Todo preparado para la toma de posesión de Trump, la consumación de un histórico esperpento político
Todo preparado para que el gran ideólogo del absurdo mundo al revés tome
posesión como hombre más poderoso del planeta. O quizá esa etiqueta no sea más
que un cliché, ya que Donald Trump es
solo una marioneta, el guiñol sostenido con hilos invisibles movidos por otros
que están la sombra.
La ceremonia de toma de posesión como presidente del honorable delincuente
no será más que una convención ultra formada por gente con el bolsillo lleno y
la cabeza vacía, una fiesta de la oligarquía corrupta emergente que se está
gestando en Estados Unidos. Con todo, el acto va a estar teñido de un fuerte
simbolismo político tendente a un solo objetivo: declarar la muerte del Estado
derecho y su sustitución por un totalitarismo extraño, el ciberfascismo del
odio y el bulo donde Elon Musk ocupa
el cargo de mano derecha, de Goebbels informático
encargado de agitar la nueva propaganda reaccionaria global en su red
social X.
Trump ha organizado la toma de posesión de hoy como una continuación de su
performance de ayer, el histórico mitin de la victoria de Washington, donde no habló de política ni presentó
programa alguno, limitándose a lanzar cuatro soflamas para borrachos exaltados
y a pegarse unos trotecillos torpes en el escenario con los acartonados Village People. En eso se ha convertido la decadente
primera potencia mundial, en un show business donde
el Nerón de nuestro tiempo canta y baila antes de
pegarle fuego a la Roma yanqui. En
general, la alta cultura, la clase intelectual de Hollywood y Nueva York, ha hecho
campaña por Kamala, pero al magnate neoyorquino
le quedan algunas momias del artisteo fieles al nuevo fascismo y sin complejos,
entre ellos este grupo del montón que reventó las pistas allá por los setenta y
del que hoy no se acuerda nadie.
Todo lo que rodea a Trump es cutre, esperpéntico, casposo, pero no por ello
mal calculado. A ritmo de Y.M.C.A –el
nostálgico temazo de los Village antaño santo y seña del movimiento gay–, el
flautista de Hamelín del ciberfascismo
posmoderno ha sabido conectar con las clases populares, con el policía, el
albañil, el militar, el motero, el vaquero y hasta con el discriminado indio,
que agobiado por la crisis se ha vuelto racista también y vota Trump. El mérito
del populismo trumpista reside en haber sabido camelarse a la village people de América,
toda esa gente abandonada, desahuciada y hundida que vive en casas
destartaladas, entre montones de chatarra donde antes había un esplendoroso
jardín y bidones de queroseno repletos de cerveza. La rebelión de las masas, la
revolución de los haters descontentos y
abandonados por las élites demócratas, va a tener hoy su colofón final con la
ceremonia de entronización del nuevo emperador de la astracanada, que según
el Journal prepara un
discurso de lo más duro y xenófobo para terminar de sellar la revolución de los
parias adeptos al movimiento MAGA. Será
interesante saber, dentro de cuatro años, qué piensan todos esos pobres
abducidos por la secta conspiranoica a los que las políticas ultraliberales de
Trump no les va a dejar ni siquiera el pobre subsidio estatal del que malviven
hoy.
El Capitolio se engalana con las barras y estrellas.
La ola ciberfascista promete arrasar Europa y Latinoamérica; la motosierra
argentina sigue talando el árbol del Estado de bienestar; Xi Jinping reúne a su gabinete de crisis para
reaccionar con el siguiente movimiento de ajedrez en la Guerra Fría y las
empresas de Elon Musk se disparan en Bolsa mientas fragmentos de sus cohetes
espaciales caen del cielo como una lluvia de chatarra como mentiras de acero.
Pronto será imposible salir a la calle sin que nos caiga encima un pedazo del
tiovivo cósmico para ricos del gurú tuitero. Lo que vamos a ver hoy es la
materialización de un mensaje para el mundo: la democracia, tal como la
conocíamos, ha muerto, y ahora manda un patrón, un cacique global, un caudillo supremacista
y ario, o sea él. El sueño americano de una tierra de promisión y libertad para
todos sin distinción de raza y nacionalidad (el gran secreto del éxito de los
últimos doscientos años en Estados Unidos) se esfuma dando paso a la pesadilla
del muro y la alambrada con jueces al servicio del poder, violadores en
la Casa Blanca, mejicanos enjaulados y deportados y
maestros enseñando la teoría del creacionismo en las escuelas.
Nos encaminamos hacia un nuevo feudalismo aislacionista gobernado por la internacional
pseudofascista y las grandes multinacionales tecnológicas que imponen un oscuro
régimen de bulo y patrañas. Trump no cree en la ONU,
ni en la OMS, ni siquiera en la OTAN,
y las cumbres del cambio climático le provocan la risa floja. El multilateralismo
se desvanece, Europa se debilita (reducida a
la categoría de vieja colonia formada por una serie de estados sucursales del
trumpismo) y solo queda por saber cómo terminará el último acto de esta gran
tragedia americana: el delirante plan expansionista del imperio con la invasión
de Groenlandia (una declaración de guerra a la UE) y el gran combate comercial y militar USA/China (precisamente para eso, para que cierre
fronteras al chip asiático que amenaza con hundir la economía yanqui, han
colocado las élites a Donald Trump).
Hoy es Blue Monday, el día más triste del
año, quizá el día más triste de la historia. Cuenta el New York Times que el gran dictador va a
recibir la vara de mando en una rotonda, la rotonda del Capitolio que asaltó
hace cuatro años, para ponerse a resguardo de la histórica ola de frío polar
que vive el país. El planeta al borde de la destrucción y el millonario de los
guantes negros y el abrigo de mil pavos refugiándose inútilmente en una
hermética rotonda para no pillarse un catarro. Qué gran metáfora de nuestro
tiempo: el hombre que niega el cambio climático congelado por el primer soplo
de la próxima glaciación. Ya tienen reservada su silla Meloni, Milei, Abascal, Bukele, el
racista Zemmour, los neonazis de Alternativa para Alemania y Orbán es decir, los jinetes del nuevo Apocalipsis
mundial. Y mientras tanto, el optimista ministro Albares que no nos preocupemos, que lo de Trump no
es para tanto y que la democracia resistirá. Y luego nos preguntamos cómo hemos
llegado hasta aquí.
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