China contraataca contra los aranceles de Estados Unidos, la Unión Europa advierte de que se defenderá de la agresión y las Bolsas se hunden
José Antequera 04/02/2025
Tras convertir USA en una
dictadura o autocracia, Donald Trump ha
declarado la guerra comercial al mundo entero. Xi
Jinping advierte de que habrá represalias contra los aranceles
a los productos chinos decretados por la nueva Administración norteamericana.
La Unión Europa afirma que se defenderá frente a la
agresión de forma proporcional y según la ley. Y países fronterizos a Estados
Unidos como México y Canadá empiezan a ver lo que es Trump: una bomba
con patas y un peligro público para todos. Nadie está a salvo de la “estrategia
del loco”, aquella táctica de Nixon consistente
en hacerse pasar por un tipo irracional, impulsivo, dispuesto a todo. Cada vez
que se sentaba en una reunión, el corrupto del caso Watergate se comportaba como un perro rabioso, un
tipo fuera de sus cabales, y ese miedo a que cometiera alguna locura le daba
una cierta ventaja a la hora de negociar los diferentes asuntos con los
cancilleres de otros pueblos.
Ayer, la presidenta mejicana, Claudia Sheinbaum, y
el líder canadiense, Justin Trudeau,
probaron por primera vez la medicina letal, el plata o plomo de Trump, una
forma de relacionarse con naciones amigas y aliadas más propia del cártel de Sinaloa que del supuesto líder del mundo
libre. El magnate neoyorquino sacó el bate de béisbol del estuche, lo puso
encima de la mesa y dijo eso de “cuidado conmigo, que estoy muy loco”. Luego
les amenazó con un arancelazo de padre y muy señor mío que podría haber
arruinado, en menos de 24 horas, las exportaciones de ambos países fronterizos
con los Estados Unidos. El chantaje, al más puro estilo mafioso trumpista, dio
resultado, y ambos dirigentes, sometidos al tercer grado, contra la espada y la
pared, con el flexo apuntándoles directamente a los ojos y el humo del cigarro
del padrino Trump dándoles en la cara, suplicaron una demora de los aranceles
de al menos un mes. En realidad, lo que hicieron ambos mandatarios fue manejar
al exaltado o nuevo Nerón mundial
con sumo tacto y cuidado, con mimo y cariño, no soliviantarlo ni importunarlo
demasiado, por si acaso le daba el ataque y ordenaba destruir la economía
internacional o algo peor: invadir las playas de Acapulco, Ottawa o
el Canal de Panamá. Esta actitud, apaciguar al loco,
hacerse el loco o el sueco, es la más inteligente cuando uno se cruza con un
salvaje desequilibrado con un garrote en la mano. El estilo Trump consiste
precisamente en eso: en provocar una crisis o recesión de dimensiones
históricas mediante la autodetonación del comercio mundial, en una especie de
milenarista suicidio colectivo (en la guerra comercial pierden todos), para después
aparecer ante los suyos como el héroe salvapatrias.
Finalmente, tras una hora de extorsión con canadienses y mexicanos, el amo
del universo, en un acto de gracia o compasión, aplazó la ejecución durante
esos treinta días. Pero mientras tanto, ambas naciones tendrán que pagar el
peaje del nuevo señor feudal: el envío de 10.000 policías para frenar la
entrada de fentanilo en EE. UU, un país devastado por la epidemia de esta droga
mortal. El opioide con un potencial tóxico cien veces superior a la morfina
está acabando con una generación de jóvenes estadounidenses y uno se pregunta
si detrás de todo este disparate trumpista, del negacionismo anticientífico,
del bulo y el conspiracionismo más absurdo, no habrá también una partida de
fentanilo adulterado que está corroyendo las neuronas no solo de los pobres y
negros del Bronx, sino de las clases medias y
hasta de las élites que gobiernan el país. Que Trump está mal de los nervios
(quizá por engullir tanta coca cola) es algo que ya ha contado el New York Times, el heroico periódico que quieren
clausurar los trumpistas, pero habría que investigar en profundidad qué
demonios le han echado al agua de los manantiales americanos para que este
energúmeno haya terminado en la Casa Blanca.
Trump es el típico abusón que apalea colegiales, en este caso gobernantes
extranjeros menos fuertes que él. Trump va, entra en la sala de una cumbre o
reunión, amenaza con vapulear al país que tiene delante si no le compra gas y
petróleo, sin complejo ni rubor, y con las mismas se vuelve otra vez a la
mansión de Palm Beach, Florida, para terminar la partida de golf. O sea, la
ley del más fuerte, la ley de la jungla, el nuevo desorden mundial sin
seguridad jurídica alguna que solo puede llevar a un punto crítico: guerras
generalizadas y por doquier, como esa oleada incontrolable de incendios que
asola Los Ángeles. Esta es la forma de entender la diplomacia
del macho alfa de la manada de gorilas de Washington, tal como el
eurodiputado Esteban González Pons ha
definido al magnate neoyorquino. De la noche a la mañana, el derecho
Internacional ha saltado por los aires sustituido por la “estrategia del loco”,
que ha cambiado la forma de entender las relaciones entre los estadounidenses y
el resto del mundo. Bajo el lema de MAGA (Make America Make Again), Trump ha cruzado un Rubicón desde el imperialismo clásico y
convencional (que venimos padeciendo desde al menos 1898, cuando se quedaron
con Cuba, Filipinas y Puerto Rico, inaugurando la edad yanqui) a la dictadura
global sin complejos y por la vía de la fuerza.
Pero si preocupante es la sombra de la recesión que asoma en el horizonte,
más aún es el retroceso en derechos civiles y en calidad democrática que traen
el trumpismo y sus sucursales europeas. Miles de personas inocentes encerradas
en Guantánamo, convertido ya en el gran gueto racista del
nuevo apartheid, el Estado de bienestar liquidado y Elon Musk controlando la llave del Tesoro y los
datos personales de los contribuyentes, que pronto circularán por la red social
X, Gran Hermano del ciberfascismo.
Las Bolsas del mundo entero cierran en rojo y temblando por los aranceles
de Trump; el chip chino hunde Silicon Valley en
una reedición cibernética de la Guerra Fría; Bruselas advierte de que se defenderá con uñas y
dientes si es atacada “de manera injusta o arbitraria”, como dice Von der Leyen; y el zar Putin se
frota las manos con la fractura del eje Atlántico. Todos se
preparan para la guerra, más madera, como dijo Groucho.
Y todo por un patán con ínfulas que, con sus delirios de grandeza, sus
megalomanías de nuevo rico y sus recetillas autárquicas y victorianas propias
del siglo XIX (inservibles en un mundo globalizado), va a enviarnos a la ruina.
O aún peor, al infierno.
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