Comentario: ¿Cuál es el motivo de que el mundo no sea capaz de parar este genocidio en el siglo XXI? ¿La sumisión al YANKI, quizás? ¡¡¡Mierda de mundo usurero y de basura y escoria!!!
Netanyahu deja morir de hambre a miles de personas en un escenario que recuerda a aquel gueto de Varsovia construido por los nazis
José Antequera
04/08/2025
La audaz operación del Ejército español para lanzar 12 toneladas de alimentos sobre la Franja de Gaza sigue dando que hablar. El avión despegó el pasado jueves de Ammán, Jordania, tras haber sido cargado en la Base Aérea de Zaragoza, y dejó caer las provisiones sobre miles de personas que agonizan y mueren de hambre por el fanatismo fascista de Netanyahu.
Sin duda, ha sido una misión humanitaria de gran calado, no solo por la
complejidad que entrañaba desde el punto de vista militar, sino porque hasta la
fecha es la acción más solidaria, en la práctica, con el genocidio del pueblo
palestino. En ese avión no solo iban alimentos para evitar la muerte inminente
por inanición de apenas un puñado de personas sino también lo mejor de nuestro
país –siempre teniendo en cuenta que el cargamento enviado ha sido poco menos
que testimonial, una gota de agua en medio del mar de dolor de los gazatíes–.
Hoy por hoy, es lo que necesita aquella pobre gente abandonada a su
suerte, no declaraciones de autodeterminación del pueblo palestino que quedan
en papel mojado, sino bocadillos y agua potable.
Ha sido una misión reconfortante, una pizca de humanidad entre tanta barbarie,
pero, tal como era de esperar, ya se han alzado las voces de siempre que tildan
el operativo de inútil y propagandístico, ya que no servirá más que para
agravar la situación. “No habrá manera de distribuir la ayuda”, dicen unos
poniéndose estupendos. “Se matarán entre ellos por una lata de conserva o un
brik de leche”, aseguran otros todavía más pragmáticos. Y no faltan
agoreros que ya saben con total seguridad que el envío caerá en zona
israelí, perdiéndose para siempre. Y puede que tengan razón. Pero con que un
solo niño haya tenido algo que llevarse a la boca esa noche, ya podemos
considerar un éxito la misión. Lanzar comida aleatoriamente, al azar, sin orden
ni concierto, es como arrojar una botella con un SOS en medio del océano. No
sabes si habrá alguien al otro lado para recuperarla, eso es cierto. Pero, bien
mirado, ¿deja Netanyahu alguna alternativa a los países que quieren ayudar, que
están dispuestos a mostrar toda su solidaridad con un pueblo a punto de ser
exterminado, que exigen el final inmediato del genocidio? Siempre será mejor
dar algo (aunque sea para calmar la propia conciencia) que no dar nada y
quedarse de brazos cruzados.
Esas doce toneladas no acabarán con la hambruna decretada por el
carnicero Bibi. Los padres desesperados
seguirán muriendo bajo las bombas israelíes mientras pelean con sus vecinos y
amigos por un saco de harina; los soldados israelíes seguirán disparando a la
cabeza de pobres niños inocentes en un macabro juego de tiro al pichón; y los
médicos seguirán operando sin anestesia (con inyecciones de ibuprofeno, a vida
o muerte) a los cientos de heridos que son trasladados a los pocos centros
sanitarios que aún quedan en pie. Todo eso, más el rumor extendido que habla
de los primeros casos de canibalismo entre la población necesitada, es
cierto, pero nada podrá quitarle el mérito a quien quiere cumplir con el primer
principio de humanidad: dar de comer al hambriento.
Los españoles sabemos bien lo que es hincarle el diente a un mendrugo
cuando vienen mal dadas y llega la hambruna. Se cuenta que, en la Barcelona sitiada de la Guerra Civil, por poner un ejemplo, la ración diaria
incluía cien gramos de judías secas, cincuenta de arroz, veinticinco de carne y
un cuarto de litro de leche para los menores de quince años. Las cartillas de
racionamiento causaban estragos, el trueque, el hurto famélico y el contrabando
estaban a la orden del día. Había escasez, penurias, hambre, pero lo poco que
había se repartía en las cocinas populares. Y, sin embargo, aquel menú de la
guerra española que nos parece tan raquítico y poca cosa a los españoles
contemporáneos, para un gazatí de hoy sería todo un festival gastronómico.
Para la historia de la infamia quedarán aquellos panes blancos lanzados
sobre Madrid desde los aviones alemanes e italianos
con mensajes como “En la España Nacional no hay un hogar sin pan”. Franco siempre tan piadoso y entrañable. Los
tiempos cambian, las técnicas de tortura de los dictadores permanecen intactas
generación tras generación. Las mismas maniobras de desmoralización
generalizada, las mismas crueldades, la misma guerra psicológica contra la
población civil de antaño es utilizada hoy por el Ejército israelí enfrascado
en la limpieza étnica total de Palestina. La comida como arma de destrucción
masiva, a ese nivel de degradación moral ha llegado el ser humano.
En el gueto de Varsovia, los nazis
asignaban a los judíos 180 calorías diarias para la subsistencia, el
equivalente a una rebanada de pan o una patata. Los niños eran usados como
mensajeros: se les deslizaba por los agujeros del muro, entre las alambradas,
para traer provisiones del exterior pese al riesgo de ser capturados o
acribillados. ¿Es que ya no se acuerdan de aquello Bibi y sus viejos generales? Aunque han pasado más
de 80 años desde el final de la Segunda Guerra Mundial,
se calcula que aún quedan 245.000 supervivientes del Holocausto repartidos
por el mundo. ¿Dónde están? ¿Por qué callan ante este otro infierno en
la Tierra no menos horrendo? ¿Es que acaso se les han
borrado los números de identificación grabados en la muñeca, las cicatrices,
las secuelas? La memoria no puede ser tan selectiva.
A diario mueren decenas de gazatíes asesinados por el Ejército sionista. Un
día relativamente tranquilo caen treinta o cuarenta personas; las jornadas más
negras se cobran la vida de cien, doscientos, trescientos inocentes, quizá más.
Nadie sabe a ciencia cierta lo que está pasando en la Franja. Ya casi no quedan
periodistas sobre el terreno; ya casi no quedan médicos o enfermeras; ya ni
siquiera está abierta la oficina de ayuda al refugiado. El apagón informativo
empieza a ser total. El escenario perfecto para el crimen masivo. El médico
anestesista español Raúl Incertis asegura
en la Ser que aquello es “como un 11M todos los días”. Niños mutilados, desfigurados
por las explosiones, con disparos en la cabeza y los genitales mientras Europa mira para otro lado. El horror, el horror.
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