El país sufre la peor oleada de incendios sin que los diferentes gobiernos, enfrascados en luchas políticas, aporten soluciones para prevenir las futuras catástrofes por el cambio climático
José Antequera
13/08/2025
España arde por los cuatros costados. ¿Por
qué se queman nuestros montes? ¿Quién los quema? Llevamos décadas haciéndonos
las mismas preguntas sin que hayamos sabido (o querido) frenar el infierno de
cada verano. Muchos son los factores que explican el desastre. Las zonas
rurales que ya nadie limpia en la España vaciada (donde antes había ganaderos y
agricultores cuidando el entorno, cortando maleza y abriendo cortafuegos, hoy
hay excursionistas con sus estúpidas barbacoas y negligentes basuras); la
precarización de las cuadrillas de extinción (mal pagadas, esquilmadas por los
recortes y entregadas a las subcontratas, las famosas privatizaciones
emprendidas por políticos tan corruptos como incompetentes); y la acción del hombre,
ya se trate de terroristas forestales, pirómanos llevados por intereses
urbanísticos, madereros o agrícolas o simplemente tarados que le sacan placer a
la lata de gasolina y al pánico de sus vecinos cuando la franja
de horizonte incandescente aparece en medio de la noche.
Todo eso lo tenemos claro. Pero, sin duda, el cambio climático ha venido
para agravar el problema. Las olas de calor propias de un escenario distópico
como el calentamiento global convierten los conatos y siniestros en monstruos
de fuego contra los que nada pueden hacer los bomberos, agentes forestales y
voluntarios de los servicios de extinción. Son los llamados incendios de sexta
generación. Incontenibles, voraces, inextinguibles. Un fenómeno nuevo que asola
España y otros países como Grecia, Portugal o Francia, un
torbellino de fuego como una maldición bíblica que lo abrasa todo y de la que
los expertos vienen advirtiendo desde hace años. Se sabía que iba a pasar. Y
está pasando. Cuando la ciencia contrasta datos y hechos empíricos y desarrolla
modelos o patrones confirmados, las predicciones no suelen fallar.
Ahora ya vamos tarde. Los gobiernos occidentales que han demostrado cierta
sensibilidad para intentar frenar el cataclismo cósmico al que nos enfrentamos
han fracasado ante otra ola no menos devastadora: la corriente negacionista que
con sus bulos y montajes ha falseado la realidad hasta convertir en ciegos a
muchos que hoy despiertan del engaño y ven cómo el oasis o vergel en el que
vivían ha quedado reducido a un manchurrón humeante color ceniza. Campos
quemados, ganaderías y cosechas arruinadas, casas arrasadas y pueblos enteros
amenazados. Un fin del mundo no repentino ni súbito, sino lento y paulatino,
pero no por ello menos letal. Partidos como Vox llevan años
ridiculizando las alertas científicas, así como la Agenda Verde 2030, quizá el proyecto más necesario y
urgente de cuantos ha acometido la Unión Europea desde su fundación, ya que está en
juego nuestra supervivencia como especie. “Fanatismo climático”, lo llaman los
ultras. Y lo dicen desde todas aquellas instituciones políticas donde ya han
sentado sus posaderas. Ese tipo de discursos y mensajes negacionistas (impuesto
en las regiones gobernadas por PP y Vox) destruye más a una sociedad que cien
incendios forestales.
Ayer, un bombero que prefiere mantener su nombre en el anonimato por miedo
a las represalias se quejaba amargamente de que el Gobierno de Mañueco en Castilla y León, una
región devastada por el fuego, era “una puta vergüenza” por su falta de
coordinación. Las llamas avanzaban en diversos frentes y focos (también por
la Sierra de la Culebra, que ha vuelto a quemarse por
segunda vez en tres años) y allí no había nadie que estuviese al mando con
profesionalidad, diligencia y cabeza. El bombero anónimo también denunció las
“redes clientelares”, empresas privadas que se lucran con las concesiones del
amigo político de turno. La coalición PP y Vox, en su afán por recortar lo
público, ha terminado por esquilmar el servicio. Los forestales que viven de
las cuatro perras de miseria que les pagan en los meses de verano se juegan la
vida en los incendios con el bocadillo que le da el vecino y el agua para beber
de su propia manguera.
Mañueco en paradero desconocido (como estuvo Mazón en Valencia durante la riada) y los bomberos y voluntarios
abandonados a su suerte. ¿Dónde estaba el presidente castellano-leonés mientras
ardían Las Médulas, la mayor mina de oro a cielo abierto del
Imperio romano declarado por la Unesco como
Patrimonio de la Humanidad? El ministro Óscar Puente, en uno
de sus incendiarios tuits (nunca mejor dicho), denunció que “de farra” mientras
la cosa en Castilla y León estaba “calentita”. Fue sin duda un exceso en la
forma (soltar chistecillos mientras miles de personas son evacuadas no parece
lo más sensato y prudente), pero que no le resta ni un ápice de razón en el
fondo ni en el diagnóstico político. La derecha, allá donde gobierna,
menosprecia el desafío descomunal al que se enfrenta la humanidad, engaña al
pueblo y echa más leña al fuego del odio y del calentamiento global. Racismo y
negacionismo anticientífico, eso es lo que vende esta gente del “bifachito”, y
ahora empezamos a pagar las consecuencias en forma de cacerías racistas e
incendios que quizá no sean tan incontrolables como nos dicen, sino que ellos
los hacen incontrolables por su incompetencia y sus políticas de recortes a la
prevención y a los medios de extinción.
Este verano será un antes y un después porque despertamos a la cruda
realidad del cambio climático: nos ahogamos en invierno y nos quemamos en
verano. Ya vamos por 20.000 hectáreas perdidas y solo estamos a mediados de
agosto. El infierno no ha hecho más que comenzar y promete durar hasta
noviembre. La próxima ola de calor prevista para el fin de semana puede ser tan
letal o más que esta y el próximo verano será todavía más apocalíptico que
este. Mientras tanto, Espe Aguirre bromeando
con que la emergencia climática es un “invento” de los rojos, ya que en verano
siempre ha hecho calor y en invierno frío. La ignorancia es más patética aún
que la maldad. El tuit de Puente está fuera de lugar, eso está claro; pero los
comentarios negacionistas de la marquesona matan.
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