Los medios en general, salvo honrosas excepciones, han comprado el auto del juez Calama contra Zapatero sin pararse a analizar los datos
Resulta asombroso ver cómo periodistas y medios de comunicación
supuestamente de izquierdas se van bajando del barco tras la imputación
de Zapatero. Unos creen que el
auto del juez Calama no
encaja en el patrón del lawfare; el
grupo Prisa, con El País a la
cabeza, arremete contra Moncloa; y no pocos
tertulianos supuestamente progres y habituales de los platós de televisión
difunden el mantra de que este magistrado de la Audiencia Nacional no es
el juez Peinado. Hasta el religiosamente izquierdista y
siempre firme Antonio Maestre (colaborador
de Ferreras en La Sexta) se ha indignado mucho porque
sea “tan fácil ganar dinero simplemente” por ser hija del expresidente del
Gobierno. ¿Tú también, Antonio, tú también? Desolador.
Se está produciendo un extraño fenómeno de conversión en el periodismo
español. Y conversión no solo porque se cambie de opinión de la noche a la
mañana, sino conversión de converso, entendido como persona que cambia a una
religión distinta de la que profesaba (en este caso de posición política). El
fenómeno del periodista converso se expande por el país con más rapidez que la
peste. Todos quieren estar bien situados, amparados, espaldas cubiertas para el
caso de que el PNV se raje, trague con la
moción de censura de Feijóo y Abascal y la historia de España se precipite.
Se ha abierto la veda contra el tótem socialista de la ceja y los mismos
que antes lo idolatraban hoy lo vilipendian sin darle el derecho a defenderse.
Quienes hasta hace poco escribían y hablaban de la guerra sucia judicial por
cazas de brujas como la que ha perseguido al fiscal general del Estado, ahora
lo tienen muy claro y se echan las manos a la cabeza por los negocios del
exlíder socialista caído en desgracia, que eran conocidos y tolerados por
todos. Los que hasta hace cuatro días fiscalizaban cada papel del juez Peinado
en el caso Begoña Gómez, esposa de Pedro
Sánchez, hoy son laxos y comprensivos con el auto de Calama, que ha sido
calificado de “malísimo” por el catedrático de Constitucional Pérez Royo. Y los mismos que tenían muy claro que Rajoy, Cospedal, el novio de Ayuso y el ministro Montoro se van a ir de rositas de investigaciones
judiciales que se ralentizan, se dilatan, se dejan caducar, se maduran para que
prescriban y se condenan al cajón del olvido, ahora ven en el proceso a ZP una
Justicia impecable, impoluta, intachable.
A muchos periodistas de este país que antes iban de aguerridos y heroicos
profesionales sin pelos en la lengua les flaquean las piernas y la fe
izquierdista, que por lo visto era más frágil de lo esperado. Poco les ha
durado el espíritu indómito contra el poder corrupto de la derecha de este
país, poco ha tardado en diluirse el compromiso para llegar al fondo de la
verdad, que exige dejar de ser meros amanuenses, pregoneros o notarios del juez
de turno y leer entre líneas, contextualizar, analizar, atar cabos y separar el
polvo de la paja, es decir, distinguir entre lo que es Derecho penal y lo que
es material para un titular sensacionalista de la caverna mediática. En cuanto
el viento se ha puesto de cara, en cuanto las cosas se han torcido un tanto,
nos hemos quedado sin periodistas críticos. Ya todos han entrado en el carril
de la Audiencia Nacional y de la UDEF, ya todos se han puesto la venda en los
ojos, como la diosa Justicia, y escriben lo que les dictan desde los
tribunales. Hay que comer a final de mes. Hay muchas subvenciones que cobrar,
mucha publicidad institucional que cifrar, mucho negocio con constructoras que
cerrar.
La prensa se derechiza, quizá porque vienen malos tiempos para la lírica
y Vox va a entrar con lanzallamas en las rotativas
socialcomunistas (mayormente en Telepedro). En los últimos días me han llegado
noticias inquietantes sobre compañeros preocupados por su futuro laboral si
siguen hablando de lawfare o
guerra sucia judicial. Hay miedo en las redacciones, consignas, sugerencias.
Líneas editoriales para que sean buenos chicos, para que no saquen los pies del
tiesto y rompan ya con Sánchez, que es un cadáver perfumado por una rosa
marchita. Queda un puñado de valientes de verdad, eso sí, como el
veterano Ernesto Ekaizer, que firma un artículo tan explosivo
como necesario donde habla de “voluntarismo golpista” y alerta de lo que se nos
viene encima con esta insoportable judicialización de la política practicada
por la Brunete conservadora de las togas y sus comandos externos, véase Vox,
Manos Limpias, Hazte Oír y otros pseudodespachos de la Friquilandia fascista
judicial. Ekaizer lamenta que el juez Calama se haya basado en el “dicen que
dicen dicen”, sin aportar una sola prueba de tráfico de influencias contra
Zapatero. Y es cierto. El auto, que la prensa traidora de izquierdas califica
de “sólido”, cuenta la historia de Julito Martínez, el
amigo del expresidente que ha salido rana después de tantas mañanas de running, pero poco tiene que ver con el propio ZP. Por
esa misma regla de tres de las amistades peligrosas poco recomendables habría
que imputarle a Feijóo los pleitos del narco Dorado y no
vamos a ser nosotros aquí los que abramos ese melón. Nadie es responsable de
las golferías de un amigo.
Tenemos una prensa quebradiza y timorata que se disuelve como un azucarillo
a la primera novela negra contada por la imaginativa Ediciones Audiencia
Nacional. Los periodistas abandonan el barco sanchista con la agilidad de esas
ratas nadadoras de las que hace solo unos días hablaba Clavijo, el presidente canario que propaló teorías
conspiranoicas sobre el crucero contaminado por hantavirus. En ese aspecto,
reconforta seguir escuchando las verdades del barquero de resistentes
como Javier Aroca, Luis Arroyo o Pablo Iglesias. “Existe el lawfare en este país. ¿Cómo es posible que a Juan Carlos I, Felipe, Aznar y Mariano Rajoy no
se les haya investigado por nada y sí a Zapatero? Todo esto es rarísimo”,
asegura el fundador de Podemos. De raro
nada, camarada Pablo. Está todo meridianamente claro. Solo que hay que tener el
valor para percibir la verdad en toda su dimensión y crudeza y no ponerse las
manos en los ojos esperando que pase la distópica pesadilla ultra.
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