CRISTINA FALLARÁS 08/05/2025
El Vaticano es el Estado con mayor poder e influencia en el mundo, con
tentáculos y miles de sedes diseminadas en todos los continentes y más de mil
millones de seguidores y seguidoras. Es un Estado que no soporta una mirada ya
no democrática, por supuesto, sino desde una mínima decencia. Un Estado donde
sólo participa un puñado de varones ultrarricos, de los cuales sólo una ínfima
minoría jerárquica decide quién gobierna y cuyas bases son contrarias a
todos los avances en cuestión de derechos humanos que defendemos como sociedad y
como individuos en convivencia.
Imaginemos una dictadura que definiera a las mujeres como seres inferiores,
las eliminara a las mujeres de cualquier cargo de responsabilidad, les negara
toda capacidad de decisión, les impidiera por supuesto el derecho al voto, pero
además las sometiera a un régimen de semiesclavitud de por vida. Imaginemos esa
dictadura donde se persigue la práctica libre de la sexualidad, donde se
considera criminales a todos los miembros de la comunidad LGTBIQ+, donde la
organización se rige no por aquello que consideramos “las leyes de los hombres”
—y mujeres— sino por unas normas supuestamente
dictadas por un ser superior que es obligatorio no solo acatar sino también
imponer. Un Estado donde la ciencia está proscrita. Un Estado que
durante siglos ha permitido y encubierto la violencia sexual que cometen sus
miembros.
A mí los adeptos y adeptas al catolicismo me importan poco, ellos y ellas
sabrán. Me pregunto por la forma en la que miramos a ese lugar y su poder,
su acción internacional, sus injerencias. En España no nos hace
falta irnos a ningún otro sitio para comprobar las prebendas de las que
disfrutan y su ejercicio en el señalamiento.
Vienen todo esto a que veo cómo estos días los medios de comunicación se
refieren a lo que llaman el “sector conservador” del Vaticano, y me estremezco.
En realidad se están refiriendo a una parte de un todo
misógino, homófobo y basado en la superstición y la superchería. Un
grupo de varones ultrarricos y con un poder omnímodo para decidir sobre la vida
de las personas que habitan bajo su “gobierno", que son la inmensa
mayoría. Un grupo de varones ultrarricos cuya base de comportamiento está en
considerar a las mujeres como seres inferiores y promover castigos contra
cualquiera que tenga relaciones sexuales fuera del matrimonio heterosexual que
llegan, en muchos territorios, a resultar letales. Un grupo de varones
ultrarricos a los que la mera idea de libertad de pensamiento les parece un
acto no solo reprobable sino punible.
Me pregunto en qué momento deciden los medios faltar al mínimo rigor
informativo, y por qué razón. Desde la aparición del Papa Francisco, asistimos
a la construcción de una idea del Vaticano “bueno” frente al Vaticano
“malo”. Cuando los medios hablan del “sector conservador”, generan
automáticamente la idea de que existe su opuesto, o sea, un “sector
progresista”. Ojo, porque esto tiene unas derivadas terribles
lo mires por donde lo mires: Significa que asumimos como “progresistas” a un
grupo de varones misóginos, homófobos, que amparan la violencia sexual y son
contrarios a la igualdad entre los seres humanos. Si, como he dicho, asumimos
la posibilidad de que exista un “progresismo” en esos términos, nuestros
principios como sociedad, las bases de nuestras democracias, saltan por los
aires.
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