Hace unos días vi una entrevista que me dejó helado, y no por sorpresa, sino porque confirma un diagnóstico que llevamos tiempo repitiendo desde la izquierda de clase: la ignorancia es el combustible que alimenta el odio, y la ultraderecha lleva años sembrándola a conciencia, sabiendo perfectamente lo que hace.
Una mujer, sin trabajo y dependiente de una prestación pública para
sobrevivir, pedía con vehemencia que se retiraran «todas las ayudas» que —según
ella, según la propaganda que ha interiorizado— reciben los inmigrantes, y que
se les expulsara «a su país». Y remataba con una frase que lo dice
absolutamente todo: que le quitaran la ayuda a ella también, «si hace falta».
Una persona que vive gracias a una prestación prefiere quedarse sin nada
antes que ver a otro ser humano recibir lo que ella cree, falsamente, que
recibe. No pide más para sí misma. Pide menos para el de al lado, aunque eso la
hunda también a ella. Sembrar ignorancia para cosechar odio Los informes
internacionales llevan años dejándolo claro: la ignorancia embrutece y, cuando se
siembra de forma sistemática, es mucho más fácil cosechar odio.
Eso es exactamente lo que hace la ultraderecha, camaradas: no ofrece
soluciones, no ofrece derechos, no ofrece redistribución. Ofrece un enemigo
fácil, señalado, extranjero, sobre el que descargar toda la rabia legítima que
produce vivir en la precariedad. Es más cómodo odiar al migrante que exigir
cuentas a quienes realmente concentran la riqueza.
Las ayudas que sí existen, y son una vergüenza Y aquí toca decir una verdad
incómoda: ayudas de verdad, con criterio redistributivo, hay muy pocas en este
país, y las que hay suelen estar mal diseñadas. La Xunta destinó cerca de
ochocientos mil euros al carné de conducir, un dinero disponible para cualquier
joven de entre dieciocho y treinta años con ingresos de hasta cuarenta y dos
mil euros anuales.
Es decir, una ayuda que llega igual de bien a quien realmente la necesita
que a quien no la necesita en absoluto. Lo mismo ocurre con otras ayudas
estatales para jóvenes, en las que puede cobrar lo mismo el hijo de una familia
que no llega a los setecientos euros al mes que el hijo de un multimillonario.
Eso no es justicia social, camaradas: eso es basura disfrazada de política
social.
Comprar votos con nuestro propio dinero Esas ayudas universales, sin
criterio de renta, no buscan ayudar a quien lo necesita: buscan comprar votos
con el dinero de todos. Es el mismo mecanismo que Trump prometió en Estados
Unidos con su cheque de cinco mil dólares para cada ciudadano adulto si ganaba
las elecciones.
El dinero público, que sale de los impuestos de todos nosotros y pertenece
al Estado, debería servir para desarrollar políticas realmente útiles y llegar
a quienes de verdad lo necesitan. En lugar de eso, se convierte en un regalo
cosmético, en propaganda electoral, en una forma de comprar el voto del
«partido de turno» con nuestro propio bolsillo. Tocar fondo Y esa es la
vergüenza de todo esto: ver cómo el caldo de cultivo de la ignorancia más
embrutecedora produce gente tan mezquina que prefiere estar peor con tal de que
haya alguien todavía peor que ella.
No buscan igualarse por arriba. No exigen derechos para sí mismos. Piden
que los de más abajo tengan aún menos. Eso es tocar fondo. Eso es una
involución social tremenda. Eso es la falta de empatía convertida en programa
político, el eslabón más bajo al que puede caer la especie humana cuando se le
arrebata la conciencia de clase y se le entrega, a cambio, un chivo expiatorio.
No nos confundamos de enemigo, camaradas.
El enemigo nunca fue quien llega huyendo de la miseria. El enemigo es quien
diseña ayudas basura para comprar votos y siembra ignorancia para cosechar
odio.
¡Até á vitoria sempre!
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