Cuando iban contabilizadas las primeras 51 víctimas mortales por la DANA, a
Feijóo no se le ocurrió otra cosa que anticiparse e ir al Centro de
Coordinación Operativa Integrado, conocedor de que Pedro Sánchez iba a
visitarlo a media mañana, con el objetivo de acusar al Gobierno de no haberle
informado de nada, en lugar de dar apoyo y solidarizarse con las víctimas en
las que no pensó —no parece tener esa capacidad—; obsesionado con derribar al Gobierno como sea, como confirmó su
lacayo Tellado en la filo fascista esRadio. Feijóo no pensó —o le dio igual— el
efecto deleznable de sus palabras en medio de una tragedia humana que obliga a
administraciones y partidos, al menos por decencia, a estar a una: ayudar a
paliar la catástrofe y solidarizarse con los afectados y familiares de las
personas fallecidas.
¡Pero no! Feijoo tenía que añadir su propio barro al dejado en las calles
por la DANA, y siguió embarrando poniendo en cuestión las predicciones de la
AEMET, para tapar la inoperancia del presidente de la Generalitat, Carlos
Mazón, responsable de coordinar y pedir ayuda al Gobierno. La cronología de los
hechos le desmiente y pinta la cara a Mazón por su gestión caótica en las
primeras horas de la tragedia. El primer aviso de la AEMET sobre lo que podía
pasar fue el día 20 de noviembre. El 26 emitió una nota informativa que preveía
la llegada de una gota fría de intensidad torrencial, aviso que repitió el 27.
El lunes 28 activó el nivel naranja de alerta. El 29, día de la tragedia, a las
07:35 lo elevó a nivel rojo, y a las 08:00 informó de peligro extremo de
inundaciones y pedía alejarse de cauces, ramblas y zonas bajas.
A las 13:00 horas, Mazón hizo una declaración pública informando que en
torno a las 18:00 disminuiría el temporal, porque se estaba desplazando a la
Serranía de Cuenca. A esa hora había comenzado la tromba bestial de agua en
varias localidades, con epicentro en Paiporta, anegando calles, inmuebles y
garajes. Sin embargo, Mazón esperó a las 20:00 para que Protección Civil
enviara un aviso de emergencia a la población vía móvil: doce horas y media
después de que la AEMET decretara la alerta roja. Cronología de la pasividad e
ineficacia de Mazón, a la que se añade la conversación telefónica que Pedro
Sánchez mantuvo con él desde la India, el mismo día 29, en la que rechazo la
ayuda ofrecida por el Presidente con un no es necesaria.
Mazón esperó a las 20:30 para solicitar la participación de la UME, cuando las
riadas destruían ya puentes, carreteras y vías férreas. Durante las horas de
inicio de la tragedia Mazón presidió tres actos ajenos a la Dana, que ya estaba
haciendo estragos.
Hechos que le hacen responsable del descontrol en las primeras 72 horas por
la falta de coordinación logística, por restar importancia a la información de
la AEMET, y rechazar la ayuda que le ofreció Pedro Sánchez. De no haber
suprimido nada más formar Gobierno la Unidad Valenciana de Emergencias, creada
por el Ejecutivo anterior de Ximo Puig, al menos la coordinación en las
primeras horas habría tenido un plan. Responsabilidad que no puede borrar los
gritos de asesinos que dirigieron al Rey, Pedro Sánchez y Mazón, integrantes
del grupo de ultraderecha Revuelta, marca juvenil de Vox, que actuaron de
manera premeditada y coordinada, según el Ministro del Interior.
Responsabilidad que reflejaba la cara de Mazón, que le llevó a contradecir
a Feijóo, que la mañana del 29 le exigió que la gestión de la crisis quedara en
las manos de la Generalitat, cuando reconoció la buena disposición del
Gobierno, y agradeció la rápida presencia del presidente Sánchez, al que tenía
al lado, en rueda de prensa. Buena sintonía con el Ejecutivo que enfadó a su líder y expuso públicamente—otra vez— las
contradicciones que anidan en el PP y su falta de liderazgo, cuya denuncia
quejosa de no haber sido informado por el Gobierno —no existe normativa que lo
exija—, evidenció la soberbia de siempre que exacerba su ego. Y lo más
execrable, a usar políticamente la tragedia sufriente de los afectados y
familias de las víctimas. Palabras infames que le han afeado distintos barones
y personas de su círculo cercano, que le pidieron no hacer declaraciones
públicas hasta que se calme el desaguisado.
El gran carnaval, aquella vieja película del gran Billy Wilder, cuenta la historia de un periodista
desalmado capaz de aprovecharse de un minero indio atrapado en un túnel. El
reportero sin escrúpulos hace lo posible y lo imposible para seguir manteniendo
con vida a la pobre víctima, ya que de esa forma puede seguir publicando
artículos y exclusivas que le reportan fama y dinero. La depravación de Charles Tatum (así se llama el inmundo personaje
magistralmente encarnado por Kirk Douglas) llega
al punto de convertir el suceso en una gran feria o circo del morbo que atrae a
curiosos de todo el país.
En estos días nefastos, Valencia, la pobre
Valencia, se ha llenado de Charles Tatums, pseudoperiodistas,
charlatanes, youtubers, falangistas de medio
pelo empeñados en avivar el odio del pueblo contra la democracia, enviados
especiales de la inmoralidad, cuervos, pajarracos, buitres amarillos,
degenerados en fin de esa fauna friqui que conforma el submundo de las redes
sociales, auténticas puertas del infierno del odio abiertas de par en par. Por
si no tenían bastante los desdichados vecinos de l’Horta Sud machacados por la desgracia bíblica
que les ha caído encima (miles de personas a la intemperie, sin casa, sin
comida, sin agua y sin luz y probablemente afectados por plagas e infecciones
emanadas del lodo y el barro), también tienen que soportar a ese grupo salvaje
todavía más pestilente y solo comparable en categoría moral a los rateros que
estos días se dan al pillaje más vil saqueando las casas de las víctimas.
El despliegue por toda la zona cero de esta serie de personajillos, tipejos
y tipejas repugnantes, ha sido tan eficaz que incluso han llegado antes que los
propios servicios de rescate. Y es que una de las características principales
de estos insectos de dos patas es que se mueven rápidamente de acá para allá,
llevando su veneno a todas partes. No llegan al área devastada con el ánimo de
proporcionar buena información, tan necesaria en momentos de crisis
humanitarias, y mucho menos de arrimar el hombro cogiendo una pala para echar
una mano en la retirada del fango (suelen provenir de buenas familias y les
duele mucho el espinazo en cuanto levantan un ladrillo). Al contrario, si
pueden, alimentan un poco más la confusión, instigan la desorganización,
propalan sus ideales fascistas, siembran un poco más de miedo entre los ya
atemorizados ciudadanos y son capaces de todo en su espectacular puesta en escena,
incluso derramar unas cuantas lágrimas de cocodrilo, que eso siempre queda muy
típico en la pantalla. Ya lo hicieron en los peores momentos de la pandemia
cuando, para negar la existencia del virus, dijeron que las urgencias de los
hospitales estaban completamente vacías, de modo que todo era un montaje del
Gobierno Sanchista para tenernos encerrados. Lo están volviendo a hacer.
Ya decimos que nos encontramos ante seres abyectos, ruines y sin escrúpulos
que han decidido hacer de la tragedia de sus paisanos, del dolor y el
sufrimiento ajenos, un espectáculo mediático del que sacar rédito en forma
de likes para sus chats, de grandes audiencias
televisivas o publicidad para sus canales de Youtube. Una ciénaga humana. Los
verán ustedes en todas partes, con sus chalecos multiusos de quinientos pavos y
empuñando un micrófono como la triste caricatura de un reportero de guerra; o
improvisando una crónica amarillista con datos falsos junto a una montaña de
vehículos despanzurrados; o echándole el brazo encima (y el aliento) a un pobre
anciano paiportino que, aturdido, lo mira con estupor (como preguntándose qué
quiere este) mientras arrastra un mueble podrido por la humedad. Casi siempre
un show con focos de relumbrón y fresco maquillaje
junto a un soldado que les sirve como figurante. No será necesario ahondar en
el vergonzoso caso de Rubén Gisbert, ese
muchacho de Horizonte, el programa de Íker Jiménez, que se rebozó de barro para darle más
dramatismo al momento antes de entrar en directo (hay vídeo de un vecino). Ni
en las andanzas del eurodiputado Alvise Pérez, el
ultra de SALF que se plantó en el epicentro de la tragedia
con una camioneta llena de garrafas de agua (más bien una unidad móvil) y que
terminó siendo acusado por algunos vecinos de “neonazi” ávido por sacarse la
clásica foto del yo estuve allí. Ni en los pasos de Javier Negre, a quien el ínclito Mazón dio un fraternal abrazo a las puertas de una
reunión del Centro de Coordinación de Emergencias,
un gesto de pelotillesco compadreo, un infame qué hay de lo mío en medio de la
calamidad. No son los únicos: en Paiporta hay más buitres y carroñeros que
policías y soldados de la UME.
Lo que vimos hace solo unos días, la maniobra de acoso y derribo a las
autoridades (reyes de España, Sánchez y Mazón), no fue más que el reventón final, la Dana de
odio ciclogenética, la consecuencia lógica de días de bulos y manipulación a
mansalva. Claro que fue una parte del pueblo de Paiporta (unas doscientas
personas, los demás estaban trabajando y no tenían ni ganas de verle el careto
a los mandamases) la que acudió allí para protestar contra los políticos con
todo el derecho y razón del mundo. Pero entre ellos, instigando y animando,
estaban los otros, los altruistas con ambiciones, los generosos interesados
ansiosos por sacar tajada de alguna clase (fama, reconocimiento, audiencias,
seguidores, dinero, rédito político, quién sabe). Los Charles Tatum de hoy
capaces de hacer del dolor humano un espectáculo grandioso para sus fines
personales.
Desde
aquí quiero mandar un afectuoso abrazo a todos los que han sufrido el desastre,
que, aunque no podía haberse evitado, si podría haber sido menos traumático en
vidas humanas. Un enorme aplauso a todos esos voluntarios que han desobedecido a las autoridades y que han
arrimado el hombro para ayudar a los suyos. Solo los voluntarios y el
Ministerio de Fomento se salvan de unas actuaciones no mediocres, sino nefastas
que han demostrado al mundo que
España es un estado fallido. Un estado en el que
los políticos están para cobrar y no para servir al pueblo. Lo de la
Generalitat Valenciana es criminal y sería juzgado debidamente si no fuera
porque todos sabemos quién manda en este país y si se dejaron morir 7291
ancianos por falta de atención y no ha habido proceso penal, no les va a
importar la muerte de 1900 más. Unos y
otros, Gobierno central y Generalitat parece que compiten a ver quién es más
irresponsable y, entre el tuya y el mía, mientras
escribo esto, aún puede haber cientos de cadáveres entre el barro y me consta que sigue habiendo personas que carecen de
agua potable a los que aún no le ha llegado ayuda legal. Para colmo, me cuentan que empieza a haber casos de
ingresos con vómitos, diarrea... (solo les faltaba que ahora cojan el Cólera).
No se puede circular por las calles, pero si pueden llevar más de 60 coches
para acompañar al rey. Cuestión de prioridades.
Otro
punto a tener en cuenta es el ominoso comportamiento de los medios de
comunicación. Valga una muestra. El miércoles 30, una famosa periodista de la
Cadena Ser, hizo toda una oda al desvarío. Según ella, todo era una
consecuencia de los bulos. Negando los cientos, miles de mensajes en Twitter
del martes 29 pidiendo ayuda porque el 112 en valencia no respondía. Asegurando
que el 112 había funcionado siempre. Que era un bulo que no hubiera agua
potable en las zonas afectadas. Que por favor, que sólo se hiciera caso a los
medios oficiales. Los mismos «medios oficiales» que
dieron la alerta cuando ya la gente estaba
encaramada encima de los árboles o los que dijeron que el 112
no tenía problemas de comunicación.
Que nos hayamos tenido que enterar por la prensa extranjera que mientras la
gente estaba esperando la ayuda, el presidente de la Generalitat se hacía fotos
en un acto en el que le entregaban un premio al turismo es de juzgado de
guardia. Que la única periodista que ha hecho una pregunta inteligente sea Helena
Villar que trabaja para un medio que aquí está censurado, (RT) al preguntarse
para qué sirve la ¿OTAN si cuando necesitamos al ejército no están para ayudar?
¿Para que sirve gastarse 140.000 millones en defensa si es la gente la que
tiene que ayudar con su esfuerzo personal y económico?, lo dice todo de la
servil prensa española.
Y
ahí está la madre del cordero. Ha pasado lo que ha pasado porque se avisó tarde
y mal. Pero estoy seguro de que si el aviso se hubiera producido a tiempo,
aunque se habrían salvado muchas vidas porque se deberían haber cerrado las
empresas, no nos engañemos, seguro que seguiríamos hablando de muchos muertos.
En este país, nadie hace caso de nada. Si se da alarma porque se da y si no por
lo mismo. Entre otras cosas porque gracias
a la desinformación la manipulación y el adoctrinamiento de los medios de
comunicación todo el mundo se ha vuelto incrédulo y nadie se fía de la
información. Esto es consecuencia directa de la
estrategia de no contrastar y dar como información lo que sólo es opinión de
los políticos. La obligación de un periodista serio es contrastar si llueve o
escampa y no repetir mil veces la idiotez salida de la boca de un político que,
para más INRI, se ha demostrado que miente casi siempre.
Por
otra parte, debería haber simulacros de evacuación
obligatorios en todos los colegios como
los hay en las grandes empresas. Debería hacerse hincapié en la necesidad de
hacerlos bien y en serio. He sido más de quince años jefe de planta y miembro
del comité de evacuación de una gran empresa española (la primera en número de
trabajadores). Y todo el mundo se lo tomaba a risa. El día de la evacuación era
un día de fiesta. La gente aprovechaba para irse al bar. Luego pasan estas
cosas. Que no somos conscientes del peligro del
agua, ni del fuego, ni de nada.
Háganle
caso a Antonio Turiel, Juan Bordera o Antonio Aretxabala que aquí explican el porqué de esta situación.
Y,
por último, sean ustedes conscientes de las prioridades de su gobierno de
turno. Se ha hablado mucho de que gracias a los impuestos existen los servicios
de emergencia. Y no. No es cuestión del número de impuestos o
la cantidad que ustedes paguen. Es cuestión de
que, por muchos impuestos que ustedes crean que pagan, las prioridades del gobierno de turno son siempre las
mismas: Ejercito, balas, material antidisturbios, cañones, soldados en el
extranjero, policías, sueldos estratosféricos de alcaldes....
Como
estamos ya acostumbrados, las
personas, lo último. Sanidad dejada de la mano de dios y la educación en manos
de curas y ricos.
Que
se tengan que cabrear los valencianos porque la grúa municipal de Valencia se
dedica a retirar los coches que no estorban en el casco urbano dónde no ha
habido agua y está todo sin limpiar, dice mucho de las prioridades. Que se
multe a quién ha dejado el coche en un arcén para ir a ayudar a limpiar también
y que se detenga por robo a quién está cogiendo cosas de entre el lodo, aún
más. Cuestión de prioridades. Ni usted, ni yo importamos. Lo importante es que no se pare el turismo, que Inditex o
Mercadona recuperen cuanto antes su actividad y que todo vuelva a su
normalidad. Lo importante es el Régimen. Tengan
claro que la tardanza en la alarma está
relacionada con el puente del 1 de noviembre. Y que por supuesto, que dar la
alarma significa parar la economía. Y eso, ya saben que no se puede permitir.
Todo
pasa y todo queda que decía Machado. Y el olvido es el mayor sedante social.
A los votantes de izquierdas nos ha costado algunas décadas aceptar
que al PSOE no se le puede dejar solo. Ni siquiera cuando,
en nombre del mal presagio de una derecha gobernante, reclama el voto útil. La leyenda
histórica del partido, al que cada vez le pesa más la O de obrero, ha tocado a
su fin. No puede uno autodefinirse de izquierdas por un one hit wonder. Especialmente cuando todos sabemos que
fueron ellos quienes le abrieron la puerta al liberalismo y a las
privatizaciones, que, si bien llegaron a sus cotas más salvajes con los
gobiernos del PP, fue Felipe González,
allá por los 80, quien empezó a sembrar el sendero con la privatización de una
treintena de empresas públicas.
El PSOE siempre que tiene la oportunidad de decepcionarte, la aprovecha.
Creo que asistiendo a su gestión de la crisis de la vivienda tenemos el ejemplo
reciente más palpable. En 2021, cuando PSOE y Unidas Podemos estaban negociando
el borrador de la ley de vivienda, había que definir qué se consideraba un gran
tenedor. O sea, a qué persona, física o jurídica, se le detallaba como un gran
propietario de vivienda. Recordemos que, hasta ese momento, el PSOE solo
consideraba gran propietario al que tenía diez pisos o más. O sea, un tipo, o
empresa, con nueve pisos en propiedad era de lo más común para el PSOE. Ya me
dirán qué obrero en España, de esos que aparecen en el nombre del partido
socialista, tiene nueve pisos en propiedad para especular con ellos. Fue
entonces cuando UP quiso reducir ese tope a cinco pisos o más, algo bastante
más razonable. El PSOE se negó. Fue José Luis Ábalos,
entonces ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, quien rechazó esa
propuesta con la ya histórica y deleznable frase de que la vivienda es un
derecho "pero también es un bien de mercado". Que es como decir que
condenamos la esclavitud pero que si el mercado reclama esclavos, pues qué le
vamos a hacer, bienvenida sea la esclavitud. Esa debía ser su línea roja. No
tanto ponerle límites a Koldo García.
Mi padre trabajó toda su vida, duramente, y con esfuerzo logró comprarse un
piso. Uno. Llegar a tener dos, para mí, ya es que la vida te ha sonreído. Y si
ya seguimos sumando, tres, cuatro, cinco pisos, entro en mi propia ciencia
ficción y no puedo evitar considerar a esas personas enormemente afortunadas.
Ya sea porque han ingresado cantidades como para comprarse cinco pisos o
hipotecarse cinco veces, o han ahorrado lo suficiente -nosotros éramos cinco de
familia y con el sueldo de mi padre, que no era malo, llegábamos justitos a
final de mes- o han heredado con alegría. Pero me estalla la cabeza cuando
alguien con siete pisos se pretende comparar con una familia que, a base de
sacrificios y trabajo, logró comprar dos casas. En la que viven y la del pueblo
o la de la playa. Casas para habitar, no para especular con ellas. Siento que
los grandes propietarios, haciendo uso de un argumentario mezquino, utilizan a
esos pequeños propietarios, con dos o tres pisos, y los colocan de avanzadilla
de sus intereses, para señalar lo injusto que sería para ellos una regulación o
que les dejasen de pagar el alquiler. De esa manera, los grandes tenedores
siguen especulando con la vivienda y con el precio de los alquileres mientras
nos cuentan la historia del padre de familia que se compró dos pisos y con el
alquiler de uno paga la hipoteca del otro.
El 82% de los diputados y diputadas españoles son propietarios. Cuatro de
cada diez tienen más de una vivienda y un 20% declara ingresos por alquileres.
¿No debería ser incompatible que un político pretenda regular el mercado de los
alquileres cuando se está lucrando con ellos? El PP, para sorpresa de nadie, es
el que más rentistas tiene en el Congreso y le sigue, para sorpresa de nadie,
el PSOE. Deberíamos empezar a asumir que PP y PSOE no son dos partidos
políticos sino dos grandes empresas con sus propios intereses. Y, entre esos
intereses, está el ánimo de lucro. Sí, hablamos de lucrarse, no de ganar un
sobresueldo para compensar un salario precario o ingresar lo justo para cubrir
la hipoteca. Hablamos de codicia y la codicia humana no se regula con caricias
y pidiendo empatía -otra cagada del PSOE en boca de su ministra de
vivienda, Isabel Rodríguez- sino
interviniendo el mercado, expropiando vivienda (empecemos por bancos y fondos
buitre) y construyendo vivienda pública. Todo a la vez. ¿Radical? No tanto como
cobrar 500 euros por una habitación interior de siete metros cuadrados en un
piso compartido o que el precio medio de un alquiler en Madrid sea de 1.776
euros.
Lo que está haciendo el mercado, con el beneplácito del Gobierno más
progresista de la Historia, es negociar y especular con el artículo 47 de la
Constitución Española y con el artículo 26 de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos. Pero los radicales somos nosotros, que nos negamos a seguir
sometidos a la codicia de aquellos que se han creído que ser casero es una
profesión y vivir de las rentas, la justificación de su usura.
Imaginen una calle de su ciudad, en una hora punta, con mucho tráfico.
Escuchan la sirena de la ambulancia que se acerca. Y en lugar de apartarse para
que la ambulancia pueda pasar, ustedes deciden que estaban antes y no se
mueven, obstaculizándole el paso a la ambulancia. Eso es el neoliberalismo. Eso
es no intervenir el mercado de los alquileres. Eso es seguir soltando esa gran
mentira de que el mercado se autorregula solo.
Y la crisis de la vivienda solo es un escenario más
donde el PSOE no está a la altura de lo que se espera de un partido de
izquierdas. Tampoco lo está cuando se niega a bajar las tasas de autónomos,
para ajustarlas a lo que se ingresa. O cuando dice haber encontrado la fórmula
para facilitar el acceso a una pensión digna y esa fórmula mágica consiste en
que no dejemos de trabajar. O cuando nos habla de la baja laboral flexible. Y
todo eso, con socios de Gobierno a su izquierda. Imaginad lo que serían capaces
de hacer si los dejásemos solos.
Pintadas
neonazis en la sede de EUPV de Paiporta, donde se ha registrado una explosión
de odio tras la Dana.
Lo que el río te da, el río te lo quita. Este dicho popular ha circulado
entre los agricultores valencianos de generación en generación desde tiempos
medievales, cuando el sultán mandó construir las acequias que aún perviven.
Solo que esto no es un río cualquiera desbordado. Es la propia tierra enferma
regurgitando su vómito marrón y revolviéndose contra el ser humano por todo el
daño causado. La Madre Gea ha dicho basta ya,
hasta aquí hemos llegado, y ha empezado a barrer toda la porquería sobrante del
planeta. La imagen de los coches apilados como montañas de ferralla, durante la
riada de Valencia, no deja de ser simbólica. El automóvil, gran
invento del enloquecido siglo XX, es, con su dióxido venenoso, uno de los
grandes culpables del cambio climático. Uno de los asesinos de verdad. La
Tierra, con su furia telúrica, ha cogido miles de coches, los ha levantado en
el aire como barquitos de papel y los ha llevado, flotando en el diluvio, hasta
un rincón de la historia. Es como si el planeta nos hubiese dicho: ahí tenéis
vuestra basura, yo no la necesito para nada.
Hay algo extraño, casi sobrenatural, que se nos escapa en todo esto.
Estamos jugando una batalla desigual contra el enemigo más poderoso, que no
es Putin, ni el terrorismo
islámico, ni siquiera Netanyahu con
su aliento fétido genocida. Hablamos de un planeta entero que agoniza y que
lanza su último esputo terminal. Hoy ha sido la riada de proporciones bíblicas
de Valencia, mañana el apocalipsis climático caerá sobre el centro de Europa, la India o
el Senegal. El colapso metabólico planetario es general:
la temperatura aumenta, los polos se derriten, el calor asfixiante en verano,
las nevadas que anticipan glaciaciones en invierno, la subida del nivel del
mar, la desaparición de miles de especies animales y vegetales cada día. Los
científicos nos alertan cada año, pero mucho nos tememos que, o no nos están
contando toda la verdad, o ni siquiera ellos son conscientes del cataclismo
universal que se nos viene encima de una forma más rápida y súbita de lo que cabría
pensar.
La Albufera, última joya verde de los valencianos,
amanece hoy completamente contaminada. El agua que ha desembocado allí desde
las montañas, arrastrándolo todo a su paso, ha
depositado escombros, desperdicios, lodo, líquidos tóxicos y contaminantes.
Flota una lavadora en medio de la hasta hace poco hermosa laguna protegida. En
cualquier otra circunstancia, esta noticia abriría los periódicos a cinco
columnas; hoy queda ensombrecida por la magnitud de otras calamidades más
urgentes, como la pérdida de vidas humanas y la destrucción de decenas de
pueblos, antes florecientes, hoy reducidos a poblados prehistóricos.
Mientras tanto, los valencianos retiran el lodo, calle a calle, casa a
casa, con el barro hasta las cejas y la rabia contenida. De todo este fin del
mundo se salva lo mejor del ser humano, las oleadas de voluntarios que acudieron
al grito de socorro de sus paisanos sin pensárselo dos veces. Filas de personas
silenciosas con cubos, escobas y bolsas de comida hasta donde alcanzaba la
vista; hileras kilométricas atravesando los puentes de la solidaridad en
dirección a la zona cero. Gente corriente, hombres y mujeres, muchos de ellos
jóvenes, convertidos en héroes anónimos que ahora mismo no reparan en la
ineptitud de sus políticos, ni en si el culpable es fulanito o menganito, ni en
el odio cainita que florece entre el limo cenagoso, caldo de cultivo de
enfermedades y de futuras guerras civiles. Solo piensan en ayudar a sus
vecinos, en retirar un palmo más de cieno, en sacar un trasto más de una casa,
en llevar una botella de agua más a un jubilado, a una mujer embarazada, a un moribundo
abandonado. Ellos son el orgullo del país. Tenemos dos fuerzas que nos ayudan a
vivir: el olvido y la esperanza, dijo Vicente Blasco Ibáñez,
precisamente el escritor del sufrimiento entre las cañas y el barro.
Pero entre toda esa marea de solidaridad, en medio del poble que salva al poble, están también los otros, las
bestias con sus bramidos, los de la manada que gritan como demonios salidos del
averno, los que insultan, los que agitan las calles y las redes sociales
(auténtico altavoz del fascismo posmoderno). Los que no dudarían en linchar a
un presidente del Gobierno hasta colgarlo por los pies, como anunció Abascal en su día. Estos salen a la calle con
palas y vuelven con palos. Van a las áreas devastadas aparentando ayudar y
terminan inoculando el parásito, que no es el de la disentería o la salmonela,
sino el de la violencia. Muchos de ellos viven lejos de la calamidad, a salvo
en lujosas mansiones, protegidos por su dinero y buenos abogados. Lo que vimos
ayer, el triste y denigrante espectáculo del abucheo y lanzamiento de puñados
de lodo a las autoridades (a los reyes, a Sánchez y a Mazón), no tiene nada que
ver con la lógica indignación de los paiportinos, a los que se ha dejado
abandonados, a oscuras, sin comida ni agua, durante los primeros días de la
tragedia (bien por la incompetencia de quienes tenían que tomar decisiones,
bien porque la calamidad es de dimensiones cósmicas y no hay Protección Civil
ni Estado que valga ante tanto destrozo). Una cosa es el cabreo de los miles de
damnificados y otra la sarna que corroe este país desde los tiempos de Viriato, la gentuza que va apestando la tierra y que
remueve el barro del enfrentamiento civil allá donde puede, en la calle, en una
plaza pública, en el vertedero cibernético de Elon Musk. A río revuelto,
ganancia de pescadores, o sea la extrema derecha.
Lo de ayer no es, ni más ni menos, que el anticipo de lo que está por
venir. Los efectos del cambio climático, con sus danas y tifones, no solo se
reducen al paisaje devastado que queda después. Trae consigo la destrucción
misma de la civilización humana. La miseria, la ruina, el hambre. La guerra de
todos contra todos. La costra o sustrato perfecto para que los oportunistas del
nuevo nazismo posdemocrático, los salvapatrias y charlatanes, los demagogos y
propagadores de bulos e infundios de todo tipo, contribuyan al hedor de la
riada con más pestilencia. El mismo abono fatal que quedó tras el huracán Katrina y del que emergió un dios terrible de
barro e infamia llamado Donald Trump. Ese
otro patán que puede ponerse a los mandos del mundo libre en las próximas
horas.
Núñez
Feijóo desaprovechó el jueves pasado la mejor oportunidad de su vida para
demostrar si tiene o no talla de hombre de Estado. Y no la tiene. Como no la
tuvo Aznar el 11M, como no la tuvo Ayuso en la pandemia. Ser de derechas no es esto,
ser oposición no es esto, ser político no puede ser esto. Nos merecemos una
derecha con rostro humano, nos merecemos políticos que no olviden la razón por
la que nos representan: resolver nuestros problemas en lugar de complicarnos la
vida más de lo que por lo general la solemos tener.
Bien pensado, que el líder de la oposición optara por comportarse de una
manera tan miserable en València, mintiendo y atacando al Gobierno de la nación
cuando lo suyo era arrimar el hombro, era bastante previsible porque nos tiene
ya acostumbrados a comportarse así, a no desperdiciar ninguna ocasión que se le
presente para certificar que no sabe hacer otra cosa. Lo normal hubiera sido
presentarse en la zona de la catástrofe, remangarse y decir, a ver, qué hay que
hacer aquí, en qué puedo ayudar. Pero no, con decenas de garajes aún anegados y
personas ahogadas dentro, con innumerables cadáveres todavía entre los
escombros, con centenares de coches amontonados que dificultaban la búsqueda de
desaparecidos, Feijóo optó por el reproche y el bulo.
Este PP que trafica con la tragedia y el espanto no puede ser la derecha
que aspira un día a gobernarnos. Sus propios militantes, hasta sus propios hooligans si me apuran no creo que estén por la
labor de secundar este tipo de comportamientos. En algún lugar tiene que estar
la derecha razonable, la que apuesta por la convivencia en paz, la solidaridad
y la ausencia de crispación, la que piense primero en las necesidades de los
ciudadanos y después en la batalla política.
Seguro que entre los casi 400.000 vecinos que se quedaron sin agua potable
y los 80.000 que dejaron de tener luz, seguro que entre tantas personas como
dejaron de poder comunicarse siquiera a través de un triste guasap, existe un buen número de votantes del PP ¿pensó
Feijóo al menos en ellos?
Carlos
Mazón, el presidente popular de València, evidenció haber captado, aunque tarde,
la magnitud del desastre cuando cerró filas con Pedro
Sánchez. Tanto él como el andaluz Moreno Bonilla han
demostrado algo más de reflejos que su jefe, al menos en esta ocasión. Tiempo
habrá de depurar responsabilidades, que las hay, y son muchas, pero cuando la
prioridad es salvar vidas, atender heridos y que las personas afectadas dejen
de pasar hambre y frío, pasearse por las zonas afectadas con un discurso
belicista y sin aportar soluciones es el summum de la
mezquindad.
Miedo me da imaginarme cómo tratará la prensa adicta todo lo que rodea a
esta espantosa tragedia una vez que enterremos a todos los muertos y los
trabajos por devolver a la zona una mínima normalidad empiecen a dar sus
frutos. Me acuerdo del furor mediático tras los atentados de Atocha y se me
abren las carnes ¿Cuáles serán ahora los bulos? ¿a quién o a quiénes se
intentará criminalizar? ¿a qué canallas de la ultraderecha se les otorgarán
generosos altavoces para que suelten cuantas obscenidades les dé la gana? ¿qué
perversiones se le ocurrirán a los profesionales de la desestabilización, cuál
será el eco que tendrá en los medios?
De momento, están empezando a poner en cuestión el funcionamiento del
Estado. Los mismos medios que, recordemos, dejaron bien claro ya, la mañana
posterior a la noche del desastre, cuál era su orden de prioridades: apostaron
por primeras páginas con Begoña Gómez o
el fiscal general del Estado a toda plana mientras en València centenares de
personas buscaban desesperadas a familiares que nunca volvieron a ver con vida.
Declaraciones como las de Feijóo son gasolina para que los ultras se
sientan respaldados cuando encienden las cerillas que provocan el fuego de la
insidia. Ya han empezado los de Manos Limpias, emprendiéndola judicialmente
contra AEMET. Mientras miles de afectados hacían
cola para llenar sus garrafas de plástico con agua potable, mientras las
farmacias y las tiendas de los principales municipios afectados continuaban
desabastecidas, mientras el número de fallecidos seguía subiendo, los
desaprensivos decidieron apostar por la crispación y el frentismo desde el
primer momento despreciando el estado de ánimo de una ciudadanía noqueada.
Como decía al principio, ser de derechas no puede significar comportarse
como lo hace Núñez Feijóo. Si lo hace por incapacidad, malo, y si es por miedo
a la ultraderecha, mucho peor. Los derechos humanos no pueden estar jamás en
cuestión. Que Mazón le comprara el discurso en su día a Vox fueron los polvos que trajeron estos lodos.
Parece que ha empezado a entenderlo y por eso ha reaccionado desmarcándose,
esperemos que no se desdiga, de la vocación incendiaria de Núñez Feijóo.
Con esto de la maldita
DANA que ha asolado parte de Valencia (en especial algunos de sus pueblos, caso
de Paiporta como el más devastado) y mientras la gente llora por sus seres
queridos que han perecido -los que, de momento, se han localizado, pero que
pueden ser muchos más- y por sus bienes que han quedado arrasados en su
totalidad, hay quienes, como ocurre siempre que hay una desgracia de esta
magnitud o incluso menor, no duermen. No sienten nada por los damnificados -eso
a ellos le trae al fresco, que hubieran sido más listos- y arremeten contra
todo lo que les puede significar canalizar sus protestas contra los que, en
este caso concreto, no han tenido culpa de nada (si acaso se exceptúa la del
Presidente de la Generalitat valenciana, que, al parecer, no dio el aviso
pertinente cuando debió hacerlo, pero que está por demostrar). Ni el Presidente
del Gobierno ni el Rey han tenido ninguna culpa de que esa zona de Valencia,
cubierta de muerte y destrucción, esté ahora como está. No es de recibo que el
fanatismo de siempre se retuerza sus podridas mentes para inculpar a quienes
ellos les interesa para tener contentos a sus malditos idiotas que les siguen.
No hay derecho a que se llame ¡Asesino! a un hombre que, desde el primer
momento ha dado la cara por todos los damnificados como así debe ser y no ha
vacilado en poner todos sus medios al alcance de los que, en esta maldita
desgracia, lo necesitaban. Pero, el fanatismo no duerme. Ellos culpan siempre
al que está al frente del Estado y al que está al frente del Gobierno,
sencillamente, porque no tienen realmente a quien echar la culpa de lo que
pasa, que no es de nadie más que de ellos y de sus apoyos a ciertos gerifaltes
que son de su misma calaña, aunque sepan disimularlo mejor.
La viñeta del periódico
El País, del Roto, pinta hoy una tubería enorme y dice: “No es para evitar
inundaciones, es para canalizar protestas”. Ciertamente, se sabe de sobra
quienes son los que canalizan todas las protestas y los que, de brazos cruzados
durante años, no han movido un dedo para evitar en lo posible lo que ha
sucedido: los fanáticos de toda la vida. Unos y los otros, los escondidos -fanáticos
también- pero que no dan nunca la cara por aquello de la vileza y la engañifa
política. Los que no les tembló el pulso cuando se gastaron cientos de millones
en recibir al Papa (sin reparar en cómo estaban Paiporta, Chiva, Benetúsen…,
que ya sabían de eso de las DANAS) que ahora sólo dirá que “Dios acogerá en su
seno a todos los fallecidos”, y a los que lo han perdido todo, que recen porque
Dios les ayudará, aunque como decía en sus chistes Eugenio: “no hay nadie más
por ahí”. Y que me dicen de esos que no han sido condenados porque la justicia
española está bajo mínimos, que se permitieron el ¡¡¡LUJO!!! de hacer un
circuito de Formula I (miles de millones de euros) en medio de la ciudad de
Valencia cuando ya existía otro circuito en Cheste que es un pueblo al lado de
la capital, concretamente a sólo 26 kilómetros.
No es la primera vez que
la Comunidad Autónoma de Valencia, La Generalitat Valenciana, sufre de
inundaciones. Recuerdo cuando yo era niño que ya ocurrió allí una gran “Riada”
-como le llamaron entonces- porque servidor tiene familiares en Valencia (en
concreto primos hermanos y su madre que en la actualidad tiene, nada más y nada
menos, que ¡105 años!). Según parece, desde entonces no se ha buscado ningún
remedio, aun a pesar de que “las riadas” -o como ahora se dice DANAS- se siguen
produciendo con cierta asiduidad, la última -antes de esta, claro- en el año
2019 que ya causó grandes desperfectos si mí información es correcta.
Por último, diré que la
C.A. de Valencia, según algunos datos que quiero recordar (disculpen si yerro,
aunque poco puede variar) tiene una Deuda Pública con el Estado de nada menos
que ¡55.000 millones de euros! y ahora, por desgracia, esa Deuda se
incrementará ostensiblemente sin ningún remedio, salvo que aparezca por aquí
ese “loco” gringo llamado Elon Musk y diga que pone lo que haga falta, aunque me
da que eso vaya a ocurrir siendo como es el Sr. una muestra más del fanatismo
que impera en medio mundo en la actualidad. Todo lo contrario, dirá, si se le
pregunta, que los valencianos son idiotas, qué porque no han puesto remedio
sabiendo lo que pasa con total certidumbre, como, según parece, hacen en Puerto
Rico con los famosos huracanes que se llevan todo por delante.
Como epílogo: Se necesita
-además de fanático- ser un NAZI despreciable para ir por ahí llamando a las
primeras autoridades del País ¡Asesinos! cuando vienen a echarte una mano y a
intentar que la enorme desgracia pueda ser, en parte, por lo menos, lo más
aligerada posible. No obstante, los valencianos deberían tener mucho cuidado
cuando hay Elecciones, de pensar detenidamente a quienes votar después de ver
lo que hacen los últimos que han votado.
¡Valencia es grande!
¡Valencia saldrá adelante! Incluso a pesar de los muchos fanáticos (NAZIS más
de uno) que no harán nada por su recuperación. A los españoles nos llevan
expoliando más de ¡300 años! y no han podido acabar con nosotros, Valencia,
seguro, saldrá adelante porque es una parte de España, y España siempre va
subsistir, tanto con vagos y maleantes como con expoliadores como ya ha quedado
ampliamente demostrado en más de una ocasión..
En un seminario en el Centro de Investigación y Docencia Económicas de México (CIDE) discutimos esta semana sobre el auge del fascismo y sus derivadas en el mundo. No es gratuito que se repita tanto la frase de Mark Twain de que la historia, aunque no se repita, rima. Las comparaciones con los años 30 del siglo pasado son inevitables –polarización, violencia, incertidumbre, quiebra de las reglas de juego, odio, desprecio a la verdad– pero también lo es la certeza de que Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orban, Giorgia Meloni o Santiago Abascal no son idénticos a los que podrían ser sus pares en la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, la Hungría de Gyula Gömbös o la España de Franco.
En LTI: la lengua del Tercer Reich (Ed. Minúscula, Barcelona), Victor Klemperer explicaba que antes de los nazis y sus persecuciones llegó el lenguaje de los nazis y sus acusaciones. Cuando a una persona la llamas perro o infrahumano le estás abriendo la puerta de los hornos crematorios. Recordaba recientemente la revista El Grand Continent las palabras del germanista Olivier Mannoni –traductor del Mein Kampf al francés– cuando afirmaba que el lenguaje de Trump se aproxima peligrosamente al de los nazis:
"Trump ha adoptado un vocabulario inquietante que parece beber en las fuentes de la gramática hitleriana: al referirse a un «enemigo del pueblo» (Volksfeinde), pedir la «erradicación» (ausrotten) de las «gentuza» (Geziffer), defenderse de la delincuencia «genética» de los migrantes y del peligro de «contaminación de la sangre estadounidense» por «animales»".
La confusión de la época es máxima. Tenemos a nazis sionistas apoyando al genocidio en Israel (la extrema derecha europea, siempre antisemita, hoy es la principal aliada de Netanyahu); a los evangelistas neopentecostales más duros de EEUU apoyando a un consumidor de prostitución, mentiroso y ladrón como Trump; a radicales de derecha del centro y norte de Europa, que llaman PIGS (cerdos) a los países del sur, aliados con los políticos extremistras del sur; sin olvidar a la izquierda que compra en algunos países –como Alemania– el discurso contra la inmigración de la derecha o que se vincula a la OTAN como si de ahí pudiera venir cualquier tipo de emancipación. Demasiada confusión. No en vano, la academia parece impotente para poder definir el fenómeno autoritario que crece por el mundo.
Lo llamemos como lo llamemos –fascismo, posfacismo, ultraderecha, extrema derecha, extrema derecha 2.0 o, incluso, populismo de derecha (Steven Forti ha hecho un encomiable esfuerzo de definición en Democracias en extinción, Akal, 2024)– hay una serie de rasgos que pueden ayudarnos a entender los contornos de una mirada política que está contaminando las democracias de todo el mundo. Rasgos comunes que son los que explican fenómenos tan paradójicos como esa extravagante iberosfera, o que nunca se equivoquen en sus alianzas internacionales –aunque sea expresando simplemente simpatía o no animadversión– o que puedan criticar la Unión Europea pero disciplinarse con el Banco Central Europeo. Al tiempo que la izquierda, desubicada en muchos sitios, incorpora los marcos de la derecha sin mayor capacidad crítica –como cuando encarcelaron sin pruebas a Lula para sacarlo del juego político, cuando se hace de Venezuela el villano universal, cuando se encarcela en Chile a Daniel Jadue, cuando se acusa a Julian Assange de todo tipo de delitos, cuando se demoniza a China, se idolatra a Zelensky o logran que no sea un escándalo que la derecha en el poder en España utilizara a policías, jueces y medios para perseguir a los adversarios políticos–.
Otra discusión de no menor importancia está en si desde la izquierda no se corre el riesgo de cometer estos mismos errores. Aunque se conoce la teoría, la práctica, con demasiada frecuencia, y porque es personal, va por otro lado. No nos basta saber lo que es lo correcto para siempre hacerlo. Además, si se cree que el fin justifica los medios, se pierde todo el líquido de frenos. Aunque sea verdad que el discurso de la izquierda, a diferencia del de la derecha, tiene pretensiones universales y que nunca veremos una propuesta de un "fascismo con rostro humano" mientras que incluso después de la barbarie estalinista se seguía queriendo construir, como intentó Allende, un "socialismo con rostro humano" (de ese riesgo que también afecta a la izquierda advirtió hace ya tres décadas Albert Hirschman en su obligatorio libro Retoricas de la intransigencia).
Estas ultraderechas comparten una serie de rasgos que apenas vamos a enunciar:
- Cuentan con las personalidades asustadizas, inquietas en tiempos de incertidumbre por un futuro incierto. También con la gente que tiene "frustración de clase" –piensa que tiene menos de lo que merece y que todavía puede perder más– pero que carece de "rencor de clase" (Wendy Brown), de manera que, en vez de culpar, por ejemplo, al sistema financiero internacional, el penúltimo le echa la culpa al último, sean migrantes, mujeres o pobres. También cuenta con personalidades psicópatas, que carecen de empatía, y que están dispuestas a sacrificar todo –incluso ellos mismos llegado el caso– con tal de lograr sus objetivos de fama, poder o dinero (Trump, dice David A Bell, "ha completado la transformación del partido republicano en el partido aislacionista, xenófobo y populista de las resentidas clases medias y trabajadoras blancas, y de un puñado de oligarcas corporativos").
- Nacen principalmente en contextos de crisis económica, desajustes que asustan a las élites al temer que pueden generar un estallido de izquierdas y "traer el socialismo". La incertidumbre económica suele convertirse en incertidumbre social, donde la pérdida de status, real o inventada (por eso son tan importantes los medios de comunicación), genera una "reacción" autoritaria, sea ante el peligro de "ruptura del país", una inmigración que se ve como masiva, la pérdida de privilegios del hombre blanco o regulaciones que limitan la tasa de beneficio (como pasa con la Agenda 2030, a la que presentan como la antesala del comunismo).
- Apuestan, frente a la racionalidad de la Ilustración, porla irracionalidad, de manera que les valen las romantizaciones del pasado, los "hechos alternativos", pueden mentir sin sonrojo, decir una cosa y la contraria o resucitar creencias religiosas ajenas al desarrollo científico. En la campaña norteamericana de Trump contra Harris se han repetido en las redes millones de veces que los huracanes Helene y Milton fueron manipulaciones de los demócratas para atacar zonas republicanas.Con la gente educándose en las redes y no en los colegios, en los librosy los periódicos serios, el diálogo desaparece. Esa irracionalidad les sirve para proclamar un clásico de las derechas: la "decadencia de la nación", aunque el país muestre prósperas cifras de crecimiento y empleo. Al apostar la ultraderecha por el modelo neoliberal en todo el mundo (otra contradicción con su discurso populista), la religión les sirve para aportar el orden simbólicoque compense el desorden causado por el desempleo y la precariedad que construye el neoliberalismo (el ejemplo claro se ve en Milei, que una semana es judío lloroso y la otra es católico devastado).
- Hacen de un nacionalismo agresivo, basado en la familia tradicional, un contenedor de todas sus filias y sus fobias. Deciden quién es un buen patriota y se creen con derecho a despreciar –incluso aniquilar– a quienes portan una idea diferente de patria (ahí radica una parte del odio hacia la izquierda y, en concreto, a las mujeres, que tienen una idea diferente de familia y de nación más atenta a los cuidados que al crecimiento del PIB o de la fe). Esta idea de nación les convierte en odiadores de los "enemigos de la patria", a los que presentan como "enemigos del pueblo".
- Son profundamente narcisistas, esto es, creen que el mundo pivota sobre ellos, sus necesidades y sus lecturas del mundo. Eso les hace enormemente soberbios, al punto de definir la libertad o la democracia en virtud de sus reglas y necesidades, siendo la primera poder saltarse las reglas cuando sus "necesidades" así lo reclamen. Muy vinculada a este narcisismo está su victimización, donde lo que les pasa a ellos es lo peor del mundo mientras que lo que les pasa a sus adversarios son nimiedades (solo les valen "sus" víctimas, mientras que las víctimas de los demás son irrelevantes). En ese narcisismo omnipotente caen en el "organicismo": la sociedad es un cuerpo donde ellos son la cabeza y los demás tronco o extremidades (extremidades que, lógicamente, son amputables para evitar la gangrena que ellos diagnostican).
- Son profundamente gregarios (como lo era Eichman, además de un convencido nazi). Por eso derivan en la militarización, el culto al líder, las jerarquías y el antiparlamentarismo y sus pesos y contrapesos (esto en tanto en cuanto los dirigentes de la ultraderecha no controlen todos los poderes del Estado). En esa condición gregaria colaboran los medios más avanzados de la época, que, sin abandonar los anteriores, acumulan los nuevos sacándole por lo general varios cuerpos de ventaja a la izquierda (libros, revistas, radio y cine, televisión, Hollywood y series, redes sociales, Inteligencia Artificial en breve...).
- Vinculado a la personalidad miedosa y, por tanto, oportunista, está el servilismo. Siempre adulan a los ricos y poderosos. Aunque la retórica populista sea contra las élites, todas las ultraderechas siempre han pactado con las élites, especialmente económicas, así como también con la monarquía.
- Tienen inclinación a la violencia o a mirar para otro lado cuando los suyos la ejercen (11,7 millones de alemanes no votaron por el Holocausto en noviembre de 1932, pero votaron por Hitler y la mayoría miró luego para otro lado aunque oliera cerca a quemado y se vieran las columnas de humo).
- Odian al liberalismo en tanto en cuanto funciona como Estado de derecho, con igualdad ante la ley, procedimientos garantistas y división de poderes. Pero como el liberalismo es una teoría normativa de la sociedad –dice cómo debiera ser, no como es– realmente no tienen tantos problemas, sobre todo porque el liberalismo en crisis –que es cuando nace el fascismo–, como ha mostrado la historia al menos hasta hoy, suele decantarse por el fascismo cuando siente una amenaza desde la izquierda.
- Y llegamos al último y, quizá, elemento que comparten todas las ultraderechas del mundo: un odio visceral a la izquierda, alimentado por sus dispositivos ideológicos y, principalmente, por los medios de comunicación. Y que es lo que explica esa identidad global aunque esté llena de contradicciones. La ultraderecha casi siempre es reaccionaria, esto es, reacciona ante un miedo real, construido o exagerado por los medios (el surgimiento de Podemos, el independentismo catalán, la inmigración, la decadencia de España, los dos demonios, los comunistas, los negros...). Su principal identidad es odiar a la izquierda, que es quien porta una idea diferente de nación. Y en eso se encuentran Bukele, Maria Corina Machado, Abascal, Meloni, Le Pen, Díaz Ayuso, Trumo o el alemán Tino Chrupalla.
Si la izquierda no es capaz de eliminar el miedo y la frustración de la sociedad, la crisis del capitalismo –tanto económica como ecológica, geopolítica y social– lleva al fascismo. Como decía Walter Benjamin, el miedo de la derecha ante la izquierda le lleva a reaccionar virulentamente, sin parar en consideraciones. Por eso, la izquierda no tiene otra que ganar. Pero salvo en algunos países, no estamos a la altura. Mientras, la derecha se enseñorea. Pueden presentar a un candidato que veraneaba con un narco y da lo mismo. O a un tipo que paga el silencio de una actriz porno a la que había contratado y luego falsifica las facturas. O a una candidata que ha enriquecido a toda su familia y novios. O pueden desmantelar los servicios de emergencia de València o emitir las alarmas cuando la gente está con el agua el cuello y le echan la culpa a otros. O dejar morir a 7.291 ancianos, como pasó en las residencias de Madrid durante el COVID. Lo vemos igualmente en la saña en los parlamentos, en los ataques furibundos, las mentiras sin pausa, la apelación al odio, el negacionismo del cambio climático, la consideración de terroristas de los ecologistas que buscan concienciar, la polarización que la derecha construye cuando la izquierda gana las elecciones. O en el genocidio autorizado de Gaza, anticipo de lo que va a ocurrir en otros muchos sitios. Que por eso lo apoyan las ultraderechas que siempre odiaron a los judíos.
Queda el pesimismo esperanzado, que es lo único para no experimentar la derrota y seguir remando, cada cual, desde la humildad, en donde pueda o le toque. Como esos miles de voluntarios ayudando en la catástrofe de València. Buena gente frente a esa realidad que nos demuestra que otros muchos votan no por los más capaces sino contra los que odian, aunque en esa operación elijan a inútiles que les llevan al abismo. Como el sustantivo es el pesimismo, vamos a necesitar muchas ganas para esperanzarlo. Pero la historia nos enseña que siempre termina por amanecer. Toca empezar por revisar todo lo que hemos hecho mal para intentar no volverlo a repetir. Eso del Pepe Mujica de caer y levantarse, caer y levantarse, caer y levantarse. Y dejar sitio. Quizá aprendiendo también de esa esperanza milenaria que tienen los chinos cuando dicen que hay cosas que las solventará la próxima generación.