciarse ante
nuestros ojos: Estados Unidos está entrando en la fase más peligrosa de todos
los procesos de dominio imperial. Aquella en la que el imperio sigue siendo
extraordinariamente poderoso, pero no lo suficiente como para imponer su
poderío sin costes igualmente extraordinarios a los demás y a sí mismo. Tanto
por el deterioro de los motores que le dan fuerza interna, como por la
existencia de competidores que alteran las reglas de privilegio que había
establecido para poder sostener su imperio. El mundo de hoy día ya no es
unipolar y Estados Unidos se sigue comportando, sin embargo, como si lo
fuera. Y su superioridad económica, financiera, tecnológica y militar ya no
es suficiente, ni siquiera, para imponerse a una potencia media como es Irán.
Algo, hace décadas impensable. Y, como nos ha enseñado la historia, cuando
todo esto ocurre es cuando el imperio y el mundo sobre el que se proyecta se
vuelven más inestables y violentos. La prepotencia y la soberbia insultante
de Trump no son rasgos personales, son la característica estructural y muy
dolorosas para todos de los imperios que comienzan a caer. También sabemos, por supuesto,
que la historia no tiene por qué repetirse siempre de la misma forma. Pero,
por si acaso, deberíamos prepararnos para estar en condiciones de
enfrentarnos a lo peor”. Mi sincero agradecimiento a D.
Juan Torres López no sólo por este excelente artículo, sino por otros muchos
que me han hecho disfrutar leyendo. |
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