Comentario: Esto de Ceuta habrá que verlo un poquito con más objetividad. Los del PP se podrían poner el “mono” una vez y liquidar a todos esos “bandoleros” de la usura y la desvergüenza. Aunque, está demostrado qué a la derecha, y mucho más a la extrema derecha, les importan un comino los derechos mínimos de los trabajadores… sean de donde sean, y, por supuesto, incluidos los españoles. En Ceuta hay que meter en la trena a unos pocos para dar ejemplo de civismo y trato humano en lugar de tanto protestar y echar la culpa de todo al gobierno.
Policía y Hacienda cercan los tajos clandestinos para los que aprovecharon el salto masivo para recuperar sus empleos en la sombra: así funciona la economía invisible que atemoriza a los autónomos
Ala sombra del alambre de espino de la valla, el hambre y la prisa siempre
encuentran un atajo. Y en Ceuta, ese atajo
tiene forma de dinero negro.
Han pasado apenas unas semanas desde aquel salto masivo de finales de julio
que volvió a poner la frontera sur en todas las televisiones. Pero la foto de
la crisis ya ha cambiado. Nos hemos olvidado de los espigones y los chalecos
salvavidas; ahora la batalla se libra en los tajos, en las reformas a puerta
cerrada y en la trinchera del trabajo clandestino.
Las cosas como son: la Guardia Civil, la Policía Nacional y
la Inspección de Trabajo han tenido que aliarse para montar una
redada a gran escala. Buscan una red de mano de obra irregular que
nadie ve, pero que todo el mundo sabe que existe. Y es que corre como la
pólvora.
La alarma no saltó en un despacho oficial con moqueta, qué va. Saltó a pie
de calle. La Confederación de Empresarios dio
un golpe en la mesa y puso voz a lo que era un secreto a voces: la economía
sumergida se estaba tragando a cientos de los recién llegados. Y entre ellos,
un grupo muy concreto. Aquellos antiguos trabajadores marroquíes que cruzaban
la frontera a diario antes de que la pandemia y los bloqueos cerraran el paso.
Vieron la brecha de julio, saltaron y volvieron directos a sus antiguos tajos.
Sin papeles, sin contratos, sin nada.
El rastro del mercado negro es llamativo. No hace falta ser un sabueso de
la Policía Científica para seguirle la pista.
Los constructores de la ciudad fueron los primeros en avisar: "Oigan,
aquí hay gato encerrado". De repente, las reformas en pisos particulares
se dispararon. Empezaron a oírse martillazos a las tres de la mañana en
portales tranquilos. Aparecieron montañas de escombros en esquinas donde antes
no había nada. Y en los almacenes del puerto, los sacos de cemento y el yeso
volaban sin dejar factura.
Pues bien, la trampa no acaba en el tajo. Para trabajar a la sombra, hay
que esconderse. Y ahí entra el negocio redondo de los chanchullos inmobiliarios. Hay propietarios haciendo su
particular agosto alquilando habitaciones destartaladas, cobranza en mano y en
billetes arrugados. Sin contrato ni registro de ningún tipo. Cero rastro para
Hacienda o la Policía. Una red de infraviviendas donde se hacinan decenas de
personas cuya única culpa es no poder figurar en un papel oficial.
Para el fontanero o el albañil autónomo de Ceuta que paga sus impuestos
religiosos cada trimestre, esto es un puñetazo en el estómago. Una competencia desleal destructiva. Es imposible competir
contra presupuestos inflados a la baja porque el empleador se ahorra la
Seguridad Social y paga sueldos de miseria. A la larga, esto no solo destruye
empleos legales, sino que corroe por dentro a las pequeñas empresas locales.
Pero no nos engañemos, tras las sirenas de la policía y las carpetas de los
inspectores hay una tragedia humana desgarradora.
Atrapados en esta franja de tierra, sin papeles para cruzar el Estrecho ni
forma legal de ganarse el pan, a estos chavales no les queda otra que aceptar
lo que haya. Jornadas de doce horas por una limosna. Las redadas tratarán de
frenar el fraude, sí, pero solo están poniendo un parche a la herida: la
muestra evidente de un sistema que se desmorona cada vez que la frontera se
tambalea.
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