En este escrito quiero desgranar -veremos que sale- una poesía de Luis Pastor Rodríguez que, cuando la escuché, me pareció algo que había que desmigajar punto por punto, dada su actualidad y sus versos tan sinceros y claros, algo como la vida misma dicho en verso. No me he podido resistir a decir algo de cada verso -lo que pueda, pues ya saben que sólo soy un simple escribidor- con lo que hoy soportamos la gente de a pie.
Luis Pastor es un cantautor extremeño nacido en
Berzocana (Cáceres), el 9 de junio de 1952, que fue galardonado en 2022 con la
Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes que otorga el Ministerio de
Cultura de España, y que también está en posesión de la Medalla de Extremadura.
Su vida ha pasado por tiempos de gloria y también
por tiempos de auténtica miseria, como cuando tuvo que cantar en una pequeña
población de algo más de doscientos habitantes en la actualidad -Benquerencia
de la Serena, mi pueblo- para mitigar su olvido por la gente. Sus, si mal no
recuerdo, 21 álbumes dicen lo grande que es este personaje que fue capaz de
renacer como el ave fénix cuando ya pocos creían en él. Nunca dejó de cantar a
su pueblo y a la libertad por más que lo recusasen y lo echaran en el olvido.
Estos son algunos de sus versos y mi desmigajación:
¿Qué fue de los cantautores? Éramos tan libertarios,
casi revolucionarios. Ciertamente,
servidor vivió ese tiempo en el que -pobres ilusos- creíamos que la libertad
era lo que nos traería la Democracia, ignorando que sólo era una continuación
de la Dictadura amañada por los franquistas con un simple “lavado de cara” y un
Rey, heredero del dictador, que sólo hay que ver dónde vive en la actualidad tras
su abdicación en su hijo Felipe. Sin que sepamos, realmente, el motivo y nos
preguntemos por qué no vive en España con su esposa; al margen de su presumible
alto historial mujeriego más propio, de ser cierto, de un vulgar político que
de un Jefe de Estado y de un Rey.
Ingenuos como valientes, barbilampiños sonrientes.
Jóvenes, demasiado jóvenes por aquel entonces con la
barba incipiente de la edad que nadie se atrevía a mostrar como ocurre en la
actualidad; porque, en la mayoría de los casos, nuestros padres no aceptaban
que no fuéramos limpios de cutis y muy aseados para no parecer lo que ellos
llamaban “pobretones”, que eran algunas personas que mal vivían pidiendo una
limosna de casa en casa sin recibirla en innumerables casos: los ricos y
terratenientes de la época, como siempre ha ocurrido en todos los tiempos,
mostraban sin pudor su reparo a estas personas, y, salvo excepciones muy
puntuales, nunca les daban otra cosa que un “ponte a trabajar, ¡perro!”
arrojándoles, en casos, un baboso escupitajo. El capital, nunca fue capaz de
aguantar a los que no eran como ellos, siempre consideró a los pobres como
simples esclavos, y en los tiempos del principio de la mal llamada Democracia,
esa consideración estaba más presente que nunca, sencillamente, porque no
podían entender que se “permitiera” que alguien mostrara su incipiente barba y
además se atreviera a cantar canciones de protesta.
Lo mejor de cada casa, oveja negra que pasa de seguir
la tradición. Balando a contracorriente de la isla al continente, era la nueva
canción.
Fluían por todas partes, en este país de vividores
sin escrúpulos, eso barbilampiños con su guitarra y sus versos que envolvía a
la juventud en algo que nunca había ocurrido: querer ser más joven en lugar de
ser mayor para gozar de los privilegios que la mayoría otorgaba. Recuerdo, como
en una charla a la que asistí del filósofo Aranguren, éste mostró su
convencimiento magistralmente de que las cosas habían cambiado y los jóvenes ya
no querían ser mayores, querían ser más jóvenes, siempre jóvenes. La nueva
canción, con innumerables cantautores de todas las partes de España, con
Cataluña y, por supuesto, Extremadura a la cabeza, cambió a la juventud. Ese
fue un gran salto social.
Éramos buena gente, paletos inteligentes, barbudos
estrafalarios, obreros chicos de barrio, pobres universitarios soñando en una
canción, y viviendo la utopía convencidos de que un día vendría la revolución.
Pero los sueños, sueños son. La revolución nunca
llegó y, aunque algunos sigan ahí, sus canciones ya no se escuchan salvo en
puntuales conciertos a los que asisten cuatro. Con la retirada de Serrat se ha
terminado de dar la puntilla a la llamada canción protesta. Ya sólo tienen éxito
esas jóvenes que enseñan casi todo su cuerpo para cantar algo simple y sin
fundamento, y las guitarras no son las de siempre sino las de “chapa” y de
sonido estridente. Y lo mismo ocurre con los jóvenes cantantes, que, salvo
alguna excepción, caso de Bisbal, por ejemplo, poco importa lo que cantan y sí
mucho como bailan acompañados de un enorme “elenco” de niñas con poca ropa. Los
chicos de barrio, barbudos estrafalarios, se han quedado para el olvido y nada
más. Pero, muchos, hoy ya mayores, jamás olvidaremos que nos enseñaron a vivir.
Aprendiendo a compartir la vida en una sonrisa, el
cielo en una caricia, el beso en un calentón. Fuimos sembrando canciones en
esta tierra baldía, y floreció la poesía y llenamos los estadios, y en muchas
fiestas de barrio sonó nuestra melodía.
Tiempos ha que ya nunca volverán. Del mundo y, sobre
todo, de la juventud de cualquier parte, ya poco se puede esperar que no sea la
“modorrera” que los envuelve sin querer saber nada de los principios de la vida
y de las cosas que nos atañen a todos para mejorar nuestro sin vivir de cada
día. Se hace, se sigue haciendo, mucha poesía (Luis García Montero es un
ejemplo), pero ¿a quiénes les interesa? Sólo Joaquín Sabina atrae a gente y no
toda la que se merece. Los cantautores, lástima, ya no están… ni, desgraciadamente,
se les espera.
Tardes y noches de gloria que cambiaron nuestra
historia, y este país de catetos, fascistas de pelo en pecho, curas y monjas
serviles, grises y guardias civiles, funcionarios con bigote y chusqueros de
galón al servicio de una casta que controlaban tu pasta, tu miedo y tu corazón.
Produce gran tristeza recordar -lo supimos ya muy
tarde- cómo “las siervas del Señor” eran, en muchos casos, ladronas de bebés
para ricos y protegidos del Régimen que ocultaban su impotencia para procrear; y
cómo una gran parte de los “sacerdotes” (del griego “sa” que no significa nada
y “cerdotes” que lo dice todo) que participaban en nuestra educación, eran
reyes de la pederastia. Y qué decir de los grises (la policía nacional del
Régimen) que, amén de repartir palos a los universitarios los más benévolos, se
dedicaban al maltrato de prisioneros por sus ideas, prisioneros políticos,
gente que empezó a trabajar a los 11 años y no sabía nada de política, y a un
sinfín de fechorías y crueles torturas en esos lúgubres lugares como esa sede
de la Puerta del Sol que hoy la Sra. Ayuso, presidenta de la Comunidad de
Madrid, quiere esconder de la memoria. Punto y aparte para la Guardia Civil.
Recuerdo, siendo un niño todavía, como enseñé las
cuatro reglas a una persona que quería ser Guardia Civil, y entró en el cuerpo.
Una gran persona. Como eran la mayoría de los Guardias Civiles, gente que quiso
dejar el burro para ir a caballo. Obedientes ciegos a sus mandos porque no les
quedaba otra si querían comer, pero siempre tratando de ser condescendientes
con la gente (incluidos los gitanos, aunque para sus superiores fuera mala
gente) y, en muchos casos, olvidadizos de los papeles y cuadernillos de
denuncia. Su papel en la sociedad era muy duro, pero lo sobrellevaron con honor,
salvo raras excepciones propias de quienes comulgaban (que no eran pocos,
ciertamente) con el Régimen a pie juntillo que se dice por aquí. Hoy día es el
Cuerpo del Estado que está mejor valorado por la sociedad, sencillamente,
porque son los primeros que llegan ante cualquier catástrofe a prestar
auxilios, no importa que sea en la montaña, en el mar, en la carretera, en los
lugares más inaccesibles, con la gente más conflictiva, con los narcos de todo
tipo, enfrente y sin perder la cara en ningún momento. Si hubo un tiempo en que
no fue así, es algo que hay que entender y saberlo perdonar, porque era el
Régimen quien cometía las barbaries y no ellos que, en su mayoría, era buena gente
salida del pueblo llano para buscar una vida mejor y prestar con orgullo sus
servicios a la sociedad. Servicios como el que presta esa Unidad Central
Operativa (UCO) trasteando en cualquier parte para recoger pruebas contra la
corrupción política y social, aunque, como en cualquier gremio, no deje de
haber una de esas ovejas negras dentro de la Unidad y surjan cuestionamientos
de su gran labor social. Sin olvidar -aunque mi experiencia haya sido negativa,
luego digo porqué - a ese Grupo de Investigación y Análisis de Tráfico (GIAT)
que vela porque las cosas se hagan bien, por ejemplo, en los Centros de
Reconocimientos Médicos donde se expiden las certificaciones para los Permisos
de Conducir y de Armas. Y digo lo de luego, porque la intervención de dos
miembros del GIAT de Badajoz, acompañados del entonces Subjefe de la Jefatura
Provincial de Tráfico de Badajoz (un individuo, Primitivo Adame Pereira,
presunto sicario de algún político de renombre y presunto comisionista de algún
que otro Centro de Conductores y seguramente de una Clínica privada ILEGAL,
que, dicho sea de paso, sigue funcionando como si tal cosa), hicieron la vida
imposible a un joven totalmente legalizado que al final -tras casi ¡diez años!
de lucha por la verdad- tuvo que tirar la toalla y marcharse al extranjero para
buscarse la vida. Triste esto último, pero…
No quiero terminar de desmigajar este verso sin
decir algo de los funcionarios con bigote del que habla Luis. Soy hijo de
funcionario, pero eso no quita para decir que no todos los funcionarios son
merecedores de alguna loa, pues hay de todo como en botica. Conozco a un
Oficial de Justicia, ya jubilado (¡gracias a Dios!), en posesión de esa medalla
de San Raimundo de Peñafort, y “amiguito” de muchos Magistrados de Altos
Tribunales, que mejor echarlo en el olvido, sencillamente, por encubridor de
“delincuentes” y personas que, de no haber sido por él (presumiblemente,
mezclado en el caso), habrían terminado en la trena. Sin contar algunos de sus
propios casos rayando en delitos penales. Cuentan las “malas lenguas” que, tras
una revisión en su Juzgado como él lo llamaba, aparecieron más de ¡ochenta!
Procedimientos ya prescritos sin haberse tramitado. Claro que, con lo lenta que
va la Justicia…
Como la poesía es bastante larga, para no cansarles
demasiado de una tacada, he decidido (a lo Pérez-Reverte) dividir este humilde desgajamiento
en “capítulos”. Dicho en alemán, en
honor a esa persona que tuvo que migrar: Wird Weitergehen.
No hay comentarios:
Publicar un comentario