El director murió poco antes del estreno de Eyes Wide Shut, la película que según algunos trataba de denunciar una red de tráfico sexual para élites similar a la destapada hoy
José Antequera 06/02/2026
El 7 de marzo de 1999, solo cuatro días después del pase privado de su
última película, Eyes Wide Shut,
el gran director Stanley Kubrick moría de un
repentino ataque al corazón mientras dormía. Tenía 70 años y hasta llegar a ese
misterioso testamento cinematográfico que habla del desamor como no lo había
hecho ninguna obra de arte hasta ese momento había firmado una de las carreras
más gloriosas de la historia del Séptimo Arte. Filmes como 2001: una odisea del espacio, Espartaco, Senderos de gloria, El resplandor o La naranja mecánica son obras de culto para la
eternidad, pero desde el principio se vio que Eyes Wide Shut era
algo diferente, inclasificable, nunca antes visto. Casi un mensaje de
alerta (o de socorro, quién sabe) para la posteridad.
La película explora territorios tan fascinantes como oscuros y peligrosos.
Aborda, descarnadamente y sin ataduras morales, la crisis sentimental y sexual
de una pareja acomodada de Nueva York: la
formada por el eminente doctor William Hartford (Tom Cruise) y su hermosa mujer (interpretada por Nicole Kidman). Pero, sin duda, el momento cumbre de la
cinta, el que todos recordamos, es ese derrumbe personal y moral del
protagonista, cuando el médico vaga por las calles de Manhattan comido por unos celos enfermizos y
consigue un pase especial para asistir a una de esas fiestas organizadas por la
jet en una lujosa mansión. Una orgía de tintes satánicos donde hay de
todo, sexo salvaje, drogas, música barroca y mucha gente poderosa con túnica y
la cara oculta tras máscaras venecianas. La escena atrapa al espectador en una
mezcla de morbosa curiosidad, atracción fatal y repulsión.
Las redes sociales se llenan estos días con rumores y teorías de la
conspiración que hablan de que esa secuencia no tenía otro objetivo que
denunciar un tipo de juergas nocturnas –frecuentadas por millonarios, políticos
y celebrities de Hollywood– donde
todo vale y no hay límites. Y que por eso mataron al realizador. Lógicamente,
será imposible saber cuál era la intención de Kubrick, un director que hurgó
como nadie y con sinceridad en la condición humana, en las filias y fobias de
las sociedades modernas. Jamás llegaremos a saber si al maestro lo liquidaron
los integrantes de una secta secreta ultrapoderosa con la estampita de Belcebú en la mesita de noche. Las leyendas
urbanas sobre ese tipo de saraos para ricos aburridos dispuestos a sacrificar a
una menor y a beber su sangre están a la orden del día en todo el decadente
mundo occidental. También en nuestro país, donde durante años se ha creído que
las niñas de Alcàsser fueron asesinadas
tras un supuesto ritual diabólico y que cierto bar de carretera de Castellón era en realidad una casa de los horrores
donde viejos con mucho dinero abusaban de niños antes de jugar con ellos a
la ruleta rusa.
Sin embargo, el escándalo Epstein –otro
muerto que sabía demasiado sobre los vicios y costumbres eróticas de las clases
altas norteamericanas– ha venido a abrirnos los ojos. Los documentos, agendas y
vídeos del alcahuete pederasta, en los que aparecen los peces más gordos y los
personajes más relevantes de la cultura mundial, vienen a demostrar que esas
cosas, por mucho que nos cueste trabajo creerlo, ocurren. La prensa
internacional habla de abusos de menores, violaciones, pedofilia y hasta
canibalismo. No hace falta dar nombres, la prensa internacional (y también este
periódico) ya los ha publicado.
Epstein nunca podrá explicar ante un tribunal cómo servía carne fresca a
los corruptos degenerados del poder. Dicen que se suicidó en la cárcel, aunque
algunos mal pensados creen que lo suicidaron. Como también empieza a calar la
idea de que la prodigiosa secuencia de la fiesta de Eyes Wide Shut pudo costarle la vida al bueno de
Stanley. A este respecto, el escritor David Torres escribe
un interesante y jugoso artículo en Público bajo el
titular de Kubrick con los ojos cerrados.
“Por fascinante que sea, me cuesta bastante tragarme esta teoría, no porque no
crea que existan élites tan despiadadas y omnipotentes como para cargarse a
quien sea de la manera que sea, sino porque imagino que lo último que busca esa
gente es publicidad”. Los comentarios y análisis fílmicos del autor de la
columna son más que acertados, aunque habría que añadir a su brillante
exposición sobre el cine metódico del genial Kubrick que vivimos en un tiempo
distópico donde todo es posible, incluso que un grupo de millonetis sin alma y
hartos de todo organicen una cena o bacanal con algo más que pollo al curry.
Nunca sabremos si es cierto o un bulo más que, la noche antes de la muerte
del afamado director, Nicole Kidman le
telefoneó para quedar con él. Y si es verdad o no que el director le respondió
eso tan enigmático de “nos matarán tan rápido que apenas podremos estornudar”.
Obviamente, no vamos a ser tan estúpidos como para dar por bueno que al
realizador lo asesinó la CIA, no ya por
tratar de denunciar la mayor trama de satanismo sexual instalada en las altas
esferas, sino porque estaba dispuesto a confesar que fue él quien rodó un
supuesto montaje sobre la llegada del hombre a la Luna en un estudio de Hollywood. Esas patrañas negacionistas y conspiranoicas
propias de mentes fácilmente influenciables las dejamos para el programa
de Íker Jiménez y sus tertulianos de la cuerda
de Santi Abascal. Pero nunca dejemos de buscar la verdad
que los monstruos que nos gobiernan, representantes de las oligarquías financieras
y políticas, tratan de ocultarnos. De tipos depravados como Trump y Putin puede
esperarse casi cualquier cosa. Volvamos por tanto a ver la maravillosa película
del maestro sobre el descenso a los infiernos del doctor Hartford con la
perspectiva abierta de nuestro tiempo convulso, un tiempo donde los valores
humanos han sido enterrados bajo la idolatría al Satán del dólar y la
perversión política, moral y sexual. Esa es una de las grandes enseñanzas que
nos deja esa película tan formidable como enigmática: nunca nos quedemos con
los ojos bien cerrados.
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