Si alguien te asegura que sabe lo que va a suceder en la próxima década, no
le hagas caso. No tiene ni pajolera idea. Ni esa persona ni nadie. Pueden dar
palos de ciego. Javier Milei enarbolando su motosierra era hace nada el retrato
de un villano de cómic siniestro y hoy funge de presidente en Argentina,
compadre del de Estados Unidos. Un mundo gobernado online desde los teléfonos
por el hombre más rico de la historia pertenecía al ámbito de la ciencia
ficción, y ahora es una de las probabilidades más seriamente contempladas de
política global. El regreso del fascismo a los gobiernos europeos en el XXI con
los supervivientes del fascismo del XX todavía vivos no cabía en la cabeza de
nadie, y por allí resopla.
"¿Y ahora, qué?", nos preguntamos ante los periódicos, en los
encuentros familiares o de ocio y también en nuestra existencia online,
enredadas en esta maraña que es la vida dentro de nuestras cabezas, tan aparte
de lo que un día llamábamos realidad, lejos de las afueras. La vida en los
adentros, y enredada. "¿Y ahora, qué?". Nos extrañamos cuando en
realidad hay algo que permanece desde siempre igual a sí mismo: la amenaza de
un daño. Un daño económico, un daño físico, un daño psicológico, un recorte de
derechos, una detención, una paliza, una deportación, un castigo, la reclusión,
el sometimiento, un despido, el silencio… Nada nuevo, nada que no conozcamos al
menos por los relatos de quienes nos preceden. A ver, venimos de una dictadura
feroz y criminal. Quienes la vivieron están vivas y vivos. También quienes
vivieron las torturas de la democracia, recordemos la nada modélica Transición,
la del silenciamiento, la de Martín Villa y Billy el Niño, la de Fraga y
Suárez, y no sigo, porque no hay más que repasar los apellidos del Poder
Judicial, de las empresas del Ibex, de los políticos conservadores y los
grandes despachos de lo que sea. Y por si no nos sirviera lo anterior, conviven
con nosotras y nosotros personas procedentes de dictaduras, de regímenes
criminales, de opresión económica, de guerras y masacres, de castigos salvajes
por razones de sexo, religión, orientación sexual, ideas políticas, personas
que vienen a salvar la vida.
¿Qué nos pasa? Parece como si la niebla de la nada nos nublara memoria y
referentes, evidencias, estirpes y herencia de estrategias. El arranque de la
respuesta a ese "¿Y ahora, qué?" es relativamente fácil y también
urgente: crear asociaciones, entidades no institucionales, reunirnos, tejer
nuestras propias redes, construir espacios comunes al margen de las grandes
plataformas, encontrarnos, saber quiénes estamos y con quién se puede contar.
Paralelamente, recuperar la maravillosa tradición de las cajas de resistencia.
Estar atentas al resto. Sé que hay muchas personas que ya tienen esta
costumbre, que nunca la abandonaron. El activismo va a resultar imprescindible.
No me parece un mal plan, después de todo. Eso sí, habrá que ir confitando el
"yo" y guardarlo en conserva para otro día en la antesala del lugar
que todavía no vamos a nombrar.
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