En contra de lo que pueda parecer en estos momentos, el nuevo fascismo representado por este grupo de millonarios psicópatas liderados por Trump ya ha fracasado en nuestra sociedad
Gerardo Tecé 25/01/2025
La propaganda de la derecha mundial agrupada en torno al concepto Alt Right consiste
en hacernos creer en una realidad alternativa. Es decir, una realidad que no
existe. Un mundo fake construido con argumentos y hechos fake.
El momento dulce que vive este movimiento reaccionario con la vuelta de Trump a la presidencia de Estados Unidos no hará que esta
estrategia cambie, pero sí generará nuevas mentiras. Toca renovarlas y la
mentira fundacional del tiempo que inaugura el mandato de Trump es asegurarnos
de que habrá un antes y un después. Que van a salvar al mundo de todas las
mentiras previamente fabricadas. Que son los ganadores de una guerra cultural que, en realidad, han perdido
estrepitosamente.
En contra de lo que pueda parecer en estos momentos, el nuevo fascismo
representado por este grupo de millonarios psicópatas liderados por Trump ya ha
fracasado en nuestra sociedad. Todos aquellos colectivos que en las últimas
décadas fueron salvajemente atacados en Occidente por quienes hoy se hacen
llamar derecha alternativa acabaron venciendo. El movimiento LGTBI, señalado,
golpeado, encarcelado y asesinado con impunidad durante años por los
antecesores de quienes hoy pretenden asustarnos con cuatro tuits, acabó
imponiéndose en una sociedad que asume hoy la diversidad sexual con una normalidad
que nunca antes había existido. Pocos años después de las masivas
movilizaciones en España en contra del matrimonio LGTBI, hoy Abascal no se
atrevería a llevar en su agenda la derogación de este derecho. No lo hace
porque la derrota social fue tan espectacular como definitiva.
Las mujeres, a las que la derecha tradicional, hoy llamada alternativa,
tanto se esmeró en condenar a una ciudadanía de segunda, han protagonizado
el mayor y más poderoso movimiento social que han vivido las últimas décadas:
la nueva ola feminista. Una ola sin retorno frente a la que, quienes tanto se
empeñaron en evitarla, hoy apenas tienen margen de actuación. La prueba
irrefutable es que la derecha que sometió a la mujer todo el tiempo que pudo se
conforma ahora con señalar el sometimiento que la mujer sufre en ciertos países
árabes, buscando en el racismo el consuelo que atenúe una sensación de derrota
que, de nuevo, fue aplastante.
El racismo, motor económico en siglos anteriores del llamado mundo
desarrollado, también ha sufrido un descalabro. Tanto han perdido los fascistas
que han perdido hasta su propia esencia. Hoy ya no se atreven a hablar de razas
superiores y por no hablar ni tan siquiera tienen narices de señalar la
inmigración en sí como un problema genérico, sino que buscan refugio en la
coletilla “ilegal”. Como si fuese la falta de un papelito y no haber sido
repudiados por una sociedad cada día más diversa lo que les preocupase. La vida
del fascista, por mucho que se excite ante la fachada sin interior diseñada por
el trumpismo, es un auténtico calvario. Hoy, un votante de ultraderecha puede
tener en el ayuntamiento de su ciudad un alcalde homosexual, a su hija en un
colectivo feminista y a Nico y Yamal marcando goles con la selección española para que no haya
ya un solo resquicio de paz en el que esconder su podredumbre derrotada. Han
perdido. Hemos ganado. Y ha sido abrumador.
Tan abrumador que la explosión de odio que sostiene a este movimiento que
hoy vende un falso éxito es entendible. Es casi entrañable. Tanto han perdido
en este mundo, que nunca volverá a ser como les gustaría, que lo niegan y
dibujan uno paralelo en el que la materia prima, lógicamente, no puede ser la
verdad sino el bulo. Un matrix para idiotas que desearían que los homosexuales
volviesen al armario y la mujer a la cocina, pero se conforman, derrotados, con
denunciar que en el mundo árabe esos colectivos son perseguidos como les
gustaría perseguirlos a ellos.
Incluso en la fachada vacía que nos hace creer que llega un nuevo mundo,
son pocos los callejones que les queda por recorrer huyendo de su abismal
derrota. Descartado poner en el foco a sus objetivos tradicionales, hoy se
conforman con señalar a los más vulnerables dentro de los vulnerables: personas
trans e inmigrantes sin papeles en regla. Uno es tan grande como poderosos son
sus enemigos, se suele decir, y Trump ha arrancado su mandato negando la
transexualidad y ordenando redadas contra personas sin papeles en colegios e
iglesias. Working class hero, que lo llamaría Abascal si madrugase
para ir a clases de inglés.
La ultraderecha mundial que tanto tememos estos días es, como el mundo que
dibujan, una fachada fake. Detrás hay vacío y una derrota sin
paliativos que justifica que odien la realidad porque ésta les puso frente al
espejo de su fracaso. Derrotados, es lógico que quieran convencernos con la
ayuda del feudalismo tecnológico –perdieron en lo social pero ganaron en lo
económico– de que el mundo no es lo que vemos en la calle, sino un puñado de
tuits incendiarios repletos de falsedades. No nos salvarán de nada, como
aseguraban Trump y Musk en la fiesta de toma de posesión, porque no hay nada de
lo que salvarnos, excepto de sus delirios sostenidos por algoritmos. Tampoco
cambiarán el mundo ni serán capaces de deshacer lo andado. Deberán conformarse
con perseguir al débil entre débiles con la certeza de que, en el futuro, estos
también se acabarán imponiendo. Como a lo largo de toda la historia, el
fascismo podrá convencer en algún momento y lugar al penúltimo de que su
enemigo es el último. Podrá erosionar temporalmente las democracias que tanto
daño les han hecho a los señores del odio. Pero son pequeñas batallas ganadas
que no podrán tapar que la gran guerra ya la perdieron. Normal que destilen
odio.
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