De acuerdo con José Antequera en casi todo, no en todo por la sencilla razón de que los únicos que hasta el día de hoy han usado la tecnología atómica han sido los americanos de Estados Unidos, y seguro que serían los que la volverían a usar si se les atraganta Rusia o China. La guerra nuclear si algún día llega –Dios no lo quiera, por la cuenta que nos tiene a todos, incluidos los estadounidenses- será porque la inician los fanáticos de alguien como ese Trump.
AMENAZAS
GLOBALES: EL COLAPSO DE LA CIVILIZACIÓN HUMANA
Pandemias, cambio climático,
desinformación, fascismo y guerra nuclear elevan el riesgo de extinción de la
humanidad
José Antequera
15/02/2025
La humanidad se ha adentrado en un escenario distópico propio de un relato
de ciencia ficción. Desastres naturales provocados por el cambio climático,
pandemias con nuevos virus y enfermedades letales, hambre y desigualdad,
desinformación en Internet como abono del nuevo fascismo posmoderno, desarrollo
voraz de la inteligencia artificial, decadencia de las democracias liberales a
manos de autócratas o dictadores emergentes, revueltas sociales y retorno a la
amenaza de la Guerra Fría (más presente que nunca tras el anuncio del presidente
ruso Vladímir Putin de modificar la doctrina nuclear para poder
utilizar misiles de corto y largo alcance en la guerra de Ucrania)
llevan a no pocos expertos y analistas de la realidad a concluir que nos
encontramos casi al final de una era y ante el comienzo de otra todavía más
inquietante y sombría. Sin apenas darnos cuenta, todo se ha transformado
radicalmente.
El mundo de ayer, como escribió Stefan Zweig, ya no existe. El planeta no
es el mismo. Los más pesimistas incluso llegan a asegurar que son tantos los
retos y desafíos, y tan abrumadores, que la raza humana no podrá superar su
actual estadio evolutivo, de modo que la civilización del “mono desnudo”, tal
como definió el zoólogo británico Desmond Morris al homo
sapiens, está condenada al colapso sin remedio. ¿Es el fin del
mundo? Depende de lo que se entienda por ese concepto apocalíptico. El planeta
seguirá girando sobre sí mismo al menos otros 4.500 millones de años más,
cuando será engullido por la inevitable explosión de un Sol viejo y agonizante,
aunque probablemente ningún humano esté ya allí para ver ese final aterrador,
puesto que nos habremos aniquilado antes con nuestros gases venenosos, nuestras
basuras, nuestras armas letales y nuestro odio cavernícola y ancestral.
Los antiguos griegos y romanos creían que el fin del
mundo era un proceso natural capaz de regular el funcionamiento del
cosmos, regido por el principio de la destrucción que brota del orden y
viceversa. En el siglo VI antes de Cristo, Anaximandro imaginó un cosmos sin
agua y una tierra árida y sin vida. Demócrito intuyó que los mundos se
destruyen chocando unos contra otros (magnífica premonición del poder
destructor de los asteroides), mientras que Platón auguró múltiples formas de
fin del mundo: incendios, inundaciones, terremotos y plagas. “Ha habido y habrá
muchas destrucciones humanas”, escribió en el Timeo, donde ya
vislumbra que la historia será fuente de catástrofes. No obstante, según el
filósofo ateniense, del hundimiento de la Atlántida brotaría otra raza de
hombres solidarios entregados a la reconstrucción “con amabilidad y bien
dispuesta a tratarse”.
El horror ante el final de la civilización humana ha estado presente, como
una larga pesadilla, desde el origen mismo de los tiempos. El filósofo historicista Oswald Spengler, autor de La
decadencia de Occidente, concluye que las culturas y sociedades
humanas, en sus diferentes formas, son similares a entidades biológicas, cada
una de ellas con un ciclo de vida determinado e incluso predecible. Spengler,
más allá de sus coqueteos con los fascismos del siglo XX, predijo que, hacia el
año 2000 de nuestra era, la civilización occidental entraría en un estado de
“emergencia previa a la muerte”, imponiéndose una organización política y
social basada en una especie de caudillismo/cesarismo al margen de la
democracia. La premonición es de una clarividencia que asusta, más teniendo en
cuenta que con el nuevo milenio hemos empezado a ser conscientes de amenazas
inminentes como la emergencia del cambio climático y el ascenso de los nuevos
totalitarismos.
Por su parte, el historiador británico Arnold J. Toynbee, en su Estudio
de la Historia, postuló que todas las civilizaciones humanas
pasan por diversas etapas diferenciadas: génesis, expansión, crisis o tiempo de
problemas y desintegración. Curiosamente, Toynbee no piensa que la quiebra de
las civilizaciones venga propiciada por desastres medioambientes o guerras
mundiales. En su lugar, la destrucción de la humanidad llegará con la crisis de
la “minoría creativa”, esa élite que en un momento determinado fue el motor del
progreso pero que terminará degenerando cultural y socialmente hasta perder el
poder de la fascinación y convertirse en “minoría dominante” política y militar
(lo que forzará a la mayoría a obedecerla ciegamente y sin justificación).
Toynbee nos habla de algo que estamos viviendo en nuestros días: el deterioro
de una casta privilegiada y elitista que se pudre en su orgullo endogámico
hasta fallar dramáticamente y revelarse inútil para dirigir al pueblo frente a
los retos del futuro. Basta con ver lo que está ocurriendo últimamente en
Valencia –esa reacción furiosa y visceral contra los políticos de un pueblo
arruinado por la riada–, para entender el gran “cisma del cuerpo social” del
que nos habla Toynbee.
Grandes pensadores han tratado de predecir los factores que llevan a la
desaparición de imperios y civilizaciones. El profesor Luke Kemp,
del Centro de Estudio del Riesgo Existente de la Universidad de Cambridge, ha
llevado a cabo una investigación sobre la muerte de las sociedades antiguas
para extrapolarla a nuestros días. De esa auténtica “autopsia histórica” se
extraen consideraciones interesantes, como que la
esperanza de vida media de cada civilización suele ser de unos 336 años.
Para Kemp, una cultura o sociedad floreciente es aquella con “agricultura,
múltiples ciudades, un dominio militar a lo largo de toda su zona geográfica y
una estructura política continua”. Por el contrario, una que entra en
decadencia es aquella que registra “una pérdida rápida y constante de la
población [no olvidemos que las sociedades avanzadas han entrado en una fase de
índice de natalidad cero], así como de la identidad y la complejidad”. El
colapso llega cuando “los servicios públicos se vienen abajo y el gobierno
pierde el control del monopolio de la violencia”.
En el documental Hypernormalisation, de
Adam Curtis, se argumenta cómo desde los años setenta del pasado siglo grupos
financieros y empresariales ligados al sector tecnológico han renunciado al
“mundo real” para construir un auténtico “mundo mentira”, un trampantojo
manejado en la sombra por corporaciones multinacionales y sustentado por
políticos neoliberales. Desde entonces, todos nosotros vivimos en una especie
de Matrix. “Las sociedades del pasado y del presente son simplemente sistemas
complejos compuestos de personas y tecnología”, alega Kemp. “La teoría de los
accidentes convencionales sugiere que los sistemas tecnológicos complejos
regularmente dan paso al fracaso. Por ello, el desastre es algo natural para
cualquier civilización, independientemente de su tamaño y etapa”. Pero el poder
de la tecnología que suele conducir a la decadencia es solo una de las muchas
graves amenazas a las que se enfrenta la humanidad.
Otro clima, otro planeta
Las recientes inundaciones del 29 de octubre en Valencia, que han arrasado
toda una región próspera y fértil del Mediterráneo español, han conmocionado a
Europa y al mundo. Pese a que los expertos en cambio climático venían
advirtiendo de que algo así podría ocurrir, nadie se esperaba un fenómeno tan
devastador en intensidad y potencial destructor. Más que un temporal, gota fría
o dana ha sido un auténtico tsunami tropical que lo ha destruido todo a su
paso, afectando también a localidades de Castilla-La Mancha y Andalucía. Centenares de muertos, heridos y desaparecidos; campos, viviendas,
empresas, colegios y comercios arrasados; y carreteras y vías férreas borradas
del mapa, han dejado un paisaje desolador más propio del día después
de una guerra que de un suceso meteorológico. Ha sido el total hundimiento de
la economía local; el Estado de bienestar arrollado por la barrancada.
Las primeras estimaciones cifran en 16.600 millones de euros el volumen de
pérdidas, el 1,3 por ciento del PIB nacional. Mientras tanto, al miedo y al
trauma de la población se han unido la indignación popular contra las
autoridades políticas, que no han sabido o no han querido estar a la altura
(bochornoso el episodio del presidente de la Generalitat, Carlos Mazón, y su
comida de cinco horas en un restaurante de lujo de Valencia, junto a una
conocida periodista local, mientras sus paisanos se ahogaban bajo la ola
mortal). Los valencianos de L’Horta Sud (zona cero de la catástrofe) levantan
la vista al cielo, conteniendo la respiración y temiendo que lo imposible
vuelva a ocurrir en cualquier momento. Muchos lo han perdido todo, sus
familiares y amigos, sus propiedades y pertenencias, sus recuerdos de toda una
vida, su trabajo y su futuro. Donde antes había una sociedad organizada y
dinámica ahora solo queda el barro, la destrucción y la ruina. Nada será igual
en Valencia tras la dana de 2024, el punto final a una época. Las tareas de
reconstrucción avanzan lentamente, pero los expertos calculan en meses, incluso
en años, el tiempo necesario para recuperar una cierta normalidad en la
región. Miles de vecinos de un área metropolitana formada por medio millón
de habitantes han vivido una pesadilla terrorífica, sin luz, sin agua potable,
socorridos por las colas del hambre, por la solidaridad del resto del país y la
beneficencia de las oenegés. Entre el barro y el lodo, entre
garajes y bajos anegados, con las alcantarillas atoradas y en medio de un hedor
pestilente que anticipa enfermedades contagiosas y nuevas plagas. Cientos de
coches aún siguen amontonándose, como montañas de ferralla inservible, en
calles y solares convertidos en inmensas chatarrerías. Niños embarrados juegan
al fútbol sobre charcos fangosos, recordando a esas crudas imágenes que nos
llegan de Gaza. Donde antes había un frondoso y soleado parque, ahora hay un
lodazal lleno de escombros. Donde antes había un polideportivo, ahora hay un
gigantesco estercolero. Y donde antes había un hermoso paraje natural como La
Albufera, estratégico para la recuperación de la biodiversidad, de la fauna y
la flora silvestre, hoy hay un pantano contaminado por basuras y sustancias
químicas de todo tipo. Es como si hubiese explotado una bomba. El colapso de la
civilización.

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El mundo ha podido asistir, en vivo y en directo, a las consecuencias del
mundo distópico en el que nos movemos de un tiempo a esta parte. El planeta ha
entrado en una fase acelerada del cataclismo climático provocado por el
calentamiento global, efecto directo de más de dos siglos de industrialización
descontrolada e insostenible. Ya no se trata de una simple hipótesis de trabajo
de los científicos, sino de un hecho empírico contrastado. La mano humana está
detrás de bruscos fenómenos atmosféricos desconocidos hasta hoy. Los diferentes informes del Panel Intergubernamental del Cambio
Climático de la ONU y de las más prestigiosas universidades
concluyen como algo “inequívoco” que la humanidad “ha calentado la atmósfera,
el océano y la tierra”, lo que ha generado “cambios generalizados y rápidos” en
el planeta. El estudio técnico responsabiliza a la humanidad del aumento de
sucesos meteorológicos extremos, y no solo inundaciones, también incendios de
sexta generación, episodios de sequía y desertización alternos con inviernos
gélidos, derretimiento de los polos con desaparición de los glaciares y
alteración de las corrientes marinas, el termostato que hasta hoy regulaba el
equilibrio del clima global. Todo ello por no hablar de la desaparición de
especies animales y vegetales, ya que, de subir la temperatura global entre un
grado y medio y dos, a finales del siglo XXI habrán desaparecido más del 20 por
ciento de todas las especies vivas que hoy pueblan la Tierra, lo que se conoce
como la Sexta Extinción provocada por el hombre.
Los daños son ya “irreversibles” y probablemente permanecerán durante
“siglos o milenios”. Y pese al “código rojo”, tal como ha definido la alerta el
secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, la humanidad sigue
mirando para otro lado, impasible, indiferente ante el drama cósmico que planea
sobre nuestras cabezas. Cada cumbre internacional sobre el clima es un fracaso
más estrepitoso que el anterior, mientras los líderes de las primeras potencias
como Estados Unidos, China y Rusia –los países más contaminantes de la Tierra–,
esconden la cabeza debajo del ala del ciego negacionismo y desertan de sus
responsabilidades. La elección de Donald Trump como nuevo presidente
norteamericano, un negacionista confeso, no augura nada bueno para el futuro
del planeta. El magnate neoyorquino ha prometido llenar
Estados Unidos de pozos petrolíferos, acabando de un plumazo con los tímidos
avances en economía verde sostenible y anunciando la vuelta al fracasado modelo
de quema de combustibles fósiles. El hecho de que el nuevo
presidente de la nación haya colocado al empresario petrolero Chris Wright como
secretario de Energía (un hombre que denuncia el “engaño” de la ciencia con el
cambio climático) es toda una declaración de intenciones.
Nos hemos adentrado en territorio desconocido y si hoy es una riada nunca
vista la que asola, como un extraño tsunami salido de algún lugar, la región
levantina de la Península Ibérica, mañana la hecatombe hídrica puede repetirse
en los empobrecidos estados sureños de EE.UU., en amplias zonas de Sudamérica, África y Asia y hasta en las hasta hoy
pacíficas cuencas del Elba y del Danubio, inundando regiones enteras de la
opulenta Centroeuropa. La degradación ambiental es el principal problema al que
nos enfrentamos en este convulso siglo XXI. Un reto descomunal que nos obliga a
abandonar el caduco modelo económico industrializado de capitalismo salvaje
para adoptar otro mucho más respetuoso con la naturaleza. Sin embargo, las
élites financieras y las gigantescas multinacionales tienen cogida la sartén
por el mango, además de a los gobiernos de las democracias liberales, y no
están pensando precisamente en dar el gran salto adelante hacia un modelo
ecologista, sino en mantener su estatus privilegiado, ese que permite que solo
cien familias, las grandes oligarquías de Wall Street, controlen el planeta. O
dicho de otra forma: apenas el uno por ciento más rico de la población mundial
acapara casi dos terceras partes de la nueva riqueza generada desde 2020 a
nivel global (valorada en 42 billones de dólares).
Los científicos nos dicen que ya vamos tarde a la hora de tomar medidas
para poner freno a ese sistema aberrante y desquiciado. Sin embargo, la última
cumbre del clima que acaba de celebrarse en Bakú, capital de Azerbaiyán, ha
terminado de forma decepcionante, tal como se esperaba. Los países más pobres incluso se han levantado de la mesa de
negociación, hartos de la pantomima y de no recibir las ayudas
prometidas por los más avanzados. Cada reunión de la COP (y ya van 29) es una
farsa más indignante que la anterior, un paso más hacia la inmolación como
especie.
Luke Kemp asegura en la BBC: “Las grandes civilizaciones no
son asesinadas, se suicidan”. Mientras los gobernantes siguen
sin tomarse en serio la amenaza, continúa la deforestación del Amazonas (gran
pulmón del planeta), la isla de plástico del océano Pacífico sigue creciendo,
el suelo se arruina con insecticidas y herbicidas peligrosos y los ríos
africanos se llenan con toneladas de ropa que Occidente ya no quiere. Por esos
vertederos del Tercer Mundo pululan miles de personas que se ganan la vida (por
decir algo, la mayoría sobrevive con poco más de un dólar al día) con la
búsqueda de objetos de valor que poder revender. Es lo que ocurre, por ejemplo,
en Agbogbloshie, el populoso barrio de la ciudad de Acra, Ghana, convertido en
el mayor estercolero de chatarra electrónica del mundo. Se cree que este puede
ser el lugar más contaminado del continente africano, principalmente por el
vertido de metales como plomo, berilio, cadmio o mercurio. Allí, en condiciones
de insalubridad y esclavitud extrema, trabajan decenas de niños hurgando entre
montones de basura para localizar algo de material que pueda reciclarse.
Aquello es un ambiente tóxico y corrosivo no solo para los seres humanos que
han tenido la desgracia de nacer en esas latitudes, sino para una región cuyos
ríos, tierras y aire (antaño puros y limpios) han enfermado a causa de la
polución. El colonialismo residual del hombre blanco sigue esquilmando el
Tercer Mundo.
Hablar de cambio climático es, en última instancia, hablar de desigualdad y
pobreza. Y no solo entre estados desarrollados y en vías de desarrollo (que son
los que pagan más caro la degradación de sus hábitats), sino también entre
diferentes clases sociales dentro de una misma nación. Así, un país rico y uno
pobre no afrontan de la misma manera la catástrofe producida por una
inundación, una sequía o un huracán. En el primero se destinan ayudas estatales
a fondo perdido, seguros que cubren la desgracia, préstamos de todo tipo. En el
segundo no hay nada. El africano que ve cómo una riada se
lleva su casa (o mejor dicho, su cabaña de madera, adobe o cañas) sabe
perfectamente que nadie saldrá al rescate de su familia. El Estado fallido,
este sí, los dejará abandonados de por vida.
En cuanto a los conflictos internos en un mismo país, está comprobado que
el cambio climático acrecienta la desigualdad. Lo más probable es que, pese a
los planes de reconstrucción puestos en marcha por el Estado, las comarcas
valencianas devastadas por la dana se empobrezcan notablemente en los próximos
años y bajen unas cuantas posiciones en el ranking de
riqueza y PIB por municipios y comunidades autónomas. El cierre de empresas, el
daño al tejido productivo e industrial, el paro y la despoblación (muchos
vecinos de las zonas afectadas tendrán que irse a vivir a otro lugar arruinados
o por miedo a una nueva riada) suelen suceder a un cataclismo ecológico de esta
magnitud. La brecha climática, con su consiguiente ruptura de
la armonía y la cohesión social, es la incubadora perfecta para conflictos
sociales, protestas, revueltas ciudadanas, huelgas y enfrentamientos violentos
en un futuro no muy lejano. Y no solo eso, los desastres naturales y
el caos demográfico que se avecina –la población mundial crece a un ritmo
exponencial en un planeta con recursos cada vez más limitados a causa de la
devastación– incrementarán el éxodo masivo, grandes flujos migratorios desde
los países pobres a los más ricos y desde las regiones deprimidas a las más
boyantes, donde el cambio climático aún no haya hecho mella. Un foco de
tensiones y un caldo de cultivo perfecto para el resurgir de movimientos
políticos de corte populista, nacionalista y xenófobo.
Pandemias e inteligencia artificial
Si algo nos enseñó la pandemia de covid-19 fue que la aparición de nuevos
virus, desconocidos hasta hoy, puede ser un peligro para nuestra supervivencia
como especie. Hasta el año 2019, la idea de un planeta Tierra en el que todos
sus habitantes se encerraran o fuesen confinados en sus casas para no
contagiarse por un agente patógeno parecía propia de un relato de terror o
fantasía. Después de la plaga, nadie puede dudar de que una amenaza igual o
incluso mayor, con un virus aún más mortífero, puede volver a ocurrir. Según datos de Naciones Unidas de 2023, la pandemia afectó a 692
millones personas en 260 países y provocó 6,97 millones de fallecidos.
Las campañas de vacunación fueron las más amplias de la historia (5.294
millones de inmunizados con al menos una dosis, es decir, un 66 por ciento de
la población mundial), pero todos los datos son meramente aproximativos. Nadie
sabe a ciencia cierta hasta dónde llegó el efecto de un microbio que puso patas
arribas el mundo, desde los países desarrollados hasta los más atrasados.
La producción económica propia del sistema capitalista colapsó y con ese
derrumbamiento general planeó la sombra de la crisis y la recesión. Los
gobiernos occidentales, con mayores recursos, pudieron reaccionar más
prontamente ante la catástrofe, pero aun así salieron seriamente tocados del
trance. De tal manera que la Unión Europea tuvo que acometer ambiciosos planes
de recuperación económica como la aprobación de los fondos Next Generation. Más
de 140.000 millones de euros solo para nuestro país que van llegando en
diferentes paquetes de inversión. El Gobierno de Pedro Sánchez adoptó un
importante escudo social para hacer frente a los estragos del virus, un modelo
que fue calificado de “hibernación de la economía” basado en los ERTE y en el
teletrabajo para mantener en lo posible las medidas de distanciamiento
social. Sin duda, el plan Sánchez, centrado en salvar vidas humanas antes
que empresas, dio un buen resultado y permitió amortiguar el
impacto de la pandemia. Nadie sabe qué hubiese ocurrido con un gobierno
ultraliberal en el poder, pero es de suponer que la actividad económica no se
hubiese paralizado (Pablo Casado, en aquel entonces líder del PP, llegó a
criticar el confinamiento general de la población), de tal forma que el número
de fallecidos y contagiados se hubiese visto multiplicado. En las próximas
décadas, los nuevos desafíos como los estragos ocasionados por el cambio
climático y las pandemias cíclicas van a exigir de medidas intervencionistas,
de grandes sumas de dinero destinadas a ayudas sociales y de planes de
recuperación. Las catástrofes no se podrán evitar, pero los ciudadanos podrían
rechazar en las urnas las políticas que antepongan el beneficio del capitalismo
a la ética y la moral humanitaria.
El filósofo Toby Ord afirma con rotundidad que
la civilización humana no llegará al final de este siglo. Se autodestruirá
bastante antes. El pensador australiano asegura que hay una probabilidad de uno
entre seis de que la sociedad en su forma actual se extinga antes del año 2100.
Buena parte de la amenaza no solo tiene que ver con la aparición de nuevos
virus (bien de origen natural como consecuencia de la alteración de los
ecosistemas, bien fabricados en laboratorio y filtrados de forma accidental o
intencionada como parte de la guerra biológica), sino también con el predominio
de una inteligencia artificial que más tarde o más temprano se nos irá de las
manos, tal como pronostican algunos científicos. En su libro El precipicio: el riesgo existencial y el futuro de la
humanidad, Ord analiza los riesgos
potenciales de una sociedad plenamente robotizada y alerta de que con la
implantación de las tecnologías cibernéticas llega también el Gran Hermano, el
ojo totalitario que todo lo ve y que todo lo controla del que ya nos advirtió
en su día George Orwell. Un mundo donde todos pierden su intimidad y su
identidad en beneficio de un Leviatán de cables y chips; un mundo en manos de
máquinas, que podría ser el final de la especie humana, finalmente reducida a
la categoría de esclava de una mente superior. Además, están los riesgos de
convertir a las personas en seres cíborgs, mitad biológicos mitad sintéticos,
mediante el uso de ortopedia mecánica para la guerra, artilugios de realidad
aumentada e implantes de chips en el cuerpo y en el cerebro. Ord anticipa que
en las próximas décadas quizá seamos capaces de fabricar una tecnología
emergente de inmenso potencial destructivo, de modo que reclama un diálogo
entre científicos y políticos para fijar los límites éticos y evitar la
probable catástrofe.
También existe el riesgo de que la inteligencia artificial (IA) termine por
desconectar a la persona de la realidad para sumergirla en un mundo virtual y
convertirla en adicto a las redes sociales. Autómatas de carne y hueso, seres
fríos, insensibles, casi psicópatas. Alienados o ludópatas de la videoconsola y
las gafas de realidad aumentada o virtual. Los datos de la OMS sobre el número
de personas enganchadas ya a teléfonos móviles y ordenadores provocan
escalofríos, puesto que apuntan al inicio de una auténtica plaga global. Sin duda, la “pantalla negra” (black mirror) puede
convertirse en la dueña y señora que amenaza, no ya con esclavizar
al homo sapiens, sino con arrebatarle su propia
esencia, la esencia de lo verdaderamente humano. El riesgo para la civilización
es tan real como inminente, tanto es así que, para muchos autores, la IA sería
la gran amenaza en el ranking de
posibles catástrofes en los próximos años, por encima incluso del cambio
climático.
La guerra cibernética o híbrida es otro desafío inmenso. Hoy en día, cada
vez son más los conflictos armados que se dirimen por ordenador. Basta con que
una potencia militar apriete un botón para que se cierre el grifo del gas,
colapsen las bolsas mundiales, se bloquee el comercio internacional o estalle el
caos en la oficina de Administración de un país enemigo. El último ejemplo es
la amenaza de Rusia, dispuesta a atacar los sistemas eléctricos del Reino Unido
hasta dejar sin luz a toda una gran capital como Londres. Un inmenso apagón que
sumiría a la City, y al país entero, en el más absoluto caos. Ese sabotaje
monumental puede ocurrir en cualquier momento. De hecho,
Sir Richard Dearlove, exdirector del MI6 (el servicio de
inteligencia británico), ha alertado de que Europa ya no está en “situación
previa a la guerra”, sino que se encuentra en una “guerra real” contra Rusia.
Desinformación, “bulocracia” y crisis del
Estado de Derecho
El odio a raudales difundido en redes sociales, con el consiguiente
embrutecimiento de una sociedad cada vez más violenta, es otra grave amenaza
que ha llegado para quedarse con el siglo XXI. La desinformación y la basura
ideológica vertida en Twitter (hoy X, el nuevo invento que el magnate Elon Musk ha puesto en manos de Donald Trump para
llevarlo en volandas hasta la Casa Blanca) no es un asunto baladí, ya que
termina cristalizando en polarización política, en fanatismo, en superchería e
ignorancia, cuando no en una auténtica plaga de neurosis colectiva con
verdaderos estallidos de violencia capaces de socavar la democracia y los
pilares mismos de la civilización. A través de herramientas y aplicaciones
informáticas como Twitter, auténtico altavoz de los nuevos movimientos
conspiracionistas, antisistema y ultras, se denigra, se insulta, se extorsiona
e incluso se amenaza de muerte a científicos, artistas, políticos,
intelectuales y personas pertenecientes a minorías sociales, sexuales, étnicas
y religiosas.
Es así como grupos de fanáticos persiguen a diario a científicos que, como
Fernando Valladares, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas
(CSIC), tratan de concienciar a la población sobre los efectos perniciosos del
cambio climático. “Los negacionistas se reparten sogas para ahorcarme”, se
lamenta el doctor en Biología con un punto a medio camino entre la amargura y la
resignación. “Ven la Agenda 2030 [el programa de la Unión Europea puesto en
marcha para hacer frente a la emergencia climática] como una ruina de la civilización”, asegura. Los
fanáticos no le perdonan sus alertas frente al calentamiento global. Pero ha
sido en las últimas semanas, como consecuencia de la terrible riada que ha
asolado la provincia de Valencia, cuando los terroristas del negacionismo lo
han puesto en la diana como objetivo preferente de los insultos y vejaciones
que tratan de criminalizarlo y deshumanizarlo. Asfixiado por los ultras,
Valladares ha lanzado un desesperado mensaje ante “la escalada de amenazas” que
viene sufriendo desde el martes negro, día de la calamidad del 29-O. Incluso lo
han incluido en listas de “personas a eliminar”.
Ya en pandemia, los científicos se convirtieron en el blanco perfecto de
los grupos antisistema. En aquella ocasión, la víctima propiciatoria de la
persecución fue el epidemiólogo Fernando Simón, encargado de adoptar las
medidas sanitarias contra el coronavirus. Simón fue sometido a un linchamiento
moral descarnado y sin piedad en redes sociales. El terrorismo negacionista
quiso amedrentar al científico por aconsejar planes de prevención como el
confinamiento domiciliario, el uso de la mascarilla y las campañas de
vacunación. No pudieron doblegarlo. El Gobierno aplicó las
instrucciones médicas y clínicas impartidas por Simón con las que el país
consiguió superar la pandemia. Todo ello mientras grupos ultras promovían
manifestaciones callejeras o en coche llamando a la revuelta,
al desorden, al caos y al derrocamiento de Pedro Sánchez al grito de “libertad”
y “no es una pandemia, es una plandemia”, en
referencia al gran mito de los movimientos conspiracionistas, ese que denuncia
la existencia de un complot de la izquierda radical-comunista para imponer una
dictadura mundial.
El negacionismo es seguido por individuos que eligen negar la realidad para
evadirse de una verdad incómoda. También para desestabilizar sistemas políticos
democráticos. Según Valladares, los terroristas de la desinformación han
alcanzado un complejo nivel de organización: un grupo de Telegram llamado
Los Espartanos (más de 200.000 seguidores), se ha convertido en
un espacio de violencia verbal sin filtro ni control donde se anima a emprender
la cacería de los científicos que se atrevan a hablar de cambio climático. La
jauría cibernética. “El odio hacia mi persona se desprende de advertir y
explicar estos efectos, que cada vez son más terribles”, afirma el biólogo. El
científico apunta que los negacionistas se sienten confundidos y carentes de
argumentos lógicos.
La plaga de la desinformación nos está llevando desde la democracia hasta
la “bulocracia”, es decir, hasta un sistema donde los medios de comunicación
tradicionales entran en crisis, donde la verdad se disipa y donde miles de
ciudadanos se informan a través de canales alternativos del lumpen o underground digital, que les proporcionan la
basura ideológica que quieren escuchar. Lo hemos comprobado durante los
terribles días de la riada de Valencia, donde las comarcas anegadas se han
llenado de pseudoperiodistas, charlatanes, proselitistas
del populismo, youtubers y falangistas de
medio pelo empeñados en avivar el odio del pueblo contra la democracia.
Hablamos de toda una serie de pájaros de mal agüero, de buitres amarillos del
sensacionalismo más atroz, de degenerados morales y clowns sin ningún escrúpulo que se dejaron caer
por la zona cero con el fin de sumar unos cuantos likes, followers o seguidores para sus estúpidos
programas y canales de Internet (y de paso para agitar el avispero contra el
sistema). A río revuelto ganancia de pescadores, dice el refrán, y por si no
tenían bastante los desdichados vecinos de L’Horta Sud machacados por la
maldición bíblica que les ha caído en desgracia (el desastre de tener que vivir
a la intemperie, sin casa, sin comida, sin agua ni luz y en medio de plagas e
infecciones emanadas del lodo y el barro), también han tenido que soportar a
ese grupo salvaje improvisado, terroristas informativos y heraldos del bulo más
descarado. Rufianes en busca de fama, reconocimiento, audiencias, dinero,
intereses políticos, quizá todo ello a la vez.
Para la historia de la infamia quedará el vergonzoso caso de Rubén Gisbert, ese muchacho de Horizonte (programa
de Íker Jiménez), que se rebozó los pantalones de barro para darle más
dramatismo al momento antes de entrar en directo (el vídeo de un vecino lo
desenmascaró al cazarlo in fraganti y Jiménez se vio obligado a despedirlo). O
las andanzas del eurodiputado Alvise Pérez, el ultra de Se acabó la fiesta
(SALF), quien chapoteando en los charcos de la mentira y el populismo
demagógico se plantó en el epicentro de la tragedia con una camioneta llena de
garrafas de agua (más bien una unidad móvil) para terminar siendo increpado por
los vecinos: “No pintas nada aquí, neonazi”, le espetó una mujer harta del
espectáculo denigrante. O las aventuras del freelance del
mundo reaccionario Javier Negre, a quien Carlos Mazón dio un fraternal abrazo a
las puertas del Centro de Coordinación de Emergencias. No fueron los únicos
casos de provocadores y desalmados ávidos por picotear en el dolor y el
sufrimiento de cientos de miles de valencianos. Algunos de ellos llegaron a
propalar el infundio de que en el parking subterráneo
del centro comercial Bonaire (Aldaia) hubo más de mil muertos, un dato que se
demostró falso después de que los servicios de rescate lograran extraer el agua
acumulada e inspeccionar los coches atrapados. Por momentos, en Paiporta hubo
más buitres y carroñeros que policías y soldados de la UME.
Todo ese caldo de cultivo formado por el miedo, la indignación contra los
políticos y el odio avivado por grupos ultras e impostores disfrazados de
periodistas desembocó en el acto de protesta de Paiporta, donde un grupo de
ciudadanos poseídos por la desesperación arrojó puñados de barro contra los
reyes de España, contra Pedro Sánchez y el propio Mazón. La imagen del
presidente del Gobierno introduciéndose a toda prisa en el coche oficial tras
ser perseguido por las calles a manos de una horda que pretendía lincharlo
vilmente quedará como una de las páginas más negras de la historia de este
país. Pero aquel reventón final de violencia exacerbada tras la barrancada,
aquella riada de rabia e ira popular, no fue solo una expresión espontánea de
la amargura del pueblo, sino también consecuencia lógica de demasiados días de
negligencias e incompetencias políticas, de bulos y manipulación a mansalva.
Los valencianos se sintieron abandonados por las instituciones mientras
miles de voluntarios con cubos, escobas y palas cruzaban los ya bautizados como
“puentes de la solidaridad” sobre el nuevo cauce del Turia para ayudar a sus
paisanos. Mientras la sensación de caos y desgobierno se expandía velozmente,
los propagandistas de la extrema derecha, amplificados por sus bots y algoritmos de las redes sociales,
consiguieron colocar el eslogan de que España es un Estado fallido donde la
democracia ha fracasado estrepitosamente. El lema Només el poble
salva al poble (solo el pueblo salva al pueblo) fue un
grito espontáneo de la gente desesperada en medio del tsunami al ver que la
ayuda no llegaba, pero también la expresión de un mensaje demagógico-populista
que ha terminado por calar muy hondo.
En realidad, cualquier país europeo avanzado se hubiese visto desbordado
ante una ola de cuatro o cinco metros de altura (propia de un maremoto
asiático) que arrasó de norte a sur más de sesenta localidades de una provincia
entera y cientos de kilómetros cuadrados desde la montaña hasta la costa, algo
que nunca antes se había visto. Pero una vez más, tal como ocurrió con la
pandemia, la guerra híbrida llevada a cabo por la extrema derecha consiguió sus
objetivos: confundir a la población ya traumatizada por el shock,
desestabilizarla, manipularla políticamente, alimentar los sentimientos más
bajos. Hasta el rey Felipe VI pudo ver con claridad, sobre el
terreno, en qué consiste el plan ultra, tal como se desprende
de aquella reveladora conversación de ánimo y consuelo que el monarca mantuvo
con un vecino completamente abatido, a quien pidió “tranquilidad y calma” ante
la avalancha de desinformación. La “bulocracia” (gobierno de la mentira) es,
sin duda, una grave amenaza para la convivencia en paz de las sociedades
modernas y, por consiguiente, para la civilización humana.
Guerra nuclear: el último capítulo del
Armagedón
Hambre, peste, muerte, y falta la guerra para completar los Cuatro Jinetes
del Apocalipsis que andan sueltos y desbocados en este convulso siglo XXI. En
las últimas semanas, el presidente ruso, Vladímir Putin, ha aprobado una nueva
doctrina nuclear que permite respuestas con armamento atómico ante ataques
convencionales contra la soberanía de Rusia. Es la réplica a la decisión del
todavía presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que ha dado permiso a Ucrania
para utilizar misiles de corto y largo alcance de fabricación norteamericana
contra los rusos.
Nunca antes el mundo había estado tan cerca de un conflicto nuclear a gran
escala. La tensión es máxima, sobre todo en los países que se encuentran en la
frontera con Rusia o en su radio de acción más próximo. Los gobiernos de
Finlandia, Suecia y Noruega ya trabajan con ese escenario bélico, por lo que
han distribuido manuales de protección civil entre sus ciudadanos. El Gobierno
sueco ha actualizado un folleto titulado En caso de
crisis o guerra, en el que informa sobre una serie de posibles
situaciones de alerta máxima, entre ellas ciberataques,
atentados terroristas y lanzamiento de misiles atómicos o dotados con
sustancias químicas o bacteriológicas. “Si Suecia es atacada,
nunca nos rendiremos. Cualquier alusión a lo contrario es falsa”, publica el
cuaderno en uno de sus apartados, donde se destaca la importancia de formar
parte de la OTAN. En el caso de Finlandia, el manual alecciona a sus
compatriotas para que sepan qué hacer en caso de una ofensiva por sorpresa.
“Nos prepara mejor para ayudar a los que tenemos cerca”, aseguran fuentes del
Gobierno local. Una encuesta divulgada el pasado mes de septiembre concluye que
un 58 por ciento de los finlandeses han acumulado comida, agua y suministros de
emergencia para varios meses ante lo que pueda pasar.
En ese contexto prebélico, las pastillas de yodo para paliar los efectos
devastadores de la radiación en el cuerpo humano se han convertido en una
opción asumible, la venta de refugios prefabricados se dispara y el invierno
nuclear ha dejado de ser un tabú, ya que los gobernantes del Kremlin han
logrado colocar la falacia de que no será el final de la especie humana. Las
sucesivas campañas propagandísticas a través de la televisión estatal al
servicio de Putin han logrado preparar a la opinión pública rusa,
convenciéndola de que una refriega contra la OTAN es posible sin llegar a la
fase de extinción mutua asegurada. La autocracia de Moscú ha logrado transmitir
el mensaje de que, después del cataclismo, la vida seguirá como siempre y Rusia saldrá vencedora ante sus enemigos, quizá el último y más
peligroso bulo que se ha propagado jamás.
El negacionismo del holocausto nuclear ha cuajado en la población entregada
al nacionalismo putiniano respaldado por la Iglesia ortodoxa del patriarca
Cirilo. Sin embargo, la ciencia no tiene ninguna duda: un incidente de esa
magnitud supondría el final de la vida en la Tierra. La elevada contaminación
radiactiva del aire y de las fuentes de agua potable y alimentos perduraría
durante años, quizá siglos. Desaparecería la capa de ozono, por lo que la
radiación ultravioleta del Sol acabaría con los pocos seres vivos que
sobrevivieran. Las drásticas diferencias de temperatura entre los continentes y
los océanos generarían un caos climático irreversible, lo que dificultaría
enormemente la vida, sobre todo en las zonas costeras. Una oscuridad total,
gélida, propia de una glaciación, lo invadiría todo. El suministro de alimentos
y agua dejaría de llegar a las grandes ciudades, algunas de ellas como París,
Londres, Berlín o Madrid completamente devastadas. Los servicios públicos dejarían de funcionar, no habría luz
eléctrica ni actividad industrial alguna; los hospitales colapsarían. Los
escasos supervivientes, enfermos y debilitados por el cáncer de piel y por el
hambre y las pandemias, no tendrían ninguna esperanza de
futuro. En esa sociedad tribal reenviada a la Edad de Piedra de la noche a la
mañana prevalecerían el pillaje, el saqueo, la violencia y el clan controlado
por pequeños jefes o cabecillas. La ley del más fuerte. Las élites mundiales,
entre las que se encuentra la familia de Putin, podrían sobrevivir bajo tierra,
en sus lujosos búnkeres, durante meses, seguramente algunos años. Pero solo un
loco querría resistir escondido en el subsuelo, sin ver los rayos solares, como
una rata.
Nadie sabe cuántas bajas se registrarían en un intercambio entre
superpotencias nucleares, aunque se han elaborado modelos de predicción
aproximativos. Mil megamuertes (término acuñado por el estratega militar Herman
Kahn equivalente a mil millones de víctimas), se dan por seguras en las
primeras 24 horas de una guerra total con Estados Unidos, Europa, Rusia y China
como actores implicados. Pero algunos cálculos llegan a afirmar que podría
haber dos o tres mil megamuertes, incluso que entre el sesenta y el setenta y
cinco por ciento de la población mundial podría perecer en las semanas
siguientes al día del Juicio Final. Las horrendas especulaciones han desatado
la psicosis en la Europa democrática, un nuevo estado de terror similar al que se vivió durante la Guerra Fría. Existe
una creencia generalizada de que la ofensiva aérea de Rusia contra Occidente,
con todas sus fuerzas y poderío militar, incluidos misiles dotados de ojivas
nucleares, es solo cuestión de tiempo. Tras modificar unilateralmente la
doctrina nuclear, Putin ha ordenado la producción en serie del misil balístico
hipersónico Oréshnik, que ya ha sido lanzado contra Ucrania, aunque sin carga
atómica. El líder ruso destacó que el proyectil alcanza velocidades nunca
vistas –lo que lo convierte en indetectable para las defensas antiaéreas
enemigas–, y que además es capaz de impactar sobre cualquier capital europea en
menos de veinte minutos. “No es una actualización de los viejos sistemas
soviéticos”, alardea el jerarca sobre su última creación bélica. “Es resultado
del trabajo que se ha realizado en la nueva Rusia, creado sobre la base de
desarrollos nuevos y modernos”.
Es evidente que la que fue primera superpotencia mundial (hoy relegada a un
segundo papel por el auge de China) está invirtiendo miles de millones de
rublos en modernizar su industria militar, obsoleta tras la caída del régimen
comunista. Y ese intenso rearme en tiempo récord provoca una gran inquietud en
las democracias liberales del viejo continente, también en la OTAN, que está
manteniendo periódicas reuniones de urgencia para monitorizar los movimientos
de las tropas rusas. Las noticias que nos llegan desde la región oriental
europea no son nada halagüeñas. Moscú está maniobrando en la
sombra para desestabilizar países que en su día estuvieron en la órbita de la
URSS. La Hungría de Viktor Orbán trabaja ya para destruir la Unión Europea desde
dentro; la población de Georgia, en su mayoría simpatizante de la UE, se echa a
la calle para protestar en medio de los rumores de elecciones amañadas por el
Kremlin; nacionalistas prorrusos suben como la espuma en Rumanía, donde los
socialdemócratas resisten a duras penas; y en Moldavia contienen la respiración
ante los intensos rumores de invasión inminente.
A todo ello viene a sumarse que la guerra ha entrado en una fase negativa
para Ucrania y que la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca promete cortar
todo tipo de financiación y ayuda militar de Estados Unidos al Gobierno de
Volodímir Zelenski. Tras una serie de descalabros militares de Putin –empezando
por su intento fallido de llegar hasta la capital Kiev–, el ejército ruso se ha
reorganizado, ganando metros por días. Todo ello lleva a pensar que el
paranoico exespía del KGB está sopesando dar el fatídico paso adelante, hacia
Occidente, en su delirante intento por recuperar territorio perdido tras la
caída del bloque bolchevique. El plan putiniano de reconstruir un pasado de
supuesta grandeza y esplendor, la Rusia imperialista de la
Unión Soviética, supone una grave amenaza para la paz y la seguridad
mundial y a esta hora ningún analista serio se atreve a adelantar pronósticos
sobre hasta dónde puede estar dispuesto a llegar el dictador en sus ansias
expansionistas.
Esta situación de permanente alerta nos devuelve, inevitablemente, a los
tiempos de la Guerra Fría y a aquella “ansiedad nuclear” con la que convivían
las sociedades de la segunda mitad del siglo XX. La psicóloga Ana Belén
Medialdea asegura que “la ansiedad nuclear no está catalogada como trastorno,
pero se caracteriza por un cúmulo de síntomas, como el miedo y la preocupación
que vive la gente ante la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial”. El pánico
interiorizado en largos períodos de tiempo lleva a profundas transformaciones sociales
y a cambios bruscos de comportamiento en la mentalidad de las personas.
Depresión, aumento del consumo de alcohol y drogas, irascibilidad,
insolidaridad, violencia, rabia contra el sistema, aislamiento, falta de
confianza en el futuro, nihilismo y conductas autodestructivas como el suicidio
pueden estar asociadas a la ansiedad que genera la hipotética inminencia de la
guerra nuclear.
Desastres climáticos producto de una industrialización desbocada y sin
control, pandemias, amenaza cibernética, fascismo, desinformación y conflicto
bélico atómico. Así es el maravilloso planeta que vamos a dejarles a las
generaciones venideras. No parece que estemos viviendo en el mejor de los
mundos posibles, tal como auguró el filósofo Leibniz. Así que, ¿qué otra cosa
podemos hacer ya sino entregarnos a aquel carpe diem del
que hablaba el poeta romano Horacio y vivir cada día como si fuese el último?
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