EL
25 de septiembre de 2025, VOX puso en marcha una campaña contra mí porque,
afirman, promuevo el odio. No es una campaña cualquiera. No se trata de que un
miembro de VOX o uno de sus voceros me insulte en redes, algo que vienen
haciendo desde hace años. Tampoco es una acción conjunta de acoso por parte de
grupos ultra ligados al partido, algo que también vengo sufriendo desde hace
aproximadamente una década. Se trata del partido como tal.
Es
decir, una fuerza política, nada menos que la tercera en representación dentro
del Congreso de España, una institución democrática, llama a actuar contra una
periodista para recoger dinero. Sí, contra una periodista, porque el partido
inició su campaña a raíz de una columna mía publicada en este mismo medio bajo
el título “No trates con
fascistas, no trates con racistas”.
Su
campaña, con la excusa de lo que sea que piensen de mí, incluye una ficha
destinada a captar afiliados, o sea dinero. Cuando entras a la página, lo
primero que tienes que hacer es introducir tus datos: nombre, apellidos,
dirección de correo electrónico, teléfono… Que yo sepa, es algo
absolutamente inaudito. No conozco otra ocasión en España en la que un
partido use el odio contra una periodista para facturar. Directamente. Sin
disimulo.
Como
he dicho, este infierno empezó el 25 de septiembre del año pasado. Al día
siguiente, acudí a la Fiscalía para denunciarlo y pedir el cierre de la página
y una investigación contra VOX por violencia contra mí. Desde entonces no ha
pasado nada. Absolutamente nada. La página del odio sigue abierta para que el
partido ultra continúe recabando apoyos, adhesiones y dinero a costa de
señalarme como enemiga. O sea, que mi cara lleva colgada ahí más
de 4 meses, más de 18 semanas, un total de 131 días en los que
no han dejado de llegarme amenazas de agresiones, amenazas de muerte, insultos
y acosos.
Me
sorprende que la Fiscalía no haya encontrado razones para cerrar la página de
VOX, pese a que se le ha enviado una muy nutrida lista de amenazas y agresiones
contra mí ligadas a la misma. También me sorprende que ninguna fuerza
política del Parlamento, a excepción de Podemos, haya tenido a bien exigir al
partido formalmente retirar la campaña. No sé, incluso algo más tibio, algo como
afearle el gesto.
Al
principio pasé miedo. Después, rabia. La rabia se convirtió en pasmo. Ahora
siento un desamparo sin límites. Tengo la impresión de que el Gobierno de
España y los partidos de izquierdas —por lo tanto, las personas que los
componen— permiten que otro partido, o sea una institución como la
suya, señale y amedrente a una ciudadana, en este caso una periodista sin mover un
dedo.
Vendrán
tiempos peores, pero estos no son desde luego buenos. No sé si esperaba algo de
la Fiscalía (una ya tiene su edad), pero de las fuerzas democráticas
progresistas sí suponía que recibiría apoyo. Ya no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario