La
primera vez que escuché corear a un grupo de personas el eslógan "Pedro
Sánchez, hijo de puta" fue al salir de mi portal. En mi calle, delante de
mí, unas madres jóvenes que llevaban de la mano a sus hijos pequeños gritaban
esta consigna. Estaban exultantes, entusiasmadas, saltaban, coreaban e incluso
se reían, como ocurre en cualquier manifestación. Sentí curiosidad y las seguí
unos metros. Se trataba de las primeras convocatorias (después vinieron muchas
más) de aquellas manifestaciones contra la ley de amnistía de noviembre de
2023. En un determinado momento, una de las niñas preguntó: "¿mamá, quién
es Sánchez?". A lo que su madre contestó: "un hijo de puta".
Pensé que esa criatura se estaba socializando en un país en el que había
empezado a darse por bueno que un insulto equivale a una consigna
política en lugar de a una pedagogía fascista. Y me sobrecogí.
La
política en democracia es lo contrario al insulto, que deslegitima y desautoriza
la existencia del contrario. La democracia valida el pluralismo y la diversidad
y habilita para la competencia y la negociación entre diferentes. En democracia
la política es transaccional y exige una forma profunda de respeto que pasa por
el reconocimiento del otro como algo más que un mero contrincante, como un
miembro de la misma comunidad. El lema "Pedro Sánchez, hijo de puta"
no es el fruto de la expresión genuina y espontánea del hartazgo de un sector
de la sociedad descontento con las políticas del Gobierno. No nos engañemos.
La
realidad es que la radicalización ultra ha generado, a fuerza de repetir la
consigna, un imaginario en el que no solo Pedro Sánchez, sino todas aquellas y
aquellos que no comulgamos (nunca mejor dicho) con sus planteamientos, somos
unos hijos y unas hijas de puta. Esa es nuestra dramática realidad y es muy
similar a la de otros muchos países en este tiempo histórico tan inquietante y
crepuscular.
Vivo
a escasos metros de la calle Ferraz. Desde aquel día de noviembre de 2023 y
durante meses, el eslogan antidemocrático "Pedro Sánchez, hijo de
puta" no ha parado de sonar. Y sigue haciéndolo. En la esquina de Ferraz
con Marqués de Urquijo se oye todas las tardes. Un grupo de ancianos lo
profieren, cobijados por el cura párroco del templo católico de la esquina y
aparentemente custodiados por los policías nacionales que les observan no tanto
por contenerles cuanto por evitar alguna caída o algún atropello al
cruzar.
Es curiosa la configuración visual de estas concentraciones en las que los
asistentes, adornados con simbología franquista y falangista, vocean
flanqueados por la Iglesia católica y las fuerzas de seguridad a escasos
cincuenta metros de la sede de un partido democrático.
Las
convocatorias de Ferraz me han ido provocando distintas sensaciones con el paso
del tiempo. Del miedo inicial pasé al enfado, después al fastidio, más tarde a
la vergüenza ajena y ahora ya a la preocupación desapasionada pero sostenida.
Esas manifestaciones son un síntoma menor; una excrecencia minúscula de todo el
odio que circula desde que la ultraderecha, nativa de las redes sociales y
funcional a los intereses de las oligarquías, irrumpió en escena con el
propósito (miren a Estados Unidos) de dinamitar la convivencia y destruir la
democracia.
"Pedro
Sánchez, hijo de puta" es un eslogan político antidemocrático porque se
formula como una expresión de odio detrás de la que hay una propuesta
implícita. Es de una ingenuidad sideral pensar, a estas alturas, que quienes lo
dicen no esperan que al decirlo ocurra algo muy concreto: que Sánchez, su
gobierno y el electorado que respalda a la coalición (millones de españoles)
desaparezcan; que desaparezca la contienda política, que el parlamentarismo se
suspenda, que el gobierno se instituya a partir de principios que no son los
democráticos, sino otros que entran en juego cuando un expresidente de Gobierno
como Aznar dice "quien pueda hacer, que haga"; o cuando en un chat de
militares retirados se insta a aniquilar a 26 millones de españoles; o cuando (como cuenta mi compañero Danilo Albin) el
secretario general de Hazte Oír recibe un premio de la ultraderecha franquista
por "poner el ojo, el tiro y la bala" en el Gobierno.
El
domingo, una concejala del PP de una localidad valenciana viajó hasta Teruel
para acudir a un mitin del PSOE. En una acción en ningún caso espontánea, sino
premeditada, que claramente buscaba viralizarse para infectar con más odio a la
opinión pública, gritó el eslógan "Pedro Sánchez, hijo de puta". Al
final del día emitió un comunicado en el que se disculpó, pero el efecto
buscado ya se había conseguido. El PP no la ha reprobado ni expulsado. ¿Cómo
podría hacerlo? ¿Cómo podría Feijóo expulsar del PP a una dirigente que se
limita a reproducir y secundar un lema concebido en el seno de su propia
organización?
Ayuso
insultó desde la tribuna del Congreso a Pedro Sánchez y ese acto inicialmente
espontáneo se transformó en intencional y performativo desde el momento en que
en el gabinete de la Presidenta se tomó la decisión de elevarlo a categoría de
lema recurriendo al meme "me gusta la fruta". Meme, por cierto,
reproducido por el propio Feijóo.
Los
análisis moralizantes sobre el empleo de esta consigna política no sirven de
nada. No es un problema de falta de educación lo que hay detrás del uso de
expresiones que deshumanizan al adversario a pesar de que a quien envilecen es
a quien las utiliza. Es un problema de fascismo.
Tampoco
hablar del odio como un mal psicosocial, una enfermedad de época que hay que
atajar, da cuenta de la gravedad de la situación. El odio es la pasión que
galvaniza la antidemocracia. Hay que contenerlo, por supuesto, pero hay que
hacerlo comprendiendo que está al servicio de un proyecto político muy
concreto: el de la ultraderecha. Miren el acoso que ejercen los ultras
sobre informadores y cómicos estos días, obligados a
callar mientras otros vocean: "Pedro Sánchez, ..."
Abandonemos
la tibieza frente a quienes se adhieren a los discursos ultras. No nos dejemos
amedrentar por la intensificación de la violencia política instigada por
responsables y dirigentes de las derechas y secundada por sectores
desinformados y fanatizados de la sociedad. La protesta legítima en democracia
no tiene absolutamente nada que ver con generar y difundir consignas que lo que
proponen es destruir al adversario y, de paso, acabar con la convivencia.
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