El Gobierno sigue sin rectificar su decisión de que el salario mínimo interprofesional tribute en el IRPF
José Antequera 12/02/2025
Contundente mensaje de UGT para Pedro Sánchez tras la decisión del Gobierno de que
el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) se
incremente por séptima vez, aunque en esta ocasión tributando en el IRPF.
“Esperamos una rectificación; este es un tema que no debe imponer Hacienda, se
debe dialogar con las partes”, se queja Pepe Álvarez. Los
sindicatos entienden la medida como una agresión en toda regla a los intereses
de las clases trabajadoras, sobre todo las más vulnerables, mientras que Garamendi sonríe con jactancia viendo cómo el
presidente socialista come de su mano. ¿Podría terminar todo este absurdo
berenjenal en el que se ha metido Moncloa en
movilizaciones en los próximos días, incluso en una huelga general? Parece
exagerado teniendo en cuenta el dulce idilio que viven Gobierno y sindicatos,
pero todo podría ocurrir. De momento, UGT y Comisiones Obreras han
recibido el anuncio con estupor, ya que no estamos ante ninguna broma ni una
cuestión menor.
Esta vez, la ministra Montero se ha
metido en un peligroso charco. Dicen las malas lenguas que tras su designación
como mujer fuerte del PSOE andaluz lleva demasiadas pistas en danza y que al
final la mujer se ha hecho un lío, vamos, que ha perdido los papeles. La
sobrecarga de trabajo y el estrés tienen estas cosas, que te peta la cabeza y
terminas votando lo que debería votar la oposición. Céntrese, señora ministra,
céntrese.
Mientras tanto, la oposición ha olido el rastro de la sangre a cuenta del
tiro en el pie que se ha dado el sanchismo. Hoy mismo, en la sesión
parlamentaria de control, Feijóo ha
percutido duramente sobre Sánchez a cuenta de un asunto que, a decir verdad, a
la derecha nunca le ha interesado demasiado (siempre ha considerado que el SMI
es una cosa de perdedores, proletas y lumpen). Sin embargo, en Génova han visto
la enésima oportunidad de hacer demagogia barata, que es lo que se lleva ahora,
y han pasado al ataque contra el Ejecutivo de coalición. En el partido hay
instrucciones concretas para hacer de este dislate socialista (la decisión de
hacer tributar el salario mínimo) una tormenta perfecta sobre Moncloa. Siendo justos, el único gobierno que en los
últimos años se ha preocupado por mejorar el SMI ha sido el de Pedro Sánchez.
En apenas unos años, los trabajadores han pasado de los míseros 700 euros
de Mariano Rajoy a un más que decente sueldo
básico de 1.184. Ese es un logro indudable de la coalición del PSOE, hoy
con Sumar, antes con Podemos, que
también aportó su granito de arena al aumento del poder adquisitivo de los
trabajadores.
Todo lo que se ha avanzado en salarios en este país (pese al Partido
Popular, que siempre se ha opuesto a cualquier tipo de mejora) no impedirá que
Sánchez salga de esta crisis como un Robín Hood a la
inversa, es decir, alguien que roba a los pobres para dárselo a los ricos. Esa
nueva distopía o mundo al revés ha sido posible gracias a la incompetencia del
actual Consejo de Ministros, que ayer dio un espectáculo lamentable ante todo
el mundo después de que Yolanda Díaz confesara que se
enteró por la prensa de que los beneficiarios del SMI tendrán que pasar por la
ventanilla de Hacienda para rendir cuentas de su pobreza. “Ni siquiera se ha
debatido”, confesó la ministra de Trabajo, proyectando la imagen de un Gobierno
dividido entre sanchistas y yolandistas, un equipo a la gresca que rema en
direcciones diferentes. La ministra sale reforzada de todo este disparate sin
sentido, mientras otros como Patxi López quedan
ante la clase obrera como antipáticos liberalotes que justifican el sartenazo a
los trabajadores con el argumento de que el nivel general de renta “ha
mejorado” en España y es lógico que todos arrimen el hombro. Semejante infamia
le acompañará siempre al vasco.
Aquí los que tienen que pagar impuestos son las grandes multinacionales y
los bancos, que cada año ganan más con los beneficios caídos del cielo.
Asfixiar a las familias de nóminas más modestas es una injusticia social
impropia de un Gobierno que se dice progresista, además de una crueldad y una
gran “cagada”, como sentencia Gabriel Rufián. Si
tenemos en cuenta que el SMI de países como Luxemburgo se sitúa en 2.637 euros,
el de Alemania en 2.160 y el de Francia en 1.801, convendremos en la cacicada
que supone tratar de calcar otra vez al españolito precario, a quienes más
sufren, a quienes no llegan a final de mes. Más abono para el crecimiento de la
extrema derecha, que bebe como nadie en el río de la indignación popular.
Así las cosas, Sánchez comparecía en el Congreso de los Diputados para
explicar lo inexplicable. El presidente defendió que su Gobierno ha subido el
salario mínimo un 61 por ciento desde 2018, mientras que el PP lo congeló
cuando gobernaba. Y esa afirmación, con ser absolutamente cierta, no puede
ocultar el tremendo error de castigar a los pobres con un impuestazo. Lo tenía
fácil Feijóo, esta vez, para arrearle fuerte al premier en
el punto más sensible: en el corazón mismo de su programa de políticas
sociales. “Quedarse con la mitad de la subida del salario mínimo ni es de
justicia ni es progresista”, le espetó el gallego. Duele tener que escuchar esa
verdad del barquero por boca del paladín de las clases pudientes.
A esta hora, nadie sabe lo que va a pasar con esta ocurrencia de darle
limosna al trabajador más sufriente, con una mano, mientras se la quita con la
otra. El siempre lúcido Antonio Maestre dice
que habrá rectificación o bajada de pantalones de Montero más pronto que tarde,
pero el Gobierno insiste en que el decretazo está ya firmado y no hay marcha
atrás. Montero, en su guerra personal con Yolanda Díaz (qué malos son los celos
en política) ha cometido un grave error que ha terminado por arrastrar también
al jefe. Alguien tendría que poner sensatez en todo este absurdo affaire y guardar la propuesta en un cajón, que es
donde tiene que estar. Porque lo que no puede ser es que un día feliz para la
izquierda tras al anuncio de una medida digna y justa como es la subida del SMI
termine convirtiéndose en un desastre político y mediático para la causa progresista.
Y en un festival para la extrema derecha, que se frota las manos viendo cómo
unos presuntos socialistas tratan a sus paisanos con la dureza y la saña del
patrón.
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