Juan Carlos Monedero 26/01/2025
En junio de 2023, en el festival de
Glastonbury, el cantante irlandés Lewis Capaldi,
aquejado del síndrome de Tourette, tuvo una
crisis mientras cantaba una de sus canciones más populares, Someone you loved. Un año antes había anunciado que
padecía esta rara enfermedad, que provoca tics incontrolables a quienes la
sufren, especialmente en momentos de gran emocionalidad. El público notó lo que
le estaba pasando y empezó a cantar a pleno pulmón para ayudarle a terminar la
canción. La escena emociona hasta las lágrimas. A los seres humanos nos gusta
hacer cosas juntos, y si encima sabemos que estamos haciendo lo correcto, la
palpitación se multiplica. Si a nuestro gregarismo le añades argumentos
sólidos, nos reconciliamos con lo más profundo de nuestro ser.
Poder corear una de tus canciones preferidas para ayudar a uno de tus
cantantes favoritos es un regalo que no brinda ni el mejor de los conciertos.
La empatía es un sentimiento profundo, anclado en la biología de los humanos,
que nos ayuda a estar juntos, nosotros, nosotras, tan desvalidos, tan frágiles,
sin garras ni colmillos afilados, sin astas, cuellos poderosos, alas, veneno,
aguijón, velocidad o caparazón. Casi lo único que tenemos es estar juntos y cuidarnos.
Así hemos llegado hasta aquí. Justo ahora que estamos olvidándonos de esta
verdad elemental es cuando se está poniendo en riesgo nuestra supervivencia en
el planeta. De esta extinción los responsables somos nosotros.
No descarto que hubiera alguien en aquel festival que reclamara su dinero.
Había pagado para escuchar a Capaldi y la crisis neurológica del artista no le
permitió escuchar el concierto que esperaba. ¡Quiero mi dinero de vuelta! Ese
tipo de gente existe. Hay personas que tienen con
otros seres humanos la misma empatía que una hiena hambrienta con una gacela.
Cuando
la política habla, el lenguaje de la esperanza convoca altas dosis de empatía. El yo se hace menos relevante porque se multiplica en
el nosotros y en vez de disolverse, se potencia. Son
momentos de enorme generosidad, donde el yo deja de
ser tan importante para dejar hueco al nosotros. Es el
espacio guiado por una certeza que va más allá de la convicción de la máxima
reciprocidad. Puede tener consecuencias funestas, como cuando los jóvenes se
apuntan voluntarios a una guerra donde van a ser simple carne de cañón por
intereses que no son los suyos. Pasó en la Primera Guerra Mundial.
En esos momentos de empatía colectiva se intuye que los demás son tan
generosos como uno, pero no se tasa el esfuerzo de cada uno. La generosidad se
entrega sin cuantificar cuánto se recibe. Es un espacio de amor, Hegel dijo que amar era dejar de ser para ser más ("la
ampliación de la subjetividad mediante la vivificación de la objetividad",
explicó el filósofo Daniel Innerarity). En
los campos de concentración sobrevivían los que creían
en cosas más grandes que uno mismo. Mirarnos en exceso el
ombligo es una forma de morirse.
Relacionado con este tema
Donald
Trump ha respondido a los incendios en Los Ángeles diciéndoles
que, si quieren ayudas, le voten antes sus leyes. El PP, para castigar al Gobierno del PSOE y Sumar, ha dejado
caer una ley que ayudaba a los pensionistas y
a la gente más vulnerable de España. Como ha
ocurrido en los últimos cien años, cada vez que hay una crisis del capitalismo,
una parte del mundo regresa a la jungla. Las aseguradoras son un espejo de la
época. Dejan los bomberos de salvar tu casa en el incendio si no tienes el
seguro privado (las mangueras pasan de largo) o, incluso, te anulan
unilateralmente el seguro de incendio si tu casa se prende fuego. Así ganan
más. Si antes no has enfermado y has tenido que vender la casa para pagar una
operación o una enfermedad complicada. Parece que no mucha gente lloró en EEUU al CEO de UnitedHealthcare ejecutado
por Luigi Mangione.
Hoy
la política habla un lenguaje de guerra. No es lo mismo convocar a la guerra que
reconocer los conflictos. Hay conflicto en la vida humana porque somos
individuos y, al tiempo, animales sociales. Y de ahí salen chispas que tenemos
que apagar. Ahí es donde hay que entender la función de la política: gestionar
los conflictos. Hemos llegado hasta aquí gracias al
lenguaje y nadie tiene un lenguaje propio (si alguien quisiera
inventarse un idioma, lo tendría que hacer desde alguno de los existentes. Un
filósofo que lo intentó, terminó comiéndose sus propias heces, que es lo que le
está pasando a Milei en Argentina). Por tanto, nuestra condición
social es consustancial a nuestra condición humana. Reconocer el
conflicto es entender que tenemos que compartir recursos escasos, que chocamos
unos contra otros en la vida cotidiana (clase, género, raza, costumbres…), que
tendemos a separarnos igual que a unirnos y que saber que nos morimos podría
llevarnos, sin un horizonte de esperanza, a posturas nihilistas como la
de El extranjero de Albert Camus.
Necesitamos a la sociedad para no descarriar nuestra humanidad. Y cuando nos
desarraigamos nos convertimos en sicarios que piden a la virgen que les guíe la
mano o al algoritmo que les haga ricos.
El lenguaje de la guerra es diferente a reconocer que existen desacuerdos y
problemas que no son siempre reconciliables ni solventables de manera sencilla.
Al revés: el lenguaje de la guerra es la negación del otro y el endiosamiento del yo. La guerra busca aniquilar.
La democracia representativa y la vida de los partidos suele conducir a esa
locura del ensimismamiento. Los representantes se creen dioses -como les pasa a
muchos jueces y, por supuesto, a muchos empresarios, mucho más cuanto más ricos
son-. También en los partidos de izquierda, donde los dirigentes, si su
organización no es un "partido-movimiento", terminan por repetir
formas de cesarismo, bonapartismo y clientelismo que matan la democracia
interna y ven a la disidencia dentro del mismo espacio político como enemigos y
no como portadores de miradas diferentes.
La guerra también genera entusiasmo, pero autodestructivo. Si la empatía
multiplica la "humanidad" de los seres humanos, la guerra acaba con
la misma y nos devuelve a fases previas de nuestro proceso de hominización. El
proceso de hominización, como demostró uno de los responsables del proyecto
de Atapuerca, Eudald Carbonell,
está completado, pero el proceso de humanización está pendiente. La guerra
suele implicar un paso atrás, salvo que sea una guerra de liberación. Pero las
guerras suelen empezarlas los abusones (Eudald Carbonell y Robert Sala, Aun no somos humanos,
Barcelona, Península, 2002).
Vivimos en tiempos de guerras híbridas,
donde el objetivo de conquistar personas, territorios o sus bienes tiene todo
tipo de herramientas y una de ellas es matar cualquier esperanza, guiados por
un Virgilio sádico que te conduce por las redes
sociales hasta las mismísimas puertas del infierno. Por eso, hoy tener
esperanza es revolucionario.
Escribe Žižek citando al filósofo francés Alain Badiou "la
función principal de la censura ideológica actual
no es aplastar la resistencia -pues de eso se ocupan los aparatos represivos
del Estado-, sino aplastar la esperanza, denunciar de inmediato que el final de
cualquier proyecto crítico es algo parecido al gulag" (Slavoj Žižek, La vigencia del Manifiesto
comunista, Barcelona, Anagrama, 2019).
No es tampoco extraño que en torno a un 30% de los jóvenes europeos tengan
problemas mentales. No ven futuro. Si los sueños de cambio son votar a los que
prometen romperlo todo con una motosierra, la depresión tiene ya uno de los
mejores caldos de cultivo. Por eso necesitamos palabras de esperanza. Y para
que eso no sea la enésima invitación a palabrería hueca, hacen falta proyectos
de país que habiliten esa esperanza. Donde lo imposible vuelva a convocarse
como posible. Eso significa hoy la revolución, que no la queremos violenta. No
por nuestra parte.
Caminar sueños revolucionarios solventa la depresión (aunque
si se repiten errores, también la producirá. Hay que leer mucha historia). De
ahí que la política tiene que recuperar la alegría, incluso contra los
monstruos. A los monstruos nada les molesta más que el que nos riamos de ellos.
En la risa nos reconocemos. Un proyecto de transformación social guiado por la
empatía. Una izquierda que no tenga miedo y que tenga ideas. Ir más al ideólogo
será la mejor terapia para no tener que ir tanto al psicólogo.
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