Comentario: Lo repito una vez más: Lástima que este menda no hubiera aparecido cuando servidor tenía 25 años, lo hubiéramos corrido a hostias y se acabó el cuento. Ni justicia ni nada, entre los hombres de mi juventud se arreglaban las cosas de hombre a hombre. Ahora, una mierda que no tiene media hostia se ríe de cualquiera y no le pasa nada. ¿Dónde están los hombres? ¿Y los coj…? Estoy en Castuera (Badajoz), tengo 77 años, a punto de cumplir 78, que venga ese niñato a preguntarme a mí si tiene guevos, y verán cómo entonces sí tendrá que intervenir la policía y la justicia a la fuerza.
El activista ultra acumula una serie de denuncias, la última de la esposa del presidente del Gobierno
El supuesto acoso del agitador ultraderechista Vito Quiles a Begoña Gómez, en un
restaurante de Madrid, está dejando en evidencia a
los diversos estamentos de este país. Los jueces guardan silencio, la prensa
conservadora guarda silencio, los políticos de la oposición guardan
silencio. O están con los métodos del mercenario del nuevo fascismo posmoderno
o son unos cobardes.
El silencio cómplice se está convirtiendo en el abono perfecto para la
crianza de este tipo de personajes, los youtubers e influencers del nuevo mundo de la posverdad. En
buena medida, el auge de la extrema derecha global tiene que ver con el triunfo
del agitprop (agitación y propaganda) y las gamberradas de esta muchachada antisistema.
Fue así, con guerracivilismo, con bulos en las redes sociales, con montajes y
mucha crispación en la calle, como Donald Trump llegó
al poder. El magnate de la Casa Blanca abrió
el camino a los pequeños trumpitos de todo el orbe. Vito Quiles tiene bien
aprendido el manual. El muchacho se levanta por la mañana, se acicala ante el
espejo (tupé bien firme y engominado), coge su micro y se presenta en el Congreso de los Diputados, o en un acto público, o en
la casa de un político de izquierdas (a los de derechas ni tocarlos) y a
reventarlo. Ayer tocaba Begoña Gómez, una mujer vapuleada y triturada por la
fachosfera cuyo mayor delito ha sido organizar un máster para la Universidad Complutense de Madrid. El suceso está aún
por aclarar –faltan datos, como qué pasó dentro de la cafetería–, y la esposa
del presidente del Gobierno ya ha presentado una denuncia por acoso contra el
supuesto agitador ultra. Pero mientras se esclarece el asunto, llama
poderosamente la atención que todos los que tendrían algo que decir callen.
Vito Quiles no es un periodista. Y quien quiera presentarlo así está
engañando a la opinión pública. Su función no es informar, ni investigar, ni
llegar al fondo de una verdad o de una turbia trama de corrupción. Él está ahí
para lo que está, para provocar, para pinchar, para sacar de sus casillas a las
personas a las que aborda por la calle con sus preguntas tendenciosas y
manipuladas. Un periodista pregunta; Vito Quiles reta, molesta, desafía. No
debe ser plato de buen gusto salir de casa por la mañana y encontrarte con un
tipo que te persigue por la calle como una mosca cojonera para meterte la
alcachofa en la boca. La calle es un espacio público, sí, pero la calle debería
ser también un espacio de tranquilidad y de seguridad para todos los
ciudadanos, los de derechas y los de izquierdas. Vito Quiles, emulando a Manuel Fraga cuando dijo aquello de “la calle es
mía”, ha hecho suyo un territorio urbano hasta hoy libre y protegido por el
Estado de derecho. Se ha convertido en una especie de justiciero o tirano
callejero. Alguien que se mete en las vidas ajenas, que chincha, que incordia,
que toca las narices. Eso no es periodismo, es otra cosa.
Los famosos escraches con “jarabe democrático” patentados por Pablo Iglesias fueron un tremendo error. Entre la
manifestación y la protesta cívica y el acoso personal propio de regímenes
policiales totalitarios hay una frontera más que delimitada que nadie debería
haber traspasado jamás. Eso es lo que hace hoy VQ, escrachear al personal, no
dejarle vivir, cercenarle su derecho legítimo a pasear y deambular por una vía
pública sin que un sujeto empiece a volcar sobre uno su bilis y sus bulos. El
señorito Vito va camino de sustituir a aquellos cobradores del frac de dudosa
constitucionalidad que se le mandaban al moroso de turno cuando no pagaba las
facturas. En un país donde rige el imperio de la ley no hay lugar para gente
que se convierte en la sombra siniestra, enlutada y amenazante de otra persona.
Son legión los que están aguantando las tontunas y payasadas de este
personaje sin escrúpulos que va de periodista cuando no es más que una
marioneta cuyos hilos son movidos por otros. Sarah Santaolalla, Rubén Sánchez, Ana Pardo de Vera y
hasta una mujer con discapacidad a la que se dio el gustazo de denigrar, según
la Fiscalía. Unos lo sufren con paciencia, otros pierden
los estribos y terminan revolviéndose contra el muchacho que ha hecho de
tocarle los pies y la moral a otros su modus vivendi (craso error entrar en su
juego). Puede ser que quien mejor lleve la cruz impuesta por esta fauna ultra
sea Gabriel Rufián, quien, cuando es abordado por uno de
ellos, se pone a hablar de lo bien que le salen las croquetas con la termomix.
Ese es el camino, aunque sea fácil decirlo sin ser víctima del atropello.
Mientras los acosadores profesionales pululan por doquier, la Justicia
calla, los periódicos callan y la portavoz del PP en el Congreso, Ester Muñoz, se limita a condenar “cualquier violencia
y acoso, también a periodistas”, poniéndose al lado del verdugo en lugar de
defender al perseguido. Cada día que pasa, esta mujer alcanza cotas de mayor
bajeza moral. Feijóo debería avergonzarse de
invitar, como teloneros para levantar las audiencias de sus aburridos mítines,
a sujetos de esta guisa. La prensa, también la de derechas, debería decir algo
en lugar de reírle las gracias. Y Génova debería dar explicaciones de por qué
algunos de los suyos comían con VQ horas antes del acoso a Begoña Gómez. No
todo vale en política, tampoco el millón de seguidores de este escuadrista
mediático envarado y repeinado que, con la luz verde de los poderes fácticos de
este país, ha inaugurado el peligroso activismo antidemocrático y trumpizado.
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