Del concepto propiedad privada nacen todos los relatos del poder en sus
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El núcleo principal de las sociedades capitalistas,
ya adopten la forma de democracias parlamentarias, dictaduras severas o
regímenes autoritarios, es la sacrosanta propiedad privada, lo mío o privativo por encima de lo nuestro o público. Aquellas personas que atesoran algún patrimonio
material, un piso, un coche y/o un empleo más o menos bien remunerado, fijo o
indefinido, convierten su propiedad en un activo ideológico que permea todo
su pensamiento sociopolítico. Su relato tiende a sobrevalorar su estatus, a
la vez que degrada el de colectivos con vidas más precarizadas. Ese constructo cultural viene a decir que si yo he
conseguido algo en detrimento de otros individuos es por mis capacidades
intelectuales y por mi esfuerzo, esto es, yo merezco lo que tengo en
comparación con ese lumpen o estrato demográfico de menor calidad o valor que
yo.
La defensa a ultranza de la propiedad particular
opera como un automatismo cultural e ideológico que ve a la otredad como una
amenaza potencial contra sus intereses socioeconómicos. Ese caldo de
cultivo se configura así como el gran granero de votos o adhesiones de las
derechas conservadoras y de las ultraderechas, y también de las clases medias
progresistas, antaño de raíz socialdemócrata. Del concepto propiedad privada nacen todos los
relatos del poder en sus diversas manifestaciones. Normalmente la propiedad
privada suele aderezarse de dos acompañantes más rimbombantes y estéticos:
libertad de elección y libertad de expresión. En este contexto, lo nuestro queda en un segundo
plano. Lo público se asemeja a un despilfarro o subvención injusta de las
clases más desfavorecidas, eternamente subsidiadas y que no quieren trabajar.
La competencia, por tanto, resulta extrema entre las clases medias culturales
y los colectivos sociales más vulnerables, siempre otros, personas con
empleos temporales, individuos en situaciones de irregularidad legal y
minorías sociales, étnicas o de otra condición. La progresía política y las derechas abonan este
enfrentamiento ficticio en detrimento de la temida y conflictiva lucha de
clases. De esta manera, las multinacionales, el empresariado y las clases
altas o pudientes siguen acaparando recursos y amasando capital eludiendo su
responsabilidad en el curso de los acontecimientos a escala tanto local como
internacional. Mientras las clases productivas se sigan pegando
entre ellas por cuestiones de segundo orden jamás pondrán el ojo en la
auténtica contradicción que alimenta la maquinaria capitalista: la
acumulación de capital y poder a través de la explotación de la fuerza de
trabajo ajena, libre para aceptar su propia enajenación económica, sobrevir
en la marginalidad o morirse de hambre para salvaguardar su autoestima y
dignidad moral. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la
propiedad privada, pilar de las frenéticas sociedades de consumo, se ha
afianzado. Con el asalto, a veces cruento, de la líquida posmodernidad y el
neoliberalismo rampante lo mío por encima de lo nuestro ha pasado a ser el leit motiv o motor de un yo rabioso de ser más
yo que nunca. Un yo ávido de vivir experiencias sin freno, una tras otra,
como un modo de atesorar un capital simbólico que nos transforma en dueños de
un sí mismo endeble aislado en su piso compartido, sus másteres de prestigio,
sus viajes iniciáticos a las periferias exóticas y sus trabajos cada vez más
a la buena de dios. Ya en el siglo XXI, los relatos políticos de las
derechas han buscado exacerbar las diferencias entre gentes trabajadoras,
magnificando matices de todo signo para provocar violencias en su seno. Todo
es amenaza latente para las derechas. Por su parte, la progresía ilustrada ha
abrazado la multiculturalidad y la diversidad de forma indiscriminada,
abonando reivindicaciones a todo trapo la mayoría de las veces menores o
contradictorias entre sí. La diversidad como elemento de dispersión y el
enfrentamiento entre nosotros/ellos como táctica del divide al adversario y
así vencerás en la batalla final. La progresía suaviza y
atempera el conflicto social como contribución a la causa subyacente del
neoliberalismo para no ofender en exceso a las elites pudientes. Negociar el
espacio público con temor al que dirán ya es partir con desventaja en el
teatro sociopolítico. Eso sí, la propiedad privada y los multimillonarios
beneficios patronales son tabú, eso ni se plantea ni se toca. Y si la columna
vertebral no se ve afectada, el monumental monstruo capitalista sigue
adelante reinventándose cada cierto tiempo bajo el paraguas de la libertad.
Libertad continúa vendiendo bien en la mercadotecnia capitalista. Cuando hablamos de propiedad privada es necesario
ampliar su significado más allá de lo estrictamente material. También es
propiedad privada mi familia, mi país, mi blanquitud, mi pueblo, mis raíces,
mi religión, mis tradiciones, mi gente, en suma, todo un arsenal semántico
que me otorga una identidad propia, fija y determinada por cuestiones
culturales de variado signo. Lo nuestro como sinónimo de público, lo que no es de
nadie porque es de todos, queda relegado a un escalafón inferior, mutando su
significado operativo en contraposición a un ellos en pugna con un nosotros
basado en contradicciones que no afectan a la esencia económica de las
sociedades capitalistas, la obtención de plusvalías mediante la explotación
del trabajo ajeno. Ellos son los que vienen de fuera a robarme el empleo, los
que tienen un color de piel más oscuro, los que sobreviven de subsidios, las
feministas radicales, los izquierdistas tocacojones, de alguna manera, pero
no solo, todas aquellas personas o segmentos sociales que no acreditan
propiedad alguna o bien que se han emancipado de la propiedad privada como
recurso ideológico inalterable para analizar la realidad política en cada
momento histórico. En las escaramuzas culturales, batalla cultural en
la jerga al uso, los poderes establecidos se encuentran muy a gusto. Sus
omnipotentes cañones mediáticos y sus poderosos laboratorios de ideas ahorman
los pensamientos de la inmensa mayoría más o menos silenciosa con cierta facilidad. Solo en la lucha diaria (trabajo, vivienda, educación, sanidad,
transporte) se configura auténticamente la conciencia política de clase no
supeditada a discursos transversales exclusivamente identitarios o de orden
estético o simbólico. Hace ya muchísimo tiempo que el concepto de
alienación se ha desterrado por las izquierdas como herramienta de uso para
analizar la realidad política. Se pensaba que ya el ser humano de las
sociedades occidentalizadas gozaba de una autonomía e independencia absoluta
que le permitía conocer la complejidad y así actuar en consecuencia en la
defensa de sus intereses. Craso error, pero error inducido en interés
del statu quo. Estar alienado era tanto como calificar de
idiota o enajenada a una persona trabajadora que votaba contra sus intereses
de clase y a favor de sus explotadores. Defender esa postura era transformarse de facto en vanguardia clasista inaceptable. Y
eso lo decía, paradoja entre paradojas, la vanguardia instalada en el poder
real, los que suministran artefactos culturales de distracción y modelan las
ideas fuerza de las mayorías sociales que no permiten o impiden rebeliones o
análisis críticos contra el poder establecido. Sí, la alienación ideológica existe, más que nunca
desde la aparición de internet y la eclosión de las redes sociales. Idiota es
aquella persona que no ve más allá de sus rutinas diarias y de su peculio
particular. Y alienada es aquella persona que defiende el pensamiento que no
corresponde a su clase social. ¿Qué son los votantes inmigrantes y las capas
trabajadoras que votan fascismo puro y duro? Hay pánico en las izquierdas a llamar a las cosas
por su nombre. Desde las izquierdas posibilistas y psicosociologistas se
prefieren conceptos más intelectuales, académicos, incluyentes y menos
agresivos o hiperbólicos (eso dicen para justificar sus posiciones templadas,
moderadas o políticamente correctas). El conflicto social no ha menguado en el mundo a
pesar de los ingentes esfuerzos para mitigarlo a base de edulcorantes
consumistas e invenciones ad hoc de chivos expiatorios o
enemigos diabólicos de procedencia foránea. Lo mío versus lo
nuestro, lo privado en contraposición a lo público y el modo de ganarse el
sustento cotidiano vendiendo al mejor postor las habilidades profesionales o
la fuerza de trabajo propia son las tres claves fundamentales donde residen
las contradicciones sociales más agudas de las sociedades que habitamos en la
actualidad. Claro que vivimos en una complejidad social que no
puede limitarse a un solo factor explicativo. Ahora bien, las complejidades
fabricadas a propósito (nacionalismos, diversidades seculares enfrentadas
entre sí, miedo reverencial a las minorías, aporofobia) son señuelos para
maquillar u olvidar lo importante. La sempiterna propiedad privada y la manoseada
libertad son las dos barreras ideológicas de mayor calado que impiden que lo
nuestro (lo social, lo que se comparte, la igualdad, lo que es de todos) se imponga
a lo mío o privativo: mi propio egoísmo disolvente por un triste pedazo de
estaus simbólico o patrimonio material. A mayor presencia de lo mío en menoscabo de lo
nuestro, los fascismos varios y la guerra podrían ser inevitables. Da que
pensar la alienación constante a la que las gentes trabajadoras estamos
sometidos las 24 horas del día. Caer en la idiotez es muy
sencillo: nadie está libre de precipitarse por ese abismo ideológico y
cultural. Hasta las mentes presuntamente mejor amuebladas
pueden convertirse en idiotas de la noche a la mañana. No es cuestión de
inteligencia sino de capacidad crítica de análisis riguroso y racional.
Cuando las emociones y los prejuicios toman el mando, la cabeza se vuelve
tarumba. |
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