La llegada al poder de Donald Trump, con su visión totalitaria del poder, abre una nueva página incierta en la historia de la humanidad
José Antequera
13/02/2025
Lo que no pudo hacer una pandemia global (abrir una nueva era o época en el
devenir de la humanidad) va a hacerlo un virus de dos patas, un señor fatuo con
mucho dinero y con el pelo color Dorito. Con Trump hemos
entrado en una nueva fase de la historia (tal como ocurrió en 1789 o en 1914),
el mundo de ayer ha dejado de existir y se impone un nuevo desorden global con
una pandilla de oligarcas yanquis, rusos y chinos con ganas de guerra. Sin
embargo, una vez más, se cumple la máxima gatopardista de que todo cambia para
que todo siga igual.
En 1945, tras la Segunda Guerra Mundial,
el mundo se reorganizó alrededor de una idea: dos bloques enfrentados (el
capitalista y el comunista), disuasión nuclear y un teatro de variedades,
la ONU, donde se hacía lo que decían las grandes
superpotencias USA y URSS. Hoy el poder global parece haber caído en manos
de una tecnocasta que compra países a tocateja tras echar a sus habitantes a
patadas, que pisotea el derecho internacional, que recupera el gueto, el apartheid y la limpieza étnica (como en los peores
tiempos del nazismo) y que impone la cultura del “bulodio” (mucho bulo y mucho
odio en X, la red social propagandística de Elon Musk que hace las veces de
auténtico Gran Hermano orwelliano en la
instauración del nuevo totalitarismo tecnológico en todas partes). ¿Hemos ido a
peor? ¿Vamos a entrar en una era aún más oscura que la anterior? Pensar que sí
sería tanto como caer en el error infantil de creer que cualquier tiempo pasado
fue mejor, de ver el mundo de ayer como un oasis de paz y prosperidad que nunca
existió. Ya en 1935, en pleno auge del fascismo, el gran Enrique Santos Discépolo cantó aquello de que el
mundo fue y será una porquería “en el quinientos seis y en el dos mil también”.
Poco o nada ha cambiado desde la composición de Cambalache, aquel tango maravilloso cuya melodía
viene a sonar con más vigencia que nunca. Los cuatro jinetes del Apocalipsis (la
Peste, el Hambre, la Guerra y la Muerte) camparán a sus anchas como siempre lo
hicieron. Ni más ni menos.
En el siglo XX, el enloquecido siglo XX, el sangriento siglo XX, el ser
humano estuvo varias veces al borde de su extinción total como especie, aunque
de ese infierno de locura y destrucción por doquier emergió una esperanza de
cambio: el derecho internacional y Naciones Unidas como
foro de resolución de problemas. Los pueblos de todo el orbe, que habían
sufrido en sus carnes el fuego del Armagedón, hicieron
un tímido intento por que la hecatombe no se volviera a repetir. Es cierto que,
por primera vez en la historia, la vieja Europa dejó de ser un campo de
batalla, se logró el sueño del Estado de bienestar (en
el bloque occidental, en el bloque rojo siguieron sufriendo los rigores del
totalitarismo de otro signo) y los europeos gozaron de una paz impensable tras
siglos de guerras. Pero ese remanso fue una ficción, un espejismo, una
excepción en el sindiós internacional.
Desde 1945, países del Tercer Mundo,
convertidos en escenarios para la nueva Guerra Fría, se
desangraron en Latinoamérica, en África, en Asia, en todas
partes. Nada quedó a salvo de esa tercera conflagración mundial latente,
soterrada y de facto que se dirimió en pequeños frentes, en pequeñas regiones
armadas por los dos bloques enfrentados. Guerrillas y movimientos subversivos,
revoluciones y contrarrevoluciones, golpes de Estado y gobiernos títere, todo
diseñado y programado en los despachos de la Casa Blanca y el Kremlin, en los
sótanos de la CIA y el KGB. Nicaragua, El Salvador, Chile, Argentina, Cuba,
Ruanda, Etiopía, Congo, Sudán, Somalia, Libia, Vietnam, Afganistán, Palestina,
Irak… El listado de míseras naciones desgarradas, con sus correspondientes
atrocidades, millones de muertos y crímenes contra la humanidad, es largo y no
es necesario entrar en más detalles. Por no hablar de aquellos días dramáticos
de la crisis de los misiles y la invasión norteamericana de Bahía de Cochinos en la que el mundo estuvo al
borde de un incidente nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Por
mucho que digan los nostálgicos del pasado, no había reglas, no había fronteras
respetadas por todos, no había ningún orden. La ley de la selva regía, como
rige hoy.
No, el mundo de ayer tras la derrota del nazismo que tanto añoran algunos
no fue más que el mismo hipócrita y macabro plan de las élites mundiales
(políticas, militares y financieras no demasiado diferentes a las de ahora)
para seguir practicando el colonialismo y la explotación de los recursos por
otros medios. Antes se mataba por el acero, el carbón o el hierro; hoy se mata
por las tierras raras cruciales para la industria tecnológica. Antes se invadía
un país por nacionalismo expansionista, igual que hoy. ¿Qué reglas han saltado
por los aires con el advenimiento de los nuevos dictadores? Bien mirado,
aquella Conferencia de Yalta en la que Roosevelt, Stalin y Churchill se repartieron el mundo como una dulce
tarta de nata se parece bastante a esta otra mascarada que preparan Trump
y Putin para firmar la paz en Ucrania sin Ucrania. No va a ser una paz, sino una
capitulación de la que saldrán vencedores los dos magnates, el neoyorquino y el
sátrapa de Moscú, ambos dispuestos a implantar
su nauseabunda doctrina militarista de hechos consumados. Todo igual que
siempre.
Después de Ucrania le tocará el turno a Groenlandia (Trump
ya ha dicho que se quedará con ella pisoteando la soberanía de Dinamarca y de la Unión
Europea). Más tarde le tocará el turno a los chinos, que ya se
frotan las manos con la invasión de Taiwán. Y nada
impedirá que el propio Putin tome las repúblicas bálticas, Moldavia o la Hungría de su
amigo Orbán. Es el mundo como gran pastelería donde el abusón
imperialista, el más fuerte, entra y coge lo que le apetece. Tal cual como
siempre. Clausurada la edad del falso multilateralismo (no existió nunca, desde
los tiempos de Ur han mandado las naciones
hegemónicas), cerrado hasta nuevo aviso el teatro del absurdo de la ONU –como ya ocurrió con la Sociedad de Naciones antes de que Hitler invadiera Polonia–, nada podrá
frenar las ansias expansionistas de los nuevos caciques globales y cualquier
día el nuevo Napoleón ruso nos mete los
tanques en Madrid y todos otra vez
para Sierra Morena, como nuevos bandoleros por la
independencia. Por tanto, nada nuevo bajo el sol. Los oligarcas de antes no
eran mucho peores ni más peligrosos que los de ahora. La esvástica ha sido
sustituida por una gorra de béisbol con el estúpido lema de MAGA. Pero el mundo sigue siendo una porquería como lo
fue siempre. Ya lo dijo Discépolo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario