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viernes, 6 de febrero de 2026

06/02/2026 - LO QUE KUBRICK SABÍA SOBRE EPSTEIN

El director murió poco antes del estreno de Eyes Wide Shut, la película que según algunos trataba de denunciar una red de tráfico sexual para élites similar a la destapada hoy

José Antequera 06/02/2026

El 7 de marzo de 1999, solo cuatro días después del pase privado de su última película, Eyes Wide Shut, el gran director Stanley Kubrick moría de un repentino ataque al corazón mientras dormía. Tenía 70 años y hasta llegar a ese misterioso testamento cinematográfico que habla del desamor como no lo había hecho ninguna obra de arte hasta ese momento había firmado una de las carreras más gloriosas de la historia del Séptimo Arte. Filmes como 2001: una odisea del espacioEspartacoSenderos de gloriaEl resplandor o La naranja mecánica son obras de culto para la eternidad, pero desde el principio se vio que Eyes Wide Shut era algo diferente, inclasificable, nunca antes visto. Casi un mensaje de alerta (o de socorro, quién sabe) para la posteridad.

La película explora territorios tan fascinantes como oscuros y peligrosos. Aborda, descarnadamente y sin ataduras morales, la crisis sentimental y sexual de una pareja acomodada de Nueva York: la formada por el eminente doctor William Hartford (Tom Cruise) y su hermosa mujer (interpretada por Nicole Kidman). Pero, sin duda, el momento cumbre de la cinta, el que todos recordamos, es ese derrumbe personal y moral del protagonista, cuando el médico vaga por las calles de Manhattan comido por unos celos enfermizos y consigue un pase especial para asistir a una de esas fiestas organizadas por la jet en una lujosa mansión. Una orgía de tintes satánicos donde hay de todo, sexo salvaje, drogas, música barroca y mucha gente poderosa con túnica y la cara oculta tras máscaras venecianas. La escena atrapa al espectador en una mezcla de morbosa curiosidad, atracción fatal y repulsión.

Las redes sociales se llenan estos días con rumores y teorías de la conspiración que hablan de que esa secuencia no tenía otro objetivo que denunciar un tipo de juergas nocturnas –frecuentadas por millonarios, políticos y celebrities de Hollywood– donde todo vale y no hay límites. Y que por eso mataron al realizador. Lógicamente, será imposible saber cuál era la intención de Kubrick, un director que hurgó como nadie y con sinceridad en la condición humana, en las filias y fobias de las sociedades modernas. Jamás llegaremos a saber si al maestro lo liquidaron los integrantes de una secta secreta ultrapoderosa con la estampita de Belcebú en la mesita de noche. Las leyendas urbanas sobre ese tipo de saraos para ricos aburridos dispuestos a sacrificar a una menor y a beber su sangre están a la orden del día en todo el decadente mundo occidental. También en nuestro país, donde durante años se ha creído que las niñas de Alcàsser fueron asesinadas tras un supuesto ritual diabólico y que cierto bar de carretera de Castellón era en realidad una casa de los horrores donde viejos con mucho dinero abusaban de niños antes de jugar con ellos a la ruleta rusa.

Sin embargo, el escándalo Epstein –otro muerto que sabía demasiado sobre los vicios y costumbres eróticas de las clases altas norteamericanas– ha venido a abrirnos los ojos. Los documentos, agendas y vídeos del alcahuete pederasta, en los que aparecen los peces más gordos y los personajes más relevantes de la cultura mundial, vienen a demostrar que esas cosas, por mucho que nos cueste trabajo creerlo, ocurren. La prensa internacional habla de abusos de menores, violaciones, pedofilia y hasta canibalismo. No hace falta dar nombres, la prensa internacional (y también este periódico) ya los ha publicado.

Epstein nunca podrá explicar ante un tribunal cómo servía carne fresca a los corruptos degenerados del poder. Dicen que se suicidó en la cárcel, aunque algunos mal pensados creen que lo suicidaron. Como también empieza a calar la idea de que la prodigiosa secuencia de la fiesta de Eyes Wide Shut pudo costarle la vida al bueno de Stanley. A este respecto, el escritor David Torres escribe un interesante y jugoso artículo en Público bajo el titular de Kubrick con los ojos cerrados. “Por fascinante que sea, me cuesta bastante tragarme esta teoría, no porque no crea que existan élites tan despiadadas y omnipotentes como para cargarse a quien sea de la manera que sea, sino porque imagino que lo último que busca esa gente es publicidad”. Los comentarios y análisis fílmicos del autor de la columna son más que acertados, aunque habría que añadir a su brillante exposición sobre el cine metódico del genial Kubrick que vivimos en un tiempo distópico donde todo es posible, incluso que un grupo de millonetis sin alma y hartos de todo organicen una cena o bacanal con algo más que pollo al curry.

Nunca sabremos si es cierto o un bulo más que, la noche antes de la muerte del afamado director, Nicole Kidman le telefoneó para quedar con él. Y si es verdad o no que el director le respondió eso tan enigmático de “nos matarán tan rápido que apenas podremos estornudar”. Obviamente, no vamos a ser tan estúpidos como para dar por bueno que al realizador lo asesinó la CIA, no ya por tratar de denunciar la mayor trama de satanismo sexual instalada en las altas esferas, sino porque estaba dispuesto a confesar que fue él quien rodó un supuesto montaje sobre la llegada del hombre a la Luna en un estudio de Hollywood. Esas patrañas negacionistas y conspiranoicas propias de mentes fácilmente influenciables las dejamos para el programa de Íker Jiménez y sus tertulianos de la cuerda de Santi Abascal. Pero nunca dejemos de buscar la verdad que los monstruos que nos gobiernan, representantes de las oligarquías financieras y políticas, tratan de ocultarnos. De tipos depravados como Trump Putin puede esperarse casi cualquier cosa. Volvamos por tanto a ver la maravillosa película del maestro sobre el descenso a los infiernos del doctor Hartford con la perspectiva abierta de nuestro tiempo convulso, un tiempo donde los valores humanos han sido enterrados bajo la idolatría al Satán del dólar y la perversión política, moral y sexual. Esa es una de las grandes enseñanzas que nos deja esa película tan formidable como enigmática: nunca nos quedemos con los ojos bien cerrados.

 

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