Javier López 15/08/2025
Un buen día me da por protestar porque Óscar Puente permite que la empresa
Acciona convierta las noches de las viviendas cercanas a la estación de Atocha
en un infierno de ruidos. Al poco, algunos me indican que esas obras son
necesarias y que, si perjudican al vecindario, hay que aguantarse porque el
beneficio final será mucho mayor. Una versión moderna de aquello de que
"el fin justifica los medios".
ADIF no hace nada, ACCIONA mucho menos, el Ministerio del ministro de
Propaganda ni te cuento. El Ayuntamiento se lava las manos porque no es su
obra, ni su ruido. La Comunidad ni existe a estos efectos. Ya sabemos que
tienen otras preocupaciones que poco tienen que ver con las nuestras.
Hasta el Defensor del Pueblo responde con vagas disquisiciones cuando los
vecinos le hacen saber la inutilidad de actuaciones tan absurdas como las
vallas dedicadas a proteger las vías de las miradas de los vecinos, pero no a
los vecinos del ruido de las vías.
Sin embargo, esos mismos que protestan por cualquier nimiedad que afecta a
sus vidas no se cortarán un pelo en despreciar tus quejas, porque vas contra el
gobierno, porque hay que empatizar, soportar estas cosas en nombre del
progreso, porque eres un quejica, porque te has amargado con el paso de los
años.
Entonces llega el verano, te vas de Madrid
y acabas en una playa tranquila, familiar, algo menos concurrida y expoliada
que otras playas cercanas. Para corregir esta "anomalía", para
conseguir mayor afluencia turística, para ponerse de moda y construir más
edificios, promociones y alojamientos turísticos, los gobernantes municipales
deciden poner en marcha actuaciones a pie de playa.
No me importa mucho que instalen campos de vóley playa en la arena. No me
importa que organicen juegos infantiles en los que los niños acaban
embadurnados como croquetas. Ni tampoco que pongan música mañanera a todo
volumen en una playa con usuarios de todos los gustos y no necesariamente
amantes del tachunda. Pase.
Pero lo que no me parece ni medianamente normal es que las noches de cada
fin de semana las conviertan en pasto de algún DJ hasta las tres de la
madrugada. De nuevo, hay que ser empáticos. De nuevo, llueven las críticas. Las
playas son para el turismo. Y el turismo que queremos es el de sol, playa,
mercadillo, helado y tachunda, mucho tachunda.
Y ya estamos otra vez en el lío. El de quienes te asaltan diciendo que
respetes sus fiestas. Que esto es la playa. Que no hay otra. Que viajes a otros
países más tranquilos. Que te vuelvas a tu triste y centralista ciudad. Hay que
empatizar, seguir empatizando. Aguantar.
No dicen que hay que resistir, protestar, reivindicar. Ni se lo plantean.
No: se han inventado términos como empatía y empatizar, o resiliencia —cuyo
verbo, por cierto, no existe—. No existe "resilir".
"Resiliencia" viene del latín resilire: algo así como caer, botar y
rebotar, volver atrás, saltar hacia atrás.
Quienes usan el término parecen querer decir adaptarse, superar un
problema, recuperarse. Pero, en realidad, el mensaje es otro: dalo por perdido.
Acéptalo. Empatiza. No te hagas ilusiones. No montes líos. Nada tiene solución.
Nadie te va a solucionar nada. Acepta las cosas como son: ruido en la ciudad,
ruido en la playa.
Gobernantes que se miran el ombligo, pero no piensan en ti, no lo van a
hacer. No te molestes en protestar. Nadie te va a escuchar. Nadie te va a
entender. Déjalo estar. El mundo es así. Es lo que hay. Es lo que toca. No te
molestes.
A fin de cuentas, esto es España. Ese viejo país ineficiente entre dos
guerras civiles, que formuló el poeta Gil de Biedma. Un país acostumbrado a
cantar, a la primera de cambio y a veces sin venir a cuento, la copla del
trágala perro.
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