Comentario: Estoy contigo André. A mí no me va a callar ni Feijóo, ni la Ayuso, ni el muñeco Luciano (Aznar), ni el Abascal, ni nadie de la mandilandinga máncer y mandria.
Hay un patrón que quien milita en la izquierda, quien defiende a Palestina
o quien se declara antifascista conoce de sobra: las cuentas que defienden a la
ultraderecha y al fascismo suelen esconderse. Sin foto real, sin nombre, sin
historial, sin seguidores. O son cobardes o son cuentas fabricadas.
Probablemente, ambas cosas.
No es casualidad. La ultraderecha cuenta con el dinero para sostener
ejércitos de trolls y perfiles falsos que trabajan sin descanso, propagando
bulos y mensajes de odio protegidos por el anonimato. Ese anonimato no ampara solo
a cobardes: también a pedófilos, estafadores y delincuentes de toda clase, a
quienes las plataformas garantizan impunidad al margen de cualquier legislación
nacional.
La censura selectiva tiene un nombre
Me han cerrado más de veinte cuentas en TikTok. El motivo nunca ha sido
decir mentiras. Ha sido defender al pueblo palestino, opinar desde la
izquierda, declararme antisionista y antifascista. La plataforma no combate el
discurso de odio: combate el discurso que incomoda al poder. Usan denuncias
masivas y falsas contra vídeos de opinión respetuosos, mientras dejan circular
libremente cuentas neonazis, sionistas y de ultraderecha que siembran odio
contra las minorías.
Lo sé porque lo he probado en carne propia: he denunciado contenido
claramente racista y neonazi, y la respuesta siempre ha sido la misma: «No
infringe ninguna norma». Si mis cuentas hubiesen sido prosionistas, racistas o
xenófobas, jamás habrían tenido problemas. Si me hubiese dedicado a sexualizar
a menores o a difamar a la izquierda, seguirían abiertas. El problema nunca ha
sido el lenguaje. El problema es el contenido: decir lo que el poder no quiere
que se diga.
Empresas por encima de la ley
TikTok, Meta, Facebook, Instagram, X: no son defensoras de la libertad de
expresión; son herramientas de control de masas al servicio del poder. Operan
al margen de las leyes de los Estados, sin rendir cuentas ante ningún
organismo. Son poderes fácticos que se sitúan por encima de la legislación de
cualquier país, y eso —lo digo sin matices— es una vergüenza para la humanidad
entera.
No es casual que Elon Musk comprara Twitter. La ultraderecha internacional
y el sionismo han tomado el control de las redes y de buena parte de los
grandes medios. Siguen, en la práctica, la vieja estrategia goebbelsiana:
repetir la mentira hasta que se convierta en verdad, convertir a las víctimas
en verdugos y buscar chivos expiatorios entre los más débiles.
La responsabilidad y la memoria
Deberíamos exigir que las redes sociales obligasen a la identificación real
de quienes las usan, igual que ocurre para tener una línea telefónica. Que cada
cual se haga responsable de lo que dice. Pero mientras eso no ocurra, hay algo
que nadie nos puede arrebatar: la memoria y la palabra.
Como advirtió Malcolm X, si no estamos prevenidos ante los medios de
comunicación, nos harán amar al opresor y odiar al oprimido. Simón Bolívar ya
avisó de que un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción,
porque, sin pensamiento crítico, se acepta la mentira sin dudar. Y conviene no
confundir ignorancia con estupidez: la primera se cura con estudio; la segunda
es un rechazo activo y voluntario del pensamiento crítico.
Circula también, atribuida a Orwell, la idea de qué decir la verdad en
tiempos de engaño universal es un acto revolucionario. No hay constancia fiable
de que Orwell escribiera esa frase exacta, pero la idea que transmite —y que
Orwell sí sostuvo a lo largo de su obra contra el totalitarismo— sigue siendo
válida: repetir la verdad, una y otra vez, frente a la maquinaria del bulo, es
un acto de resistencia.
No nos van a callar. Ni con algoritmos, ni con denuncias falsas, ni con
censura selectiva.
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