El nuevo presidente convierte la solemne toma de posesión en un show a mayor gloria de su figura egocéntrica
José Antequera
21/01/2025
La damnatio memoriae era una práctica consistente en
borrar cualquier recuerdo de un enemigo del Estado tras su muerte. Todo se
enterraba en el mar del olvido, retratos, esculturas, monumentos, cartas y
escritos. El Tío Donald, con su agilidad para
promulgar nuevos decretos ultras contra la legislación demócrata, se ha marcado
una damnatio memoriae con Joe Biden. Dos mil años después, volvemos a la
antigua Roma.
Lo de ayer, la entronización del nuevo Nerón mundial
en el Capitolio, fue la performance guionizada por un
histrión maquiavélico, narcisista y megalómano. Una mente enferma que confunde
el poder con el negocio, la política con el nepotismo, la democracia con
el show business y el bien común con su propio ego.
El mundo entero pudo asistir, estupefacto, en prime time y en
directo, a la culminación del trumpismo, que no es más que un brote psicótico
desencadenado por la delirante fiebre del odio (a fin de cuentas, lo que viene
siendo el fascismo desde hace más de un siglo). Todo fue surrealista y
lisérgico, desde el modelito de la emperatriz Melania –verdadera
declaración de intenciones a caballo entre el estilo puritano de señorita Rottenmeier y la inspiración mafia
siciliana del siglo pasado– a la cara del acomplejado (y quizá
traumatizado) Barron Trump, el vástago envarado
del líder republicano destinado a suceder al padre para perpetuar el
nuevo Reich trumpista (la prole de Mar-a-Lago es una peste extensa y promete dar
generaciones enteras a la nueva dinastía).
Desde el principio se vio que aquello no iba a ser normal ni una toma de
posesión presidencial al uso, tal como se lleva haciendo según la tradición de
los padres fundadores desde los tiempos de Abraham Lincoln y Thomas Jefferson. Trump, ese hombre incongruente y
paradójico que se declara racista mientras cuelga el retrato de Martin Luther King en su despacho, iba a dar el
cante ante el planeta entero y bien que lo dio. El paleto del pelo pajizo
convirtió el acto más solemne de la democracia norteamericana en una patochada
populista, en una barbacoa de establo o rodeo tejano con mucha birra, gorras de
béisbol y carne asada. La democracia se destruye degradando sus rituales y eso
es precisamente lo que está haciendo Donald Trump: desmantelar el Estado derecho; acabar con
el sistema para imponer el suyo propio.
En La conjura contra América, el
gran Philip Roth plantea un escenario distópico en el
que Franklin Delano Roosevelt es derrotado en las
elecciones de 1940 por el nazi Charles Lindbergh,
empeñado en implantar un régimen racista marcado por el antisemitismo. Veinte
años después de que el maestro de Newark escribiera
la novela, anticipándose a la pesadilla, la tesis se hace realidad. Trump
cumple con las aspiraciones, fobias y anhelos de ese sector fascista de la
sociedad estadounidense que siempre estuvo ahí, incluso cuando los marines
desembarcaron en Normandía para derrotar al
totalitarismo. Quien haya leído Los desnudos y los muertos,
el novelón de Norman Mailer, sabrá por la pluma
de un periodista en primera línea de batalla de la Segunda Guerra Mundial que los soldados racistas
no solo estaban en los ejércitos de Hitler, sino también
entre las tropas yanquis, y que los judíos, negros y chicanos sufrían todo tipo
de vejaciones y humillaciones mientras las unidades norteamericanas avanzaban
haciendo el sacrificio en el sagrado altar de la libertad.
Ayer, tal como decimos, Trump inauguró una nueva era en la historia de la
humanidad, el nuevo desorden mundial o “edad dorada” del fascismo posmoderno,
tal como declaró tomándole prestada la frase a Benito
Mussolini, ahí es nada. Pero el instante más terrorífico (más allá
del momento en que Trump proclamó aquello de a “perforar, baby, a perforar”, inaugurando el retorno a los
combustibles fósiles como fuente de energía y sin duda dando rienda al complejo
sexual freudiano que lleva dentro) llegó cuando abrió el estuche, sacó su
arsenal de estilográficas y se puso a firmar decretos como churros (Trump tiene
mucho de gran churrero de la política que da a beber aceite de colza
desnaturalizado a su parroquia). Ese momento en que empezó a abolir los avances
de los últimos años, uno tras otro, mientras el vulgo enfervorecido le aplaudía
y vitoreaba como aquellos romanos del Coliseo antes
de que el cristiano de turno terminara martirizado, produjo una honda tristeza
a toda persona de bien boquiabierta ante el televisor. En apenas unos minutos,
se ventiló el Acuerdo de París que saca a
Estados Unidos del plan global contra el cambio climático, condenó a miles de
inmigrantes a la deportación y promulgó su descabellado plan de austeridad para
despedir a miles de funcionarios. Todo ello bajo la atenta mirada de la
pandilla gamberra del Gran Hermano de
nuestro tiempo que controla y manipula las mentes, o sea los Musk, Zuckerberg y Bezos entregados ya al trumpismo más abyecto. De
la basura del nacionalismo y el empacho de tecnología digital descontrolada
nace este monstruo voraz desconocido hasta hoy, el ciberfascismo (como decimos
nosotros) o la “tecnocasta” (como dice Pedro Sánchez copiándonos
la inspiración), un peligroso engendro que va a transformar el curso de la
historia y la esencia misma de la humanidad. Fue Eisenhower quien, en su histórico discurso de
despedida, alertó de que la democracia debía cuidarse muy mucho ante la
“adquisición de influencia del complejo militar-industrial”. Ya estamos en ese
momento. Las grandes corporaciones se funden con el poder político para hacer
negocio, para invadir México y Groenlandia y para que Elon Musk pueda enviar sus cruceros espaciales de
ricos a Marte.
Lo que vivimos ayer no fue, ni más que menos, que la crisis mental de un
millonario algo grillado, sin medicar y adicto a la coca cola (ha ordenado
colocar un botón en el Despacho Oval, junto al Teléfono
Rojo del Apocalipsis nuclear, para que le surtan de latas full time). Beber demasiada cantidad de ese refresco ha
debido calcificar las neuronas de este sujeto. Durante la firma de decretos, no
pasó inadvertida esa firma de psicópata que se gasta y que es, en sí misma, una
cortante alambrada de espinos síntoma de su grave xenofobia. Ahora dice que
sueña con cambiar las fronteras del mapamundi para rebautizar el Golfo de México como Golfo de América, quizá, quién sabe, como Golfo de
Trump. A nosotros nos da que el golfo es él.
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