El dirigente de Manos Limpias sabe con antelación de una semana que el fiscal general será procesado, una revelación de secretos que no será investigada
José Antequera
28/05/2025
Miguel Bernad, el dirigente del sindicato
ultraderechista Manos Limpias, dio ayer una
exclusiva de relumbrón a El Toro TV, la tele
amiga: la semana que viene el Tribunal Supremo procesará
y dejará al borde del banquillo al fiscal general del Estado por el caso del
correo de la pareja de Isabel Díaz Ayuso.
¿Pero cómo puede ser eso? ¿Una filtración en el Poder Judicial? Imposible. Debe
haber algún error.
“Os puedo adelantar una noticia: seguramente si no es en esta semana, a más
tardar la semana que viene, habrá un auto de procesamiento y de transformación
a juicio oral del fiscal general del Estado. Esa es la noticia que os puedo
adelantar”, le dijo Bernad, tan tranquilo, a los muchachos de El Toro. Y lo
soltó así, descaradamente, sin tapujos, sin complejo y sin miedo a sanción de
ningún tipo.
Por tanto, en unos días podemos asistir a una paradoja fascinante y
maravillosa que nos indica cómo está la cuestión en la judicatura española:
todo un fiscal general del Estado como Álvaro García Ortiz procesado
por revelación de secretos oficiales mientras quienes lo han sentado en el
banquillo se empapan de información privilegiada de las más altas esferas y
largan y cascan lo más grande sobre el sumario teóricamente secreto. ¿Acaso no
hay un juez Peinado de la izquierda, un justiciero
de Marx que ponga las cosas en su sitio empapelando a
esta gente por manejar material reservado y confidencial del Tribunal Supremo?
No caerá esa breva.
Está claro que alguien en la mansión de Marchena se ha
ido de la mui contándole al señor Bernad que la semana que viene el fiscal
general será, por fin, un cadáver político. Se trata, sin duda, de la crónica
de una muerte anunciada, más bien de una corrida festejada anticipadamente, con
el toro ya picado antes de que salgan los novilleros y de que empiecen a sonar
los acordes del España Cañí.
Ya no cabe ninguna duda: Bernad es el puto amo del Tribunal Supremo y
cualquier día lo nombran a él también magistrado emérito u honorífico por los
servicios prestados. La ley establece taxativamente la prohibición de filtrar
datos sumariales a la prensa mientras los interesados no sean notificados
oficialmente en sus domicilios. Pero qué más da, el tablón de anuncios del Supremo
ya no existe y su lugar lo ocupan los panfletos mañaneros de Madrid, o
sea OK Diario y The
Objective. Bernad y los suyos llegan allí, al Supremo, les
despliegan la alfombra roja, se ponen cómodos y los invitan a un coñac antes de
repartir las sentencias y autos del día, para que vayan haciendo boca. Que
rulen lo sumarios, que rulen. Está todo perfectamente controlado, como en los
viejos tiempos de la Facultad de Derecho, cuando los listos de la comisión de
apuntes repartían las respuestas de los exámenes semanas antes de la hora
decisiva. Hecha la ley, hecha la trampa.
Lo de la Justicia española es un cachondeo. Se empapela a Begoña Gómez por un cursillito universitario, que
es el chocolate del loro, mientras los contratos millonarios y a dedo de la Xunta
de Galicia fluyen como un abundante maná sin que nadie vea nada raro. Se
persigue la cloaca policial de Ferraz, con la
fontanera Leire Díez a la cabeza,
mientras la cloaca de la derecha actúa impunemente y sin control. Se persigue
al Hermanísimo de Sánchez mientras
los hermanísimos del PP, que son muchos, van para arriba sin que nadie les pida
ni el carné de identidad. Ya no es que vivamos en un Estado judicial; es que
ese Estado en la sombra solo tiene un color: el azul falange. Antes por lo
menos había algún que otro juez rojillo y valiente que le ponía exotismo a la
cosa cuando se atrevía a meterle mano a las cuentas de la derechona (siempre
siendo consciente de que jamás llegaría al CGPJ porque acabaría desterrado en
algún recóndito juzgado de pueblo). Pero es que ya ni eso. Nos queda, eso
sí, Cándido Conde Pumpido, aunque el hombre es como ese
ermitaño que vive en unas lejanas y solitarias cumbres, las del Constitucional, donde no pasa el tiempo. El TC es un
juzgado pintoresco que queda bonito para dar apariencia de democracia, pero que
cortar cortar, corta poco bacalao. Más allá de don Cándido, el último sabio del
socialismo jurídico refugiado en su apartado monasterio budista, poco juez
progresista y combativo queda ya en la primera línea de combate, en las
barricadas de los tribunales, que es donde se frena de verdad al enemigo
político. Lo normal es encontrarse con togados trumpistas por los pasillos
de Plaza Castilla, cayetanos y señoritos muy envarados y
repeinados que se reparten y despachan la corrupción del PSOE antes de irse al club de golf. Nos quedan los
juristas en la reserva, la vieja guardia de irreductibles, los Martín Pallín, Pérez Royo y
compañía, más Joaquim Bosch aún en activo,
pero cuando ya no estén, ¿qué va a ser de nosotros? Todo el campo judicial será
orégano franquista.
Los periódicos de Madrid se empeñan en hablar de una guerra entre dos
bandos, pero qué va, ni de coña. Eso era antes, porque ahora ya solo queda una
bandería o facción y todos juegan para el mismo equipo y con la misma misión:
derrocar el sanchismo y legalizar otra vez la Fundación Franco.
Vivimos en una apariencia de democracia donde unos gozan de bula y otros pagan
su rojerío. Qué suerte la del señor Bernad de tener los contactos que tiene. Es
la envidia de todo periodista. Hilo directo con los dioses del Supremo, que
cada día le obsequian con la ambrosía de la exclusiva o scoop. Y encima las fotocopias gratis, encuadernadas y
con las tapas en letras de oro. Caso Koldo, edición
facsímil solo para coleccionistas y obsequio de la casa. Siempre ha habido
clases.
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