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miércoles, 4 de febrero de 2026

04/02/2026 - PEDRO SÁNCHEZ ME HA ROBADO LA MITAD DE MI PREMIO

Comentario: ¡Qué mierda! El bulismo de los fascistas llega hasta el tenis. Pero, ¿a qué no tienen cojones de hacer bulismo con el Real Madrid?

¿Por qué hay tanto interés en convertir cualquier impuesto en un robo y cualquier Estado en un enemigo?

JULEN BOLLAIN

Vaya mierda. Estoy indignado. He ganado un premio enorme, de esos que salen en los periódicos, y el maldito comunismo me ha quitado casi la mitad. O, al menos, eso es lo que he leído. Eso es lo que me han dicho. Eso es lo que se ha difundido como un hecho indiscutible. Y, claro, me he enfadado. ¿Cómo no hacerlo? 

Porque tú trabajas, te esfuerzas, destacas en lo tuyo y, cuando por fin ganas algo grande, llega el Estado y te lo roba. Es impresionante, pero es que te castiga por tener éxito. Te pasa la factura por haber llegado lejos. Esa es la verdadera historia. La he visto en imágenes virales, en titulares gritados, en mensajes reenviados con furia. Y, en este caso, el villano tiene nombre y apellido. Pedro Sánchez. Todo encaja demasiado bien como para dudar, ¿verdad? 

Pues resulta que no es verdad. No es verdad que Pedro Sánchez me haya quitado la mitad del premio. No es verdad que Hacienda se quede con ese dinero. Y no es verdad que el Estado español haya hecho nada extraordinario conmigo. Lo que sí es verdad es que alguien ha decidido que la mentira era mucho más rentable que la explicación. 

Porque la realidad, una vez más, es mucho menos excitante. Mi premio no se generó en España. Se obtuvo en el extranjero, concretamente en Australia. En este sentido, España tiene firmados convenios para evitar que una misma renta pague dos veces por lo mismo. Lo que ya se ha pagado fuera se descuenta aquí. Si el tipo español es algo superior, España solo puede exigir la diferencia. Y antes de calcular esa diferencia, se restan los gastos necesarios para obtener el premio, como viajes, alojamiento, entrenamientos, equipo o personal. 

Todo esto importa. Porque cuando un ingreso se obtuvo en el extranjero, el primer país que tiene derecho a cobrar impuestos no es España, sino el país donde se genera ese dinero. En mi caso, Australia grava este tipo de premios con tipos cercanos al 45%. Es decir, antes de que la Hacienda española entre siquiera en escena, casi la mitad del premio ya ha sido retenido. Y, claro, de eso no se habla. Tampoco hay foto del Primer Ministro de Australia. Porque Anthony Albanese no da clics en España.

 ¿El resultado? Que, en el peor de los casos, la cantidad que podría acabar recaudando Hacienda española es mínima. Marginal. Muy lejos de esa "mitad" que ha circulado por redes sociales con tanta alegría. Probablemente, hablamos de décimas. De un ajuste técnico. De algo que no encaja en ningún relato épico de expolio. 

Entonces, ¿por qué estamos hablando de esto como si fuera un atraco? Pues porque no va de impuestos. Va de política. O, mejor dicho, de antipolítica. No se habla del sistema fiscal. No se habla de las normas. No se habla de cómo se financian los servicios públicos. Se habla de una persona. Se personaliza el impuesto en Pedro Sánchez, como si fuera él quien se queda con el dinero. Es una estrategia vieja. Es convertir una ley democrática en un abuso personal. Hacer que el Estado parezca un enemigo con rostro. El objetivo no es defender a nadie que gane mucho dinero. El objetivo es sembrar la idea de que pagar impuestos es siempre injusto, que el éxito debe protegerse del bien común y que lo público es, por definición, una amenaza. Lo más llamativo es que el discurso se desmorona cuando se compara con Europa. La mayoría de países de nuestro entorno aplican una presión fiscal mayor sobre las rentas altas que la española. Dinamarca alcanza tipos marginales máximos del 56%, Francia llega al 55%, Austria al 55%, Bélgica al 54%, Suecia supera el 52% y Finlandia se sitúa en torno al 52%. No hablamos de excepciones exóticas ni de economías marginales, sino del corazón económico y social de la Unión Europea. En esos países se entiende algo básico. Se entiende que los impuestos no son un castigo al éxito, sino el instrumento con el que se sostiene una sociedad que funciona.

Yo también me enfadé cuando leí que me habían quitado la mitad de mi premio. El problema es que el enfado estaba basado en una mentira. Y mientras nos hacen gritar contra un bulo dejamos de discutir sobre lo importante, sobre qué modelo de país queremos, qué servicios públicos estamos dispuestos a sostener y por qué hay tanto interés en convertir cualquier impuesto en un robo y cualquier Estado en un enemigo. Porque mientras unos se indignan, otros ganan tiempo, relato y poder para vaciar de legitimidad lo único que nos protege de la ley del más fuerte, lo público

 

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