Comentario: Entre mis más de 570 escritos que se pueden ver en este blog, hay algunos dedicados, o que hablan de Roosevelt. Fue el mejor presidente que han tenido los EEUU en toda su historia. Nada que ver con el “fantasma” “come niños” que acaba de tomar posesión. Y lo que ya no es de recibo, es que haya individuos (a los que su mentor El Caudillo habría metido en la trena por aquella ley de “vagos y maleantes”) que muestran su idolatría por el gringo neofascista que sólo es un brabucón que dice que se va merendar el mundo olvidándose de los rusos, chinos, coreanos, hindúes, iraníes, etc., que no muestran ningún miedo a sus exabruptos. Este “pistolero” yanqui es un pobre analfabeto funcional que ignora que una parte de occidente, Europa, está unida geográficamente a Rusia, China, India, Irán, etc. y no le va a hacer el “juego” a sus falaces pretensiones. Me da, y termino, que la llegada al poder en USA de este “degenerado” sólo significa el principio del final del Imperio todopoderoso de los tecnócratas, que sí hoy son algo muy valioso, mañana pueden no ser nada que no responda a “basura tecno”.
Francisco Martínez Hoyos 22/01/2025
La política, todos lo sabemos, es hoy una actividad desprestigiada. Por eso
es importante volver los ojos atrás y fijarse en la contribución de Franklin
Delano Roosevelt, un presidente de Estados Unidos que, a diferencia del actual,
de cuyo nombre preferiríamos no acordarnos, hizo del compromiso moral y la
virtud cívica dos pilares de su mensaje. Su mandato no fue una época fácil: una
recensión y un conflicto mundial. Sin embargo, no utilizó las dificultades de
su país para proponer menos democracia sino más compromiso con las libertades.
Lo comprobamos en Discursos políticos de los años de la guerra (Tecnos,
2024), una reciente recopilación de sus intervenciones, en las que, gracias a
una utilización magistral de los recursos de la retórica, se muestra como un
incomparable comunicador. Así debería ser siempre puesto que la política, por
naturaleza, se basa en la capacidad para razonar y transmitir un programa.
Para Roosevelt, la democracia no consiste solo en votar cada cuatro años.
El gobierno tiene la obligación de velar por el bienestar económico de sus
ciudadanos y atender, en especial, a las necesidades de los más débiles. El
progreso no consiste en que los ricos sean más ricos sino en proporcionar “lo
suficiente a quienes tienen demasiado poco”.
Nos hallamos, por tanto, ante una defensa decidida del Estado del bienestar
que se realiza en nombre de la mejor tradición norteamericana. Si la gente no
posee un mínimo de seguridad económica no podrá buscar la felicidad, un derecho
que ya en el siglo XVIII se recogió en la Declaración de Independencia. Eso
quiere decir que los estadounidenses trabajan para vivir, no viven para
trabajar. El acceso al ocio y a la cultura también son importantes.
El presidente demócrata evidencia una aguda sensibilidad por problemas como
el de la vivienda, que todavía nos afligen. Sabe que millones de conciudadanos
habitan en suburbios, en hogares que, lejos de proporcionar confort,
constituyen foco de enfermedades que amenazan la salud de las generaciones
futuras. Este desastre, como otros, caso de la mala alimentación y la pobreza
en el vestuario, nada tiene de natural e inevitable. El bienestar colectivo no
debe quedar en manos del azar, de una iniciativa privada incapaz, por sí misma,
de atender a las necesidades de todos.
¿Qué hacer para enfrentarse a tantos y tan graves obstáculos? El entonces
inquilino de la Casa Blanca tenía muy claro que el Estado debía actuar como una
potente herramienta frente a los desafíos colectivos. Antes se había intentado
solucionar la crisis prescindiendo de ese instrumento y el resultado, una total
ineficacia, saltaba a la vista. En la actualidad podemos decir lo mismo puesto
que el neoliberalismo, basado en el empequeñecimiento de lo público, solo nos
conduce a más desigualdad. Así, frente a la idolatría del mercado, Roosevelt
nos propone que encontremos “controles prácticos sobre fuerzas económicas
ciegas y sobre hombres ciegamente egoístas”. Del éxito que tengamos en esta
misión dependerá la calidad de nuestro autogobierno. La justicia social, de
esta forma, viene a ser el fundamento más íntimo del sistema democrático.
Roosevelt era plenamente consciente de que el fascismo, por entonces en
auge, proponía recortar las libertades para arreglar un mundo que atravesaba
una de sus crisis más peligrosas. Eso era así no porque los italianos o los
alemanes fueran especialmente autoritarios sino porque se habían cansado del
desempleo y de ver a sus hijos hambrientos. La falta de liderazgo y de
soluciones les había empujado a confiar en los cantos de sirena de los
movimientos totalitarios: “han elegido sacrificar la libertad con la esperanza
de recibir algo para comer”.
Mientras leemos al presidente demócrata nos resulta Imposible prescindir
del crecimiento de la extrema derecha en la Europa del siglo XXI, en la que
bárbaros nuevos y viejos se alimentan de la falta de expectativas. Si nuestras
democracias no saben proteger a sus ciudadanos, inevitablemente llegaran los
que propugnen una tiranía como si fuera buen negocio. Roosevelt lo vio con toda
claridad: “La historia prueba que las dictaduras no nacen de estados fuertes y
exitosos, sino de estados débiles e indefensos”:
Hitler y Mussolini habían sabido aprovechar la incertidumbre y la angustia.
Estados Unidos, por el contrario, se proponía “hacer lo que requieren los
tiempos sin ceder su democracia”. Eso implica un cambio político pero también
una transformación moral. El país, si desea recuperar la prosperidad antigua,
ha de entender que la búsqueda obsesiva del beneficio individual no es solo un
error ético. Tampoco sirve como principio económico. Los que alardean de su
sentido práctico y cierran los ojos a los ideales nunca van a conseguir que el
mundo sea mejor de lo que es. De ahí que sus éxitos no merezcan, ni mucho
menos, nuestra admiración: “Estamos empezando a abandonar nuestra tolerancia al
abuso de poder de quienes traicionan por los beneficios las decencias
elementales de la vida”.
Ahora estamos acostumbrados a la demagogia. Cada vez que ocupan el
gobierno, tanto la derecha como la izquierda son expertas en decirnos que
“España va bien”. Roosevelt, en cambio, no le oculta a sus compatriotas los
graves obstáculos que se interponen en su camino. Les dice la verdad a la cara,
sin perder nunca de vista que son adultos. Pero, a continuación, hace un canto
a la esperanza. Cree que los norteamericanos pueden salir adelante si evitar
caer en la comodidad, el oportunismo o la timidez. No ignora que la fortuna,
como dirían los antiguos, solo sonríe a los audaces. El suyo es un proyecto de
futuro, no un simple parche para que todo se reduzca, como se dice vulgarmente,
a “ir tirando”.
Los clásicos son clásicos porque nos hablan aquí y ahora. El gran artífice
del “New Deal” no es simple curiosidad para los historiadores sino una voz que
nos pide que saquemos lo mejor de nosotros mismos a la hora de construir un
futuro que merezca la pena, un futuro a la altura de nuestros sueños.
Roosevelt, con un lenguaje bellísimo que tanto contrasta con la pedestre
oratoria de nuestro presente, insiste en ello una vez más: “Debemos navegar
-navegar, no permanecer anclados, navegar, no ir a la deriva”.
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