Paco Sánchez 11/02/2025
Me sorprende enormemente que en ninguno de los muchos análisis que aparecen
en los medios de comunicación sobre las causas de la inmigración se hable de la
única que verdaderamente se puede sostener con datos y hechos, y que parece que
todos tienen miedo a admitir.
Las teorías más simples y ramplonas, como la publicaba hace unos días en
este mismo medio por Martín Sánchez, en un artículo titulado Hablemos de
inmigración, dan por buena la teoría del Gran Reemplazo, el Plan Kalergi y
otras majaderías similares. También es frecuente oír, sobre todo en la extrema
derecha, que los migrantes se arriesgan a morir en el mar buscando paguitas, o
porque son engañados por las mafias y por las oenegés que se
"lucran", fletando cayucos las primeras y recogiendo sus restos las
segundas.
Las teorías más elaboradas sobre las causas de los movimientos migratorios,
en particular los de carácter económico, se enfocan en señalar que es promovida
de forma interesada por el capital y las corporaciones como forma de conseguir
mano de obra barata. Esto argumento, también es parcial e incompleto; pues,
aunque es cierto que el capitalismo neoliberal ha impulsado la migración
laboral internacional desde mediados de la década de 1970, empujando a
trabajadores y campesinos a emigrar en busca de empleos de baja remuneración en
sectores como agricultura, construcción, manufactura, logística y cuidados;
este no era el objetivo primario, sino un efecto secundario de la verdadera
causa.
La verdadera y única causa de la práctica totalidad los movimientos
migratorios no es otra que la diferencia de renta entre origen y destino; o,
dicho de otra manera, la desigualdad. Así ha sido durante toda la historia de
la humanidad, así es en la actualidad y así seguirá siendo en el futuro. No es
casual que las dos fronteras del planeta donde hay una mayor presión migratoria
sean la que separa Europa de África y la que separa Norteamérica de
Latinoamérica. Son los dos puntos del planeta, con alguna excepción menor,
donde más desequilibrio existe a lado y lado de la línea fronteriza, en
términos de renta. Y esto, nos guste o no, siempre va a tender a nivelarse.
La renta per cápita promedio en la Unión Europea es de 22.600 euros,
mientras que en África es de 424 euros, lo que representa una diferencia de 1 a
50. En la frontera entre Estados Unidos y México el desnivel no es tan acusado,
pero igualmente dramático, con una renta media en Estados Unidos de 70.500
euros, mientras que en México es de 9.800 euros.
A grandes rasgos, podemos afirmar que el planeta se divide en dos mitades,
con un Norte global rico y un Sur global pobre. Es por eso que las migraciones
discurren del sur al norte y no la inversa.
Y cabe preguntarse porqué algo tan evidente es deliberadamente ignorado en
la mayoría de análisis sobre las causas de las migraciones que se hacen en los
países receptores de inmigrantes. Probablemente se evita reconocer esta
incómoda verdad, para no tener que analizar a renglón seguido las causas y los
responsables de que exista medio planeta rico y medio planeta pobre.
Los que sostienen la teoría del Gran Reemplazo y que el comunista Soros
está intentando destruir la civilización judeocristiana, también te
argumentarán que el Norte global es rico por su laboriosidad y buen hacer, y
que el Sur global es pobre por su mala cabeza y por no saber gestionar de forma
óptima sus recursos. Pero no te hablaran, en el caso de África, sobre todo, de
los siglos de robo y expolio de sus recursos y materias primas, por parte de
las potencias imperialistas europeas y anglosajonas; expolio que continúa en la
actualidad con una falsa apariencia de legalidad.
Tampoco señalarán, como causa de los fenómenos migratorios, el cinismo de
Occidente, que ha diseñado un doble discurso para las metrópolis y el
extrarradio, hablando de libre mercado y ausencia de regulaciones, aranceles y
subvenciones en las colonias, mientras aplicaban el proteccionismo en sus
países; empleando, además, en esa labor de saqueo, a organismos supranacionales
como la OMC, el FMI o el Banco Mundial. Esto ha sido puesto de manifiesto por
autores como Marcelo Gullo, con la teoría de la insubordinación fundante, o
Ha-Joon Chang, con su teoría de la patada en la escalera.
Gullo sostiene que el sistema internacional está estructurado de manera
desigual, con Estados subordinantes (metrópolis) y Estados subordinados
(periferia). Las metrópolis imponen normas, controlan los intercambios
económicos y obtienen los mayores beneficios, mientras que la periferia ofrece
bienes de menor valor y se somete a estas reglas. La supuesta igualdad jurídica
entre los Estados es una ilusión.
En la práctica, las decisiones internacionales están determinadas por el
poder de los Estados, y el derecho internacional favorece a las potencias
dominantes. Las metrópolis ejercen una forma de dominación ideológica sobre la
periferia mediante la exportación de ideas como el libre comercio o el
iluminismo. Estas ideas inhiben en los países periféricos la construcción de un
poder nacional autónomo.
En términos similares, el economista coreano y profesor en la Universidad
de Cambridge crítica las políticas de desarrollo económico promovidas por los
países desarrollados para las naciones en vías de desarrollo, señalando la
contradicción histórica -y deliberadamente cínica, añadiría yo- que supone que
los países actualmente desarrollados utilizaran políticas proteccionistas y de
intervención estatal para alcanzar su nivel de desarrollo, pero ahora
recomiendan políticas de libre mercado a los países en desarrollo.
En mi opinión, Chang se queda corto cuando dice que "recomiendan
políticas de libre mercado". No las recomiendan, las imponen, siguiendo la
hoja de ruta que ya estableció el Informe Kissinger en 1974 (NSSM 200), donde,
si bien no sugería explícitamente el uso de la fuerza para someter a otras
naciones, sí proponía estrategias para asegurar el acceso de Estados Unidos a
recursos y materias primas en países en desarrollo. Kissinger identificaba el
crecimiento demográfico en países en desarrollo como una amenaza para la
seguridad económica y política de Estados Unidos. Además, enfatizaba la
importancia de asegurar el acceso a minerales y materias primas en países menos
desarrollados; y en lugar de la fuerza directa, el informe proponía estrategias
indirectas, como el uso de la "ayuda" internacional y
organismos como el Banco Mundial para promover políticas de control de
natalidad, implementar políticas económicas que favorecieran los intereses
estadounidenses y evitar que estas políticas fueran percibidas como
imperialistas por los países en desarrollo.
En definitiva, aunque obviamente no se plasmó por escrito el uso directo de
la fuerza, sí proponía estrategias para mantener la influencia estadounidense
sobre los recursos globales, lo que algunos interpretan como una forma de
sometimiento económico y político.
A pesar de ello, Estados Unidos ha participado en numerosas guerras e
intervenciones militares que han sido criticadas por tener motivaciones
relacionadas con el control de recursos naturales, especialmente petróleo, bajo
la justificación de promover la democracia y los derechos humanos. Los casos
más evidentes son la guerra del Golfo (1991), la invasión de Irak (2003), y las
intervenciones en Libia (2011) y Siria (2014). La "Doctrina Carter"
de 1981 ejemplifica bien esta política, al declarar que cualquier intento de
otra fuerza por controlar el Golfo Pérsico sería considerado un ataque a los
intereses vitales de Estados Unidos.
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