Juan Carlos Monedero 16/02/2025
En la democracia griega clásica, el orador forense, que era el ciudadano
que hablaba en un juicio, reflexionaba sobre el pasado y, por tanto, sobre lo
que era bueno o malo, mientras que el orador que hablaba en la Asamblea, el
verdadero órgano democrático de las polis, hablaba sobre el futuro y, por tanto
“sobre lo que concernía a lo conveniente o inconveniente”. (Mogens H. Hansen, La democracia ateniense en tiempos de Demóstenes,
Capitán Swing). La Asamblea estaba compuesta por unos 6000 ciudadanos de los
30.000 con derecho, donde no estaban las mujeres, los esclavos ni los metecos -extranjeros radicados en la ciudad- y era
el verdadero órgano democrático. Miraba hacia delante. Ambos rethores buscaban persuadir a la gente y lograr su
voto. Hoy, la izquierda, parece un orador forense que sólo habla con el pasado
y, por tanto, cae constantemente en el juicio moral. Se le ha olvidado que el
pueblo en la plaza pública es el fundador de la democracia. Recordatorio:
apenas un 20% de los 30.000 ciudadanos participaban en las asambleas. Para que
no nos quejemos tanto.
Claro
que la izquierda es más moral que la derecha. La moralidad tiene que ver con el
comportamiento con los demás, basado en la reciprocidad. Gustavo Petro resumía hace por esta idea
recordando que la izquierda habla a la universalidad de los seres humanos,
mientras que la derecha solo habla a los “suyos”. En lo mismo insiste Pepe Mujica (al que quieren convertir en una
mascota de una democracia desdentada que ya no muerde, como pretendieron hacer
con Mandela del que ocultaron su pasado en la lucha
armada). La izquierda siempre está disconforme, cuestiona lo que existe y tiene
que asumir también cuando la critican.
Una de las explicaciones de por qué el mundo griego desarrolló la
democracia, entregándole a las mayorías pobres la misma decisión que hasta el
momento habían tenido solo los propietarios, fue evaluar que los conflictos que
podían desarrollarse dándole a esas mayorías el poder eran menores que los
conflictos que iban a desatar las élites si se hacían con el poder en un
contexto de crisis. Ahí está Trump, sin
contrapesos. Se huele el desastre. Las soluciones extremas, dar el poder a las
elites en vez de al pueblo en contextos de ruptura del orden social, suelen
terminar con los dirigentes saliendo del país, ejecutados y arrastrado a su
nación al desastre.
Recuerdo que, en el colegio, todos los profesores nos recomendaban
dedicarle media hora más a su asignatura que a las demás porque era “la más
importante”. Al final, había que dedicarles media hora más a todas las
asignaturas, con lo que no hubiéramos tenido tiempo para lo verdaderamente
relevante que era echar un partido de fútbol a la salida de clase.
En los primeros años de casi cualquier carrera se suele contar algún chiste
que, supuestamente, resumiría el sentido último de la materia. Los economistas
narran la historia de tres náufragos, un economista un químico y un físico en
una isla que tienen una lata de sardinas, pero no tienen abrelatas. El físico
sugiere tirar la lata desde una palmera; el químico rodear el borde con agua de
mar para que se oxide y poder saltar la tapa. El economista, inútil, dice:
imaginemos que tenemos un abrelatas…
En ciencia política contamos a los primerizos que los dioses se reúnen a
ver quién es el más importante. Todos se jactan de haber sacado al mundo del
caos. El de la matemática con sus ecuaciones, el de la física con sus reglas,
el de la química con sus fórmulas, el de la biología con sus células… Habla
entonces el dios de la política y dice: ya, ya, está muy bien, sois todos muy
importantes, pero ¿quién inventó el caos?
El mundo no puede mirar hacia atrás porque se convertirá en una estatua de
sal. Ser conservadores es una ilusión intelectual de estetas. No podemos
tampoco mirar al futuro porque no hay pistas y está demasiado abierto, las
mayorías votan a la extrema derecha en demasiados sitios, no basta dedicarles media
hora a todas las materias porque la Inteligencia Artificial se lo sabe mejor,
nadie en su sano juicio volvería a primero de carrera… ¿Entonces?
Es mentira que cuanto peor mejor. Ahí están los canallas que vuelven a ser
elegidos pese a dejar un reguero de cadáveres. En un nuevo mundo, hay que
repensar todas las herramientas. La Inteligencia Artificial nos lleva al
infierno o, quizá, nos saca de este purgatorio. Ni el estado ni los partidos
políticos van a ser los mismos en el siglo XXI. ¿Los está repensando la
izquierda? Elon Musk tiene una
solución de la mano de la IA: dinamitar el Estado y hacer inútiles los partidos
políticos. Lo entiendo, porque él vota todos los
días. Y le molesta que tú votes cada cuatro años. Cualquier
disidencia les molesta. Por eso atacan a los débiles: para que no protesten.
Cuando acumulas tanto poder, baja mucho tu capacidad de tolerancia. Todo lo que
esté por debajo de viajar a Marte les parece vulgar. Es tiempo de odiar a los
ricos. Se las buscarán para decir que eso es un delito de odio.
El optimismo trágico del buen diagnóstico, el pesimismo esperanzado de
quien no tira la toalla… Porque si nos quedamos en el pesimismo y la tragedia,
ya nos han derrotado. Y nos pueden vencer, pero no derrotar. Porque el vencido
sirve para otra pelea, aunque la de otro u otra. Pero de la derrota solo queda
tierra estéril.
El mundo está feo ¿quién lo puede dudar? Pero lo ha estado en tantos
momentos de la historia… El problema es que se nos olvidó. Es lo que pasa
cuando los spin doctor son más
importantes que los ideólogos. Todo regresa como farsa. Especialmente los
espectáculos. Por eso no está todo en los medios de comunicación. Son condición
necesaria pero no suficiente. Sus estudiosos nos dicen: dedicadle media hora
más que es lo más importante… Pero sin bajar las cosas a tierra son humo y
éter.
Demasiadas cosas invitan a que tiremos la toalla. Recuerdo a Willy Brandt quejándose, años después, por no
haber tomado las armas en 1933, cuando von Papen disolvió
el Land de Prusia, decisión que allanó el camino a
los nazis: "es verdad que nos habrían destrozado, pues los stahlhelm estaban mejor armados y tenían el apoyo
del ejército", escribió en Mi camino a Berlín el
que terminaría siendo Canciller alemán, "pero le habríamos hecho saber a
Hitler que no todos los alemanes estaban con él, le habríamos dicho al mundo
que no todos los alemanes éramos nazis y le habríamos dicho a las generaciones
futuras que no todos sus antepasados habían abrazado la locura del
nazismo".
La lotería, los reality show, la
comida basura, las series alargadas y la mala literatura, nos lo ponen difícil.
Porque si pensamos en Gaza, las guerras en África, en Oriente Medio, las
desigualdades, el maltrato a la inmigración o las medidas a favor del
calentamiento global, nos faltaría directamente el aliento. Pero si uno mira en
la historia e identifica en el pasado lados correctos y lados incorrectos,
tendrá que concluir que ahora ocurre lo mismo.
No hace falta ser perfecto. Cargamos errores, contradicciones e
inconsistencias. Pero hay una ligera brújula que se parece a aquella
recomendación de Italo Calvino en Las ciudades invisibles,
cuando nos invitaba a reconocer lo que no es infierno en el infierno. En otras
palabras, basta intentar no pertenecer, de ninguna manera, a los que vuelven a
allanar la llegada de los que pusieron de rodillas a la humanidad y a la
piedad, a la misericordia y la clemencia el siglo pasado. No se trata de ser
héroes ni seres excelsos. Pero saber que, a veces por exceso y a veces por
defecto, estamos volviendo a invitar a hacerse aún más importantes a los que ya
han desterrado la compasión y quieren enseñorearse del mundo.
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