Comentario: Lástima que no esté vivo el marido de mi prima hermana Ascensión Hernández Triviño (recientemente galardonada con un premio humanista internacional), Miguel León Portilla. Él, mexicano de nacimiento, hubiera sacado a la Sra. Ayuso de sus pensamientos erróneos, puesto que era el historiador considerado la persona que más sabía en el mundo de Hernán Cortés y de los pueblos indios, de los que ha escrito un sinfín de libros. Encima de mi mesa, desde donde escribo, está un libro suyo titulado “Hernán Cortés y la Mar del Sur”, una de sus muchas obras sobre el conquistador extremeño. Si tienen ocasión, léanlo. Lleva tiempo, pero merece la pena en lugar de pasarlo escuchando a la Sra. Ayuso, una mujer lerda en casi todo lo que expresa.
La presidenta madrileña exalta la figura de los conquistadores, pero jamás menciona figuras tan importantes como fray Bartolomé de las Casas
La figura de Bartolomé de las Casas vuelve
periódicamente al centro del debate político y cultural español porque
representa algo incómodo para determinados discursos contemporáneos: la
existencia, ya en pleno siglo XVI, de una conciencia crítica dentro de la
propia España imperial sobre la violencia de la conquista de América.
Cinco siglos después, esa tensión histórica reaparece con fuerza en el
discurso político actual, especialmente a raíz de las declaraciones de Isabel Díaz Ayuso, quien ha defendido reiteradamente
una visión reivindicativa de la presencia española en América y ha denunciado
lo que considera una “leyenda negra” construida contra España.
El choque entre ambas visiones no es únicamente historiográfico. Se trata
de una disputa cultural profunda sobre cómo debe narrarse el pasado colonial
español, qué papel juega la memoria histórica en la identidad nacional y hasta
qué punto una democracia contemporánea puede asumir críticamente su legado
imperial sin interpretarlo como una humillación colectiva.
Fray Bartolomé de las Casas: la conciencia
incómoda del imperio
La figura de Las Casas posee una singularidad extraordinaria dentro de la
historia europea. Fue conquistador antes que fraile. Participó inicialmente del
sistema colonial español en el Caribe y recibió encomiendas, pero terminó
convirtiéndose en el principal denunciante de los abusos cometidos contra los
pueblos indígenas.
Su obra más célebre, Brevísima relación de la
destrucción de las Indias, constituye uno de los testimonios más
demoledores jamás escritos contra la violencia colonial europea. Las Casas
describió matanzas, esclavitud, torturas y destrucción sistemática de
comunidades indígenas a manos de conquistadores españoles. Su lenguaje era
brutal porque pretendía conmover a la Corona y provocar una reacción moral.
“Entraban los españoles en los pueblos, no dejaban niños ni viejos, ni mujeres
preñadas ni paridas que no desbarrigaban e hicieran pedazos”, escribió fray
Bartolomé.
Ese tipo de relatos convirtió a Las Casas en una figura profundamente
polémica ya en su tiempo. Para algunos era un defensor radical de los
indígenas. Para otros, un traidor que exageraba deliberadamente los abusos
españoles y debilitaba políticamente a la monarquía.
La paradoja histórica es que sus textos terminaron siendo utilizados
durante siglos por las potencias rivales de España (especialmente Inglaterra y
Países Bajos) para construir la llamada “leyenda negra”, una narrativa que
presentaba al imperio español como excepcionalmente cruel frente a otros
colonialismos europeos.
Ahí reside precisamente la complejidad contemporánea del personaje: Las
Casas fue simultáneamente un pionero de los derechos humanos y una figura
instrumentalizada geopolíticamente contra España.
Ayuso y la reivindicación de la conquista
Frente a esa tradición autocrítica emerge hoy una corriente política y
cultural que rechaza frontalmente cualquier lectura negativa de la conquista de
América. Isabel Díaz Ayuso se ha convertido en una de las voces más visibles de
esa reinterpretación reivindicativa del pasado imperial español.
Ayuso ha defendido en varias ocasiones que España llevó a América
“universidades, civilización, idioma y catolicismo”, y ha criticado duramente
los intentos de juzgar la conquista con parámetros morales contemporáneos. En
uno de sus discursos más comentados afirmó: “España llevó libertad, derechos y
prosperidad al continente americano”.
Ese enfoque forma parte de una batalla cultural más amplia impulsada desde
sectores conservadores españoles que consideran que la izquierda y determinados
movimientos indigenistas latinoamericanos han construido una visión
culpabilizadora y distorsionada de la historia española.
Para ese discurso, insistir únicamente en la violencia de la conquista
supone ignorar el mestizaje, la expansión cultural, la evangelización y la creación
de estructuras políticas y universitarias que marcaron profundamente el
continente americano. La reivindicación de la “hispanidad” se convierte así en
una respuesta identitaria frente a lo que consideran un revisionismo histórico
hostil hacia España.
Dos relatos enfrentados
El contraste entre Las Casas y Ayuso revela en realidad dos maneras
distintas de entender la relación entre historia, identidad y poder. Las Casas
representaba la idea de que el poder imperial debía someterse a límites morales
universales. Su pensamiento era revolucionario para su época porque sostenía
que los indígenas poseían plena dignidad humana y derechos naturales. En pleno
siglo XVI, aquello suponía cuestionar la legitimidad absoluta de la conquista.
Ayuso, en cambio, encarna una reacción contemporánea contra lo que muchos
sectores conservadores consideran un debilitamiento constante del orgullo
nacional español. Su discurso intenta desplazar el foco desde la violencia
colonial hacia los logros culturales y civilizatorios del imperio. Por eso el
choque entre ambos relatos resulta tan emocionalmente intenso. No se discute
únicamente el pasado. Se discute qué tipo de país quiere ser España hoy.
La conquista de América, campo de batalla
cultural
El debate sobre la conquista se ha transformado en uno de los grandes
escenarios simbólicos de la polarización cultural contemporánea.
En América Latina, gobiernos y movimientos sociales han impulsado procesos
de recuperación de memorias indígenas y críticas al colonialismo europeo. En
España, sectores conservadores responden defendiendo el legado histórico de la
monarquía hispánica y denunciando una supuesta “autofobia” nacional.
En ese contexto, Las Casas reaparece constantemente porque desmonta
cualquier simplificación ideológica. Su existencia demuestra que la crítica a
los abusos coloniales no nació en universidades contemporáneas ni en
movimientos poscoloniales modernos. Surgió dentro de la propia España imperial.
Pero también demuestra algo más incómodo para ciertos sectores progresistas:
que el imperio español no fue un bloque monolítico, sino un espacio de intensos
debates morales, jurídicos y religiosos sobre la legitimidad de la conquista.
Esa complejidad histórica suele desaparecer en los discursos políticos
actuales, donde la conquista de América funciona más como símbolo ideológico
que como objeto de análisis histórico riguroso.
El fondo del debate no es estrictamente historiográfico, sino identitario.
Cuando Ayuso reivindica la conquista, está defendiendo una determinada idea de
España: una nación histórica orgullosa de su legado global y cansada de pedir
perdón por su pasado. Cuando sectores académicos o progresistas recuperan la
figura de Las Casas, intentan subrayar la necesidad de una memoria crítica
capaz de reconocer la violencia estructural del colonialismo.
Ambas posiciones reflejan una fractura cultural cada vez más visible en
Occidente: la tensión entre orgullo nacional y revisión histórica. Por eso
Bartolomé de las Casas sigue siendo una figura tan incómoda cinco siglos después.
Porque obliga simultáneamente a reconocer la grandeza intelectual del
pensamiento español del Siglo de Oro y la brutalidad real que acompañó a la
expansión imperial. Y porque recuerda que la historia de España nunca fue un
relato simple de héroes o villanos, sino una lucha permanente entre poder,
conciencia moral y construcción de identidad.
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